Viena, París y Bruselas, jueves 20 de abril

Lord Cathcart no era demasiado viejo, pero aquella noche no podía con su alma. El día comenzó para él con la noticia de que Murat y Bianchi se habían visto las caras en el Po, haciendo tablas. No eran buenas noticias para Inglaterra, pues cuanto más tardara en liquidarse la locura de Murat más fuerzas distraería Schwarzenberg de la causa común y la guerra contra Boney se demoraría más de lo tolerable para las finanzas británicas. Las instrucciones de Castlereagh eran categóricas: cerrar aquel ya inútil congreso y convencer a Metternich y al Zar de avanzar sin demora contra Bonaparte. Fácil de decir en la lejana Londres, pero Castlereagh debería recordar que allí, en Viena, cada cual tenía sus intereses, y los de Zar y los de Metternich no eran compatibles con las prisas. Le gustase o no a Castlereagh, la guerra quedaría para Wellington y Blücher, pues ni Schwarzenberg ni Barclay de Tolly dispararían un cañonazo mientras no tuvieran la certeza de que Bonaparte sería incapaz de devolvérselo. A sus cansados ojos militares —seguía siendo un general, pese a que Inglaterra le prefiriese de diplomático—, la Séptima Coalición era un espantajo. Salvo Inglaterra y Prusia nadie tenía deseos de pelear, de lo que Boney debía de estar al corriente; a eso se debía que tampoco él se diera prisa.

La primera reunión fue con el duque Friedrich-Wilhelm von Braunschweig-Wolfenbüttel, un incondicional aliado de Inglaterra que aceptaba unir sus regimientos al Army of the Low Countries. Lo habían negociado días antes y lo firmarían en ese momento, lo que irritaría no poco a Hardenberg, ya que los Braunschweig-Wolfenbüttel antes luchaban bajo colores prusianos, al punto que Karl-Wilhelm, el padre del duque, mandaba el ejército que se midió con Davout el aciago día de Auerstädt. Blücher quería que los brunswickers volvieran a unirse a las fuerzas prusianas, pero el duque había combatido en la Península —donde los guerrilleros le llamaban Duque Negro, a causa del uniforme negro con calavera en los chacós que vestían él y sus hombres— bajo los colores de Wellington, y las guineas inglesas le inspiraban mas simpatía que las tradiciones familiares.

Tras esa reunión vendrían dos más. La primera sería con los agregados militares de las legaciones austríaca, prusiana, rusa e inglesa, para revisar los planes de operaciones desarrollados por los respectivos estados mayores. Los de Wellington y Gneisenau perseguían lo mismo, invadir Francia con una fuerza tan descomunal que nada se le pudiera oponer, aunque se hacía evidente que terminarían por colisionar, pues los dos pretendían llegar a París antes que los demás. Cathcart no intentó defender los puntos de vista británicos; dado que tras el descubrimiento del tratado Talleyrand-Metternich-Castlereagh la posición de Hardenberg era irreductible, sólo cabía pedir que los cuatro ejércitos rompiesen marcha el mismo día, dejando a la destreza de sus comandantes llegar antes que los demás. Eso fue lo que finalmente se acordó: las hostilidades comenzarían el 1 de julio.

La segunda reunión era diplomática. Los agregados no se marcharon, aunque su papel era secundario, pues los protagonistas subían al nivel superior: Metternich, Nesselrode, Hardenberg y él mismo. El propósito era decidir en cuáles ejércitos se integrarían los contingentes de los estados alemanes interesados en participar. Hardenberg insistía en que todos salvo Hannover deberían formar bajo bandera prusiana, de forma que se mantuviera la necesaria unidad idiomática. Nesselrode se oponía, recordando que los ejércitos prusianos no eran los únicos que hablaban alemán; un error, pues Hardenberg le machacó al recordarle que si un problema tenía el de Schwarzenberg era que sus tropas hablaban húngaro, checo, bosnio, croata e italiano, y alguna lengua más que no recordaba. Metternich, por su parte, no decía nada; era como si aquello no fuera con él. Quien sí habló fue Cathcart, y con cierto grado de autoridad moral, el que le daba ser el único militar de los cuatro. Según explicó, los ejércitos de todos esos pequeños estados tenían una larga tradición de luchar asociados a otras potencias, de modo que sabían entenderse con sus mandos en idiomas que no eran los suyos sin que tal cosa perjudicase su efectividad. Partiendo de aquello, su opinión era que convendría conocer las preferencias que manifestase cada uno, y aceptarlas salvo en caso de inconvenientes muy graves. Ni a Metternich ni a Nesselrode aquello les parecía mal, pero Hardenberg se opuso; en su opinión, Cathcart contaba con que al ser Inglaterra la potencia más adinerada, la tendencia natural de todos aquellos pequeños estados sería inclinarse por quien mejor pagara, lo que al final redundaría en una merma de la operatividad general, y también, por qué no decirlo, en una disminución de los subsidios comprometidos por Inglaterra cuando reconoció no estar en condiciones de aportar los ciento cincuenta mil hombres comprometidos en las primeras sesiones. Aquello, terció Metternich, ya se había discutido sin llegar a ningún acuerdo, al punto que ya no había margen para seguir hablando, de modo que no quedaba otra que iniciar una especie de puja para determinar quién se quedaba con quién, bajo qué condiciones y a cuáles precios. Hardenberg seguía oponiéndose, pero tras quedarse sin el apoyo de Rusia, que al contar con cuatrocientos mil soldados en aquello nada le iba, se vio forzado a transigir. Al cabo de un largo forcejeo se acordó que al Ejército Austríaco del Alto Rhin (Oberrheinarmee) se incorporarían los de Baden, Bayern, Würtemberg, Hessen-Darmstadt, Frankfurt-am-Main, Liechtenstein y los principados Hohenzollern, lo que totalizaría sesenta y cinco mil hombres. Al Army of the Low Countries se añadirían los de Braunschweig-Wolfenbüttel, Hannover y Nassau, lo que supondría unos veinticinco mil. Por último, el Niederrheinarmee recibiría los de Sachsen, Mecklenburg-Strelitz, Mecklenburg-Schwerin, Thuringen, Hessen-Kassel —para contrariedad de Cathcart, que había presionado al Elector para que uniera sus doce mil al Army of the Low Countries; Wellington habría llegado más lejos en aquella peculiar negociación, pero Cathcart sobornaba mal; era una de las suertes diplomáticas que menos dominaba, lo cual significaba que nunca triunfaría en tan dura profesión—, Schwarzburg, Anhalt, Waldeck, Lübeck, Hamburg, Oldenburg, Reuß, Lieppe-Detmold y Lieppe-Schaumburg, totalizando treinta y nueve mil. Se integrarían en el Norddeutsche Bundeskorps, salvo los contingentes procedentes de las provincias septentrionales de Sachsen; al pasar a ser prusianas sus soldados también serían prusianos, y por tanto se unirían al Niederrheinarmee; fue una declaración tan irrelevante y merecedora de un «pues bueno» que nadie hizo comentarios. Ellos —Blücher y Hardenberg— sabrían.

No era un mal reparto, se decía Cathcart. Le dolía no haber conseguido las brigadas Hessen-Kassel, las únicas en las que Wellington tenía interés; más disgustado estaba Hardenberg, que se tomaba como una ofensa personal el que Braunschweig-Wolfenbüttel prefiriese Wellington a Blücher y que Bayern, en el último instante, optase por Schwarzenberg. El que parecía satisfecho era Metternich. De los ciento veintiocho mil en disputa se llevaba la mitad sin levantar la voz, sin descomponerse y sin mostrar otra cosa que una estudiada displicencia. Esa era, reconocía Cathcart, la diferencia entre un diplomático de raza y los aficionados voluntariosos que, a fin de cuentas, eran Hardenberg y él.

Hacía ya tres días desde que se trasladase a l’Élysée, un acogedor palacete construido para la marquesa de Pompadour y que hasta 1810 perteneció a Murat. Les Tuileries se le venía encima. En sus desiertos corredores sólo quedaban soldados toscos y aburridos, algunos políticos serviles y, lo peor de todo, multitud de fantasmas. En l’Élysée también los había, pero eran amigables, como el de Eléonore Denuelle, la lectrice favorita de Joséphine. L’Élysee fue su guarida de amor, gracias a la complicidad de su hermana Carolina, que no sólo amparaba el adulterio imperial por un lógico sentimiento de solidaridad fraternal, sino porque nunca pudo soportar a la vieja, estéril y engreída criolla. Unas tardes, aquellas de «despachar con Murat», que le habían dejado uno de sus escasos fantasmas vivientes: el primero de sus hijos, el conde Mâcon de Léon, nacido a finales de 1806 y al que no dudó en reconocer pese a que, según su hermana, las costumbres de la lectrice no tenían nada de monógamas.

Volvió los ojos al texto constitucional. Se preguntaba cómo lo tomarían sus ministros, ante los que Constant lo defendería una hora después. Su constitución, que algún irónico denominaba Benjamine, era breve: 67 artículos frente a los 76 de la Charte Octroyée. Aun así, se daban un aire. La Benjamine, decía Bassano, era una Charte Octroyée más lacónica, en mejor francés y sólo distinta en las definiciones de legitimidad y en el establecimiento del sistema de doble cámara, lo que daría lugar a murmullos. La baja, elegida por sufragio popular, constaría de 629 diputados. La otra, de designación imperial, estaría constituida por un número indefinido de pares vitalicios, tantos como a l’Empereur le viniera en gana. En teoría no estaba mal, pero Bassano encontraba difícil que la opinión pública se resignase a imitar el sistema de su enemiga irreductible. A él todo eso le daba igual. Si algo le inspiraba la Benjamine era un mortal hastío. Le atraían más los datos de producción. Francia trepidaba. El país al completo trabajaba para la maquinaria militar. Cada día las maestranzas producían mosquetes por millares, municiones a toneladas y cañones por docenas; las sastrerías cosían uniformes por centenares y mantas por miles, los requisadores no dejaban en las granjas un caballo que tuviese más de cuatro años y menos de trece, y lo mismo sucedía con las yeguas infértiles o que ya no sirvieran para criar. Las zapaterías cosían botas por centenares, el forraje se acumulaba por montañas y los artesanos del cuero se afanaban en suministar los millares de sillas y de arreos que reclamaba Davout. La construcción de carromatos no paraba ni de noche, las forjas fabricaban sin cesar sables, lanzas y bayonetas, y la industria de la salazón se olvidaba de sus clientes, volcada en preparar conservas para las tropas. Francia, en suma, era un país en guerra. Sus enemigos no tomaban medidas similares. Inglaterra seguía con su parsimonia de siempre, Wellington pasaba su tiempo de fiesta en fiesta, más preocupado por las esposas de sus oficiales que por la eficacia de sus batallones, el ejército ruso vagaba por las riberas del Niemen sin que su Zar cesara de bailar a todas horas y Schwarzenberg demostraba que seguía siendo insuperable a la hora de justificar lo despacio que iba todo. Sólo el implacable Blücher ocupaba posiciones de ataque. Le conoció a finales de 1806, cuando capituló en Ratekau, herido, agotado, sin víveres y sin municiones. Conocía su historia de mercenario al servicio sueco, capturado y seducido por Friedrich der Große y desde ahí prusiano absoluto. Bebedor, jugador, mujeriego, blasfemo, indisciplinado, violento, brutal, pero capaz de arrastrar tras de sí a corps d’armée completos. Su valentía personal, que le hacía cargar al frente de sus húsares como si fuera un tenientillo, constituía por sí misma la mejor arenga imaginable. A eso se debió que le trajese a su presencia. Pretendía ganárselo, como había hecho con no pocos enemigos que tras verle y escucharle se pasaron a su bando no ya convencidos, sino seducidos, pero con él no tuvo éxito. Aquel salvaje respiraba odio por todos sus poros. Su mirada, despeñada desde las alturas de la cuarta que le sacaba, era inequívoca: un día te atraparé, y ese día te fusilaré. A eso se debió que lo canjease por Perrin pocas horas después. Un error del que se arrepentía muy sinceramente. Le vio tan viejo —ya tenía sesenta y cuatro— y a su país tan de rodillas, que de ningún modo pudo imaginar que seis años después sería su enemigo más implacable. A la vuelta de dos meses le tendría enfrente, como en la docena larga de batallas que habían luchado desde la primavera de 1813. Lo que más le intrigaba era que, siendo tan alocado como era, pues con sus propios ojos le había visto un año antes cargar contra sus lanceros al frente de sus ulanos, mantuviera su ejército en el orden pasmoso que mostraba. Su estado mayor debía de ser eficaz. Tanto como una vez lo fuera el suyo. Berthier. Quizás hubiera noticias. Hizo llamar a uno de sus aides-de-camp para que se llegase a la presencia de Caulaincourt y le preguntara qué había de nuevo. Si algo ansiaba era el regreso de su mano derecha. De no contar con él sólo le quedaría Soult, y no era una idea que le agradase. Soult sabía maniobrar y retirarse con pocos daños, pero esas habilidades no eran las que necesitaba en el hombre que debería complementarle. Además, no confiaba en él. Por desdicha, no quedaban muchos en quienes pudiera confiar.

El día empezaba bien, se decía Wellington: Schwarzenberg le hacía saber que Su Majestad el Kaiser había comisionado[133] al Freiherr Karl von Vincent en el Army of the Low Countries. Vincent era un general de ascendencia florentina, de una cierta edad (cincuenta y ocho años); había sido el último gobernador de las provincias flamencas y valonas, gracias a lo cual conocía bien a los indígenas. Más que un militar era un diplomático —lo demostró regalándole algo de primerísima utilidad: uno de los pocos ejemplares no simplificados del extraordinario mapa Ferraris,[134] el mejor de los que describían los presumibles campos de batalla de la guerra que se avecinaba y que al momento dio a copiar a sus cartógrafos; si Boney emprendía el camino de Bruselas cruzando el Sambre por Charleroi o Maubeuge, lo cual era más probable, los combates tendrían lugar en un área históricamente machacada por enfrentamientos a cual más sangriento;[135] la cartografía de Flandes y Valonia era tan escasa como imprecisa, y de ahí que no sólo agradeciera el magnífico detalle del exquisito Generalleutnant, sino que al momento enviase un mensaje a Cathcart, pidiéndole que hiciera lo posible por conseguir que Vincent fuese destinado a su ejército— y un administrador, aunque lo que a Wellington le interesaba, más que su sabiduría profesional, era su conocimiento del país. La sospecha de que Bonaparte organizaba una sublevación —cuatro de cada cinco valones preferirían un lejano emperador francés a un cercano sátrapa holandés— era de las cosas que más le quitaban el sueño, dentro de lo difícil que resultaba quitárselo.

Liquidado el correo se concentró en su intelligentzia. Gracias a lo bien que pagaba poseía informadores no ya cerca del poder, sino en el mismísimo Poder, como Fouché, que si bien era el situado más arriba no era el único en trabajar para él. Sus agentes habían comprado funcionarios en cantidad suficiente para que cada mañana supiese qué había cenado Boney tres días antes, el tiempo que necesitaban los correos para llegar a Bruselas. Bonaparte sabía lo imposible de sellar los varios miles de kilómetros que totalizaban las fronteras de Francia, de modo que las había dejado abiertas. No debía preocuparle, pues la información sin duda fluía en las dos direcciones; si de algo estaba dolorosamente seguro era que por cada uno de sus agentes en París Boney tendría diez en Bruselas.

Su segunda red era civil-militar. La dirigía Colquhoun Grant, un escocés veterano de la Guerra Peninsular que dominaba un arte rarísimo: sobrevivir en territorio enemigo uniformado de teniente coronel inglés —cubierto por un gabán, eso sí—, observando movimientos de tropas y consolidando información aportada por una red de civiles a los que rara vez compraba con dinero —sabía identificar a los motivables por patriotismo, venganza u odio— y por una de oficiales que también vestían casacas rojas, aunque no por excentricidad, sino para evitar, como él, ser colgados si los capturaban.

La última era militar. Las patrullas de la 3.ª recorrían de continuo la frontera, pendientes de los movimientos enemigos. Así conocía con cierta precisión el despliegue de l’Armée du Nord. El de aquella mañana no señalaba peligros inminentes; las patrullas, que llegaban a Valenciennes por el oeste y Dinant por el este, no detectaban concentraciones capaces de poner al Army of the Low Countries en estado de alerta. Podía, pues, mantener su tranquilo ritmo de despliegue. Si el tiempo no empeorase, y el tráfico entre Dover y Oostende se mantuviera en sus cotas habituales —un barco cada día, que podía ser el Griffon, el Salus o el Wensleydale, cada uno capaz de transportar medio batallón, una batería o un escuadrón—, a mediados de mayo contaría con todos sus efectivos. Sumarían cien mil hombres. Sumados a los ciento veinticinco mil de Blücher serían doscientos veinticinco mil, unos veinticinco mil menos de los que movilizaba Boney para cubrir el conjunto de Francia, o eso decía Fouché. De ahí que fuera urgente conseguir que distrajera unas cuantas divisiones, pues si pudiese alinear todos contra él y Blücher lo probable sería que venciese. La cantidad de hombres quizá fuera la misma, pero los de Boney eran excelentes. Los prusianos eran desastrosos, por inexpertos y mal equipados. Los suyos no eran mucho mejores; un tercio de sus ingleses carecía de la mínima experiencia, igual que los hanoverians, y la posibilidad de que los holandeses y los nassauers cambiaran de bando era considerable. Su coordinación con Blücher era deficiente por falta de oficiales prusianos que hablaran francés, y no era mucho mejor la que tenía con sus unidades del VKN. Era, en fin, un panorama de preocupar. Si no consiguiera reducir en cien mil hombres el tamaño de la horda de Bonaparte, Blücher y él lo iban a pasar mal.

Ése sería el problema de los próximos días, pero no el de aquél. Pensaba salir de picnic con Lady Frances, formalmente para revistar los alojamientos de las unidades recién llegadas, aunque lo cierto era que no pensaba visitar ni uno. Tenía derecho a un día de asueto, siquiera de vez en cuando.

Sir Colquhoun Grant

Álava en Waterloo
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