Lieja, miércoles 3 de mayo

La reunión de aquella mañana era más formal. A las órdenes del Fürst Blücher, el Graf Gneisenau, el Generalmajor Grolman —recién nombrado Generalquartiermeister—, el Generalmajor George-Dubislav von Pirch —comandante de la 8.ª Brigada de Infantería, general más antiguo del II Armeekorps y comandante provisional del mismo—, el Oberst Aster, Stabschef del II Armeekorps— y el Graf Nostitz. Las caras, larguísimas, tenían su explicación: la tarde anterior, varios soldados del batallón Leib-Grenadier protestaron por haber sido segregados de su regimiento, el de la Guardia Sajona, que acababa de ser enviado a Koblenz para unirse al Nordeutsche Bundeskorps. El Leib-Grenadier se integraría en la 8.ª Brigada del II Armeekorps, la del Generalmajor Pirch. No se sabía si la vehemencia con que clamaban tenía por origen el echar de menos a sus camaradas de los otros batallones o el no sentirse prusianos, pero el caso fue que los iniciales murmullos subieron de tono, a resultas de una inmoderada ingesta de vino, cerveza y schnäpse, hasta el grado de motín, pues en otra forma no cabía definir que se pusieran a pegar tiros en las inmediaciones del cuartel general del Fürst Blücher.

Generalmajor Karl von Grolman

El incidente coincidió con una reunión muy áspera, donde Gneisenau, en pie frente a los jefes y oficiales sajones y ex sajones, cuadrados tras su general Ryssel, les hacía saber que la integración de las unidades ex sajonas en las prusianas tendría lugar les gustase o no. Su tono era tan tajante como categóricas sus palabras: no pensaba mantener a sus órdenes oficiales que conspiraban contra Prusia tan abiertamente como lo hacían ellos; antes que permitirlo prescindiría de todos, a lo cual añadió que las puertas estaban abiertas para los que quisieran unirse a Bonaparte, y que les prefería como enemigos declarados antes que como falsos amigos. Los sajones, con el adusto Ryssel a la cabeza, dejaron la reunión muy preocupados, por ser notorio cómo las gastaba el viejo Paschol[141] en cuestiones de disciplina. Sin detenerse a compartir impresiones, marcharon hacia sus unidades a fin de calmarlas. Creyeron conseguirlo, pese a que fueron recibidos a pedradas. En el caso del Leib-Grenadier se dejaron engañar, porque nada más oscurecer los desórdenes se reavivaron. Los amotinados más significados, de paisano —se negaban a vestir harapos prusianos— y sin tener una idea clara de cómo proceder, la emprendieron con los aprensivos centinelas del cuartel general, y tras eso se congregaron frente a la fachada principal para lanzar piedras contra las ventanas, alcanzando al propio Blücher, que había interrumpido su cena, intrigado por el griterío que llegaba del patio. Viendo que aquello era una rebelión optó por montar en cólera, tanto que al aprensivo Gneisenau se le hizo difícil evitar que mandase abrir fuego; la diferencia de número entre los amotinados y los centinelas era tal que acabarían colgados de una viga, los dos. Mejor escapar, lo que hizo tomando a remolque al iracundo Generalfeldmarschall hasta un lugar seguro. Blücher, una vez a salvo y tan irritado como pudiera estar un mariscal prusiano, comenzó a dictar unas órdenes que Gneisenau se vio incapaz de reconducir, y es que frente a un sumarísimo «¡haga Su Excelencia que los fusilen a todos!» poco se puede hacer.

Antes de que clarease, la 8.ª Brigada, con Pirch I al frente —dado que tenía un hermano que también era Generalmajor, se les solía llamar Pirch I y Pirch II—, rodeó los pabellones donde moraban los amotinados, a los que capturó con facilidad gracias a la embriaguez que disfrutaban. Borstell, temiendo que la irreversible represalia que se le ordenaba ejecutar destrozase la moral no sólo de aquel batallón, sino del contingente completo —los ocho mil que seguirían siendo sajones más seis mil ochocientos neoprusianos—, rogó a Blücher se apiadara de los pobres imbéciles y que, mostrando la magnanimidad de los grandes comandantes, les perdonase la vida, con lo cual consiguió ser destituido, arrestado y enviado a Berlín, donde sería sometido a un consejo de guerra, con lo cual acabaron todos de comprender que llevarle la contraria no era saludable. Así, Blücher en persona dio las órdenes de disolver el malhadado batallón, dispersar a sus hombres, quemar su bandera —el mayor ultraje imaginable, y más siendo una enseña bordada por la venerada reina Marie-Amalie von Sachsen— y fusilar a los capturados en ropas civiles, sin convocar consejo de guerra y pese a que apenas se podían sostener, lo que Pirch I, a la vista de lo sucedido con Borstell, no dudó en llevar a cabo.

Friedrich-August I, König von Sachsen

Aún les llegaba el aroma de pólvora fusiladora cuando se reunieron para cerrar el fastidioso episodio. Lo primero era explicar al König von Sachsen la razón de tan extremas medidas. Blücher, desoyendo al cauto Gneisenau, desdeñó hacerlo a través de Hardenberg. Sin pensarse las palabras, y en presencia de los allí reunidos, empuñó la pluma como si empuñara un sable para escribir a Friedrich-August una carta durísima, de un tirón y sin dejarse aconsejar por el preocupado Gneisenau, en términos más de soberano a soberano que de mariscal a rey, acusándole de ser el inspirador de la rebelión desde su forzada semirreclusión en Preßburg[142] y haciéndole saber que si para restaurar la disciplina se veía obligado a fusilar a la totalidad del ejército sajón, lo haría sin vacilar. Lo último que podría decirse del viejo Vorwärts era que se había reblandecido. Si Derfflinger o Seydlitz le vieran desde sus tumbas aplaudirían a rabiar, y lo curioso era que no lo pensaba él, sino los que presenciaban la escena, con la excepción de Gneisenau. Él no habría fusilado a nadie ni habría quemado nada, y no por eso se resquebrajaría la disciplina. Sentía el mayor de los respetos por el anciano mariscal, pero ser su Generalstabschef, cuando le daba por mandar, era insoportable.

Lo segundo era decidir qué hacer con los sajones. Alinearlos contra Bonaparte serviría para que l’Armée du Nord engordara con catorce mil ochocientos desertores. Mejor sería destinarlos a una guarnición lejana. Debería ser una medida que se tomase de inmediato, para evitar que su mal espíritu se contagiase a las otras tropas no prusianas. Grolman tomaba notas; era su primera crisis y no pensaba permitir que se le comparase, para mal, con Müffling. Les gustase o no a sus nuevos y malacostumbrados ayudantes, a partir de aquel momento iban a trabajar duro. Para empezar, las órdenes para los sajones, tanto los acuartelados en Lieja como los que habrían de marchar a Koblenz, serían expedidas en media hora, de forma que a mediodía estuvieran listos para dirigirse a Waldeck, el lugar que Gneisenau suponía más adecuado para mantenerlos apartados. Se librarían de una guerra, pero a partir de aquel día su bandera sería la del deshonor. Salvo para los descreídos y los escépticos, una suerte indeseable.

Álava en Waterloo
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