París, domingo 3 de diciembre
Miniussir se aburría educadamente con el descarado coqueteo de Clemence-Thérèse; apuntaba unas maneras excelentes, aunque para igualar las de su madre le faltaban muchas singladuras, se decía el general observándoles desde no muy lejos, en apariencia pendiente de la princesa, un tanto compungida porque salvo Álava y seis parejas silenciosas, del tipo que rara vez dicen nada porque han nacido sin nada que decir, ninguna otra persona podía percibir la pena que la embargaba desde nada más saber que ya no era francesa; el que buena parte del patrimonio familiar se hallara en Haunaut significaba que, le gustase o no, desde hacía diez días era súbdita del rey Willem, lo que se puso de manifiesto en una carta recién llegada donde Su Majestad hacía saber al conde de Caraman-Chimay que contaba con su talento y su experiencia para reforzar su cuadra diplomática, y que le gustaría verse con él en su palacio de Laeken el jueves 14 de diciembre, a fin de saber si podría disponer de su valiosa persona para una de sus principales embajadas. Salvo Álava, Miniussir y las seis parejas no había en el salon Chimay ninguna persona que no viviese allí, lo que dada la hora parecía difícil pudiera mejorar, lo que a su vez explicaba que la princesa no estuviera de buen humor. Sin embargo, el que se abriera la puerta y el mayordomo anunciase al duque de Wellington le cambió la cara en un visto y no visto. No había podido visitarles antes, explicaba poco después el recién llegado, porque sus obligaciones le mantenían más ocupado de lo tolerable, pero no quería dejar pasar ese domingo sin saludar a la derretida princesa y permanecer unos minutos en su compañía, no demasiados pues junto al sorprendido embajador, que disimulaba como podía él no esperar ser raptado cual Europa entre los cuernos de Júpiter, debía volver a su headquarter del Grimod de la Reynière.
—Sabes que jamás hablo de asuntos íntimos, pero esta noche necesito el apoyo de un amigo, y tú eres el único al corriente de lo que me habían programado para esta tarde.
His Grace lo comentaba con fría serenidad sentado en una esquina del enorme salón de su residencia, desde donde contemplaba el retrato de Bonaparte que santificaba la estancia. El general, sentado a su derecha y armado del mejor Napoleón de la casa, escuchaba con atención. El que hasta quedarse allí —tras ver desaparecer al ordenanza que les trajo el frasco y las copas— His Grace no hubiese hablado de otra cosa que de la princesa y de sus cuitas sólo significaba que de ningún modo deseaba que sus confidencias fuesen oídas por nadie, ni siquiera por el más leal de sus sirvientes. Aquello era para las solas orejas de su amigo y así se lo tomaba el general, a su vez intrigado por lo que pudiese haber sucedido; en sus seis años de relación con Wellington jamás le había visto tan alterado —dentro de lo poco que dejaba ver de sus estados de ánimo— por ningún asunto de naturaleza personal.
—Yo llegué primero, sobre la una y media. Me abrió Beckermann; le había mandado por delante, por si habían venido esos que tanto temes tú, los «moros en la costa». Le despedí, aunque no marchó lejos, sino adonde le aguardaba mi escolta, que se había quedado al otro lado de tu casa, por lo que pudiera pasar. Es lamentable que me haya vuelto tan desconfiado, si no tan paranoico, pero ya llevo tres atentados en esta condenada ciudad, ¿sabes? Total, que dieron las dos. A la segunda campanada llamaron a la puerta. Como estaba solo abrí yo mismo. Allí estaba. Deslumbrante, para qué decir otra cosa. Bajo el abrigo, una túnica muy vaporosa y habría jurado yo que nada más. Confieso que de no tener claro a qué venía incluso me habría emocionado.
Unos segundos de clavar la mirada en Bonaparte, que se la devolvía un tanto sardónico, un sorbo de Napoleón y de nuevo a rumbo, se decía un general íntimamente divertido.
—Debo reconocer que fue tan al asunto como rara vez hace una mujer. Nada de marearme con reproches, con andanadas de «por qué no ha venido usted a verme» y todas esas estupideces. Así me ahorró tener que responderle «porque no pudo usted volverse más antipática», lo que habría creado tiranteces innecesarias. Debía tenerlo bien estudiado, porque sin quitarse ni el sombrero me soltó que venía para pedirme un gran favor, el más grande que ningún hombre le habría podido hacer jamás, y que si lo hacía era porque nadie más en este mundo estaba en situación de hacérselo.
—Ney, supongo.
—Precisamente. Aunque no me había figurado que pudiera ir tan al grano sí tenía prevista una respuesta disuasoria, y se la solté: mi ascendencia sobre Su Majestad ni de lejos es tan grande como se dice por ahí, las órdenes de mi gobierno dicen que no me inmiscuya en asuntos internos de Francia y en cualquier caso ya sería demasiado tarde, pues Ney, al escapar disfrazado y bajo un nombre ficticio, demostró que se sabía no protegido por el artículo XII del Pacto de Saint-Cloud. El asunto, en fin, estaba tan absolutamente fuera de control que ni yo ni nadie podría salvarle la piel.
—Sospecho que con eso ya contaba.
—Yo también, pero mi deber era exponerlo en forma inapelable. No debió de salirme bien porque volvió a la carga, y debo confesar que desde un ángulo imprevisible.
—Se te quedó en cueros.
—No seas bruto, Miguel —la severidad de las palabras no lograba ocultar una sonrisa divertida; si a Wellington le gustaba confesarse con Álava, dentro de lo poco que abría su alma inmortal, era porque, se tratase de lo que se tratara, siempre le hacía reír—; comenzó explicando que la piel de Ney no le preocupaba, pero la de Aglaé sí, pues era la mejor de sus amigas y temía que si aquel asunto concluía como todo indicaba que lo haría, podría tirar por el camino de su madre —Álava levantó una ceja; la historia de Madame Ney, en el caso de que alguien se la hubiera explicado, se le había borrado de la mente—; ya veo que no te acuerdas. Simplificando, te diré que la madre de Aglaé fue durante años la doncella favorita de l’autrichienne, algo así como Hannchen para Mina; cuando Robespierre se las compuso para que la pobre idiota siguiera la suerte de su marido XVI, la buena mujer agarró una depresión de caballo, al punto que decidió romper con todo, hija de doce años incluida, y se tiró por la ventana. Los loqueros piensan que las tendencias suicidas pueden ser hereditarias, y Juliette, por lo que dijo, estaba convencida de que a la Ney le podría dar por ahí el día en que le devolvieran el marido metido en una caja y bien cosido a tiros. A eso se debía, terminó por explicar, la mitad de las razones que la llevaban a pedirme que me saltase todo a la torera, echara el resto con Louis, que como me debe la corona no podría decirme que no, y así sacara del apuro al pobre diablo, a cambio de darme algo que jamás había concedido a nadie y que, le constaba, yo no había dejado de ansiar.
—¿Qué has dicho sobre una mitad de las razones?
—No seas impaciente, que ahora voy con eso. Sucedía, me dijo tras una transición diría yo que un punto melodramática, que mis acometidas no le habían dejado indiferente, a lo cual sólo pude responder en la forma que sueles hacerlo tú, levantando las cejas como si fuera una lechuza. Sólo una vez en su vida, y hacía mucho tiempo desde que ocurrió, sintió algo parecido por un hombre, nuestro buen amigo August… sí, el que manda la tropa esa de alemanes que va por ahí asaltando fortalezas, y con el que, según explicó, jamás llegó a nada, sin más detalles. Ya pensaba que se moriría sin volver a sentir que se le aceleraban los pulsos y le latían las sienes cuando aparecí en su vida hecho un completo cabestro, añadió innecesariamente —Álava ya luchaba con sus tripas; el relato superaba todo lo que habría podido esperar—; arrogante, prepotente, presumido, displicente y no sé cuántos elogios más, pero el caso era que pese a odiarme con toda su alma debí quedarme con ella, pues desde hacía casi año y medio no podía dejar de pensar en mí. Asombroso, ¿verdad?
—Thérèse lo sospechaba; debe ser cierto que para entender a una mujer hace falta ser una mujer.
El duque se lo quedó pensando, aunque sólo unos segundos. No parecía estar para psicologías.
—Siguió con que de no mediar el pánico de su amiga y el temor por la suerte que pudiera correr lo habría dejado estar, pues prefería que me quedara con el recuerdo de algo que pudo ser y no fue que con el de una decepción, pero estando las cosas como estaban, y teniendo que pedirme lo que me pedía, era incapaz de dejarme sin conocer todo lo que le había movido a verse allí conmigo.
—¿A qué decepción se refería?
—Eso mismo me pregunté mientras la escuchaba. Supuse que sin ropa igual temía no valer gran cosa, o que su inexperiencia de vestal le hiciera ser tan torpe y aburrida como suelen ser casi todas las malditas vírgenes. De veras que no imaginaba que pudiera referirse a otra cosa.
El general ya presentía que ahí residía El Gran Misterio, así como la razón de que His Grace necesitara esa noche un confesor de cabecera.
—No le pregunté qué quería decir porque intuía que la situación exigía un pasar de las musas al teatro, de modo que me la quedé mirando de un modo inequívoco, el de «mejor no digas nada más y vamos al asunto de una puta vez». Pareció no tomárselo a mal, porque no protestó cuando la tomé a remolque rumbo a tu dormitorio. Por cierto, deberías hacerte con una cama un poquito más dura.
Desde ahí His Grace se lanzó a una detallada descripción de las ventajas que ofrecían los lechos consistentes sobre los blandos, a la cual no se opuso el general; lo que viniese detrás quizá fuera excesivo para revivirlo sin anestesia, por lo cual se preocupaba de mantener debidamente abastecida la copa de su amigo. Era su maldición, se decía con humor: siempre sería el QMG de Wellington.
—Como no era cosa de arrojarla sobre la cama y proceder al estilo de los cosacos, estarás de acuerdo —el general lo estaba—, comencé contribuyendo a liberarla de todo lo que pudiera incomodarle, como el abrigo y el sombrero. Reaccionó bien, o mejor diría que no reaccionó. Sí, eso describe la situación con más exactitud: se dejaba, nada más. Así llegó el momento de pasar a mayores.
Nuevo trago de Napoleón. El general no creía que su amigo estirase la historia por disfrutar reviviéndola, sino porque despeñarla sin más le haría revivir un dolor que debía ser grande.
—Para mi sorpresa, la iniciativa la tomó ella. Debo hablarte, antes, de las condiciones ambientales: las cortinas apenas filtraban luz y la temperatura era muy alta, porque la chimenea, que según Beckermann llevaba horas encendida, estaba en su punto álgido. Así no había forma de saber a qué se debía el color tan incendiado que mostraba. Yo pensaba que sería simple calor, pues en verdad que hacía mucho, aunque ahora pienso que podría deberse a otras razones. Las mismas que le llevaban a tomar el mando, como si no quisiera demorar un desenlace que preveía trágico.
El general volvió a elevar sus cejas; siempre le parecía que «trágico» era un término desmesurado.
—Su primer movimiento fue apartarse las hombreras. Primero una y después la otra, no las dos al mismo tiempo como suele ser lo usual —el general se reprochaba jamás haber prestado atención a esos detalles; su buen amigo, lo reconocía, era una caja de sorpresas—. Después, y diría yo que con una lentitud estudiada, si no premeditada, las hizo descender más o menos hasta la cintura, con los efectos que sin dificultad podrás imaginar, haciendo innecesario que los explique.
—¿Alguna sorpresa?
—Pues no, porque ya sospechaba yo que ahí no se ocultaba nada extraordinario. En eso era, para que te hagas una idea, justo lo contrario que Thérèse.
—¿Era ésa la decepción?
—Eso mismo me preguntaba yo, para decirme que tampoco era para tanto. Una mujer puede ser muy bella, y muy hermosa, sin necesidad de poder amamantar a un elefante, ¿no lo crees así? —el general asintió, aunque no excesivamente convencido; a él le iban más las que sí podían—. A partir de ahí ya siguió por el procedimiento habitual de casi todas las señoras cuando estrenan caballero, el de airear un último pudor. Sí, ya sabes: girar un poquito para quedar en escorzo y no descararse al completo —al general le parecía, en aquel momento, escuchar el relato de una batalla y no el de un acto amoroso que, por deseado que hubiera sido durante muchos meses, tampoco tenía nada de particular—; ahí es cuando la cortesía recomienda poner algo de uno mismo, cuando menos en Inglaterra, de modo que me acerqué para tratar de socorrerla en el proceso, y de paso tantear lo que sí me parecía un poquito escurrido, qué quieres que te diga. Yo ya sabía que Juliette no tiene unas caderas de las calificables como rotundas, pero así, al natural, aquello me pareció todavía menos generoso de lo que había esperado. Vamos, que con Rubens no habría tenido nada que hacer —una pausa, más Napoleón y unos segundos de mirada perdida—. Tratando de facilitar las cosas, como te dije, había cerrado distancias. A una mujer, cuando menos en mi experiencia, dejarse acariciar le incomoda menos que dejarse mirar, de modo que renuncié a los ojos y me dediqué a las manos, comenzando la izquierda por el hombro del mismo lado y la derecha pues…, cómo lo diría yo…, por el sur de la espalda, espero que así te puedas situar —el general se situaba, lo que hizo saber con una sonrisa cómplice—. Desde ahí todo sucedió del modo más ortodoxo, hasta el momento en que la izquierda, una vez dejó atrás el ombligo…, una cuarta más abajo del mismo, para ser exactos, me hizo saber que algo no iba bien.
—No me digas que se había extraviado en la espesura.
—Pudiera ser, aunque lo peor no era eso. Era el haberse dado con un gigante agazapado.
El general, con gran cortesía, se desorbitó ampliamente de mirada.
—¿Y cómo te lo tomaste?
—Lo mejor que pude —Álava reconocía que a él le habría sido imposible conservar aquella prodigiosa flema de párpados semicaídos—. ¿Recuerdas esas dos esculturas del Louvre, una yacente que se llama l’hermaphrodite endormi y otra erecta cuyo rótulo dice hermaphroditus? ¿Que sí? Pues no son exactamente lo mismo con que me di yo, pero servirán para que te hagas una idea.
Al general no le hacían falta esas esculturas para que su memoria se activara. Solía ser excelente, pero cuando se trataba de asuntos inusitados conservaba el recuerdo durante años sin que se le desdibujaran los detalles. El que recuperaba en ese instante se correspondía con una monja capuchina llamada Sor Fernanda; el caso tuvo cierta notoriedad hacia 1792, cuando a sus treinta y siete años y por disposición del arzobispo de Granada fue devuelta del convento de Guadix al pueblo de Zújar, en el que aún vivían sus padres. La desdichada Sor Fernanda, una monja de vocación por encima de toda sospecha, poseía la peculiaridad de que cuando estornudaba, o cuando realizaba un esfuerzo físico inusual, le asomaba de los bajos un apéndice de tamaño no desdeñable, cosa que había mantenido en comprensible secreto los primeros treinta y cinco años de su vida, pero un día no pudo más y se lo contó a su confesor, lo que dio lugar a una investigación inquisitorial que por fortuna sólo le supuso dejar de ser monja, y no acabar en la hoguera como le habría correspondido en tiempos más devotos.[242]
—¿No te habrás confundido? ¿No sería un bouton de rose más robusto de lo usual?
—¿Tanto como así?
His Grace se había llevado las manos algo más arriba de su cabeza, bien separadas y con los dedos muy abiertos, en expresión de inconmensurabilidad.
—Si el caso es ése, no, desde luego. ¿Y qué hiciste?
—Nada que no puedas imaginar. Los ardores se me vinieron abajo, hazte cargo —el general, asintiendo con vehemencia, se lo hacía—, y hasta sentí, no lo puedo negar, un cierto repelús, un principio de repugnancia física del que me avergüenzo profundamente, pero que se me notó. Lo supe al ver, tras apartarme un par de pasos, que Juliette se había echado a llorar. Así me quedé, ni sé si como un pasmarote o como un tentetieso. La situación me abrumaba, tanto que sólo tuve fuerzas para inclinarme, recoger el vestido, a la sazón arrebujado entre sus pies, y subírselo procurando no tocarla. Reconocerlo me duele más de lo que podrías imaginar, pero me daba un poquito de asco. Bueno, bastante más que un poquito. Ahí fue, una vez tapada de nuevo, cuando se decidió a susurrar que a eso se debía el que jamás hubiera sido de nadie, por su invencible temor a sentirse rechazada.
Cayó un silencio algo más largo que los anteriores; de tres sorbos, para mayor precisión.
—Algo después, cuando logré recobrarme, le dije que comprendía sin temor a error qué suponía para ella lo que me acababa de hacer ver. Mucho debía querer a su amiga para revelarme su secreto, así que, dentro de lo que se hallase a mi alcance, podía contar conmigo, empezando por que aquella misma tarde mandaría un mensaje al rey, pidiéndole audiencia urgente. Al tiempo, y tras vencer con un esfuerzo infinito la repugnancia que sentía, le di el abrazo más cariñoso que me sentía capaz de dar —el general se preguntaba si alguna vez había visto a His Grace abrazar a nadie, para contestarse que no—, con lo cual metí la pata otra vez, pues arreció en sus lloros con un desconsuelo lamentable.
—Las mujeres saben sollozar así cuando les conviene hacerlo, supongo que lo sabes.
—Estoy al corriente, pero en aquellos momentos no me resultaba posible considerarla una mujer, o no a un punto tal que me ahorrase preguntárselo.
—¿El qué?
—Pues cuál era su esencia, o cómo se sentía, por no ser brutal y soltarle un «y qué carajo eres tú».
—¿Y qué te dijo?
—Que quizá fuera las dos cosas. A mí siempre me había mirado como una mujer, pero alguna vez, en esa impúdica intimidad de boudoir donde tan a gusto se sienten las señoras, ella y el gigante se habían dado cuenta de que todo podía ser más confuso de lo que suponían.
El general no se veía capaz de formular una opinión. Por mucho que lo intentase, le resultaba imposible ver en la etérea, delicada y bellísima Juliette de Récamier un caballero bien armado.
—Por cierto…, el tal gigante, ¿venía con sus personal belongings?
—Pues no lo advertí, ahora que lo pienso. Debes comprender que nada más establecer contacto me asaltó un invencible deseo no ya de retirar la mano, sino de salir corriendo.
—Es comprensible. No es que me apasione la idea de ahondar en la resolución del misterio, pero sí me gustaría saber cómo debo pensar en ella de ahora en adelante.
—A mí me pasa lo mismo, aunque no creo que me pueda quitar el sueño el quedarme sin saberlo. No, al menos, ahora que te lo he contado. Bueno, que me has dejado que te lo cuente. Me siento aliviado, ¿sabes? El hecho de habértelo explicado me permite racionalizarlo. Si tras eso me las compongo para no cruzarme con ella nunca más, habré liquidado mi trauma particular.
Pobre Juliette, se decía el general con un punto de compasión. Si fuera una simple virgen y hubiese aceptado dejar de serlo por salvar a Ney, habría pagado un precio incomparablemente inferior.