París, jueves 6 de julio

Macirone había dejado Les Tuileries tras una larga conversación con Fouché, a quien encontró muy preocupado por la fallida cena de Neuilly. Aquello resultaba incomprensible para el sagaz coronel, pues Fouché quizá fuera el hombre más adinerado del país. No necesitaba estar en ningún gobierno si no era para presidirlo, y tan alto no parecía pensar. Sería más feliz si tras apuntarse un tanto tan notable como devolver el trono a SCM se conformara con el agradecimiento real, lo que significaría ponerse a salvo para siempre y vivir tan estupendamente como cualquier duque con muchísimo dinero, cosa que, a sus cincuenta y seis castigados años, no estaría mal del todo. Reforzaba ese criterio el saber que su patrón, viudo inconsolable desde hacía tres años, se consolaba con una joven aristócrata en la ruina, la condesa Gabrielle-Ernestine de Castellane, a todas luces encantada de obtener a cambio de su agradable persona un status económico por el que suspiraría cualquier francesa, decente o no.

Wellington le recibió al amanecer, para escuchar que, una vez privado del soporte del ejército, el Corps Législatif reconocería sin ganas a Louis XVIII, siempre y cuando SCM garantizase que no endurecería su trajinada Charte Octroyée y que declararía una suficiente amnistía; suficiente, sobre todo, para los pares, en buena medida bonapartistas. No sería una negociación sencilla, pero Fouché se sabía en posición de lograrlo siempre y cuando se sintiera suficientemente respaldado. Lo último era un eufemismo, se decía Wellington. Todo el mensaje lo era, en realidad. Fouché, sin llegar a fijar su precio, declaraba que poner el Corps Législatif a los pies de Louis le resultaría sencillo, pero sólo si recibía una oferta de aceptable calidad. Bien, ya se ocuparía él de que le llegara, se dijo antes de pedir a Macirone que rogase a Fouché que se mantuviera, esa tarde, disponible para cenar.

Pese a que la jornada debería ser plácida, el Niederrheinarmee seguía en movimiento: Zieten destacaba tres batallones de infantería, una brigada de caballería y una batería de artillería para tomar las once puertas de la ribera izquierda, la zona cuya ocupación le fue asignada en el Pacto de Saint-Cloud; los zapadores de Thielmann reparaban los puentes de Saint-Cloud y Sèvres, no por amabilidad, sino para facilitar la circulación de sus trenes de abastecimiento; los de Zieten, por último, iniciaban los preparativos para volar el Pont d’Iéna; no sería un trabajo sencillo, pues era una obra concebida para durar siglos. Sus grandes sillares harían de su voladura el sueño de cualquier zapador, pero al no querer llevarse un chasco a la hora de pegar fuego a la mecha Gneisenau fue muy preciso con Reiche: se debería proceder del modo más cuidadoso, se tardase lo que se tardara. Quería que la voladura fuese formidable, de modo que tanto daba que se tardaran dos, tres, o incluso cuatro días en disponer las cargas; sólo importaba que saliera bien y Blücher quedara satisfecho.

Si bien Blücher se mostraba por todas partes, Gneisenau permanecía en Saint-Cloud inmerso en papeles. Aunque se respirase un agradable aroma de paz, él no daba la guerra por concluida. Quedaba por tomar un buen lote de fortalezas, y mientras en ellas no gualdrapeara la bandera del águila negra no estaría tranquilo. La de Landrecies, que seguía sin capitular, ya le irritaba. Sabía por Miniussir, y éste por Álava, que su comandante, un tal coronel Plaige, no podía ser más bonapartista, de un modo tal que se negaba en redondo a creer que su ídolo hubiese abdicado por segunda vez; sabía también que aquel fantoche de Louis XVIII, a impulsos de Wellington, había enviado un general de los suyos a reemplazarle, aunque nada más presentarse le hizo encerrar. No le gustaba pedir favores a Wellington, pero ya iba viendo que necesitaría sus piezas de sitio; en otro caso, Landrecies permanecería clavada en la retaguardia prusiana, medio II Armeekorps quedaría inmovilizado y, lo peor de todo, el tráfico por el Sambre seguiría siendo imposible. A regañadientes, llamó a Miniussir y le pidió el favor de redactarle una carta para Wellington en su mejor inglés, pidiéndole sus cañones. Él, esa mañana, estaba demasiado fatigado para escribir en otra lengua que la suya. Miniussir, todo diligencia, le trajo el texto minutos después, aunque a diferencia de lo usual no desapareció tras cuadrarse. Por lo que fuera permanecía frente a él, tieso como un poste. No necesitó preguntarse qué sucedía: el buen oficial se despedía, si bien, y si él lo consideraba necesario, aún podría quedarse un día o dos; no mucho más, porque debía volver a ser lo que a fin de cuentas era, un diplomático español. Se levantó y le tendió la mano. Le había sido de gran ayuda, esperaba que nunca se le olvidara la gran noche que dos semanas antes pasaron juntos, no debería dudar en acudir a él si en algún momento le surgían dificultades y estuviera en su mano ayudarle y, por último, si llegase a considerar la posibilidad de cambiar el servicio español por el prusiano, que supiera se le recibiría con los brazos abiertos. Miniussir no esperaba unas palabras tan cálidas, aunque aquello no fue nada cuando vio a Gneisenau abrir un cajón de su escritorio, extraer un pequeño estuche, abrirlo y sacar la condecoración más valiosa de las que concedía el Estado prusiano: una Eisernekreuz de segunda clase. Verle prendérsela de la pechera con aquellas manazas de triturar sandías le llegó al alma; de ahí que, al cuadrarse y saludar, no le sorprendiera saberse de aquel hombre mientras viviese.

Gneisenau no poseía suficiente autoridad para conceder una Cruz de Hierro. Aquélla era de un sargento; se le había otorgado por sus méritos en Laon, pero cayó en Gilly antes que Blücher se la pudiera imponer. No había dejado deudos que la pudieran reclamar, y que Friedrich-Wilhelm levantase una ceja por aquel extralimitarse no era cosa que le preocupara. Ya se lo explicaría, y ya le convencería. Durante unas semanas, o unos meses, nada de lo que pidiera le sería denegado; más adelante…, pues ya no, por supuesto, pero lo que importaba era que aquel día sí podía.

Fouché reflexionaba sobre sus dos últimos visitantes. El primero fue Vitrolles; quería trasladarle lo que decían Talleyrand y Wellington, lo cual coincidía con su propia evaluación. En el château de Murat, entendió, aquella tarde habría otra cena, sin invitados innecesarios. Él y Talleyrand frente a frente, lo que significaba él y Louis hablándose a las claras. Pues muy bien; llevaba muchos días listo para llamar a las cosas por su nombre, aunque resuelto a no ser el primero en hacerlo. El segundo visitante le sorprendió, pues aun recordando al embajador Álava de meses antes, y sabiendo que tenía cierto grado de amistad con Wellington, no creía que fuera tan estrecha como para ser su emisario. A eso se debió que, con cautela, le hiciera explicar a qué se debía su estar tan bien informado. Sólo tras despejar sus explicables dudas se avino a discutir los asuntos que parecían interesarles a los dos. Lo primero que le transmitió el enviado de His Grace fue que no se preocupara demasiado del dinero que reclamaba Blücher; a la égida del Fürst le quedaban cuatro días, los que tardaran los soberanos en llegar. El peligro se desvanecería si durante dichos días ofreciera sus mejores palabras, sus mejores sonrisas y su mejor dejar pasar el tiempo, cosas todas ellas de las que Fouché se sentía muy capaz; ya desde antes de ingresar en l’Oratoire de París treinta y cuatro años antes, intuyendo que para sus peculiares dones seguir los pasos de Mazarino sería el mejor proyecto de vida, era consciente de que hablar con suavidad, sonreír a todo el mundo y no hacer nada era la mejor de las soluciones eclesiales para resolver casi todos los problemas. En cuanto a lo que más le interesaba, el emisario expuso con inusitada claridad —se le notaba el no ser francés— que la intención de Wellington era resolverlo esa misma tarde, a partir de las cuatro y en Neuilly. A la cena que a esas horas ya estaría cocinándose sólo asistirían él, Talleyrand, el anfitrión y Castlereagh, que acababa de llegar. His Grace confiaba en que, a los postres, el ministro de la Policía y el presidente del Conseil Privé se hallarían tan de acuerdo como para marchar a Saint Denis, a fin de que aquél jurase su cargo ante Su Majestad.

El gobernador de París se había buscado una gran residencia: el hôtel particulier del Maréchal Berthier. Nada más izada su bandera se reunió con el general Hulin, segundo jefe de la Guardia Nacional; habría preferido al principal, el Maréchal Masséna, pero éste se había excusado pretextando una enfermedad. Müffling consideraba más probable que la tal maladie fuera de orgullo militar, pues un glorioso Maréchal difícilmente aceptaría ponerse a las órdenes de un oscuro Generalmajor, y encima en París; de ser así, Masséna se confundía, pues él, siguiendo las sensatas recomendaciones de Wellington, no pensaba dar una sola orden; sólo pretendía establecer con quien mandase la Guardia Nacional unos procedimientos de coordinación destinados, únicamente, a preservar el orden. Su objetivo prioritario era que no se produjeran disturbios, y para ello debía convencer a los parisinos, empezando por Hulin, de que bajo la bota prusiana no vivirían peor que bajo la de Bonaparte.

Tras su encuentro con Hulin se reunió con el prefecto Élie Decazes, un realista visceral. Reiteró lo que había expuesto a Hulin: el Niederrheinarmee no intervendría en la vida cotidiana de París. Sólo se personaría en aquello que afectase a la seguridad militar. A ello se debía que pidiese su colaboración para el control de los oficiales y generales del ejército que, una vez vencido el plazo, no hubieran abandonado la ciudad. No pretendía expulsarlos, aunque sí estar al corriente de sus movimientos, a fin de sofocar cualquier iniciativa que diese lugar a disturbios. Ahí Decazes le hizo saber, para su consternación, que cuando llegó la noticia de Mont-Saint-Jean alguien ordenó que se distribuyeran en los suburbios varios miles de mosquetes, así como una gran cantidad de pólvora y munición, por si fuera necesaria una defensa popular. Los ciudadanos a su entender menos recomendables, en su mayoría obreros, fueron quienes los recibieron. Para empeorar las cosas, los suburbios meridionales estaban próximos a la fortaleza de Vincennes, que seguía bajo el mando de un devoto de Bonaparte. Si había en París un peligro más que potencial, era ése, aunque a su juicio la solución sería sencilla: pedir a SCM, una vez volviese a serlo, que reemplazase al adalid de Vincennes por uno que le fuese fiel a él, no a Bonaparte; tras eso él se ocuparía de desarmar a la población. Lo haría sin ruido y sin excesos, aprovechando los domingos y las fiestas, cuando la masa trabajadora se reunía en sus barrios, en las proximidades de sus casas, para sufrir los oficios religiosos; estaba seguro, por fin, de que mientras los requisadores fueran franceses uniformados no habría problemas. Müffling accedió. Todo lo que decía ese buen hombre sonaba razonable, aunque le faltaba por escuchar lo mejor: el orden público se financiaba con las rentas del juego, pues París, desde los días del Directorio, era una ciudad rebosante de casinos. En 1814, y pese a los tres meses de guerra, generaron unos impuestos superiores a ocho millones de francos; una cantidad que aseguraba padecer una policía bien pagada, lo primero y necesario para no disfrutar de una corrupta. Si en algún momento le había preocupado saber cómo financiar el orden público, ya podía dejar de hacerlo.

SCM se instalaba en Saint Denis, en la maison-école de la Legión de Honor, cuando recibió la visita de Wellington. Éste sabía que D’Artois se oponía visceralmente a que le régicide estuviera en el gobierno, y también que, pese a su pragmatismo, Louis solía necesitar que se le apuntalara en sus resoluciones. Cuando dejó Saint Denis marchaba más contento que cuando llegó. Su misión llevaba camino de acabar tal y como Inglaterra le había pedido.

La mesa era más pequeña que la tarde anterior. Girando según Coriolis decía que las cosas debían girar en el hemisferio norte, se sentaban Wellington, Castlereagh, Talleyrand y Fouché. Terminaban el segundo plato asomados a una magistral escenificación por parte de Fouché de las invencibles fuerzas que se oponían a que regresara L’Inévitable, cuando Talleyrand, hasta entonces único interesado en apreciar el arte del chef, le propuso, con asombrosa economía de palabras, que se incorporase al Conseil Privé como ministro de la Policía, con el complemento de una total amnistía para todos sus pecados, presentes y pretéritos, así como para los que hubieran cometido sus secuaces en los últimos decenios. Maravillando a los ingleses, que ahí comprendían lo lejos que se hallaban de dominar el sublime arte del cinismo, Fouché aceptó en el acto y con la misma concisión. Tras eso, sin malgastar el tiempo en postres innecesarios, agradecieron a los maravillados british lords su amabilidad de reunirles y emprendieron el camino de Saint-Denis en la carroza del presidente del gobierno, seguida de la vacía del ministro de la Policía in pectore.

La casa-escuela de la Légion d’Honneur era un gran edificio, con muchos corredores; Talleyrand y Fouché debieron recorrer unos cuantos hasta llegar al coyuntural salón del trono, donde les aguardaba SCM para dar a besar su mano al ministro de la Policía. Los sudorosos caballeros —era un atardecer muy cálido—, en su largo deambular, debieron cruzar estancias y estancias donde les observaban otros caballeros, cuyos talantes iban de la resignación al asombro. Chateaubriand, que no les quería mucho, tras verles atravesar la sala que hacía de antecámara real se animó a seguirles para presenciar la escena; padecía una memoria que los buenos políticos no se pueden permitir, por culpa de la cual y durante lo que le restaba de vida rara fue la ocasión en que, si se hallaba en posesión de la palabra, no la describiera: «Talleyrand, caminando despacio y aferrado a Fouché, le vice appuyé sur le bras du crime” —la más celebrada frase de sus Mémoires d’outre-tombe[227]—, llegaban adonde Louis les aguardaba; el regicida, de rodillas, tiende las manos que guillotinaron a Louis XVI para estrechar las que a su vez le ofrecía el hermano del mártir real; el obispo renegado, allí presente, da fe del juramento».

Tras eso, encantados de la vida, desandaron lo andado y, de nuevo en la carroza de Talleyrand, enfilaron el hôtel particulier de la Rue Saint-Florentin. Era una hora excelente para empezar a conspirar.

Álava en Waterloo
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
dedicatoria.xhtml
Agradecimientos.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Section0023.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Section0055.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Section0089.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml
Section0105.xhtml
Section0106.xhtml
Section0107.xhtml
Section0108.xhtml
Section0109.xhtml
Section0110.xhtml
Section0111.xhtml
Section0112.xhtml
Section0113.xhtml
Section0114.xhtml
Section0115.xhtml
Section0116.xhtml
Section0117.xhtml
Section0118.xhtml
Section0119.xhtml
Section0120.xhtml
Section0121.xhtml
Section0122.xhtml
Section0123.xhtml
Section0124.xhtml
Section0125.xhtml
Section0126.xhtml
Section0127.xhtml
Section0128.xhtml
Section0129.xhtml
Section0130.xhtml
Section0131.xhtml
Section0132.xhtml
Section0133.xhtml
Section0134.xhtml
Section0135.xhtml
Section0136.xhtml
Section0137.xhtml
Section0138.xhtml
Section0139.xhtml
Section0140.xhtml
Section0141.xhtml
Section0142.xhtml
Section0143.xhtml
autor.xhtml
notasAndante.xhtml
notasAllegroGrazia.xhtml
notasAllegroVivace.xhtml
notasAdagio.xhtml
notasCoda.xhtml