París y Compiègne, sábado 28 de octubre
La noticia del día, lo comentaba Wellington con Álava mientras cabalgaban por les Champs Élysées, era el decreto del Duc de Feltre, ministro de Richelieu, convocando un consejo de guerra compuesto exclusivamente por maréchaux de France para juzgar a Ney, recién trasladado a la Conciergerie desde la prisión de l’Abbaye. Con aquello la tensión subiría otro grado, incrementando el cada día más claro riesgo de guerra civil. Según los informes de Müffling, que le hacía llegar con prusiana puntualidad, los enfrentamientos en las calles de París estaban pasando de aleatorios a sistemáticos. Los alrededores del Palais-Royal se habían transformado en una maqueta donde los bandos enfrentados probaban fuerzas. Los ultras elegían para congregarse dos de los más grandes locales del área, el Café de Valois y el de Chartres, mientras los bonapartistas y los liberales, antes irreconciliables y ahora unidos contra el enemigo común, lo hacían en el Lemblin, tan grande como los otros dos juntos. Hasta no hacía mucho rara vez se pasaba de gritos e insultos, pero a partir de la ejecución de los Faucher las respectivas actitudes se habían radicalizado, al punto que la cautelosa policía, que de ningún modo se quería ver cogida entre dos fuegos, sólo se internaba por la Rue de Montpensier cuando el sol ya estaba en alto, para siempre dar con unas cuantas cabezas rotas y algún muerto que otro.
—Esto se ha vuelto tan irrespirable que nada más firmemos marcharé a Londres con Kitty, para pasar la Navidad. Tras eso volveré, pero solo y a Cambrai. Tal como van las cosas, para mi salud será mejor dejarme ver aquí lo menos posible. ¿Qué planes tienes tú?
—Cuando Bonnemaison acabe con los cuadros, irme con ellos a Bruselas. Por mucho que haya vuelto a ser el lugar más aburrido del planeta, París se ha puesto demasiado emocionante.
—Podrías venirte a Cambrai. Cazaríamos, comeríamos y disfrutaríamos en compañía de buenos amigos y mejores amigas, que no nos van a faltar. Cuando debas hacer algo de naturaleza oficial, te subes en tu coche nada más amanezca para llegar a dormir a Bruselas, y cuando acabes vuelves corriendo. Si no me confundo, tu misión secreta sigue siendo la misma, ¿no? —se sonrieron; era inútil disimular—. Pues de ningún modo lo podrás hacer mejor que allí, en Cambrai. Piénsalo.
El general obedeció, aunque no muchos segundos. No sólo porque su curiosidad estaba centrada en otro asunto, sino porque lo de marchar a Cambrai con Wellington lo tenía decidido desde hacía mucho, aunque de ningún modo se habría insinuado. Cierto tipo de hospedajes sólo funcionan a satisfacción si se es formalmente invitado.
—¿Qué tal anoche?
Wellington y Lady Kitty habían cenado contra el Zar y su hermana Ekaterina —tras desaparecer la Krüdener se había convertido en su châtelaine—, en compañía de Castlereagh, Nesselrode, Stein y las parejas de los tres. Álava y Wellington habían comentado alguna vez que podría ser una cena interesante, la primera que daba el Zar tras haber regresado de donde moraba Jesucristo al indecente mundo de los mortales. Se trataba de ver si de nuevo era el de siempre, dentro de lo imprevisible que acostumbraba ser «el de siempre», o si aún mostraba los estigmas de la santidad. De ahí la curiosidad de Álava y la rara minuciosidad con que Wellington describía los detalles, por mucho que nada mereciera ser descrito, al menos mientras no liquidaron los postres. Cuando eso sucedió, las señoras, cumpliendo muy disciplinadamente con los deberes de su sexo, se marcharon con la impredecible châtelaine a tomar un té o un a saber qué. Los cinco caballeros, ya solos y a sus anchas, se dejaron de las banalidades usuales en toda mesa donde las señoras no eran como la Vévodkyne Zahánská y comenzaron a beber, a fumar y a tratar de asuntos serios, pues para eso estaban allí. El Zar debía padecer graves preocupaciones, pues al poco dejó caer un lúgubre «pudiera ser que más pronto que tarde tengamos que defender a Friedrich-Wilhelm de sus ejércitos», a lo cual siguió un obsceno silencio.
El comentario, pensaba Wellington, quizá no se refiriese al comportamiento de las fuerzas prusianas en sus primeras semanas en París, ni tampoco a Blücher; más parecía ir por el otro, el que siempre se las apañaba para pasar desapercibido, cuando menos para la ciudadanía, pues para cualquiera que supiera un poquito de Prusia, del KPA y del Niederrheinarmee, y en su día del Schlesischesarmee, no podía estar más claro que tenía la culpa de todo; así, al menos, acabó por explicarlo Stein, ampliando lo que dijo el que pagaba su salario, a lo que Wellington asintió para seguir en atento silencio según Nesselrode añadía que aquel sajón renegado era excesivamente jacobino para resultar de fiar, cuando menos en un sistema paneuropeo donde la intención de los soberanos y de sus gobiernos era restaurar un absolutismo tolerante, amén de constitucional, pero absolutismo puro y duro. El sajón llevaba desde 1807 clamando contra los privilegios de clase y tratando de convertir el modelo tradicional del KPA en algo peligrosamente similar al francés, aunque no al de Bonaparte, sino al de la Convención. Eso le hacía varias veces sospechoso, tanto en Prusia, donde la nobleza militar le detestaba sin reservas, como en Austria, en Rusia, en Francia y, pese a la lejanía que imponía el Canal, en la propia Inglaterra, frente a lo cual Castlereagh se inclinó por no mover un músculo, aunque Wellington no se resignó a quedarse sin decir lo que últimamente repetía cuando identificaba una oreja favorable, que lo último necesario en Europa era un Napoleón prusiano. Pese a todo, él pensaba que ni aún era momento de ir por la cabeza de Gneisenau ni eran ellos quienes debían sugerir a Friedrich-Wilhelm que se la cortase. Lo primero, porque la guerra de las fortalezas, ciertamente gloriosa para Prusia, todavía chisporroteaba. Blücher era el hombre más popular de su país, y en su momento podría ser el más apasionado valedor del sajón; mejor, pues, no animar a Friedrich-Wilhelm a incurrir en riesgos innecesarios frente a su propia chusma. Lo segundo, porque no haría falta. Gneisenau, cuyo mejor don era fabricarse un amigo por cada diez enemigos, desde hacía varios años era la obsesión del peor que hombre alguno podía tener, el ultrarreaccionario Fürst zu Sayn-Wittgenstein, ministro de la Policía y gran amigo personal, por cierto, del Kanzler Metternich. Un tipo, Wittgenstein —explicaba Stein, un tanto acalorado gracias al Napoleón del Zar—, que poseía las mayores calificaciones para ocupar la más alta posición en política sin jamás haber hecho nada, sin haber trabajado un solo día de su vida y sin poseer el menor mérito personal, profesional o intelectual, salvo uno en verdad insuperable: saber hacer circular la información de alcoba por el circuito del dinero, siempre ansioso de adquirir información reservada. Si Wittgenstein detestaba tan vehementemente a Gneisenau era por no ser indígena, no ser aristócrata de cuna, exhibir un pensamiento descaradamente liberal, haber sido con Scharnhorst el alma de los «reformadores», tratar con indisimulado desprecio a quienes se le oponían y mostrarse tan arrogante como engreído, convencido de que nadie se le podía igualar en el plano intelectual, ni en el KPA, ni en el gobierno, ni en la política en general. Wittgenstein y sus leales, el ministro de Justicia Scharnweber y el duque Karl von Mecklenburg —insistía el volcánico Stein— eran enemigos formidables, aunque muy pacientes. Mientras aún retumbara el cañón Gneisenau estaría en franquía, pero cuando la Festungskrieg fuera un recuerdo lejano y las fronteras con Francia se mostraran tan pacíficas como todos deseaban, sus problemas se harían cada día más insolubles, hasta que acabase por abandonar. Sus incondicionales, que los tenía —empezando por el idiota de Hardenberg, apostillaba—, carecían del poder necesario para proteger a su caudillo de alguna sutil maniobra concebida para echarle a la calle. Gneisenau —terminaba tras apreciar cierta incomodidad en la mesa— tenía más probabilidades de dimitir que de ser cesado, y si finalmente decidiese avanzar el resto sobre la mesa, se llevaría la mayor decepción de su vida.
—¿A qué se debía esa incomodidad? ¿A lo que decía, o a cómo lo decía?
—A lo segundo. Por buenos que fueran sus argumentos, estaba borracho. A la hora de buscar la garganta de alguien, un caballero no puede manifestarse así. El estilo y la clase son necesarios para todo, en especial si el que te paga es alguien tan inconsecuente como el Zar. Si yo fuera Stein, iría mirando qué puestos de consejero para conflictos europeos quedan hoy en las cancillerías, aunque también podría suceder que no le pasara nada. Si una virtud distingue a nuestro admirable Alexander, es lo prodigiosamente bien que hoy piensa una cosa y mañana la contraria.
Álava se lo quedó pensando. El Zar no era único en aquello, ni mucho menos. Si había en el mundo un autócrata capaz de disputarle la primacía en ese don, era Don Fernando VII de Borbón.
Blücher había citado en Compiègne al Prinz August, a los generales Bülow, Hake, Pirch I, Zieten y Thielmann, a sus stabschefs y a sus comandantes de brigada, y a Grolman y Gneisenau. El motivo del acto, sencillo y cien por cien militar, sería entregar de forma oficial el mando del Niederrheinarmee. Blücher partiría esa tarde para Berlín, donde se quedaría unos días, y de allí seguiría sin detenerse hasta sus posesiones en Schlesien, de donde ya no pensaba moverse. La ceremonia no habría durado ni un minuto de no haberse demorado en la lectura de un comunicado de despedida para los soldados del Niederrheinarmee y del Norddeutsche Bundeskorps, el cual, contra lo acostumbrado, no estaba redactado por Gneisenau. Era suyo, de su puño y letra. Quizá por eso no resultaba ni tan seco ni tan frío como sus proclamas usuales. Blücher era un hombre apasionado, lo que se reflejaba en casi todo lo que hacía; sobre todo, cuando escribía. En aquel mensaje de adiós sus subordinados captaron un detalle que les dio que pensar —salvo a Gneisenau, bien al tanto de lo que rondaba por la cabeza de su jefe—, y que a su debido tiempo haría también cavilar a los observadores del pensamiento militar prusiano: a diferencia de lo usual, y además en una forma no ya solemne, sino inequívoca, Blücher se había referido a los hombres a su mando no como preußische soldaten, sino como deutsche soldaten.