París y Bruselas, miércoles 31 de mayo

El ritmo de l’Empereur se incrementaba. Los despachos con sus ministros eran muy breves, del todo ejecutivos. Un simple ser informado y sobre la marcha dictar órdenes, sin apenas reflexionar. No por insensatez, sino porque no había tiempo. De ahí que se viera forzado a confiar en su buen sentido, si no en su genio para valorar situaciones. Por desgracia, no todos sus actos podían ser tan veloces. La tarde anterior, sin ir más lejos, se vio forzado a revistar la Garde Impériale por la vigilia del Champ de Mai[149] se dejó ver por demás jovial con sus fidelísimos grognards, los cuales no cesaban de vitorearle, acompañados de una multitud que hacía lo mismo. Una donde los no franceses podrían contarse por docenas. París rebosaba espías, algunos muy discretos aunque la mayoría sumamente descarados, conscientes de que le agradaba verles allí, al punto que la usualmente hostil policía de Fouché les ayudaba con sus problemas de alojamiento. Las ceremonias del Imperio eran en sí mismas un colosal espectáculo propagandístico, y él la primera estrella. Lo sería de nuevo al día siguiente, cuando se celebrara el primer Champ de Mai desde aquel otro de 1790 que la Convención dio en llamar Fête de la Fédération, y que cuanto más cerca estaba menos le apetecía disfrutar. Llevaba días preguntándose qué diablos ganaría con aquella fantochada, pero ya no era posible volverse atrás. De hacerlo no habría interpretaciones favorables, y de ningún modo quería exhibir su íntima debilidad.

El único ministro al que dedicaría más de diez minutos era Fouché; traía noticias de La Vendée, donde ya estaba Lamarque. Según informaba éste, La Rochejaquelein había tomado Cholet y Sainte-Anne-d’Auray, aunque antes de su llegada. Una vez supo de sus veintisiete mil hombres, la situación cambió. No sólo la incorporación de voluntarios se redujo de un modo dramático, sino que la unión entre sus cabecillas, unos tales Sapinaud, d’Autichamp, Falleron y Suzanet, saltó por los aires, al punto de proclamar que rehusaban obedecer al autonombrado caudillo, el conde de la Rochejaquelein.

—¿En cuanto tiempo los habrá liquidado?

—En cuanto les obligue a dar batalla. Cosa de una semana. Otra más para sanear rescoldos y restaurar el orden, y eso habrá sido todo. Sería necesario dejar allí diez mil hombres; Lamarque y los restantes podrán incorporarse a l’Armée du Nord hacia el 25 de junio.

El Emperador suspiró. Necesitaba las divisiones de Lamarque para completar el VI Corps d’Armée, pero ya no había solución. El 25 de junio todo habría terminado. Estaría en Bruselas, negociando con Alexander tras descalabrar a Wellington y a Blücher, o estaría en a saber. Igual, hasta muerto.

Wellington, en su despacho, reflexionaba sobre lo que auguró Blücher, que Bonaparte comenzaría por él; que lo hiciera pivotando sobre Maubeuge, Charleroi o Namur era lo que no acababa de ver claro. Las posiciones de l’Armée du Nord no apuntaban nada en sí mismas; Boney debía de contar con que se le vigilaba, en la misma medida que lo hacía él. Ése era el motivo de que no detallara su propio despliegue; se limitó a decir que su I Army Corps se desplegaba entre Mons y Nivelles, y que la Reserva y el II permanecían al largo de la carretera Gante-Bruselas. Al hacerlo le costó mantener la seriedad, por culpa de la irónica mirada de Álava, el único de los suyos que poseía una visión global de las posiciones; sin duda entendía que su intención era facilitar a Bonaparte y a Blücher que se masacraran entre sí, para sólo intervenir una vez se hubieran desangrado lo bastante para que aquel diera el ataque por fallido y éste no pudiera disputarle la carrera por París. El precio, que no le importaba pagar, sería ser tenido por frívolo durante las dos semanas que aún tardaría Boney en cruzar la frontera, o al menos eso era lo que Fouché aseguraba. L’Armée du Nord estaba lista desde hacía días, y si Boney no pasaba de las musas al teatro era por el fangal parlamentario en que se había metido él solo. No podría dejar París mientras no constituyera las cámaras, lo que no podría suceder antes del 10 de junio. Eso significaba que hasta el 15 habría paz. En el entretanto debía conseguir que los agentes de Bonaparte dijesen que sus tropas se hallaban tan dispersas que no serían un peligro hasta cuatro días después de iniciarse los festejos. Necesitaba que Boney creyese aquello a pies juntillas, y creía saber cómo: sugiriendo a la duquesa de Richmond que organizase un acontecimiento tan sonado que ni el espía más inepto se quedara sin saber dónde y cuándo tendría lugar. El motivo sería la conmemoración de su triunfo en Vitoria, del que se cumplirían dos años el día 21; demasiado tarde para sus planes, aunque no si la inocente Charlotte lo planificaba para el 15, la fecha de Fouché. Más tarde, no, salvo que invitase también a Boney. Debería ser un baile al que no dejara de acudir nadie de renombre, con especial énfasis en sus oficiales casaderos, con lo que Charlotte debería enviar no menos de doscientas invitaciones. Unas cuantas de las mismas, lo daba por seguro, estarían en París tres días después de ser recibidas. Una vez aquello fuera del dominio público, no habría casa con soltera que declinase asistir. Con eso bastaría para que toda Bruselas supiera que Wellington y su festivo ejército estarían con resaca la mañana del 16. Dada la fama de bon vivant que desde hacía semanas se afanaba en cultivar, sería razonable que Boney se lo tragase. Así estaría todo a favor de que la emprendiera con Blücher. Dos días después de molerse a palos, ciento veinte mil franceses y otros tantos prusianos serían, con suerte, un tercio menos. Blücher se habría retirado a Lieja, mientras Boney, tras deducir dos corps d’armée, lo mínimo para prevenir que Blücher regresara y le pillara con el culotte en las rodillas, sólo podría oponerle un máximo de setenta y cinco mil. Avanzaría por el camino más corto, para encontrar en la línea Braine-l’Alleud-Mont-Saint-Jean-Smohain un ejército más en forma de lo que habría pensado. Le atacaría, porque no tendría más opción, y así él se alzaría con una victoria decisiva, perdiendo no mucho más de diez mil hombres y conservando los suficientes para lanzarse con garantías por el camino de París, con Blücher a varios días tras él. Un Blücher derrotado, desmoralizado y reducido a menos de setenta mil, no porque Boney le hubiera hecho cincuenta mil bajas, sino porque un tercio de sus pordioseros habría desertado. Era una lástima no poder compartir aquello con nadie salvo Álava, y con éste no hacía falta, porque lo comprendía sin necesidad de darle pistas. Mejor así. Mejor que nadie pudiese acusarle de haber procedido con la más británica de las perfidias.

Álava en Waterloo
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