París, jueves 14 de diciembre

Álava revisaba su correo al tiempo de ingerir el primer té de la jornada. La primera carta era de Miniussir. No era larga. El chico, al escribir, aún era más parco en palabras que al natural: llegó sin novedad, los cajones se apilaban en un salón del primer piso hasta entonces vacío, siguiendo sus instrucciones había contratado un servicio de vigilancia y eso era todo, salvo, en todo caso, que hacía un frío espantoso. Le respondió sobre la marcha, explicándole que sus planes habían cambiado, que ya no iría por Vitoria, que pensaba pasar las fiestas en Bruselas y que se reuniría con él a lo largo del día 23, para cenar juntos el 24. Zurraspas llevaría todo lo necesario para una cena de Nochebuena como Dios mandaba, de modo que no debería preocuparse por la intendencia, salvo en materia de chocolate, pues en París no lo había tan exquisito como en Bruselas.

La segunda y la tercera eran de Cevallos. En una le hacía saber que SCM deseaba que le consiguiera una mesa de ónix, a saber qué sería eso. La otra debía de ser extraordinaria, porque contra los usos habituales entre Cevallos y él estaba cifrada; lo comprobó al cabo de una hora, lo que tardó en pasar a otro papel un texto que al eficaz Juan Gil Ríos, oficial de cifra de la Secretaría de Estado, no le habría costado menos preparar. Cevallos solicitaba su colaboración en un asunto delicado, para lo cual comenzaba por pasarle información confidencial: SCM quería casarse pronto, por asegurar su descendencia, pero desoyendo su recomendación, la de tomárselo con calma para mejor servirse de aquel segundo matrimonio y así mejorar la situación diplomática. España no contaba en Europa, de modo que sería imposible procurarse una princesa real o una gran duquesa, pero había casas menores con las que merecía la pena emparentar, en la idea de que sirviéndose de los vínculos que aportasen podría negociarse una discreta política de alianzas. Él había tendido sus redes en la esperanza de pescar alguna princesa rusa o alguna duquesa prusiana, pero todo avanzaba tan despacio que le resultaba imposible controlar a SCM, el cual había iniciado su propia pesca, y los resultados eran alarmantes: estaba cerca de acordar con el regente de Portugal un doble matrimonio —el taimado malandrín se había plantado en un «dos o nada, lo tomas o lo dejas»—, entre don Fernando y su hermano don Carlos, de una parte, y de la otra las infantas Isabel María y María Francisca de Braganza, hijas la primera de don Juan VI y la segunda de la infanta Luisa Carlota. Las negociaciones, para su horror, las había confiado al secretario de Indias, el inútil de Lardizábal, que a su vez delegó en los aún más ineptos y corruptos Calomarde y Alameda. Don Fernando, por si fuera poco, pretendía una boda secreta, para dejarle fuera del juego. Si se sintiera seguro de sí mismo le cesaría y pondría otro afín a sus deseos, pero SCM, por lo que fuera, no quería dejar de contar con él. Sólo quería casarse. A ese fin pretendía enviar a Río de Janeiro al sinvergüenza de Vigodet, plenipotenciado para formalizar un matrimonio por poderes. Embarcaría en Cádiz con el nefasto Alameda. Él dudaba si enfrentarse al rey con todas sus consecuencias, siendo la primera dimitir, o encogerse de hombros y dejarlo correr. Total, un disparate más o menos en nada empeoraría la situación del país. Le contaba todo eso no ya para que comprendiera la pesadilla que vivía, sino por si encontraba posible tantear a Wellington y al príncipe de Orange, por si hubiera en Inglaterra o en el VKN alguna princesa o alguna duquesa en edad de procrear, no insuperablemente horrenda y a la que apeteciese reinar en España, pese al tremendo precio de yacer con el tristemente célebre Fernando VII de Borbón.

Su primera reacción fue pensar en Lady Mary Lennox, la hija mayor de los Richmond; estaba desahuciada en el mercado de las grandes bodas, por su precario atractivo y por su desfalleciente dote, pero al proceder de un linaje de colosales paridoras quizá SCM la encontrara de interés. No tardó en decirse, sin embargo, que ante una beldad tan caballuna como era la pobre Lady Mary, que por si fuera poco hablaba un pésimo francés, Don Fernando igual mandaba encarcelarle otra vez, de modo que allí mismo privó a Lady Charlotte de alcanzar el sueño de su vida, el que una de sus hijas luciera una corona real. Lo que tendría que pensar cómo hacerlo, si finalmente lo hacía, era informar a Wellington. Estando las cosas como estaban quizá no fuera una medida prudente inducir ruidos en los deseos de Don Fernando, por mucho que a Cevallos le repugnasen; después de todo, y a pesar de que se había portado con él de un modo muy leal, no dejaba de ser un cadáver virtual.

De momento sólo quedaba entretener las horas que faltaban hasta que apareciera su visita de las tres. Lo haría llevando a herrar sus caballos y a reparar su carruaje, para que resistiera el camino hasta Bruselas. No lo necesitaría antes del lunes 18, cuando visitaría, para despedirse, al amable conde D’Artois —con él lo era—; mientras tanto, y para salir a dar una vuelta, cenar en un buen restaurante o pasar un rato en el salon de Juliette, a la que con algún esfuerzo ya conseguía mirar sin acordarse de Sor Fernanda, le bastaba con los medios de a bordo. Caminar unos kilómetros, solos él y su bastón, y pese al frío de un diciembre raramente soleado, le sentaba muy bien.

La princesa seguía en buena forma, según comprobó nada más Zurraspas la hiciera pasar a sus habitaciones. No quiso bajar a recibirla para que su cochero no le identificase; toda precaución era poca para que su santo marido, ausente de París, se mantuviera en la higuera. El buen hombre había recibido una invitación del rey Willem para unirse a su gobierno, dado que había pasado a ser uno de sus más distinguidos súbditos. A la princesa no le gustaría vivir en Bruselas —se lo explicaba una vez despachadas las primeras urgencias—, pero tampoco sentía deseos de seguir en París. El trato recibido desde su regreso de Chimay le hacía ver que sus posibilidades con la sociedad parisina no tenían visos de mejorar. Había terminado por resignarse a envejecer en su querido château, con su pequeña corte y representando comedias para sus invitados. Era, ése, un pensamiento que ya no le apenaba. Para los franceses siempre sería Madame Tallien, cuánta razón tenía Jean-Lambert cuando se lo dijo, y en el VKN jamás dejaría de ser el trueno que parió catorce veces a resultas de cuatro maridos o amantes distintos, y de los últimos, además, bien podría presumir de cien o de doscientos. Jamás sería bien recibida en los salones de Bruselas, Amsterdam o La Haya, incluso si Riquet llegase a ocupar un puesto de altura en el gobierno de Willem, de modo que sólo le quedaba tomárselo con filosofía y seguir disfrutando de la vida, mientras aún tuviera una. Y verse con él, de vez en cuando.

—En eso, sin problemas. Sigo siendo ministro en Bruselas con residencia en París, aunque buena parte de mi tiempo la pasaré a mitad de camino, en Cambrai. Mantendré las dos casas abiertas, la tuya y ésta —señalaba en derredor, indiscriminadamente—, así que coincidir o no dependerá de ti.

—¿No tienes ninguna otra, Miguel?

Era un tono distinto, pensó el embajador. Hasta diría él que un punto entristecido.

—Como tú, ninguna. No voy a presumir de santo, porque no lo soy, pero contigo siempre quiero repetir —la princesa le miraba con ojos muy abiertos; quizá necesitase, pensaba el general de un modo apresurado, algo que la enterneciese, y que le diese ánimos; por lo que fuera la encontraba un poquito apagada—, y es que, si he de serte sincero —cambio de tono, a gutural y asalvajado, y también de idioma; como buen políglota, bien sabía que determinadas barbaridades sólo resultan convincentes en el castellano de los burdeles—, ¿dónde podría yo encontrar otro culo como éste?

Se había lanzado por ella, luchando para darle la vuelta y proceder al estilo patentado en Sodoma y en Gomorra, pero le costaba trabajo, porque las risas de la mujer, de nuevo segura de su atractivo, se lo ponían difícil. Aun así, no desfallecía; ignoraba por qué, pero si algo necesitaba Thérèse, al menos esa tarde, no era una exquisita sesión de amor con un caballero muy respetuoso, sino sentirse ferozmente deseada, y después poseída del modo más brutal, por un macho loco perdido por ella. No era el caso, pero el haberle devuelto a la tercera situación le haría estar eternamente agradecido. Como buen marino y hombre de honor, el general Álava siempre pagaba sus deudas.

Álava en Waterloo
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