París, sábado 2 diciembre
Álava regresaba de su desayuno con Wellington. Su plan, aprovechando el bonito día de otoño, era caminar hasta la joyería Beaugeois, en el 11 de la Rue Chabanais, donde recogería una pulsera de zafiros que había encargado días antes; era su regalo para Loreto, que últimamente le dirigía una media de tres preocupadas cartas a la semana, en las cuales, además de ponerle al día sobre la situación en Vitoria y en el conjunto de las provincias vascongadas, le decía que por muchas ganas que tenía de verle ni se le ocurriera venir, pues Nicasio de Velasco y sus secuaces acechaban las dos casas, la de los Álava y la de los Esquivel, y que prefería marchar a Bruselas, por espantoso que fuese vivir allí, antes que arriesgarse a que le mataran. Él tampoco estaba convencido de que pasar la Navidad en Vitoria fuese una opción aconsejable, aunque por otras razones. Una era no estar seguro de que su exilio diplomático estuviera cancelado; de ahí venía que hubiera escrito a Cevallos, preguntándole si SCM aprobaría que pasara las fiestas con los suyos, a los que hacía casi un año que no veía. Otra, que cruzar Francia por la ruta Tours-Poitiers-Angoulême-Bordeaux era no ya inquietante, sino peligroso, al punto que Wellington le había prometido hablar con D’Artois para que le procurase una escolta militar, hasta Tours de la Guardia Nacional y desde allí del ejército; quizá lo consiguiera, pero aun así no dejaba de ser un asunto de preocupar, lo cual le causaba un íntimo pesar, pues tenía muchas ganas de volver con Loreto. A su manera, el general Álava quería mucho a su mujer.
Wellington, como siempre, le había contado algunas maldades. Destacaba la llegada esa mañana, vía paloma mensajera, referente al fallo judicial en el caso Webster-Wedderburn contra el Saint James’ Morning Chronicle. La publicación perdió, como estaba cantado, aunque sin quedar descalabrada: sólo debería soltar al nada feliz Sir James la modesta cifra de dos mil libras esterlinas. Para Bold Webster sería un disgusto cuando lo supiera, y no sólo por lo muy a la baja que los magistrados del Old Bailey tasaban su honor, sino porque necesitaba las cincuenta mil libras para sacar el vientre de penas, y más aún cuando los vientos de paz comenzaban a soplar con desagradable intensidad, lo que para el British Army siempre significaba oficiales con hojas de servicios poco impresionantes puestos a media paga.
Habría marchado a Beaugeois sin pasar por su casa, pero el que Zurraspas aguardara en el patio de caballos, obviamente para que no se fuera sin hablar con él, hizo que se pusiese a la defensiva. No sentía temores por nada en especial, ni su conciencia se hallaba más alterada de lo acostumbrado, pero lo inusual le ponía en guardia, como a cualquier español que conociese a su monarca.
—Don Miguel, hay una señora esperándole. Madame Récamier, dijo que se llamaba.
«Con la Iglesia hemos topado», se dijo invocando la única frase del Quijote —pesadísimo libro donde los hubiera, nunca se recató en afirmar; el sostener una línea de pensamiento tan en contra de lo establecido tenía que ver con que de pequeño, en el Real Seminario Patriótico Bascongado de Bergara, le habían obligado a entriparlo de la cruz a la fecha; él, como tantos y tantos españoles, sostenía una guerra larvada contra todo lo que fuera obligatorio, y más si lo era por haberle salido de sus partes a un jesuita facineroso y bujarrón, que así se recortaba en su memoria el santo varón que, iluso él, intentaba que aquella pandilla de vascorros recalcitrantes desarrollara un mínimo interés por el discutible don de la lectura— que mantenía viva en su cabeza. Sus sospechas de cuatro días antes regresaban, añadía mientras la emprendía con los alterosos escalones que conducían a sus habitaciones. Aquella visita sólo se podía deber a una razón, y de veras que le fastidiaría verse obligado a negarse.
Juliette aguardaba en el salón del que partían los cuatro conjuntos de dormitorios-despachos-aseos. Estaba sentada sin leer nada, pese a que allí no faltaba lectura. Para entretenerse parecía bastarle con sus pensamientos, y debía llevar un gran pertrecho, pues su aspecto era el de haber resuelto esperar todas las horas que fueran precisas, una determinación que bien podría deberse a que tras la veloz huida de su mosqueada presa ésta no había vuelto a poner los pies en su salon littéraire.
—¿Por qué lleva tantos días sin venir por mi casa, Monsieur d’Álava?
—Me parece que sólo han sido cuatro, madame. No creo que sean demasiados.
—Pues me ha parecido que me rehuía.
El general reflexionaba dando su mejor velocidad. Sentía una gran consideración por Juliette —y una mayor aún por sus contactos y su influencia; de ningún modo le gustaría quedarse sin los unos y sin la otra—, respetaba no sólo su acreditada sensibilidad sino una inteligencia nada desdeñable para una mujer —por adelantado a su tiempo que pudiera ser no dejaba de ser un hombre del mismo—, e incluso había llegado a desarrollar un cierto afecto por su enigmática personalidad. Todo ello conspiraba con singular energía en favor de dejar a un lado las tonterías y decirle la verdad.
—Ni por mí ni por usted, madame. Sucede que los acontecimientos de los últimos días me han llevado a retraerme, un poquito. Es que no quisiera verme involucrado en acción alguna que me pudiera indisponer con otros buenos amigos a los que también aprecio muchísimo.
Juliette se lo quedó pensando. Quizá no esperase una toma de posición tan clara y tan sencilla.
—Supongo que se refiere a los intentos de Madame Ney para que la reciba Lord Wellington.
—Entre otros, madame. Debo decirle que siento la mayor simpatía por su causa. En mi opinión, el Maréchal Ney no merece la suerte que le aguarda. Nos hemos visto muchas veces, las más a través de nuestros respectivos catalejos, aunque alguna, como en Waterloo, a menos de cien pasos y con el sable desenvainado. En todas ellas bien pudimos matarnos el uno al otro, pero como enemigos en guerra, con el respeto debido entre caballeros que militan en bandos opuestos, diría yo y pienso que diría él también si alguien se lo preguntara. En modo alguno puedo estar de acuerdo con lo que no es más que una venganza tan despiadada como insensata, pero éste no es mi país, ni la misión que me ha traído aquí me permite participar en esta clase de asuntos. Algo similar, me parece, le ocurre a Lord Wellington. A él tampoco le permiten involucrarse, por mucho que piense lo mismo que yo.
—¿Lo ha comentado con él?
—Varias veces. Créame si le digo que la suerte del maréchal es una de sus mayores preocupaciones, y si no hace más por él es porque no puede.
Otra ronda de reflexión. El diálogo quizá no marchara por donde habría previsto la pensativa Juliette, aunque la posición de su mentón indicaba que de ningún modo pensaba presentar la popa.
—Mi querido amigo, comprendo sus razones para desear no ser visto en estos días, pero aun así necesito que me ayude. Por otra parte, lo que voy a pedirle no le incomodará con nadie, incluyendo a Lord Wellington —el general elevó sus cejas, intrigado—; sólo se trata de…
—A ver si he comprendido: me quiere ver a solas, en tu casa, mañana tres de diciembre a las dos en punto de la tarde, por un asunto de suma gravedad. ¿Es así? —el general asintió, lo que dio lugar a que Wellington se lo quedara pensando unos largos segundos—. A mi entender está claro lo que persigue, y aún más claro que piensa pagar por ello el precio que le pida, incluyendo el mayor sacrificio que se pueda exigir a una vestal profesional, ¿no te parece? —nuevo gesto de asentimiento, aunque innecesario; aquello no era una conversación, sino un soliloquio de His Grace, fenómeno al que Álava estaba muy acostumbrado—. Bien, pues si me haces el favor dile que allí estaré, pese a que me haya ignorado del modo más cruel en los últimos meses. Dile también que si acepto reunirme con ella es por lo buenos amigos que fuimos una vez, pero no porque piense que le puedo ayudar en lo que, me temo, piensa pedirme. Hay cosas que, por mucho poder que posea, un general en jefe no puede hacer.
¿Dónde piensas meterte, por cierto? ¿Y qué harás con Miniussir?
—Había pensado llevármelo a l’Opéra Comique. Dan una de Mozart, Les Noces de Figaro. Después iremos al salon de Thérèse; la pobre cada día está más desolada, porque sólo va gentecilla —Wellington compuso un leve gesto de pesar; se había olvidado por completo de que la princesa estaba en París—, pero es de reconocer que da el mejor champagne de cualquier salon littéraire. Para cuando nos vayamos de allí será noche cerrada. Supongo que para entonces ya no necesitaréis mi humilde casa.
La mente de His Grace había vuelto a irse lejos. Su expresión era la de valorar qué pensaba recibir y qué le costaría conseguirlo. La conclusión debía parecerle favorable, porque se le dibujaba una tenue sonrisa. Como una vez explicara en el Café de la Fontana de Oro el mordaz paisano de Álava Félix María de Samaniego, gracias a cuyas 257 Fábulas en verso castellano para el uso del Real Seminario Bascongado logró sobrevivir a su devota educación —y gracias también a las no pocas que con cauto sigilo se pasaban de unos a otros los infelices internos y que años después, ya muerto su autor, vio impresas en un volumen titulado El Jardín de Venus—, las pichas tiesas jamás han creído en Dios.