Francia, Valonia y Karlsbad, sábado 24 de junio
La comitiva estaba lista para salir cuando el rey, desde su carruaje, vio llegar el de Talleyrand. Éste descendió con su natural dificultad y se acercó a la carroza real, donde no se le invitó a subir. El diálogo sería entre un diplomático en pie, destocado y a la intemperie, y un rey sentado en su vehículo. Talleyrand lo inició diciendo estar en contra de que Louis volviese tan pronto a Francia, mientras que SCM opinaba que si se oponía era porque lo había decidido sin consultarle. Aquél insistió en que ganar París tras las pisadas de los casacas rojas era un error garrafal, a lo que Louis respondió que no lo veía de la misma forma. Talleyrand, tras pensarse las palabras, replicó que si Su Majestad se obstinaba en eso él dimitiría —el rey se decía que no sabía de qué, pues aún no le había nombrado— para marchar de inmediato a Carlsbad,[222] a tomar las aguas con su sobrina, lo que acabó con la exigua paciencia del monarca, quien contestó, en muy buen tono, «¿Cómo, nos abandonáis? Pues que las aguas os sienten bien. Ya nos daréis noticias vuestras». Talleyrand se quedó en pie, contemplando el alejarse de la comitiva real. Sintiéndose confundido, cosa inhabitual en él, regresó a su carruaje murmurando improperios tan indignos de un diplomático francés como de un obispo católico. Aun así, no perdía la lucidez. Lo demostraba el que de ningún modo pensase marchar a Carlsbad. Si Louis deseaba demostrar que mandaba él, que lo hiciera. Ya vendría Wellington y le haría entender la realidad.
El IV Armeekorps tomaba Saint Quentin al poco de amanecer, sin lucha, pues la guarnición había huido a Laon al amparo de la oscuridad. El I se hizo con Guise a la misma hora, pero sin dejar escapar a nadie y haciéndose con un gran botín: diecinueve oficiales, trescientos cincuenta soldados, catorce cañones, dos mil quinientos proyectiles de 12 libras, dos mil ochocientos cincuenta mosquetes, setecientas mil balas del 17,5, diez mil libras de pólvora y una gran reserva de víveres. El Niederrheinarmee no necesitaba nada, pero al Prinz August aquello le vendría muy bien.
A Gneisenau le preocupaba el ejército de Grouchy —según le dijo Miniussir había sido bautizado como «Armée de la Moselle»—; a eso se debió que destacase al 3.º de Ulanos Brandenburg, al mando del Major Friedrich-Wilhelm von Falkenhausen, para que no lo perdiera de vista. Tras eso no quedaba nada que hacer en Chatillon-sur-Sambre; llegaba el momento de salir hacia Hannapes, donde se instalaría el siguiente hauptquartier del Fürst Blücher, el cual se había levantado del mejor humor. No sólo porque venteaba el aroma de París, sino porque la princesa le había dejado, era cierto, en la mejor de las formas. Quizá se debiese a eso que ordenase al perplejo Miniussir averiguar cuanto pudiera sobre la dama española; si Gneisenau no le conociera como le conocía, y no le supiera muy unido a su segunda y mucho más joven esposa —la primera le dio siete hijos antes de fallecer—, se preguntaría si el alte kriegspferd [223] no se habría enamorado. Estaban a punto de subirse a sus caballos cuando les avisaron de la inminente llegada de un tal Général Morand. Gneisenau se quedó a esperarle, para media hora después saber que su misión era entregar al Fürst Blücher y al Duke of Wellington una carta donde se comunicaba que Napoléon I ya no era Emperador de la República Francesa —su título formal—, que la responsabilidad del país quedaba en manos del Corps Législatif, el cual había designado un Directorio para que se ocupara del gobierno, y que aquello extinguía la situación de guerra con las potencias aliadas, de modo que a fin de informar sobre su nueva realidad nacional se habían enviado emisarios a los gobiernos de Austria, Inglaterra, Prusia y Rusia. Por último, el Corps Législatif entendía que se daban las condiciones de armisticio fijadas por Wellington en su proclama del 22, la de Cateau-Cambrésis. Gneisenau respondió que, primero, la guerra no era contra Bonaparte sino contra Francia; segundo, nada que no fuera la entrega del tal, así como la capitulación de las fortalezas del Meuse, el Sambre y el Moselle, les detendría en su avance; tercero y último, que tanto Blücher como él esperaban que París se rindiera sin condiciones; en caso contrario, los parisinos deberían tener presente la suerte que corrieron Madrid, Moscú, Hamburg y Leipzig. En cuanto al deseo de Morand de atravesar las líneas prusianas para reunirse con Wellington, pues que no. Sería devuelto a las francesas, para que comunicase cómo se veían las cosas en el hauptquartier del Fürst Blücher.
Davout valoraba sus fuerzas. Soult, en Laon, contaba con veintisiete mil hombres, rearmados aunque con la moral muy baja, no sólo por la derrota del 18 sino por las noticias de París. Grouchy, en Rocroi, decía contar con veintiocho mil, pero cada noche sufría entre doscientas y trescientas deserciones. No estaba mal, concluyó; le alegraba ver que sus predicciones se habían pasado de pesimistas; sin embargo, lo que tenía que hacer rebajaba su alegría. Lo primero era ordenar que se activara el Plan de Defensa de París; si llegase a funcionar ocasionaría la destrucción de la ciudad, lo cual le hacía sentir un gran malestar. Lo segundo era conminar a l’Empereur a mudarse de l’Élysée a la Malmaison. Intuía que la sabandija de Fouché quería sacarle de París aunque manteniéndole a mano, para cambalachearlo con los prusianos. De ahí que, por su cuenta, pensase animarle a ganar Rochefort y hacerse a la mar sin esperar salvoconductos. En Estados Unidos sería bien recibido, siempre que tomara la precaución de llevar oro en abundancia; él, por su parte, ya se planteaba seguirle; por mucho que su papel en los últimos meses hubiera sido estrictamente profesional, y que sólo se sumó a la causa imperial cuando el rey ya no estaba en Les Tuileries, no apostaría un franco por su destino bajo L’Inévitable.
Wellington y Álava esperaban a Müffling, que había dormido en Chatillon. Mientras charlaban llegó un mensajero con la copia de la carta del Directorio y una nota de Gneisenau. Tras un breve vistazo llegaron a la misma conclusión: aquello era rubbish (basura), lo que Wellington anotó algo más abajo de donde se consignaban las firmas originales; por una vez, estaba cien por cien de acuerdo con Gneisenau. En eso llegó Müffling; Wellington ni siquiera le dejó sentarse, alegando que andaban mal de tiempo. Con sencillez, dando por descontado que no tendría nada que objetar, le ofrecía estar presente a la llegada de SCM. Una encerrona, diagnosticó Müffling. De un modo vertiginoso valoró los pros y los contras de rechazar la oferta; entre los primeros estaba que su papel allí era de simple comisionado para los asuntos de naturaleza militar, además de que Friedrich-Wilhelm quizás estuviese a favor de otras opciones para el trono francés; entre los segundos destacaba su interés de seguir a bien con Wellington; necesitaba que, a su debido tiempo, hablase bien de su persona, lo que no cabría esperar de Blücher. Los últimos pesaron más, de modo que al poco trotaba tras el duque y a la par con Álava. Llegando al ayuntamiento, donde Louis pernoctaría, encontraron un tercer comisionado, el barón Pozzo. Se trataba de hacer ver que His Grace the Duke of Wellington recibía en su primer alto en suelo francés a SCM le Roi Louis XVIII, acompañado de un general ruso, uno prusiano y otro español; lo hacían en presencia de un buen número de periodistas, unos franceses, otros británicos y dos o tres inciertos. Aquello era otra de las jugadas propagandístico-diplomáticas de un Wellington más preocupado de la cosa política que de la militar. De todos modos, se decía el general Álava contemplando la escena, no todo estaba bien. Wellington dijo que se trataba de recibir a Louis y a Talleyrand, su virtual primer ministro, aunque por mucho que aguzara la mirada no veía ningún diable boiteux. Sólo después, mientras el rey agradecía el recibimiento, alcanzó a tener una idea de lo que sucedía, rematada en un «estos idiotas son como niños» mascullado con un acento insufrible.
El Prinz August, reunido en Colleret con Pirch I, ordenaba bombardear Maubeuge —la más importante fortaleza del Sambre; la ocupaban tres mil hombres con ochenta cañones, a las órdenes del general Latour-Maubourg— y Landrecies —defendida por el coronel Plaige; disponía de dos mil hombres, cuarenta y cinco belles filles y abundante munición—. La Festungskrieg (guerra de las Fortalezas) quedaba inaugurada. Más o menos a la misma hora Falkenhausen divisaba l’Armée de la Moselle, marchando entre Rocroi y Signy l’Abbayé. Lo estimó en más de veinticinco mil hombres y menos de treinta mil, lo que comunicó al hauptquartier con un mensajero, así como la dirección que parecía llevar; en apariencia era sobre Reims, pero si antes de llegar a Signy l’Abbayé girase a su derecha sería la de Laon, amenazando reunirse con l’Armée du Nord; desde ahí, tras haber informado, su misión sería no perderlo de vista.
El Grand Hotel Pupp llevaba ciento catorce años albergando a la más selecta nobleza en sus anuales peregrinaciones a los manantiales de Karlsbad. Se hallaba un tanto apartado del centro, a fin de que sus huéspedes no fueran molestados por las indeseables clases populares, también amantes de las fuentes que brotaban por todas partes, cada una con su propia especialidad. La eficacia que sumaban entre todas cubría el total de las afecciones que aquejaban a la especie humana. El Pupp, si bien se aprovisionaba de todas las que fueran menester, poseía sus propios manantiales, muy apreciados por los caballeros de cierta edad —era un hecho cierto que incluso las virilidades más fatigadas resurgían con inusitado vigor a poco que se siguieran con la debida disciplina los tratamientos específicos— y por las damas de cualquiera, las cuales valoraban su eficacia contra uno de los fastidios más molestos de los muchos que afligían a su género, sin distinción de clases o fortuna: el estreñimiento contumaz.
La duquesa de Kurland era una clienta muy querida de la dirección. Todos los años pasaba un mes allí, ocupando una docena de habitaciones, sometiéndose a todos los tratamientos homologados por los doctores adscritos al establecimiento y disfrutando los infinitos placeres que tras las torturas cotidianas se ofrecían no ya para incrementar los ingresos del hotel, sino para evitar que los huéspedes menos pacientes capitularan ante tanta pesadilla. La duquesa era muy abnegada, una virtud que con perseverancia y tesón había inculcado en sus tres hijas mayores. En la menor no tanto, se comentaba en el hotel. En realidad no se había dejado ver muchas veces, pues cuando venía con su madre antes de la guerra de 1806 aún era una niña, y después, cuando se casó para volverse francesa, resultaba natural que prefiriese ofertas de salud más cercanas a París. Ni siquiera estuvo cuando la duquesa y sus hijas mayores sellaron su reconciliación en la emotiva reunión familiar del verano de 1812. De ahí la gran alegría del solemne director Pupp, descendiente del fundador de aquella maravilla de la hostelería, Herr Johann-Georg Pupp, cuando recibió a la condesa de Périgord y a su hermana, la imponente duquesa de Sagan, a la cual acompañaban sus tres hijas adoptivas y su habitual séquito de doncellas, institutrices, cocheros y palafreneros. Habían llegado desde Nymphenburg hacía una semana y por lo menos estarían otra más, para después seguir a Ratiborschitz, pues la duquesa quería comprobar el estado de sus posesiones, y luego a Sagan, por lo mismo y también para ver en qué condiciones estaba el cercano Günthersdorf, el predio que la condesa poseía en Schlesien. Tras eso marcharían a Berlín, y más tarde, si la guerra hubiera terminado, continuarían hacia París.
Cada tarde llegaban al Pupp los últimos periódicos de Viena, Praga, Berlín, München, Dresden y, hasta tres meses antes, París. En sus magníficos salones se respiraba una lógica inquietud por la marcha de la guerra, y más desde que se supo la derrota de los ejércitos del Fürst Blücher y del Duke of Wellington en dos ignotos lugares, Les Quatre Bras y Ligny. La duquesa y la condesa, indiferentes a todo eso, tomaban una copa de buen champagne, primer acto de la jornada que les consolaba de los placeres matutinos, que aquel día consistieron en un clíster formidable, un baño de lodo, una ducha helada y un segundo baño, éste de agua hirviente y sin dejar de trasegar vasos y vasos de un líquido tan inmundo como repugnante. Todo ello en aras de la salud y la belleza, si bien la escéptica condesa no acababa de creer que aquello sirviese para nada; pese a sus tres partos estaba en una forma espléndida, sin una gota de grasa y con todo en su sitio; someterse a esas humillaciones no le hacía ninguna gracia, pero si se negase a rebajarse su deprimida hermana no encontraría fuerzas para seguir ella sola el programa que cada verano le sacaba unos años de las cuadernas. La condesa no creía que tan alicaído estado de ánimo se debiese a la causa explicada por la duquesa, el abrumador hastío que le había dejado el extenuante congreso; intuía que había más, y sospechaba que Sir Arthur algo tenía que ver. En lo que sabía de Mina, que para según qué cosas seguía siendo muy reservada, jamás se había enamorado; encapricharse de alguien, sí, claro, como cualquier mujer decente, e irse a la cama con el objeto del capricho pues también, pero aquel quedarse con la mirada perdida tras examinar su correo y no encontrar ningún sobre de Bruselas, era sospechoso.
Conversaban plácidamente sobre los avatares del día cuando entró un caballero dando grandes voces: Blücher había derrotado al Corso en una batalla que se llamaría de Belle Alliance, y no sólo le puso en fuga tras matarle treinta mil hombres, sino que le hizo veinte mil prisioneros, le arrebató trescientos cañones y, de postre, le dejó sin carruaje, sin ropa y sin un tesoro de muchos millones en oro y diamantes. La más aplastante derrota de la historia, insistía el caballero, a la sazón rodeado de huéspedes entusiastas, y también de camareros a los que, por una vez, se les disculpaba el no ser de piedra. La duquesa y la condesa permanecían en sus butacas tan flemáticas como la nobleza de su casta exigía. No necesitaban aguzar el oído, pues el caballero leía en voz muy alta la reseña de la noticia, extendiendo el apresurado resumen con que había invadido el somnoliento salón. Era llamativo que no se citase al ejército inglés. Igual aquello fue un asunto entre franceses y prusianos, aunque las palabras finales del esforzado lector, haciendo saber que las fuerzas del Fürst Blücher y del Herzog Wellington emprendían la marcha sobre París, les hicieron suponer que Sir Arthur seguía vivo.
—Nach Paris?[224]
La duquesa sonrió a su hermana la condesa, para tras eso prorrumpir en un entusiasta
—Nach Paris!
El Directorio prefirió no deprimirse al escuchar a Morand. Como bien profetizó Fouché, sería difícil que prusianos e ingleses desistieran a la primera. Procedía designar un grupo más diplomático y despacharlo a Laon. En media hora convinieron seis nombres (el marqués de Lafayette, el conde d’Argenson, el duque de Pontécoulant, el conde Laforest y el general Sébastiani, con Benjamin Constant de secretario), los convocaron de urgencia, les pusieron en antecedentes y les enviaron a prepararse para salir a medianoche. Dándose prisa llegarían a tiempo para encontrarse con Blücher y Wellington antes de que cayeran sobre Laon. Si no lograban conseguir que se detuvieran, sería difícil impedir que las negociaciones comenzaran con ellos, y sus respectivas hordas, ya en París.