París y Venecia, lunes 11 de diciembre

Wellington, Lord Fitz-Roy Somerset y Sir George Murray se habían reunido para revisar las últimas disposiciones tomadas por el primero antes de salir hacia Londres, donde permanecería un mes. También, era inevitable, se admiraban de la espléndida vajilla de porcelana de Sèvres que Son Excellence le Duc de Duras, jefe de protocolo de la Casa Real, acababa de presentar a His Grace the Duke of Wellington en nombre de SCM le Roi Louis XVIII; con ella, una carta de SCM donde manifestaba el inmenso aprecio que sentía por His Grace y donde dejaba caer, como al desgaire, que «hacer pequeños regalos es cosa que mantiene viva cualquier amistad». Por último, y temiendo haberse quedado corto, le concedía la cruz y el collar de Oficial Comendador de la Orden del Espíritu Santo, una condecoración creada en los tiempos de su lejano antecesor Henri III y que, con independencia de lo que pudiera significar en términos de reconocimiento y distinción real —era la primera que se concedía desde la segunda Restauración, había dicho Duras—, valía una fortuna, por pesar las dos piezas que la componían no menos de dos libras entre oro y diamantes gruesos como judiones. Aquello debía significar que se había quedado preocupado tras su grosero desplante cuando vino a interceder por Ney. Lord Fitz-Roy aseguraba que la prez en cuestión no valdría menos de seiscientos mil francos. Suficiente, concluía un Wellington de sonrisa torcida, para disculpar la grosería real. La vida de un insensato aficionado a no pensar con el órgano de pensar, no valía el favor de un rey de Francia.

Duras, aprovechando los minutos en que Wellington estuvo a solas con él, se permitió una reflexión personal, que His Grace, a la vista de aquellos obsequios —había decidido, sobre la marcha, llevárselos a Londres; Kitty disfrutaría lo indecible ofreciendo a Bathurst, a Castlereagh y a Liverpool una cena en esa vajilla propia no ya de un duque, sino de un rey—, intuyó que no era suya, sino de Richelieu si no del propio Louis. Según Duras, el pueblo francés daba muestras de sobrellevar muy mal la miseria en que le sumía el II Tratado de París y la opresión de saber que un ejército de ciento cincuenta mil hombres ocupaba sus fortalezas orientales, a tres días de París, Grenoble o Lyon; el que su comandante, además, fuera el año y medio antes venerado duque de Wellington añadía petróleo al fuego, de lo cual, le constaba, His Grace era consciente. A eso se debía su petición de que hiciera cuanto le fuera posible para que la inicua ocupación militar finalizase antes de los cinco años establecidos, y que se aliviara el asfixiante peso de los cincuenta millones de francos anuales que costaría financiarla, los cuales, sumados a los setecientos a pagar en concepto de indemnización de guerra, y a la insoslayable amortización de los mil quinientos millones de deuda nacional contraída por el Corso en los cien días que duró la Usurpación, bien podrían determinar que algún iluminado, algún ultra de los más ultras, diera un coup d’état y lanzase a Francia por el sendero de la guerra. Si Wellington, en quien SCM confiaba tanto como en el hijo que por desdicha no tenía, no lograba convencer a su gobierno de aflojar el dogal, en menos de un año Francia entraría en bancarrota, y la pobreza general sería tan agobiante que difícilmente podría sofocarse una nueva revolución. Si el propósito de la Cuádruple Alianza era preservar la paz, debería primero asegurar el orden en Francia, y no a fuerza de bayonetas. No habría suficientes para sujetar treinta millones de franceses hambrientos.

No era necesaria mucha imaginación para determinar que con todo aquello Louis no sólo pretendía disculparse, sino que fuera su voz ante Castlereagh y Liverpool, una capaz de hablar más alto que la del abrumado Richelieu. Bien, pues si era ése su deseo, así lo haría. No sólo porque no le costaría nada. Comenzar a ejercer una influencia decisiva en el gobierno Liverpool, daba igual cuál fuera el objetivo, era lo primero y necesario para estar bien situado cuando se alzasen las cintas de la carrera, esa que, algún día quizá no lejano, acabaría en la fea casucha del 10, Downing Street.

El sol brillaba sobre la basílica de San Marcos y sobre la inmensa plaza que se desplegaba frente a ella. Gracias a eso la solemne ceremonia, demorada varios días por la lluvia y por la siempre inconveniente acqua alta, comenzó poco después de las nueve de la mañana, en presencia de un gentío cuyo número se incrementaba con el paso de las horas. Era un acto donde se mezclaban diversas liturgias, destacando la ingenieril sobre la religiosa, ya que los espectadores no se congregaban allí para escuchar las aburridas monsergas de monseñor Milesi, el patriarca interino —desde que dos años antes cesara el antipatriarca Bonsignore, designado más por Napoleón que por Pío VII, el patriarcado de Venecia seguía sin titular—, sino a ver cómo una cuadrilla de forzudos izaba los caballos de bronce con un torno de gran tamaño, unos caballos que Bonaparte se llevó a París con el descaro de los déspotas y que regresaban a la ciudad gracias a la generosidad del Duca di Wellington —del infeliz Principe di Schwarzenberg no se acordaba nadie, quizá porque de todas las ciudades italianas Venecia era la que se consideraba menos austríaca—; en general, aquellos caballos a nadie le importaron un pimiento mientras estuvieron en su sitio, pero bastó con que se los llevaran para que pasaran a ser un asunto personal de todos y cada uno de los venecianos. A eso se debía que horas después, cuando las campanas de San Marcos señalaban la del Ángelus, en la gran plaza no cupiera un alma.

Las autoridades habían reservado un recinto de personalidades protegido por la guardia del Kaiser, que presidía el acto. Casi todos eran severos y solemnes caballeros, gracias a lo cual los ojos de la multitud no perdían de vista las figuras de dos damas jóvenes y bellas, vestidas con suprema elegancia y que cogidas del brazo disfrutaban el largo espectáculo, indiferentes al ruidoso populacho y sin dejar un momento de cuchichear. Junto a ellas, pero no tanto como para compartir su intimidad, un también joven oficial del ejército austríaco vigilaba con aprensión el comportamiento de la masa, por si harta de discursos y homilías descubriera que aquello era una tomadura de pelo, ya que los caballos que izaban los sansones eran reproducciones no excesivamente primorosas —los originales habían llegado de París tan deteriorados tras los dos largos viajes, el de ida y el de vuelta, y el no muy cuidadoso desmontaje del Arc du Carrousel, que las juiciosas autoridades decidieron internarlos en el Arsenal del Castello, para restaurarlos y en su momento instalarlos en un Museo de la Basílica todavía por habilitar—, y les diera por sublevarse, así como raptar a sus preciosas protegidas. El Oberstleutnant von Schulemburg, en verdad, desde que trabajaba para la Herzogin von Sagan no ganaba para sustos. Le preocupaba, también, no ser agobiante, y que la duquesa no pensara que pretendía participar en sus conversaciones privadas; era innecesario, pues la Vévodkyne Zahánská y su hermana la condesa de Périgord hablaban en una confusa mezcla de polaco, checo e inglés, como siempre que no querían ser entendidas por orejas indiscretas.

—Charles-Maurice me ha vuelto a escribir. Quiere que ilumine tu cabecita loca y te convenza de regresar a su lado. Desde que te fuiste, añade, no vive para otra cosa.

—Pues a mí no me lo dice. Sería lo natural, ¿no?

—No querrá rebajarse. O será otra de sus maniobras retorcidas, vete tú a saber. La verdad es que con él nunca se sabe. ¿Por qué no le dices que ya estás pensando en volver, pero que antes tienes que darte una vuelta por Günthersdorf, o algo por el estilo? Así sufriría un poquito menos, el pobrecillo.

La condesa se lo quedó pensando, aparentemente absorta en la nada delicada forma en que los forzudos izaban el segundo caballo. Sería divertido ver, se decía en un vaivén de su mente traviesa, que cuando diese alguna otra pendulada se soltara de las cuerdas y cayera sobre las cabezas del Kaiser y del pelmazo monsignore Milesi. Sólo así el espectáculo ganaría un poquito de interés.

—Hace un mes ni lo habría pensado, porque veía las cosas de otro modo, pero ahora supongo que acabaré por hacerlo. De ningún modo podría volver ahora, bien lo sabes —mientras hablaba se palpaba con disimulo su barriga de cinco meses; con el pesado sobretodo que llevaba no se le notaba, si bien a ella no se le iba en ningún momento de la cabeza—, pero ya le voy echando de menos.

La duquesa no preguntó qué le había hecho cambiar de criterio, porque bien lo sabía: el patán de Clam-Martinitz no sólo la comparaba desfavorablemente con la esplendorosa irlandesa que a los dos minutos de quedarse a solas le demostró que su dominio del francés era insuperable, cosa que a él, después de todo, quizá no se le pudiera reprochar, pues Dorothée llevaba un embarazo criminal, de náuseas a todas horas, a lo cual probablemente se debiera que se dejara seducir por una pelirroja de dieciséis fogosos años que a sus dones naturales añadía el poseer una dote colosal; era la causa más probable de que tras una discusión tempestuosa el bello Clam abandonara el palazzo Rocabertí, donde los tres se alojaban por cortesía del embajador español en París —un buen amigo de la madre de las dos—, y no parase hasta la casa de su preocupado padre, allá en Viena, el cual, una vez supo que su hijo había recuperado la cordura, no dudó en resoplar con el más profundo alivio.

—¿Para cuando lo esperas?

—A mediados de abril. ¿Ya le has encontrado padres?

—Y bastante buenos. Una de mis doncellas de Náchod espera para febrero. Es robusta, cariñosa y trabajadora. Bastante bestia, también, lo que para una fregona no es malo. Tu cachorro no podrá empezar mejor; tendrá una madre que lo criará estupendamente, pues tendrías que ver las tetazas que se le quedaron de su primero. Ella y su marido, que también es mío, lo inscribirán un año después, o dos, para que nadie vea nada raro, y asunto concluido. Para ellos será como si se les hubiese aparecido el dios en el que crean; igual es Yahvé, porque con la nariz que se gastan deben de ser judíos; sea el que sea ya me ocuparé de que vivan mejor que ahora, y si en el futuro le quieres ver, o la quieres ver, ya te diré por dónde anda —la condesa denegaba con la cabeza; si no abortaba era porque parir era menos peligroso, pero en absoluto sentía instintos maternales por aquella enojosa maladie de neuf mois—; por lo demás, a la que dejes de manchar nos damos la vuelta que te dije por Günthersdorf, y luego por Zahán, nos pasamos por Berlín para que Friedrich-Wilhelm nos adore un poquito, y ya está, todo seguido hasta París. En la Rue Saint-Florentin y en los brazos de tu tío a mediados de julio —llevaba la cuenta con los dedos, indiferente a que uno de los forzudos se había estampado contra el suelo tras caer a plomo veinte metros, haciendo un ruido interesante aunque acallado por los alaridos de la multitud; la Vévodkyne Zahánská era muy poco impresionable—, ¿qué te parece?

—Ojalá fuera esta tarde. No es sólo que lo lleve fatal; es que me muero de impaciencia.

La duquesa compuso un gesto de comprensión. Algo parecido sentía ella cuando, recién casada, entre todos decidieron que ya era tarde para camuflar de sietemesino lo que ya llevaba medio camino recorrido. De aquello venía el sinvivir de saber que Vava se dejaría matar antes de volver con la que tan mala madre demostró ser. Que Dios, o lo que hubiera más allá del final, se apiadara de Doda y nunca le hiciera sentir lo que a ella tanto le amargaba un par de minutos cada tres o cuatro meses.

—¿Y tu soldadito español? ¿Tienes alguna noticia?

—Ayer tuve carta. No escribe mucho, no vayas a pensar que me ha salido un pelmazo. Me decía que salía para Bruselas, con sus cuadros. Más allá no tenía idea de qué sería de su vida. Su jefe le había dicho que un barco le recogería en Amberes sabría Dios cuándo y que volvería en él a España, con su botín. Después saldría para Viena por el camino más corto. Esperaba que para entonces aún le recordase y cumpliera mi promesa, presentarle a todo el mundo. Más allá, y en lo profesional, ya se las apañaría. En lo personal, y por desgracia para él, jamás sabría ni respirar sin tenerme cerca, pero de ningún modo pensaba impacientarme con sus cuitas. Nada más. Muy sobrio, ya lo ves.

—Sí que lo es, cierto. Nada que ver con Clemens, ¿verdad?

—Ni con Alfred. Es curioso, porque se le debería parecer, cuando menos por la edad, pero no. Es eso, muy sobrio. Y muy poco hablador, aunque cuando quiere puede ser encantador, y divertidísimo. Y no aburre. A mí no, al menos. Es otra gran diferencia con Alfred, que cuando abría la boca para explicarme algo era como si me cantara una nana. Me di cuenta cuando le obligué a contarme qué hizo en la guerra, esa que Wellington presume de haber ganado.

—Ah, ¿es que no lo hizo?

—Pues no, según mi pequeño Nicolás. La ganó ese Gneisenau que nos presentaron en el primer baile de Wellington. Cuando lo dijo me sonó a cuento chino, pero cuando empezó a dar detalles me dejó de piedra. Siempre pensé que Arthur es un punto fantoche, aunque nunca imaginé que lo fuera tanto. Gneisenau debe ser un tipo interesante. Y es vecino tuyo, además —la condesa elevó sus cejas—; tiene una gran propiedad en el Hirschberger Tal, cerca de Günthersdorf. Cuando vayamos a verlo podríamos visitar a su señora, que como detesta Berlín prefiere vivir allí. Es condesa, como tú, y ya de soltera estaba podrida de dinero. Podríamos llegar a ser muy buenas amigas, ¿no te parece?

Reían, encantadas con ellas mismas. Mientras, el Kaiser daba por terminada la ceremonia, porque las cuatro réplicas, tan de bronce como los originales, ya refulgían al sol. Del forzudo estrellado, cuyo cadáver la policía se había llevado a toda prisa, nadie se acordaba, como era natural.

Álava en Waterloo
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