Francia, el VKN y Londres, martes 20 de junio
París despertaba con un rito semiolvidado: ciento un cañonazos. Algunos periódicos traían la noticia, distribuida por el ministro de la Policía la tarde anterior, de la gran victoria de l’Armée du Nord sobre las hordas del Maréchal Blücher. El pueblo se lo tomaba con entusiasmo, pero el Corps Législatif, más cauto, se preguntaba si el viejo cabrón no habría conseguido, una vez más, apuntalar en el campo de batalla su desastrosa situación diplomática. El presidente de la cámara baja, Lanjuinais, consciente de que le había hecho pasar un mal rato antes de que partiese hacia el norte, pensó que convenía ser amable, no fuese que al tirano, en cuanto regresase cargado de laureles, le diera por fusilarle. Así, tras pensarse las palabras, envió a l’Empereur una respetuosísima carta de felicitación por la gran victoria conseguida, poniendo empeño en recalcar que «ni los reveses más grandes podrían poner en peligro la devoción que le profesaba». Como buen asambleario, de los pocos que habían logrado sobrevivir a Robespierre, bien sabía que todo estaba justificado si se conseguía mantener la cabeza sobre los hombros.
El Army of the Low Countries marchaba sobre Nivelles y Le Rœulx. Ponerlo en movimiento fue un supremo ejercicio de logística, tanto que por sí solo Álava no lo habría podido culminar, pero el teniente coronel Broke parecía desenvolverse bien. La carga de haber vuelto a ser el QMG, superado el horror de la reorganización tras Waterloo, se convertía en razonablemente llevadera.
La caballería de Pajol cruzaba el Sambre para seguir hacia Givet-Charlemont. Grouchy, preocupado por la moral de sus tropas y temiendo que nada más verse sobre suelo francés comenzaran a desertar, había planeado el cruce del gran río —en Namur ya lo era— con un punto de solemnidad, situando dos bandas de música en la entrada del puente y haciéndoles tocar los aires marciales más vibrantes del repertorio francés. Para la última unidad, el 5.º de Húsares —antes lo hicieron, además de la infantería, la caballería y la artillería, más de cien carros de suministros, municiones, heridos y muertos; Grouchy se proponía sepultar a los últimos, con solemnes honores, al pie de la sombría fortaleza de Mont d’Haurs, en Givet—, había mandado reservar el Pass de Maneouvre de Gebauer, el cual superaba el concepto «música militar» para volverse «ballet». Sabía que a la gente sencilla le gustaba ver bailar a los chevaux-de-bataille al son de aquella pieza embrujada, y lo quería regalar no sólo a sus tropas, sino a los vecinos de Namur, para que compararan la gracia de la caballería francesa con la tosquedad de la prusiana. Unos vecinos que con inicial timidez, y luego abiertamente, salían a ver pasar unos soldados que durante veinte años les habían representado por Europa y que culminaban su gentileza con el supremo detalle de no volarles los puentes. Grouchy, en realidad, habría querido hacerlo, pero carecía de minas. Partiendo de ahí, nada pasaba por ser amable y quedar bien.
Los armeekorps I y IV también lo cruzaban, aunque por Charleroi. El IV lo hacía por los pontones franceses de más al oeste, que nadie se había preocupado de volar. Su destino era Maubeuge, donde sus vanguardias llegarían al siguiente mediodía. El I, que había engordado en varios regimientos tras la canibalización del II, seguiría en dirección a Beaumont, donde sus avanzadillas deberían llegar al anochecer. El cuartel general de Blücher también se movía, de Le Roi d’Espagne a la maison Dumont, en Merbeu-le-Château. Él habría querido ir más lejos, pero el doctor Bieske se lo había prohibido —debía de ser el único en el Niederhreinarmee capaz de levantarle la voz—, pues el estado de su pierna, inflamada y convertida en un inmenso cardenal, era de preocupar; de ahí que prefiriera ser increpado entonces y no cuando se la estuviera cortando, lo que como no se cuidara seguro que acabaría por suceder. La relación entre los dos era sorprendente, pues no era infrecuente verles llamarse de todo mientras compartían una botella de buen schnaps. Alguna vez Gneisenau había propuesto al viejo Generalfeldmarschall buscarle un médico más respetuoso con su grado y con su título, a lo que siempre se negaba; Bieske, aducía, sería un indisciplinado y un «cabrón», pero ante todo era «su cabrón».
El IV Armeekorps del Oberrheinarmee, al mando del Fürst Wrede y reforzado con una división del I Ejército Ruso,[216] mandada por el teniente general Charles de Lambert —de ascendencia francesa—, se destacaba del grueso de Schwarzenberg, que apenas había empezado a cruzar el Rhein, para cercar Strasbourg, donde se hallaba estacionada l’Armée du Rhin, y neutralizarlo sin disparar un tiro.
El banquero Nathan Rothschild se había presentado en la Bolsa de Londres tan displicente como cualquier otra mañana. El ambiente no era de los más animados, toda vez que las últimas noticias del continente, referentes a la derrota de los prusianos en Ligny y a las tablas de Wellington en Les Quatre Bras, no invitaban al optimismo, aunque todo empeoró tras mandar a sus agentes vender «por lo mejor» un gran paquete de acciones, las cuales cubrían la virtual totalidad del espectro bursátil. Míster Rothschild pasaba por ser un hombre bien informado, al punto que no tardó en deducirse que sabía lo que aún no sabía nadie, que Bonaparte se había impuesto a Wellington y que las armas británicas estaban en trance de ser echadas al mar. La reacción a partir de ahí fue la ortodoxa: todo el mundo se puso a vender, aunque al no haber liquidez suficiente buena parte de la oferta comenzó a ocupar posiciones «papel», a la espera de que apareciese algún alma buena que la comprase por lo que quisiera pagar, y mientras tanto su valor descendía y descendía. Míster Rothschild, preguntado, ni desmentía ni confirmaba. En realidad hacía lo que todos los días: no decir una palabra.
El Emperador se había detenido en Laon. Quería concentrar allí los restos de l’Armée du Nord. No le preocupaba contar solamente con los cien cañones de Grouchy, más los veinte que según escribía Soult se habían salvado de los prusianos. En Avesnes había material suficiente para reabastecer a los cuarenta mil que, también según Soult, escaparon de Blücher. Con los treinta mil de Grouchy serían setenta mil. Sumando las reservas ya movilizadas, más los veintisiete mil de Lamarque, podría presentar batalla, pero en Laon le aguardaban noticias de Lucien, de Caulaincourt y de Davout. Eran previas a que supieran de Ligny, pero aun así de preocupar: el Corps Législatif que tan imprudentemente renunció a disolver andaba rumiando un 18 Brumario, pero al revés. Se planteaban deponerle mientras se hallara en el frente, incluso si con eso se regalaba la guerra, quizá por pensar que los aliados se abstendrían de pasarles los costes de movilizar seiscientos mil hombres. Dada la situación militar, no podía despreciarles; necesitaría plenos poderes para encarar la siguiente campaña, y mejor sería obtenerlos por las buenas. No quedaba más opción que seguir hacia París; no plantar cara en Laon tampoco era excesivamente grave; podría buscar batalla en Compiègne, o incluso en el mismo París, pero aquel asunto del Palais-Bourbon debía liquidarlo, pues cuando llegaran las noticias de Mont-Saint-Jean sería demasiado tarde. O quizá no, se decía comprobando con horror que su cabeza no saltaba con la debida fluidez de la crisis militar a la política, de cómo poner en pie de guerra una nueva Armée du Nord a cómo dominar a los 746 hijos de puta. Se le ocurriría cuando se viera en l’Élysée. Dos horas, sólo dos horas de agua hirviendo, y de nuevo sería el que no había logrado ser desde que le asaltaron los dolores, en Gilly. Un destino atroz, el suyo: en el punto crucial de su carrera, donde más estaba en juego, la salud le jugó la peor trastada de su vida. De ahí venía que no sintiera un particular enojo con Ney, Soult o Grouchy. Si algún responsable había de aquel desastre, de aquella tragedia, era él.
La cena del Koning Willem era más distendida y menos protocolaria de lo usual en sus rígidas costumbres. Sólo asistían él, la reina, los dos príncipes —el mayor con un aparatoso cabestrillo—, Hill, Wellington y Álava, el último más en calidad de amigo y comisionado que de un embajador presentando credenciales, que por supuesto Zijner Majesteits aceptó con toda cordialidad. Aun así, estaba más interesado en que le hablaran de aquella batalla extraordinaria donde su hijo y heredero se distinguió de un modo tan heroico —suya fue la decisión, había explicado al rey su padre, de mover la II División a Les Quatre Bras, ante lo cual Wellington no dijo nada; se limitó a poner su mejor cara de piedra—, gracias a lo cual la extensión del VKN tenía perspectivas de aumentar; lo deducía de algo que acababa de saber, que His Grace había encomendado a Frederik la toma de las fortalezas situadas al norte del Sambre, no sólo para que dejaran de ser un peligro, sino para que la bandera del VKN ondeara en ellas, y en las comarcas que las rodeaban, cuando se impusieran al próximo gobierno francés las reparaciones de guerra. Eso le satisfizo tanto que, sin pensárselo, allí mismo concedió a His Grace el título de Prins van Waterloo, lo que implicaría la concesión de una inmensa propiedad. No precisó dónde se hallaría, porque al ser aquello fruto de una súbita inspiración no tenía idea de a quién confiscarla; sólo era seguro que la sacaría de las provincias valonas, pues los campesinos holandeses serían mucho más reacios a dejar que les expropiara por las buenas.[217]
Faltaba media hora para que se cerrara la más deprimente sesión que la London Stock Exchange recordaba cuando míster Rothschild lanzó a sus agentes a comprar todo lo que se hallase a la venta. Poco después no tenía mucho más dinero líquido que cuando salió de su casa, pero su cartera poseía bastante más del doble de los títulos con que contaba entonces. Si al llegar al parquet aquella mañana era un hombre riquísimo, al salir lo era mucho más, lo cual le llevó a no realizar comentario alguno.
El III Armeekorps vivaqueaba en Lambusart, cerca de Charleroi, tras haber venido desde Wavre por los caminos que los I y II recorrieron tres noches antes en sentido inverso. Thielmann y Clausewitz pensaban recuperar su retraso con respecto al I antes de llegar a Laon. Tenían a favor el marchar por carreteras despejadas, mientras el I y el IV debían avanzar con muchas precauciones, en previsión de que las retaguardias francesas les tendieran alguna emboscada. El II también había llegado a Charleroi, pero su destino era distinto. Una vez al otro lado del Sambre, Pirch despacharía una de sus brigadas a Maubeuge y Landrecies, para relevar al IV. Las otras seguirían hacia Philippeville, para luego desdoblarse sobre Givet y Charlemont; el objetivo era tomar las cinco, aunque Gneisenau no esperaba tanto; si lo conseguía, bien; si no, que las sitiase a la espera de Hake. Los cuarenta mil hombres que reunían entre los dos bastarían para tomar la decena de fortalezas situadas en las riberas del Sambre, del Meuse y del Moselle. Si cuando cayera París los diplomáticos hicieran bien su trabajo —no como en Viena—, bien podría suceder que sobre las almenas de aquellas enormes construcciones siguiera gualdrapeando, por tiempo indefinido, la bandera del águila negra.
Fouché supo de Mont-Saint-Jean a mediodía. Nadie del état major de l’Empereur se acordaría de anunciarle una derrota, de modo que había situado informadores donde sí llegarían las malas noticias: el Ministerio de la Guerra. Ésa le sorprendió tanto como lo habría hecho la contraria: nada. Esperaba la noticia, la que fuera, para proceder en la forma conveniente; había diseñado varias, en virtud de los diferentes acontecimientos que pudieran acaecer. Su primera medida fue ordenar a los prefectos difundir la noticia en calidad de rumor, junto con otra, de su cosecha, que anunciaba el regreso de l’Empereur para tomar medidas desesperadas, al estilo de un Eleazar ben Ya’ir. Con aquello bastaría para que la inerte clase política, tan lenta de movilizar, adquiriera el estado mental necesario para guarecerse tras los que tuvieran ideas claras. Sería necesario hacerse con el alma de los que pensaran que tenían una, pues si lograba poner a los más influyentes en el sendero de hacer lo que a él le convenía Napoleón tendría difícil imponerse; así, de paso, él se haría indispensable para el próximo rey, el que fuera, pues necesitaría un buen ministro de Policía para consolidarse, y si él no perdía la sangre fría en el combate que se avecinaba, Louis difícilmente daría con uno más competente. Convendría empezar por La Fayette, el liberal más significado y al que días antes había insinuado la conveniencia de parlamentar. Eran tan incompatibles como el agua y el fuego, aunque tenían cosas en común; los primeros días con Napoleón de regreso en París serían parecidos para los dos, ya que los deseos del marqués —que regresara la República— y los suyos —que Louis recuperara el trono— partían de la misma posición personal: sobrevivir. De ahí que, como no pocas veces sucediese a lo largo de la historia, el Vicio (él) invitase a cenar a la Virtud (el otro). De lo que acordasen dependería el porvenir de los franceses, empezando por el único digno de todos los esfuerzos: el suyo propio.
El Major Percy atravesaba Londres a buena velocidad. Era un atardecer soleado, de los que incitan a los londinenses a pasear por el Strand. Al atractivo de aquella clase de atardeceres se unía cierta impaciencia por saber de la campaña continental, por entonces la única guerra donde los casacas rojas luchaban y morían. De ahí que la presencia de uno con bicornio en el pescante de una carreta no pasara inadvertida, y no sólo porque parecía marchar hacia Downing Street, sino por lucir un aspecto inusitado, plagado de manchurrones, polvoriento y sin afeitar. Por si eso fuera poco viajaba en compañía de dos águilas francesas, en cuyos estandartes tricolores se leían sin dificultad los números 45 y 105. A eso se debía que una creciente multitud le siguiese a respetuosa distancia, y no por prudencia, sino porque su cochera, muy diestra con el látigo, no permitía que nadie se acercara.
Sir Henry había llegado a los muelles de Oostende a tiempo de ganar la marea en la HMS Peruvian. Como estaba muerto de fatiga la tripulación prefirió no despertarle; lo hizo él solo al advertir que algo iba mal, pues estando en medio del mar aquello no se movía. El capitán no tardó en explicarle que la calma chicha era natural en el British Channel en aquella época del año, contra lo cual sólo era posible armarse de paciencia. Percy no sabía nada de navegar en alta mar, pero sí entendérselas con una brújula, y según la suya las luces que divisaba unas millas al noroeste debían ser las de Dover. La Peruvian contaba con una trainera donde podrían remar ocho, y con el permiso del comprensivo capitán no le fue difícil movilizar otros tantos tripulantes; al poco ya estaban en ella él, sus águilas y los ocho galeotes, remando con la determinación que da no sólo transportar al héroe que lleva las noticias al Regente, sino al que además ha prometido un par de guineas a cada remero si le dejaban en Broadstairs, las escalinatas del puerto de Dover, antes de las diez de la mañana.
Una vez en tierra necesitaba un carruaje; como el muelle no era buen lugar para encontrar uno se dirigió, seguido de una docena de curiosos, a la oficina del capitán del puerto. Allí, le informaron, no había vehículos ni caballos, pero en la lonja de pescadores sí que los había. El que ofrecía un aspecto más veloz presentaba dos inconvenientes: uno, que olía fuertemente a pescado; el otro, que lo tripulaba una mujer, y le pareció que no del tipo menos deseable, aunque sí del más patriótico, pues al comprender de qué se trataba —depositar al guapísimo Sir Henry en el 10 de Downing Street, Westminster— ni siquiera se detuvo a charlar sobre tarifas. «Suba usted ahí, sujétese y rece», fue todo lo que dijo mientras empuñaba el látigo. Miss Derrick, como dijo llamarse, sabía conseguir que dos mestizos perezosos se comportaran como verdaderos purasangres, y también dónde y cómo cambiarlos, cosa que debió hacer varias veces en el largo camino de Dover a Londres. A su arte como cochera contribuía su excepcional dominio del lenguaje más apropiado para tratar con los cachazudos carreteros, lo que a Sir Henry le admiró profundamente, al punto de sentir una gran simpatía por la pelirroja señorita, pues jamás había conocido mujer alguna con aquel extraordinario dominio del inglés; sargentos, sí, unos cuantos, pero jóvenes hijas de granjeros que acudían a las lonjas de pescado para que le regalasen los sobrantes del día y así tener algo para echar a los cerdos, ni una.
En Downing Street supo que Lord Liverpool y Lord Bathurst estaban en casa de Lord Harrowby, en Grosvenor Square. Tras señalar el camino a la emocionada Miss Derrick —la vida rara vez ofrece a las hijas de los granjeros la oportunidad de vivir un momento histórico—, no tardó en detenerse frente a la casa en cuestión; un individuo normal habría descendido del pescante sin mirar atrás, ansioso de lanzarse a la gloria, pero Sir Henry estaba hecho de otra pasta, una que le permitía no sólo abrir la mano de la sorprendida Miss Derrick y depositar en ella veinte guineas de las de verdad, las de oro, sino decirle que mientras viviese no la olvidaría. Tras eso, sí. Tras eso ya podía enarbolar sus águilas y avanzar con la determinación de un oficial del 14.º Light Dragoons. Al poco se veía en una sala de mediano tamaño donde Lord Liverpool, Lord Bathhurst, Lord Harrowby y míster Boehm jugaban una mano de whist. La escena la traía muy ensayada, de modo que no improvisó. Rodilla en tierra, tras arrojar al suelo las águilas con melodramático estrépito, tendió a Lord Liverpool un envoltorio de terciopelo azul donde la noche del baile de Lady Charlotte una dama derretida le había entregado su retrato, el cual dejó no sabía dónde para guardar allí el dispatch de The Beau. Tras eso, y en el ánimo de ahorrar a los petrificados presentes el esperar a que Lord Liverpool acabara de leer —eran muchas hojas—, anunció en muy buen tono que Lord Wellington había conseguido una devastadora victoria sobre Bonaparte. La escena, en ese punto, se transfiguró, pues Lord Liverpool, que no quería detalles, prefería entrar en acción. Tras pasar el dispatch a su destinatario tendió la mano al major, adorable con su hermoso uniforme rojo y oro teñido de sangre y polvo, además de oliendo a una mezcla indefinible de pólvora, sudor y pescado no muy fresco, y se le quedó mirando sin decir nada para después anunciar a sus compañeros que ya seguirían otro día; convenía dirigirse a Saint James Square, donde His Royal Highness the Prince Regent celebraba no sabía qué, acompañado de tampoco sabía quiénes. Así, poco después, los cinco avanzaban a buen paso hacia donde Su Alteza Real se preguntaba por qué había tanta gente por la calle, siendo cerca de las diez.
A distancia, disuelta en la oscuridad, Miss Derrick también se hacía una pregunta: qué habría de verdad en lo que dijo aquel hombre tan extraordinario —«que jamás la olvidaría»—, el mismo al que veía marchar con sus dos águilas al hombro tras cuatro caballeros en perfecto gentlemen’s night suit.
El orondo Regente dejó de hacerse preguntas al ver llegar a Lord Liverpool, si bien prefirió escuchar from the horse’ mouth el relato de lo sucedido. Una vez al corriente, y tras ascender al encantado Sir Henry al empleo de Lieutenant-Colonel, se asomó a la ventana con un águila en cada mano, ante cuya visión la multitud se arrancó, según es consustancial a las multitudes británicas, con un vibrante «God save the King», para después lanzarse a rugir al ver aparecer a Lord Liverpool con el recién ascendido ADC; nada era más cierto, se decía la romántica Miss Derrick —lectora contumaz de Miss Jane Austen, en su vida no todo eran cerdos, gallinas, lonjas y carretas; también sabía soñar—, que para magnificar la gloria no hay nada como una barba de tres días y una casaca roja ensangrentada.