París, sábado 8 de julio
El día comenzaba con otro armeekorps marchando del Rond Point a la Place de la Concorde, aunque al compás de una banda menos afinada que la del 25.º. Lo encabezaba el Graf Bülow von Dennewitz, al que complacía lo suyo que fuera el Fürst Blücher a quien saludaba del modo más solemne según pasaba frente a él. Aunque tanto el I como el IV contaban con efectivos similares, el desfile del IV duró bastante menos; sus hombres marchaban más agrupados y a un paso más ligero, para irritación de Bülow, pero Gneisenau fue inflexible: si tenía que haber desfile, que fuera breve. Había menos espectadores, y menos asistentes de nivel. Ni Álava ni Pozzo se habían dejado ver, ni tampoco Von der Goltz, ni Müffling. El mensaje no podía ser más claro, se decían Thielmann y Clausewitz: al día siguiente, que sería su turno, nada de bandas de música o banderas en alto; un simple marchar a paso de maniobra y eso sería todo. El tiempo de gloria por las calles de París había terminado.
Gneisenau, ya de regreso en Saint-Cloud, revisaba las noticias. La principal era de Hake, que había tomado Reims sin apresar a la guarnición; prefirió despacharla, con el beneplácito del Prinz August, a la ribera sur del Loire. La segunda decía que Pirch I seguía empantanado frente a Maubeuge, por el mal estado de su artillería de sitio; esperaba que un tren de asedio del Army of the Low Countries se le incorporara en tres o cuatro días, con lo cual confiaba rendirla en no más de dos semanas. En la tercera y última se le hacía saber que la guarnición de Luxemburg había llegado a la fortaleza de Longwy, la cual, sin ser muy grande, ocupaba un lugar de gran importancia estratégica, pues cerraba el paso a los suministros procedentes de Prusia. Siendo buenas noticias no estaba satisfecho. La reinstauración de Louis XVIII y la próxima llegada de Friedrich-Wilhelm significaban que haber llegado a París tres días antes que Wellington no había servido de nada. Un pésimo síntoma era una carta de Fouché, donde sin identificar el cargo que ocupaba —tenía fecha del 7— refería que los trámites para librar los cien millones requeridos por Su Alteza el Prince Blücher ya se habían iniciado, de acuerdo con el Prince de Talleyrand y el Duc de Wellington, y que le mantendría informado de los avances. Una forma cortés de ganar tiempo, pues Fouché debía estar al corriente de por dónde andaba Friedrich-Wilhelm, y que con él ya establecido en París aquella petición se disolvería en el limbo de las ocasiones perdidas. La única forma de conseguir la entrega inmediata del dinero sería enviar a Les Tuileries un nuevo regimiento —el 19.º se había retirado al caer la noche—, apresar a Fouché y a Talleyrand, y al mismísimo Louis XVIII si ya estuviese allí, encerrarlos en Saint-Cloud y hacer saber que se reanudaba el estado de guerra, y que así se seguiría mientras no les llegaran los millones, pero ni siquiera Blücher sería capaz de dar ese paso con el ejército de Wellington en el Bois de Boulogne. Definitivamente, de aquel necesitadísimo dinero se podían ir despidiendo, Blücher y él.
Louis XVIII había regresado a Les Tuileries sin apenas ceremonia, casi con sordina. En la misma hora en que concedía su primer besamanos —a Lord Castlereagh y a Lord Wellington—, un batallón de la Guardia Nacional, enviado por el Maréchal Masséna a petición de Elie Decazes, el magistrado nombrado por Fouché prefecto de París, tomaba el Palais-Bourbon, a fin de impedir que los diputados menos felices con el hecho de haber dejado de serlo siguieran alborotando. A Decazes le preocupaba el comportamiento esperable de los jóvenes y nerviosos miembros de la Guardia Nacional, una vez se vieran con la caterva de Padres de la Patria enojados por no poder seguir espetándose discursos los unos a los otros, pero Fouché tenía razón al dejar caer que la otra opción, recurrir al gobernador Müffling, era peor, pues no dudaría en hacer entrar allí un escuadrón de sus espeluznantes lanceros negros; definitivamente, mejor que aquello quedara entre franceses.
Una visita que no llamó gran atención fue la del Major Friedrich-Wilhelm Ribbentrop (aide-de-camp de Grolman), al barón Dominique Vivant-Denon (conservador del Musée Royal du Louvre). En tono cortés le hizo saber que las obras de arte saqueadas en su día de Berlín y de otras ciudades prusianas y alemanas le debían ser entregadas. El indignado conservador se negó en redondo, esgrimiendo que las cláusulas del Pacto de Saint-Cloud especificaban que las propiedades públicas y privadas quedaban garantizadas por los dos ejércitos, el del duque de Wellington y el del mariscal Blücher. El indiferente Ribbentrop se encogió de hombros, sin decir nada. Era la respuesta con la que habían contado Grolman y Gneisenau. De ahí que la contrapropuesta ya estuviera preparándose.
A primera hora de la tarde Wellington y Castlereagh visitaron a Blücher acompañados de un intérprete de la ya reabierta embajada británica. Pretendían rogarle que dulcificara sus actos —la forma en que la infantería del I Armeekorps gestionaba su hospedaje no era una obra maestra de la diplomacia, ni siquiera de la militar—, pero Blücher seguía enfurruñado por el dispatch de Wellington. La noche antes sólo escuchó un resumen, pero al poco le dieron a leer una traducción fidedigna, con lo que su enojo desbordaba el que habían mostrado Bülow y Gneisenau. Así lo hizo ver a Castlereagh, a Wellington y al aterrado consejero, que pese a su dominio del alemán no encontraba en la lengua británica términos equivalentes a los que despeñaba el tonante príncipe. Castlereagh, juzgando la situación como sólo sería capaz de hacerlo un diplomático de raza, imputó el desgraciado malentendido a un error de redacción por parte de los periodicuchos que publicaron el dispatch, proponiendo al príncipe hacerle llegar una versión que se ajustase más a la realidad, a lo que Blücher ni contestó, dando por terminada la reunión y señalando la puerta, con el dedo, a los tres ingleses. Wellington se quedó con mal sabor de boca, pues si todo había salido tan bien hasta ese momento era gracias a la buena relación que mantenía con Blücher, pero Castlereagh, con frialdad, le recomendó no preocuparse, pues el venerable mariscal era un cadáver virtual. Friedrich-Wilhelm llegaría en dos días, y en ese momento el carcamal aquel, así como su maldita tribu, dejarían de ser una molestia. Friedrich-Wilhelm necesitaba demasiado el dinero inglés para que una tonta cuestión de celos militares, yo he vencido más que tú, yo soy más héroe que tú, me han hecho más muertos que a ti, le hiciera ponerse difícil. Era cierto, pero aun así Wellington se quedó entristecido. Pese a la rudeza de su carácter y a sus pésimos modales, había llegado a sentir una cierta simpatía por el anciano príncipe.
A Müffling le dejó perplejo un informe del teniente Wussow, donde inventariaba con prusiana minuciosidad las ingentes cantidades de vino, víveres, cuberterías, vajillas y cristalerías que había encontrado en los diversos pañoles, alacenas y despensas de la casa, más cueva de Alí-Babá que Gobierno Militar, lo que parecía indicar que allí cenaban cada día no menos de cuarenta invitados. Tras reflexionar ordenó a Wussow que devolviese los alimentos a sus proveedores, haciéndoles saber que como cualquier otro sobrio general prusiano él poseía su propia cocina de campaña y su propia intendencia. Más atónito aún le dejó saber que su salario de gobernador militar, con el que de ningún modo había contado, saldría de la renta de las casas de juego que alegraban la ciudad. Su cargo, contra lo que pensaba, no era consecuencia de la ocupación, sino una canonjía que sólo podía ser disfrutada por un Général, y nada debería cambiar porque durante un tiempo lo hiciera un Generalmajor. El salario, expresaba Wussow con un brillo de codicia en sus juveniles ojos, ascendía nada menos que a dos mil francos diarios, y antes de que su jefe hiciese otra tontería dejó caer que su antecesor, el general Nicolas-Joseph Maison, los había cobrado hasta la mismísima tarde anterior. Müffling, de nuevo tras pensárselo, aceptó que sería una descortesía renunciar a tan magnífico sueldo, de modo que lo aceptó, aunque no para su persona. Wussow debería ocuparse de que las cantidades fueran ingresadas en la caja del KPA —no en la del Niederrheinarmee, y no sólo porque Müffling ya no formaba parte del mismo; al igual que su amigo Álava no era partidario de ocultar las antorchas bajo los toneles— durante las semanas o los meses que durase su cometido de gobernador militar.
Álava no había olvidado los noventa y seis cuadros de la Real Academia de San Fernando, ni tampoco al misterioso José Martínez y Hervás, el cual había dejado una dirección al mayordomo de la embajada. No confiaba en dar con él, aunque a fin de hacer tiempo hasta la hora de visitar el salon littéraire por excelencia, y tras cenar con Miniussir en Le Procope, se acercaron a la casa de la Île Saint Louis donde decía vivir el individuo. Allí estaba, efectivamente. Ponerse de acuerdo en cómo proceder les llevó diez minutos. El resto fue un larguísimo «pájaros y flores»; al marqués y a su esposa, una francesa inteligente a quien él llamaba Louise, les preocupaba su hipotético futuro en la devastada España de SCM Don Fernando VII de Borbón. Su vida, que con gran crueldad les explicaron con detalle, les había resultado bastante dura, quizá por un raro don para estar en el mejor lugar en el peor momento; así, por ejemplo, fueron contrarios a José I hasta muy entrado 1809, gracias a lo cual su hermosa casa de la Rue Saint-Florentin les fue confiscada por l’Empereur, quien les obligó a malvenderla a Talleyrand; luego, y para su desgracia, se pasaron al bando del Plazuelas cuando Wellington ya era duque de Ciudad Rodrigo, de modo que al poco se vieron obligados a regresar a un París donde se les miraba mal. Aquello les tenía desquiciados, de modo que apelaban a su caballerosidad no sólo para que recuperase los cuadros, sino para que hiciese constar ante Don Fernando que su intervención había sido decisiva. Unos cuadros que, por cierto, no eran noventa y seis; no bajarían de mil, de los que algo menos de trescientos estaban en el Louvre; los demás, aunque inventariados allí, habían pasado a las manos de indeseables como Sébastiani, Belliard, Soult y algún otro que no recordaba en ese instante. Álava, cauto, prefirió callar; sus órdenes se referían a noventa y seis piezas bien identificadas; hasta esa tarde no sabía una palabra de las demás, y no pensaba correr el riesgo de meter una gran pata diplomática por lo que pudiera decir el borracho aquel —aun sentado a un par de metros le llegaba un repelente pestazo de buen cognac y pésima digestión—; así pues, él y Miniussir se despidieron amablemente, prometiendo seguir en contacto. Después, y mientras arrumbaban a las interesantes amigas de Madame Récamier y a sus aún más interesantes escotes, aceptó que por él no habría pega en cederle una parte de gloria; si con eso el patán aquel salvaba su abotargada cabeza, por su parte no quedaría.
Talleyrand también trasnochaba. En cuestión de horas el Moniteur publicaría su nombramiento de presidente del Consejo y ministro de Asuntos Exteriores. También traería el de su gobierno, que a diferencia del de Napoleón y el de Blacas sería ejemplarmente reducido: el ministro de Finanzas sería el barón Joseph-Dominique Louis, de Guerra se ocuparía el poco glorioso Laurent Gouvion de Saint-Cyr, la Marina y las Colonias quedarían a cargo del fidelísimo François Jaucourt, Justicia e Interior corresponderían a Étienne-Denis Pasquier y la Policía, por último, quedaría en manos del supremo superviviente, Joseph Fouché. Se anunciarían también los nombres de los secretarios de Estado, entre los que destacaría el Duc de Richelieu, cuya responsabilidad sería ocuparse de la Casa Real y cuya designación, que a Talleyrand no le hizo ninguna gracia, fue consecuencia de una gestión ante SCM del barón Pozzo di Borgo, actuando —decía— en nombre del Zar. El Moniteur describiría también la doble cámara. Para elegir a los diputados de la baja los ciudadanos serían llamados a votar; en cuanto a los Pares del Reino, SCM ya los había designado y sus nombres aparecerían a continuación. En realidad los eligió Talleyrand secundado por Pasquier; la lista sería tachada de frívola, pero no lo era. Si las elecciones no pudieran ser debidamente mangoneadas, y Fouché tendría difícil conseguirlo, la cámara baja sería incontrolable; a eso se debía que los pares fueran casi en su totalidad individuos tan corruptos como él y sobre los que pudiera ejercer la debida influencia, lo cual hablaba bien de su exquisito sentido del Estado. SCM firmó al pie de la relación sin siquiera pedir que le leyera los nombres; ya suponía que ninguno de aquellos padres de la patria tendría un pasado de sansculotte. Sin embargo, y como era inevitable dado el asistemático procedimiento que Pasquier y él habían seguido, durante la cena reparó en que había olvidado un par de próximos a Louis, lo que podría costarle un disgusto; uno era el inevitable Blacas y el otro el anciano conde de Nançay, Claude-Louis de La Châtre, uno de los más fieles gentilhombres de SCM, al cual prefirió no despertar para que aprobara su inclusión; lo hizo él mismo, sirviéndose del hueco que había dejado el rey al pie del documento, entre risas, las suyas y las de Madame Jaucourt, que fue quien le hizo ver lo imperdonable del olvido, ya que muchos años antes se la conoció por Madame de La Châtre. Gran verdad encerraba, reconocía Talleyrand, eso que con tanta frecuencia repetía su indeseable huésped de Valençay: «hágase el milagro, hágalo el diablo»; debió de ser una de las pocas cosas inteligentes que dijo jamás.
El Duc de Richelieu, nuevo primer ministro de Francia(por Sir Thomas Lawrence)
En el Moniteur vendría un último decreto, de menor calado político pero de importante repercusión ciudadana: por disposición real, las calles y los puentes de París recuperarían los nombres que tenían en 1788, salvo cuatro de los últimos, que habrían de llamarse, respectivamente, de Louis XVI, Royal, de Les Invalides y du Jardin du Roi. El tercero, hasta ese día, se llamaba d’Iéna. Como en casi todo lo que decretaba Talleyrand, los orígenes de la medida eran brumosos; la causa principal era dar una satisfacción a D’Artois, ilusionado con la idea de que así se borrarían de la memoria colectiva los últimos veinticinco años, pero la que verdaderamente le importaba era dar un argumento a Friedrich-Wilhelm para que desautorizase a su perro rabioso. No estaba seguro de la eficacia de su resolución, si bien, y siguiendo la recomendación de Wellington y del embajador español, que habían estado en la cena, mandó a Fouché que despachase un tal coronel Macirone al hauptquartier de Friedrich-Wilhelm, a una jornada de París, con un ejemplar del Moniteur, una carta suya y otra de Wellington. Con aquello, era de suponer, el hermoso Pont d’Iéna, o de Les Invalides, se salvaría.