París y alrededores, martes 4 de julio

Era un día de tensa inactividad. Los prusianos, agotados, se relajaban sin dejar de vigilar a los franceses, a quienes se les notaba el alivio de saber que lo contaban. La mayoría de sus unidades iniciaba los preparativos para marchar más allá del Loire. Se había previsto que la Garde Impériale fuera la primera en abandonar París, lo que hizo a media mañana, con relativa discreción y vigilada de lejos por los ulanos del 6.º, para los que aún no llegaba el momento del reposo. A la cabeza de los batallones, sin águilas y sin banderas, marchaba el Général de corps d’armée Antoine Drouot, el que los mandara en Ligny y en Mont-Saint-Jean; poseía tal prestigio entre la tropa, y estaba ésta tan deseosa de que todo acabara, que apenas le costó una breve arenga conseguir que los pocos miles de grognards se pusieran en marcha. Influyó también que Fouché le hiciera llegar horas antes una considerable cantidad de dinero, con la que pagó los atrasos y las soldadas. Las tropas a las que no se adeuda nada de siempre son muy disciplinadas, como bien saben los caudillos.

Wellington se había reunido con Álava según acostumbraban, aunque no había nada que planificar; en todo caso, que se completara el despliegue del ejército por los suburbios septentrionales, lo que se había iniciado al amanecer, en forma cuidadamente amistosa. La reunión en el château de Neuilly donde Wellington había fijado su headquarter provisional sería la última entre los dos, cuando menos en calidad de comandante supremo y QMG. Sir George Murray estaba de camino, Broke podría bastarse solo hasta que llegara y Álava sentía el natural deseo de volver a ser el embajador de su país en la corte de L’Inévitable. Pretendía mudarse a la embajada esa misma noche, aunque aceptó quedarse allí al menos una más, ya que la seguridad en las calles de París estaba lejos de quedar asegurada. Entretenían el tiempo revisando mensajes. Destacaba uno de Knesebeck donde a Wellington se le hacía saber que Seine Majestät der König Friedrich-Wilhelm le concedía la Hoher Orden von Schwarzen Adler, fundada por Friedrich I, el primer König von Preußen; pasaba por ser la más distinguida de las condecoraciones prusianas, al punto que hasta entonces no había sido concedida, explicaba Knesebeck, a militar no prusiano alguno, salvo a Bonaparte, aunque la recibió en calidad de cónsul, no de general. Tras musitar «pues bueno», His Grace se concentró en el siguiente, del capitán Mitchell. Comunicaba que Lady de Lancey había embarcado con su doncella y con lo que había salvado de su equipaje y sus enseres, en su mayoría perdidos, rumbo a Dover y Edinburgh. El último, tras seis o siete más perfectamente irrelevantes, era de Miniussir; decía que una unidad prusiana, el 1.º de Dragones Königin, había establecido contacto en los alrededores de Meaux con los cosacos del general Czernitscheff; el ejército ruso, a lo que parecía, ya estaba en las puertas de París; tras eso pedía permiso para despedirse de Gneisenau, entendiendo que, al igual que Müffling había cesado en sus funciones de comisionado, él ya no hacía falta en el hauptquartier del Fürst Blücher.

—Ojalá lleguen pronto, ellos y los austríacos, y sobre todo Friedrich-Wilhelm; mientras no lo hagan, Blücher nos hará sudar tinta. Por cierto, de ningún modo pienso asistir a su desfile, pero me gustaría saber qué tal le sale. ¿Te dejarías caer por allí? Como embajador español que ha salido a dar una vuelta, por supuesto. Nada que lo haga oficial —el general asintió; también él sentía curiosidad, no por el desfile, sino por apreciar de primera mano qué tal se lo tomaba París—. Me gustaría contar con Miniussir otro par de días. No sólo porque aún necesitaré alguien allí, sino porque al quedarme sin Müffling me quedo sin nadie que hable alemán. ¿Te importará? —el general compuso un gesto de «por mí, de acuerdo»—. Por cierto: Charlotte amenaza con venir, ella y sus hijas, para saber como se visten ahora las chicas de por aquí. No debe de ser el único motivo, porque cuando escribió la carta en que lo anuncia sus noticias sobre nosotros serían de cuando estábamos en el Marne, o por ahí; lo sospecho porque habla de Miniussir. Dice que les causó una grata impresión cuando vino a visitarles el día después de Waterloo. Hasta ese punto, bueno, pero el que quiera saber si es hombre de fortuna, y qué clase de carrera es la suya, si militar o diplomática, me hace pensar que hay gato encerrado.

Álava no dijo nada, pero el que la duquesa mostrase tal interés en un joven caballero sin dinero, estando su hija de quince años muy lejos de ingresar en la casta de las solteronas incurables, era para mosquearse. Ignoraba si Miniussir aún pensaba en ella, lo que tendría cierta justificación al haberse muerto la competencia, pero lo último que le desearía sería una suegra como Lady Charlotte.

Álava en Waterloo
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