París, viernes 4 de agosto

Wellington, Álava y Lord Fitz-Roy Somerset comentaban las noticias del día tras sendas tazas de té. Al primero se le veía preocupado, dentro de que sólo sus dos interlocutores serían capaces de percibir sus imperceptibles muestras de inquietud; para el resto del género humano, Sir Arthur Wellesley podría competir tranquilamente con la Esfinge de Gizeh.

—Estos bestias, además de a La Bédoyère, han arrestado a Ney. Estaba escondido en Figeac, lejísimos de aquí. Por las trazas, alguien le ha vendido.

Wellington, al que Fouché mantenía bien actualizado, siguió con una noticia todavía peor; procedía de Avignon, donde a mediodía del miércoles 2 una turba de realistas había tirado al Rhône al Maréchal Brune, comandante de l’Armée du Var, tras tomar la precaución de pegarle un tiro, por si sabía nadar. Aquello, según Fouché, oficializaba un terror blanco que, si D’Artois no sujetase a sus ultras, acabaría conduciendo al país a una guerra civil. Lo que más inquietud causaba en His Grace, explicó a continuación, no era eso, sino que Giorgina de La Bédoyère había movilizado sus influencias a fin de liberar a su marido; una de sus primeras acciones fue hacerle llegar una emisaria de cuidado, Madame de Staël, la cual le dio la noche antes una carta manchada de lágrimas, rogándole por lo que más quisiera en el mundo que intercediera por su cuasifusilado esposo, en la convicción de que a Louis XVIII, que le debía el trono, le sería imposible negarse a una petición suya. Le pedía, igualmente, que la recibiera, lo cual le causó cierto espanto. No por pensar que le fuese a montar una escena desagradable, de llanto, dolor y todo eso, sino porque la condesa de La Bédoyère tenía fama de ser un regalo para la vista, y no tenía la menor gana de verse a sí mismo en la incómoda situación de no poder aceptar el supremo sacrificio de una esposa enamorada que no quería ingresar en el gremio de las viudas. Tras negarse a través de Germaine lo menos rudamente que pudo, le recetó un buen abogado, para escuchar que Giorgina se había dirigido a Benjamin Constant —ninguno de los muy prestigiosos a los que recurrió en primera opción quería saber nada de mostrarse hostil a la corona—, el cual no debía saber que se había librado por los pelos de acompañar al otro en las listas del Moniteur, y tras eso preguntó por qué no hablaba con Chateaubriand, para desorbitarse al escuchar que lo había hecho a través de la compasiva Juliette de Récamier, aunque con resultados decepcionantes, pues tampoco deseaba significarse contra el rencoroso D’Artois. En cuanto a Talleyrand, amigo de la Staël desde hacía un cuarto de siglo, sin duda le oiría las mejores palabras, pero no movería un dedo. Estaba tristemente convencida de que no había nada que hacer, salvo si él intervenía. Entonces, sí. Entonces, seguro, y por eso Germaine se le había lanzado al cuello. Una situación fastidiosa, porque de ningún modo quemaría su ascendiente sobre Louis por un idiota reconocido. Prefería reservarlo para cosas importantes, aunque tampoco deseaba ingresar en la sufriente cofradía de los ignorados por la Staël, de modo que prometió hacer lo que pudiera pero secretamente dispuesto a no mover un dedo. Los asuntos que andaban en juego eran lo bastante serios como para limitar su capacidad por un cretino que no supo cuidar de sí mismo.

—¿Qué tal resiste Talleyrand?

His Grace compuso un gesto de duda metafísica.

—Sus maniobras para desunirnos siguen sin salirle bien; no se siente respaldado por Louis; los ultras le hostigan a todas horas y en todas partes —llevaba la cuenta con los dedos, en expresión de innumerabilidad—; los prusianos le siguen arrebatando fortalezas; no consigue controlar los desórdenes del Midi, ni los de Toulouse, ni los de La Vendée, ni los de ninguna parte; de dinero está fatal y París, de postre, cada día es más un polvorín. Por si todo eso fuera poco, su châtelaine apenas le hace caso, porque se pasa el tiempo con el ADC de Schwarzenberg que casi la deja viuda el otro día; le debe andar curando los ardores atrasados, o eso se sospecha, porque los que hablan con ella la describen como si estuviera ida, mostrando con la mayor impudicia el aspecto de una hembra peor que satisfecha. Eso, a nuestro buen Évêque d’Autun, le tiene carcomido de celos, al punto, murmuran dos o tres de sus ministros —Álava no preguntó quiénes; bien sabía que todos ellos, no sólo Fouché, rara era la semana en que no se confesaban con His Grace—, que le resulta imposible concentrarse. Parece mentira que con los años que tiene, y la experiencia que se le supone, se comporte más como un colegial enamorado que como un primer ministro aplastado de problemas.

Era un análisis muy despiadado, como solían ser los de Wellington, pero Álava no pensaba que aquella vez exagerara. Él, pese a su más reducida información, opinaba lo mismo; había conseguido establecer un cierto trato personal con el primer ministro, que valoraba y agradecía sin dejar de sorprenderle que le dedicara tanto tiempo, al menos de un modo relativo, pues un hombre tan acosado como él no debería malgastarlo en cenas multitudinarias o en asistir a las organizadas por los que no disimulaban su propósito de llevar el país a la miseria, pero el caso era que siempre le sentaban en un sitio lo suficientemente cercano a él —cuando los acontecimientos sucedían en el hôtel Talleyrand— para que ni se perdiera palabra ni el otro se quedara sin escuchar sus comentarios, las raras veces que los formulaba. Si alguna fracción del oficio diplomático ya dominaba, era la de saber escuchar.

—¿Y eso es malo?

Wellington se lo quedó pensando, aunque no porque la pregunta le sorprendiera. En realidad, era la misma que no paraba de hacerse desde que asistiese a la firma del Pacto de Saint-Cloud.

—Pues no sabría qué decir. Louis no cuenta con nadie más inteligente, pero tiene tantos enemigos que igual le va mejor con uno más tonto. No creo que tardemos en saberlo. Si no me confundo, en cuanto sepa por cuánto le saldrá la guerra se sacará de la corona uno menos artero, a ver si así le hacemos un descuento. Una vez suceda eso, y por mucho aprecio personal que yo le tenga, será como si se hubiera cerrado la tapa de su ataúd. Y no te digo nada si además la sobrina se le marcha con el conde austríaco. A eso, la verdad, no estoy seguro de que pueda sobrevivir.

Álava en Waterloo
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
dedicatoria.xhtml
Agradecimientos.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Section0023.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Section0055.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Section0089.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml
Section0105.xhtml
Section0106.xhtml
Section0107.xhtml
Section0108.xhtml
Section0109.xhtml
Section0110.xhtml
Section0111.xhtml
Section0112.xhtml
Section0113.xhtml
Section0114.xhtml
Section0115.xhtml
Section0116.xhtml
Section0117.xhtml
Section0118.xhtml
Section0119.xhtml
Section0120.xhtml
Section0121.xhtml
Section0122.xhtml
Section0123.xhtml
Section0124.xhtml
Section0125.xhtml
Section0126.xhtml
Section0127.xhtml
Section0128.xhtml
Section0129.xhtml
Section0130.xhtml
Section0131.xhtml
Section0132.xhtml
Section0133.xhtml
Section0134.xhtml
Section0135.xhtml
Section0136.xhtml
Section0137.xhtml
Section0138.xhtml
Section0139.xhtml
Section0140.xhtml
Section0141.xhtml
Section0142.xhtml
Section0143.xhtml
autor.xhtml
notasAndante.xhtml
notasAllegroGrazia.xhtml
notasAllegroVivace.xhtml
notasAdagio.xhtml
notasCoda.xhtml