Viena, miércoles 29 de marzo

Sería una cena de «hasta la vista y buena suerte», pues al día siguiente Wellington partía para Bruselas. Aceptar la invitación era una deferencia, pues los recientes acontecimientos habían reducido la cotización de Talleyrand. Su aura, tras empezar a languidecer a la llegada de la mala nueva, se desvanecía por momentos. Ya no pintaba nada, era dudoso que algún día volviese a representar otra cosa que a sí mismo y con regular seguridad se le podía suponer, si no en la ruina, sí con la bolsa lo bastante vacía para no volver a ser el espléndido anfitrión de los meses anteriores. De ahí venían los cuernos que le ponía su castellana, el que licenciase a casi todo su servicio e, incluso, que traspasase al Zar el contrato de su chef. Unas murmuraciones por demás exageradas, ya que sus sirvientes franceses seguían siendo los de siempre y la cena de aquella noche sería otra obra de Carême. En cuanto a los asistentes, y siendo notorio que Talleyrand nunca estaba cómodo con menos de diez comensales, Wellington había dejado claro que para él sería un acto de trabajo donde hablarían de asuntos que de ningún modo podrían ser del dominio público, al punto que la sobremesa debería ser de tipo reservado, ellos dos solos. Las intermediarias que acordaron los detalles, la duquesa de Sagan y la condesa de Périgord, no eran simples canales transparentes; algo aportaban, y no con ánimo de hacer sentir su peso, sino con el de ayudar a que los dos se despidieran encantados de haber alcanzado sus respectivos objetivos: el duque, información y compromiso; el príncipe, garantías y dinero.

El duque y la duquesa llegaron a la hora convenida, cuando anochecía. El príncipe y la condesa les recibieron con el aprecio reservado no sólo a los grandes amigos, sino a la muy querida hermana de la castellana que viene acompañada del hombre más admirado por el anfitrión. Tras eso, y sin excesivas formalidades, pasaron a la pequeña sala escogida por la condesa. Iluminada por docenas de candelas, con un gran fuego ardiendo en la chimenea, resultaba muy acogedora. La intimidad en que flotaban era por demás agradable, pese a que tras de cada uno formase un camarero, más el sommelier y el mâitre de la châtelaine, pendientes hasta del más ínfimo detalle. Como siempre sucedía en aquella casa, reconocía Wellington, la condesa de Périgord demostraba que, si hubiese nacido varón, habría sido el mejor generalquartiermeister imaginable; pese a su título francés él estaba convencido de que, hiciera lo que hiciese, jamás dejaría de ser una princesa prusiana.

—El que marche Your Grace de un modo tan precipitado nos ha sorprendido. ¿Es a causa de algo tan catastrófico que deba preocuparnos? Dentro de lo mucho que ya lo estamos, claro está.

Wellington sabía reconocer la maniobra de hablar a través de otro. Él no solía servirse de tan cómoda forma de hacer las cosas, porque tenía muy pocos con los que compartir sus pensamientos de un modo tan estrecho. La condesa, que a la luz de las velas resultaba irresistible, sin duda compartía los de Talleyrand, de modo que no podía ser más natural que se relevaran en el tiro, como habría explicado Álava, tan dado a servirse de divertidos términos navales y al que tanto echaba en falta.

—No hay catástrofes nuevas, mi querida Dorothée. Sólo sucede que la Royal Commission me ha puesto al mando del British Army of the Low Countries.[104] Sumándolo a la gente del rey Willem, y a la de algunos ducados alemanes que se me pudieran unir, contaré con unos cien mil hombres, en principio suficientes para encarar a Bonaparte si al final decide atacar allí, en Valonia.

—¿Es seguro que atacará él?

Wellington dudó antes de contestar a su compañera de la izquierda —según el rígido protocolo prusiano, que combinaba de maravilla con la despreocupación de aquella casa tan francesa, la derecha del invitado de honor era el lugar de la châtelaine—. Era consciente de que la cama de Katerina Zahánská era un lugar muy frecuentado, aunque no por cualquiera. Estaba bien al corriente de que los más notorios de sus recientes antecesores eran el Kanzler y el Zar, y que a los diez minutos de dejar el campo libre quizá uno de los dos, si no ambos, volverían a ocupar sus antiguas posiciones. De ahí el cuidado que puso a lo largo de su contenida relación con la duquesa, el de no hablar de nada que pudiera ser de utilidad a sus amigos del momento, en la convicción de que si existe algo de veras próximo a un enemigo es un aliado al que no se tenga sujeto de donde tanto conviene sujetar a los aliados. No pensaba que Mina le sondeara por cuenta de ninguno de los dos, pero la sabía tan inteligente como juguetona, y tan manipuladora de las almas coronadas como ducha en la intriga diplomática, un conjunto de artes que había elevado a cotas inusitadas para un ser limitado, por no decir inferior; a su desengañado criterio, rara era la mujer, si además de Germaine de Staël hubiese alguna, que mereciera ser clasificada en una categoría intelectual más elevada.

—Lo cierto es que no, pero en su historial no hay una sola campaña en la que haya esperado a ser atacado. Sus docenas de batallas están tan estudiadas que se ha vuelto previsible. De ahí que nadie piense que se situará en posiciones defensivas al amparo de sus fortalezas, y que sólo unos pocos opinen que atacará primero a Schwarzenberg. Yo estoy convencido de que comenzará por mí. Soy el que cuenta con menos gente, mi ejército será una horda donde se hablarán no menos de cuatro lenguas y no contaré a retaguardia con espacio suficiente para maniobrar. Él, que lo sabe, intentará echarme al mar. Si lo consiguiera, y se lo pondré difícil —la condesa tomó para sí una nota mental: Wellington hablaba en primera persona del singular, como si él fuera Inglaterra, no un simple feldmarschall; exactamente lo mismo que hacía el Napoleón que le tocó padecer mientras fue la única dama de honor con la que Marie-Louise osaba charlar en alemán—, en el acto se volvería contra Blücher. Si le aniquilase, y no sería la primera vez que destroza un ejército prusiano, habría liquidado la mitad de sus enemigos. Así podría forzar una negociación que le permitiera seguir en el trono. A eso se debe que considere tan dudoso que comience por los austríacos, siga con los rusos y después se vuelva contra Blücher y contra mí. Sus líneas de abastecimiento se harían desmesuradamente largas, y quedarían muy expuestas a los golpes de mi caballería. Un riesgo inasumible para cualquiera con dos dedos de frente, y si algo jamás pondría en duda es que Boney posee unos cuantos más.

El mismo análisis lo había trazado para el Kaiser, el König y el Zar cuando les visitó para despedirse y expresar su confianza en que pronto se verían en París. Mina podría ser tan indiscreta como quisiera, porque relatando sus palabras no expresaría nada que no fuera bien sabido. Incluso podría sorprenderse si se confesara con el Zar, pues éste no sólo le diría que ya estaba bien al tanto, sino que su de momento último amante había marchado con sus más efusivas bendiciones, «una vez más tiene Your Grace el duro encargo de salvar al mundo»; también era verdad, recordaba Wellington aprovechando una disquisición de Talleyrand sobre la querencia natural de los franceses a invadir Valonia, sólo comparable a la fijación de los prusianos con la infeliz Polonia, que los había dejado del mejor humor imaginable; quizá no pensaban plantearlo en ese instante, pero viendo que se iba y que dejaba en su puesto al nada resolutivo Cathcart, el Zar, siempre rápido de movimientos —a menudo desastrosos, pero ésa era otra cuestión—, dejó caer que su inesperada marcha dejaba sin resolver el peor problema de la Coalición: la falta de fondos. Contaba con ello, no por instinto sino porque Mina se lo había hecho saber, «van a pegarte un sablazo», hasta el punto de haber informado a Bathurst y a Castlereagh, gracias a lo cual contaba con autorización para responder, en el tono de un soberano, que su gobierno aportaría la suma de cinco millones de libras esterlinas, a la que añadiría dos millones para compensar su incapacidad de movilizar los ciento cincuenta mil hombres comprometidos, ya que la mayor parte de su ejército seguía en Canadá. Las otras potencias, a cambio de tal suma, incrementarían sus contingentes hasta cubrir la diferencia entre los comprometidos por Castlereagh —veinte libras por infante y treinta por jinete con montura— y los que pudiera él alinear en su diminuto British Army of the Low Countries.

—Así que Your Grace ha cedido el mando a Cathcart —asintió con inseguridad; su sobresalto venía de haberse distraído evocando la reunión con los monarcas, de modo que sólo tenía una vaga idea de lo que comentaba Talleyrand sobre la decisión real de montar la tienda en Gante, cerca de los fondaderos de la BCF,[105] y que los recientes acontecimientos tendían una sombra de pesimismo sobre las actividades del congreso, como si se regresase a septiembre y lo tan arduamente discutido a lo largo de aquellos meses de durísimas conferencias, implacables banquetes, interminables recepciones, horribles conciertos e insoportables bailes, fuese a quedar en nada—. No es mala elección, si me permite decirlo. Es un hombre de gran experiencia, buen conocedor de la vieja Europa y del alma rusa —Talleyrand hablaba para la mesa, no para Wellington; un arte difícil, aunque Dorothée ya dominaba sus claves; consistían en no detener la mirada sobre nadie y en no ir de uno a otro siguiendo un orden natural, sino a saltos, como tejiendo una tela de araña; el príncipe de Bénévent, cuando hablaba, tenía mucho de balanguera, hechizando a sus oyentes con los hilos de su palabra embrujada—, lo que sin duda nos vendrá muy bien a todos en los encrespados tiempos que se nos avecinan.

El duque optó por sonreír, acción que a nada compromete, sobre todo cuando no se sabe qué pretende decir el otro. Él, en realidad, propuso a Cathcart no por confiar en su capacidad intelectual; compartía el ácido juicio de Sir Charles Stewart, «Cathcart es tan lento que inicia sus pensamientos cuando los demás han terminado los suyos», pero llegando el congreso a su fase final, cuando ya sólo se trataba de poner en papeles los compromisos adquiridos, un tipo como Cathcart, privado por completo de imaginación aunque concienzudo hasta la exasperación, era el hombre ideal para proteger los intereses británicos. El que hubiera sido embajador en San Petersburgo y se llevara bien con el imprevisible Zar era un valor adicional aunque no esencial. Lo que importaba era que con él guardando la caverna, difícilmente nadie colaría en los textos lo que no había logrado imponer en las conferencias.

—Antes dijiste que Louis se ha quedado cerca de Oostende. ¿Pretende volver a Hartwell?[106]

La conversación se sostenía en inglés, idioma en el que se sentían tan cómodos como en francés pero en el que resultaba difícil elevar la temperatura, sobre todo si los sentados a la mesa no se tuteaban entre sí. De ahí que la impaciente Wilhelmine, al dirigirse a Talleyrand, cambiase al francés, quizá para exhibir que allí era la única que lo hacía con todos, cosa que a Dorothée le sorprendió. Sabía que su hermana otorgaba el a muy pocas personas, y rara vez a sus amantes; al propio Alfred Windisch-Grätz le trataba con un implacable vous y sólo le hablaba en severo francés; para Mina, se hacía evidente, la intimidad amorosa no significaba tanto como la política o la intelectual.

—Pues lo cierto es que no lo sé. La vuelta de Bonaparte le privó del poco interés que sentía por el congreso. En general, los asuntos que captan su atención no son fáciles de identificar. Quizá sea por la secular flema borbónica, pero a veces pienso que haber colocado entre su persona y la otredad a Monsieur Blacas no fue lo que más pudo beneficiarle de todas las opciones posibles. El que ahora camine con rumbos inciertos por los floridos campos de Flandes en buena parte se debe a eso, diría yo.

Era la entrada que Wellington necesitaba. Deseaba tanto ir al asunto que ni se le ocurrió pensar que no era casualidad. Talleyrand sabía qué le hacía cenar allí, en su casa, la noche antes de cambiar la Viena congresual por la Bruselas militar; de ahí que diera fin a las socialities. Primero, para tratar de lo que a His Grace le interesaba. Después, para poner su precio sobre la mesa. El momento era el adecuado, a medio loup-de-mer. Entre lo que aún quedaba del inenarrable guiso y el fantástico postre que preparaba Carême, sobraba tiempo para liquidar lo que aún pudieran discutir con señoras delante. Tras eso, Dorothée y su hermana se despedirían para no llegar tarde a una soirée organizada por Ludwig y Theresia von Bayern, donde más tarde se les uniría Wellington. Así, el otro y él podrían quitarse las caretas y mostrarse como a fin de cuentas eran: el caudillo encargado de reponer a Louis en un trono que no merecía y el príncipe imprescindible para que tan triste cosa sucediese.

—A su juicio, ¿cuáles fueron los errores más graves que cometió Louis? ¿Cuáles son los que de ningún modo debería volver a cometer si entre todos consiguiéramos devolverle su trono?

El príncipe se lo quedó pensando, aunque no para ordenar sus ideas, sino por coreografía.

—Su pregunta se contestaría mejor si se formulase desde otro ángulo. Piense, sólo un momento, en Napoleón. El de sus últimos y desastrosos años, del 12 al 14. Bajo él, las madres francesas perdieron un millón de sus hijos, las libertades públicas quedaron anuladas, la presión del Estado se hizo brutal, la pobreza se volvió extrema, la inseguridad ciudadana llegó a ser absoluta y las mejores cabezas del país huían o eran desterradas. De colofón, el país se vio invadido por una horda de rusos, prusianos, austríacos, ingleses, portugueses y españoles. El tirano se va y aparece Louis, a hombros de los aliados. Todo el mundo le recibe alborozado. Trae la paz, la primera en muchos años. Es el salvador, el hombre más querido de Francia, como no podía ser de otro modo, ¿verdad? —no sólo Wellington asintió; también lo hicieron las Von Biron, cautivadas por aquel prodigioso don de la palabra—. Bien, pues… ¿a qué pudo deberse que apenas nueve meses después el infame tirano regresara inerme, tan débil que habría bastado un soplido para devolverlo al mar, y en sólo veinte días estuviera de nuevo en París, aclamado por un pueblo que le traía en volandas? ¿A eso que dicen algunos, que Francia es una prostituta veleidosa que hoy te glorifica y mañana te crucifica? Yo diría que no. El que una proporción aplastante de franceses se haya vuelto contra el rey-salvador para besar los pies del tirano execrable tiene que deberse a causas más profundas, ¿no le parece a Your Grace?

—¿Y cuáles diría Su Alteza que son?

Talleyrand fingió que masticaba el último pedazo de su pescado, embellecido con una salsa indescriptible por mucho que su invitado no supiera distinguirla de una vulgar mostaza. Era lo peor de los militares, opinaba; ninguno sabía comer, empezando por el más grande: Bonaparte.

—La peor de todas, no haber sabido hacerse con el conocimiento del país. Louis y su Conseil Privé jamás han sabido nada del pueblo francés, de lo que hacía, de lo que pensaba y de lo que le preocupaba. Es natural, pues desde la muerte de Henri IV a ningún Bourbon le ha preocupado su pueblo. Louis volvió de Hartwell pensando que Francia seguía siendo un país de súbditos, cuando resulta que no, que desde hace veinticinco años es de ciudadanos. Tuvo, además, la desdicha de no saberse rodear de gente que se lo explicase. Louis consiguió estar tan mal informado de lo que sucedía en Francia como su hermano XVI. Con mejor suerte para su cabeza, desde luego, pero igual de mal. En el caso de que lograra volver a Les Tuileries, y Your Grace y yo sabemos que no será fácil, lo primero que deberá reclutar es la excelente policía de Bonaparte. Habría de conseguir que se pusiese a sus órdenes, pues construir otra le sería imposible, y después prestar la mayor atención a lo que le dijera. Sólo sería un primer paso, aunque sin dar ése no podrá dar ninguno más.

Palabra por palabra, lo que decía Fouché. A Wellington no le sorprendía escucharlo, aunque le inquietaba que la tal policía sólo funcionara si a su frente se hallara el hombre que más odiaban Louis y su familia, Fouché le Mitrailleur, aunque si su nombramiento formara parte del precio para recuperar el trono sería imposible que se negasen. Por muchas cuentas pendientes con los votants que pudieran tener Louis y los suyos, la corona de Francia bien valía irse a la cama con ellos.

—Su segunda medida debería ser nombrar un verdadero gobierno. Su Conseil Privé jamás lo ha sido. Blacas y los demás fueron simples instrumentos del absolutismo borbónico. En eso Louis no puede volver a caer. Necesitará un gobierno de gestores eficaces, que apliquen las leyes y no hagan caso a sus caprichos, y menos a los de D’Artois y sus indescriptibles hijos. Un gobierno de políticos, diplomáticos y militares fuertes, que le informen de sus decisiones y que no le inviten a participar en ellas. Más o menos, lo que hacen ustedes en su envidiable país —un golpe bajo, se decía Wellington; bien sabía el anfitrión que a Inglaterra no le preocupaba que un Louis reinstaurado por sus bayonetas se comportara o no de un modo constitucional; lo que deseaba era un tipo serio que trajese una paz de hierro, de la clase que favorece la prosperidad, el orden y el comercio; se preguntaba si sería el momento de preguntar a Talleyrand si se veía capaz de presidirlo, y se contestó que con Mina delante, no—. Tras formar gobierno debería procurarse un buen parlamento, de hombres justos, cabales, trabajadores y competentes. Un buen comienzo sería revisar su Charte Octroyée.[107] Sus 76 artículos no sirven para constituir una cámara que albergue a los mejores representantes de la soberanía nacional, y de ningún modo se perpetuará mientras no recoja la separación efectiva de los poderes del Estado, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, así como la declaración de los derechos individuales que con tanta sangre alumbró la revolución del 89. Si Louis no impulsa que se haga sólo conseguirá que otros conspiren para que suceda, lo que tarde o temprano dará lugar a otra revolución. Esto, por cierto, se lo deberían aplicar las potencias aquí reunidas, en Viena; no deberían perder de vista que lo sucedido en mi país hace veintiséis años fue obra de un pueblo exasperado por un absolutismo cerril. Sucedió en Francia porque nuestra monarquía era la más incompetente y nuestra burguesía la más culta. Que lo mismo suceda en todas partes no es más que una cuestión de tiempo —Wellington se decía que no apostaría por eso; pese a los fundamentos democráticos en que se sustentaba la grandeza de Inglaterra, él era un acérrimo defensor del gobierno de los mejores, que otra cosa no son los aristócratas, y lo primero que aprenden éstos es a sujetar al populacho; de ahí que aplaudiese la forma en que lo hacía Bonaparte: a cañonazos—. El objetivo de todo buen monarca es asegurar el orden, pues éste da lugar a la prosperidad, la cual es indispensable para otorgar al pueblo un mínimo bienestar. En los tiempos que corren hará falta para garantizar la estabilidad institucional, cuando menos al punto que los reyes y los emperadores no sólo conserven sus coronas, sino sus cabezas. Una buena policía, una justicia eficaz, un gobierno competente y un parlamento sensato deberían bastar para que todo funcionase, aunque falta un último punto: el ejército. No sólo por ser imprescindible para defender al país de las agresiones externas, sino para imponer el orden cuando surjan las crisis internas, pues por bien que se gobierne siempre las hay. Una de las cosas buenas que tuvo nuestra revolución fue identificar al ejército con la nación, al convertirlo en un elemento integrador de la Patria. Sin un ejército así Bonaparte no habría dominado el continente durante casi quince años. La ventaja de la Grande Armée sobre los restantes ejércitos continentales fue que, al estar insuflado de patriotismo, para sus oficiales era fácil mantener alta la moral. Eso es algo que los prusianos han aprendido demasiado bien. Así son hoy, una horda de nacionalistas exaltados, profundamente revolucionarios en su moral de combate, al servicio de la monarquía más absolutista. Va Your Grace —había dejado de hablar a la mesa; para el calderón final se concentraba en el invitado de honor— a tener un aliado difícil, si me permite profetizarlo. Imploremos del cielo que no salga de sus filas algún Napoleón prusiano. Sería la última y definitiva prueba con que nos podría castigar el Señor.

—Sinceramente, no creo que Blücher tenga mucho de napoleónico.

—No pensaba en Blücher, sino en el que manda. Un tipo en verdad especial; hay que serlo para conseguir ser tan aborrecido por los suyos como por el enemigo. Tuve ocasión de tratarle mientras sus detestables regimientos agostaban París. Me pareció un hombre muy peligroso, infinitamente más que Blücher. Según creo, Friedrich-Wilhelm ha vuelto a ponerle al mando, con la misma ficción del año pasado. Es inevitable que me pregunte cómo de complicado será llevarse bien con él.

—Supongo que se refiere a Gneisenau —Talleyrand asintió—. Blücher, en Londres, me dijo que sus enemigos le llaman Wallenstein, aunque no sé qué podrá tener eso de insultante. Lo que sí creí entender es que no ser prusiano en el ejército de Prusia es cosa que presenta graves inconvenientes. Me lo hizo ver el propio Blücher, que tampoco lo es —Talleyrand alzó las cejas; hasta entonces le consideraba poco menos que arquetípico—; Gneisenau es sajón, lo cual debe ser lo peor que puede pasarle a un militar en el servicio prusiano. Quizás es tan malo como ser irlandés en el británico.

Los dos hombres sonrieron, divertidos. La duquesa de Sagan se preguntaba si aquellos idiotas encantados de sí mismos sabrían que su mansión familiar, de donde partiría el linaje que no tendría, la construyó el tal Wallenstein, para en el acto decidir que no merecían saberlo.

—Pues a ti no te ha ido mal, pese a ser irlandés.

—Querida Mina, no se es un caballo por nacer en un establo. Una cosa son los irlandeses y otra los ingleses nacidos en Irlanda. Los unos y los otros siempre serán una mahonesa cortada.

—¿Una qué? —la duquesa preguntaba con sincera sorpresa; la gastronomía moderna no le apasionaba; si de algo podía presumir era de jamás haber puesto los pies en una cocina.

—Una salsa de aceite y huevo que nuestros amigos ingleses descubrieron en Menorca sin llegar a valorarla. Quienes lo hicieron fueron los hombres del almirante La Galissonière, tras recuperar la desdichada isla para la Corona española en 1756, creo recordar. Es, Carême dixit, muy difícil de ligar. Un ancestro de Carême, que se ganaba la vida cocinando para el Duc de Richelieu, quien a su vez mandaba las tropas de ocupación, consiguió no sólo la receta, que no puede ser más elemental, sino aprender a ligarla. Desde su regreso a París asola nuestra desventurada nación. Los franceses que ha matado cuando está un poco pasada son más que los imputables a Robespierre. De todos modos, y si tu curiosidad es grande, puedo pedir a Carême que la prepare; no esta noche, porque no es un postre, pero a la primera oportunidad te las verás con ella.

El príncipe sonreía con placidez, tras dejar en el plato los cubiertos. Una señal para la châtelaine.

—Espero que nos perdonéis, pero Ludwig y Theresia nos están esperando. ¿Vamos, Mina? —al tiempo que clavaba en su hermana sus ojos más amables dirigía un gesto al mâitre, para que movilizara sus huestes despejadoras de mesas y suministradoras de café y licores—. Nos veremos luego, Sir Arthur.

Se levantó y se hizo con la duquesa, que remoloneaba. Sabía que aquel era el plan, aunque no por eso dejaba de sentirse a su gusto al calor de la mesa, un calor reforzado por una nueva carga de leña perfumada. Las instrucciones del mâitre indicaban que tras servir el café y dejar una tentadora bandeja de licores, entre los que figuraba un frasco de Milltown, el single-malt favorito de Lord Castlereagh y se sospechaba que también de Lord Wellington, debía retirarse con sus fuerzas, dejando solos al príncipe y al duque, aunque no sin antes hacer que la chimenea refulgiera. Sería una conversación chispeante. No estaba de más que del hogar surgieran, a su vez, unas cuantas chispas. Wilhelmine dudaba entre dos vestidos, ambos de LeRoi. La conversación, más fluida de lo que habría sido cuatro meses antes, no giraba sobre ropa; durante sus primeras semanas en Viena Dorothée seguía tan intimidada por su hermana como cuando posaron juntas para Grassi, ella siendo un lagarto de siete años y Mina, ya duquesa de Sagan, tan espectacular como jamás lo había sido —semanas antes aún tenía muy poco pecho—, aunque no muy alegre porque sospechaba del milagro. En aquellos días la observaba con admiración disimulada y no poca envidia de su áspera seguridad en sí misma, su firmeza, su atractivo y su desapacible carácter, sentimientos agravados por la certeza de ser distinta, ser la rara, la hosca Panienka Batowska,[108] y ser ignorada del modo más distante. No recordaba una palabra de su hermana dirigida específicamente a ella en vida del duque Peter, el cual tampoco le dijo muchas, quizá por intuir que la única de sus hijas que le había salido fea no era tan Von Biron como debiera. Sólo empezaron a tratarse a raíz de coincidir en Viena. El paso de los meses, sin embargo, había hecho que se acercaran. Katerina Zahánská no tenía el corazón tan de piedra como se murmuraba, mientras que Dorothée de Périgord tampoco era la imperturbable castellana que flotaba con intolerable despreocupación sobre los susurros de la buena sociedad. No sabían por qué, pero el caso era que cada día estaban más encantadas la una con la otra.

—No tiene mal gusto, Metternich. Al menos, para regalar vestidos.

—Nunca he dicho que lo tuviera. En general, todo lo hace bien. Bueno, casi todo.

Se miraron. De la sonrisa de la duquesa se deducía que las incompetencias del canciller pertenecían al ámbito de lo íntimo. Ya se lo contaría. De momento sabía que Metternich y ella terminaron meses antes, al comunicar aquel su decisión de acabar con su secreta relación mediante una solemne carta de fecha 1 de octubre, a la cual la duquesa contestó con otra muy fría el 23 del mismo mes. Si conocía tan a fondo los detalles era porque su tío tenía una copia de la segunda, suministrada por el eficaz Altenstieg, el cual así le demostró lo muy lejos que llegaban sus ojos y sus oídos; al entregársela le hacía saber que podría pasarle otra clase de documentos, más interesantes y candentes, lo que justificaría el nada insustancial dinero que pedía por arrinconar su afamada incorruptibilidad. Ella la leyó —varias veces; los giros epistolares de su hermana eran difíciles de captar a la primera—, sorprendida de que Metternich hiciese así las cosas, con tan escasa flema y sin haberse apercibido, pese al año y pico de arrugar las sábanas de su hermana, de que a ésta, en materia íntima, las cortesías muy elaboradas no la conmovían. Habría debido comprender que un poco de silencio administrado con firmeza era la mejor política con una Wilhelmine ciertamente ducha en hacer que los hombres se arrastrasen a sus pies. De haber procedido así no habría recibido aquella helada carta, donde Mina rechazaba cualquier responsabilidad en lo mal que terminaban, reiteraba lo mucho que le hastiaban sus celos y le reprochaba que hubiese puesto en su relación tanta pasión pero «tan escaso arte».

—¿Se le ha pasado ya?

—No, pero disimula. Está más calmado. Lo sé porque ha dejado de rehuirme. Los primeros meses fue desagradable, porque no iba donde yo estuviera. Llegó a ser incómodo, aunque se ha debido acostumbrar. Incluso vuelve a charlar de política estando yo delante. Lo que sigue sin soportar es verme con Alfred. Todavía se le llevan los demonios, lo que me daría pena si no me diera risa.

—Tú y él os conocíais hace mucho, ¿no?

—Desde mediados de 1809, cuando Franz echó a Stadion y le nombró canciller. Te confieso que me gustó mucho, pero mucho de verdad. No me acuerdo de con quién andaba yo entonces, aunque sí de que le habría puesto en la calle si Klemens se me hubiera insinuado.

—¿No lo hizo?

—No quiso arriesgarse. Venía de ser embajador en París y traía ideas sorprendentes, como casar a Bonaparte con la tonta de Marie-Louise. Para sostenerse necesitaba la influencia de Laure, y aunque le había puesto en París miles de cuernos aquí no se atrevía. Fue culpa suya que comenzara yo con Alfred, por no dedicarme atención, aunque venía por mi salon casi a diario. Seguimos así hasta la primavera de hace dos años, cuando se quedó solo en su idea de mantener la neutralidad. Los demás pensábamos que Bonaparte ya no era invencible, que Rusia se había tragado sus mejores hombres y que los trescientos mil que aún podría reclutar no bastarían para contener al medio millón que le opondrían Alexander y Friedrich-Wilhelm. Cuando Boney barrió a los prusianos en Großgörschen, unos empezaron a mirarle mejor y otros peor. Los primeros, por aceptar que no estaba tan muerto como se decía; los segundos, por pensar que si Austria se hubiera unido a los rusos y a los prusianos, al Corso no le habría quedado más opción que volverse a su lado del Rhein.

—¿Dejáisteis de veros? Es que Pauline me dijo que tú estabas volcada por la guerra.

—Cierto, aunque no al modo energúmeno. Por mucho que para mí lo que contaba era recuperar Zahán, y para eso los cañonazos eran inevitables, quise convencerle con argumentos lógicos, no de las tripas. A eso se debió que nos viéramos más. Y a solas. Yo estaba mal con Alfred. No puede ser más guapo y en la cama es un prodigio, pero sus celos me aburrían. Por si fuera poco sólo sabía ser una bestezuela encantadora, porque a la hora de razonar no puede ser más bobo. Todo lo contrario que Klemens. Su conversación es fascinante, la forma en que describe lo que tarde o temprano acabará por suceder a veces aterra, y a la hora de ser un hombre de mundo no puede ser más generoso. No había día en que no me trajese alguna «tontería», como solía decir. Esto, por ejemplo —mostraba una exquisita pulsera de zafiros—, es una de sus «tonterías». Alfred, en cambio, sólo me traía baratijas. Se puede comprender, porque mientras su padre no reviente apenas tiene para vivir, pero no me volvía loca de alegría. Lo peor era que si alguna vez surgía la palabra matrimonio huía despavorido. Siempre ha sabido que lo nuestro no acabaría en boda. Tiene siete años menos que yo, es de familia ultracatólica y oficial del ejército más rancio del universo, mientras que yo soy una luterana dos veces divorciada. Un tipo valeroso saltaría por encima de todo eso, pero Alfred no lo es. Con los franceses sí se atreve, porque le sobra esa clase de hombría, pero los suyos le aterran.

—No sabía que tuvieras ganas de casarte. ¿De veras aceptarías dejar de ser libre?

—No seas ingenua, Doda. Con un marido vas a todas partes, no hay casa donde no se te reciba ni corte que no se te abra; lo aprendí el año pasado, en Londres. La Merveldt, la «embajadora», no quería presentarme a la reina Charlotte, sin lo cual sería imposible que me invitasen a ninguna de las recepciones con que festejaban a los soberanos continentales. En la corte británica, según me despeñó con el debido desprecio, las divorciadas están mal vistas, al punto que plantar al marido determina el ser excluida; si es él quien te planta, pues también, pues lo natural es que se quede con el dinero, y al poner todo en la balanza sale que lo adecuado es considerar a la mujer culpable, aunque sea el marido quien se lía con un pendón. El divorcio es tabú, y las esposas de los embajadores llevan a rajatabla lo de jamás presentar en la corte a sus conciudadanas divorciadas. Lo malo para la Merveldt fue que no midió sus fuerzas, pues Metternich, en cuanto se lo conté, habló con el embajador y le dijo que si lo quería seguir siendo hiciera que su mujer me presentase. Mano de santo: a los dos días la reina Charlotte, que por si no te acuerdas es una Mecklenburg-Strelitz, nos recibió a Pauline, a Jeannette y a mí. Se lo pasó en grande, hablando en alemán todo el tiempo y riéndose como una loca, quizá porque le hicimos recordar que, después de todo, era lo que nosotras, una princesa báltica. Ese mismo día recibí la primera invitación; desde ahí ya no hubo problemas: de ignorarme pasaron a rifárseme. Aun así fue doloroso. Hubo idiotas, como la Lieven, la «embajadora» rusa, una cursi que no tiene ni mierda en las tripas —la condesa le regaló una gran sonrisa; su hermana seguía siendo la de siempre, capaz de combinar los más exquisitos modales con la vulgaridad más extrema—, que se permitía mirarme como si yo fuera una sardina que no le gustó a su gato, y no te digo nada de su colega la prusiana, que pese a ser yo la mayor terrateniente de Prusia ni me miraba; no veas la cara que puso Friedrich-Wilhelm cuando se lo expliqué días después en una recepción de Pumpernickel, preguntándole de paso si había vuelto a ser vetada en su corte; se puso de todos los colores, me aseguró que de aquello no sabía una palabra pero que aquella misma noche las sabría todas y por último me pidió el siguiente vals, y no veas las caras que ponía la maldita bruja según nos veía girar y girar. No me habló de aquello nunca más, pero en agosto ella y el embajador estaban de vuelta en Berlín, y ahí siguen —lo decía en tono desapasionado, aunque Dorothée sabía que sólo era camuflaje; Wilhelmine podía ser la mujer más generosa del mundo, pero en sus rencores era la más implacable de las víboras—. Ya ves, unos episodios muy desagradables; de haberme presentado con un marido no habría tenido que vivirlos. Por eso quiero uno. Y no pienses que casarse significa perder la libertad. Es lo contrario. Sigues haciendo lo que te da la gana, pero nadie se atreve a excluirte.

—Louis debía de ser bueno para eso, ¿no?

—Sí, pero salía muy caro. Se gastaba en putas lo que no está escrito, y si le hubiera dejado se habría jugado hasta mis castillos, y los habría perdido, porque de tan tonto como era siempre le liaban. No creas que le despedí sólo por hastío. Es que llevaba camino de arruinarme.

—¿Y cómo fue que pasarais a mayores? Tú y Klemens, quiero decir.

—Pues por la tensión de hace dos veranos. No la de aquí. La de Ratiborschitz. Me fui de Viena en junio, con Hannchen y las niñas, en el inocente ánimo de huir del calor. Al menos eso fue lo que dije a todo el mundo. En Ratiborschitz soy feliz, pero la vida bucólica me fatiga en pocos días. Adoro vestir como una campesina, y despertarme con el canto de los gallos, y cabalgar horas y horas a horcajadas, imagínate lo que sucedería en Viena si se me ocurriese hacerlo en el Prater, y hablar en checo, y hasta ordeñar una vaca de vez en cuando, pero en plan sport, porque si debiese hacerlo por obligación me suicidaría. Gentz apareció casi al momento; por entonces nos llevábamos bien, no tanto por él mismo como por Klemens. Siempre han estado muy cerca el uno del otro, así que de un modo no sé si accidental le hacía de alcahuete, de lo cual tardé un poquito en darme cuenta. No le dije, por supuesto, que si me fui de Viena tan pronto como el 6 de junio fue por una carta del Zar anunciándome que pasaría unos días en Opotschno,[109] y que le gustaría verme. Dentro de que Alexander es inescrutable, y más por carta, me pareció que pretendía servirse de mí para influir en Klemens, ya que por entonces todo el mundo daba por hecho que le llevaba del ronzal. Klemens pretendía pactar con Boney una tregua para buscar un arreglo en un congreso de naciones, con Francia de un lado, Rusia y Prusia en el otro, y Austria, o mejor el gran Klemens-Wenzel-von-Metternich-Winneburg-zu-Bilstein —tono altisonante—, logrando una paz que le convertiría en el salvador de la humanidad. Ya ves, todo un plan, y lo peor era que con visos de cumplirse, pues si bien la gente decente, como yo, quería la guerra, el Kaiser no tenía la menor gana, y si Franz decidía permanecer neutral las posibilidades de Alexander y Friedrich-Wilhelm contra Boney se volverían escasas. De ahí que me quisiera ver, y que yo le quisiera ver. Esas cosas, de sobra lo sabes, me chiflan.

Se sonrieron, encantadas con ellas mismas. Al tiempo, la duquesa elegía el vestido más oscuro. Lo suyo sería lucirlo sobre varias piezas de abigarrada ropa interior, la que Talleyrand llamaba Barricades Mysterieuses, pero antes quiso ver qué tal le caía sobre la piel, la cual no acusaba los treinta y cuatro años que tenía, salvo en los muslos, donde se asemejaba un poquito a una naranja napolitana.

—Te cuelga un poquito, Mina. Yo que tú iría con algo debajo, porque así no estás muy bien.

—¿Tan flaca estoy?

—No es eso. Estás estupenda —quizás incluso más allá de tan fraternal concepto, se decía con alguna prevención; ver a su desinhibida hermana desnuda como un pez no la dejaba indiferente—, pero es un vestido muy ancho. ¿No te lo habías puesto antes?

—Quería estrenarlo esta noche, y que Klemens recuerde que me lo regaló él mientras bailo con Wellington, a ver si con suerte imagina cómo me lo quita. Es enternecedor verle sufrir, ¿sabes?

Ahora optaron por reírse, con ganas.

—¿Y que sucedió?

—Pues lo previsto. Al quinto día, martes 15, se me presentó un guapísimo Major Marschall, aide-de-camp de Alexander, para comunicarme que Su Majestad estaba de camino al castillo de Opotschno, donde días después se reuniría con el Kanzler, aunque antes desearía visitarme y cenar conmigo.

—Igual quería más cosas que cenar…

—Ya lo pensé. De ahí que dijese al embelesado Marschall… es que le recibí en deshabillé, tan despreocupada como siempre, que sería para mí el mayor de los placeres, y que aunque la casa rebosaba invitados, si el Zar así lo deseaba los ponía en la calle. Ahí el pobre chico, que no sabía dónde mirar, me dijo que a Su Majestad no le importaría compartir la mesa con ellos. Fue un alivio, pues además de Gentz y su valet, un tal Leopold, por allí andaba Hardenberg camino de Reichenbach[110] con su primo Ernst, que le hacía de trompetilla, y estaba también Alfred con un amigo suyo, un tal conde Trogoff de Coatalio. Les había invitado a pasar unos días porque su regimiento estaba cerca, en Pardubitz.[111] Tenía poco más de día y medio para poner la casa en condiciones de cenar con un Zar, y me veía sin cocinero, sin repostero y con la mayoría de las habitaciones sin abrir. En Ratiborschitz tengo poco servicio, y si bien sobra para nosotras y los invitados de confianza, para lo que tenía por delante no bastaba, de modo que tomé las riendas y pedí a Gentz que marchase a Gitschin,[112] a seis horas de allí, para pedir auxilio a Metternich. Tras eso me vestí de pantalones y desperté al pobre Alfred, a la sazón despatarrado en mi cama, y le devolví a su regimiento, con Trogoff pero sin su valet; me lo quedé para que hiciera de camarero. Me pasé todo el día poniendo a punto la casa y las cocinas, por si al Zar le daba por quedarse a dormir. También movilicé una docena de chicas de las aldeas cercanas, las más vistosas; vestidas de campesinas endomingadas quedaban graciosas, y eran lo suficientemente dispuestas para darle a la casa un fregado general, hacer unas cuantas camas y, en su momento, poner mesas y retirar manteles, copas y cubiertos. En fin, que fue uno de los días más febriles de mi vida, y encima con la inquietud de que Metternich me dejara colgada, pero gracias al Santísimo se portó bien: a la caída de la tarde volvió Gentz con un tal Bombelles y uno de los valets de chambre de Klemens, que sería un segundo camarero. Bombelles es uno de sus aides-de-camp; un tipo tan excepcional que vale para todo. Es un repostero consumado, lo que me hacía mucha falta, pues Alexander es goloso hasta la exageración. Cuando me acosté, ya de madrugada, no me lo podía creer: todo estaba en orden. Sólo quedaría, una vez me despertase, arreglarme, vestirme de duquesa campestre y aguardar a que se presentara el Zar, según Marschall a partir de las dos de la tarde.

—¿Fue puntual?

—Le habría venido bien el Vacheron que regalaste a tu conde —Dorothée se ruborizó intensamente, aunque no por vergüenza; ¿cómo lo habría sabido Mina?—; llegó a las cuatro, aunque antes envió a Marschall para decirme que le habían retenido en Náchod. Venía muy espectacular, de feldmarschall y al frente de unos cuatrocientos mil cosacos, más o menos. Se quedó encantado con la reverencia que le hice, me levantó como a una pluma, me plantó un beso en cada mejilla y me preguntó que cuándo se cenaba, porque venía muerto de hambre. Ahí empezamos a reírnos y ya no paramos. Se quedó hasta el anochecer y se despidió diciendo que nada desearía más que volver por allí.

—¿Y eso fue todo? ¿No dijo nada en especial?

—Delante de todo el mundo, no, pero paseando por el parque, cuando le mostraba mis rosas y el robledal de junto al Upá, dejó caer que al Kanzler le vendría bien que algún dios se le apareciese y le hiciera reconsiderar su obstinación de no unir los ejércitos austríacos a los suyos y a los prusianos, y si en vez de un dios fuese una diosa, pues aún mejor. Me reí, aunque bajito, para no alarmar a Gentz, que nos seguía con Marschall a su lado, que a su vez no dejaba de preguntarle por las flores y los árboles, para no dejarle oír. Ya ves, Alexander lo traía todo muy pensado, aunque con su punto de dureza. Recordarás que la pensión de mamá, la que acordó papá con la zarina Ekaterina, está bloqueada desde hace tres años. No pensaba preguntarle por eso, aunque no me sorprendió que lo sacase a relucir. Dijo, escuetamente, que confiaba en ponerse pronto al corriente de los pagos. Nada más.

—Suena como si te chantajease. Mejor: te amenazaba.

—Así me lo tomé. No es tonto, Alexander. Sabía que si le mantenía cerrado el grifo tarde o temprano acabaría yéndose a vivir conmigo, lo que no estaría yo segura de poder soportar. En cuanto a mi pensión, y con Zahán aún en manos de Boney, pues según la tregua de Pläswitz la frontera con los prusianos era el Oder, me habría venido fatal que la bloqueara. Ya ves, me tenía bien cogida.

Su hermana tenía razón: con relleno, el vestido le caía mejor. Aun así, no estaba satisfecha con el escote. No realzaba lo bastante aquello de lo cual estaba tan orgullosa, y dado que aún tenían tiempo —para ella siempre lo había— llamó a la bendita Hannchen, su doncella de toda la vida, muy diestra en asuntos de aguja, hilo y dedal, para que lo rebajase hasta bordear el límite de la indecencia.

—Te arriesgas demasiado. Un mal movimiento y se te salen.

—No sería la primera vez. Es divertido cuando sucede, ¿sabes? —si el gesto serio y hasta severo era la característica más acusada de Dorothée de Périgord, la sonrisa perenne, usualmente pícara y a menudo maliciosa de Katerina Zahánská era uno de los más preciados atractivos de la Viena Imperial—. A la noche siguiente apareció Klemens. Llevaba días encerrado con el Kaiser y unos cuantos generales, debatiendo si entrar o no en la Coalición; como la tregua de Pläswitz caducaría el 10 de julio les llegaban presiones de todas partes, de Bonaparte para que se quedaran quietos y de los rusos y los prusianos para que se unieran a ellos. Klemens iba camino de Opotschno para reunirse con el Zar; dormiría en Ratiborschitz si le hacía un sitio, y por supuesto se lo hice. Pasamos una tarde agradable, charlando y paseando. A la noche, al marchar cada uno a nuestro cuarto, me pareció que me miraba con una rara intensidad, y no creí que fuera por llevar horas hablando de la paz y de la guerra. Tampoco pensé que fuese amor, te lo aclaro. Se hallaba cerca de iniciar la que sería su mayor jugada diplomática y no cabía en sí mismo. Soñaba con un éxito de los que hacen pasar a la posteridad, y quizá yo le pareciera un buen postre, nada más. Ya ves, ni me hacía ilusiones ni me las hice nunca. Metternich es capaz de pasar el peor de los infiernos sabiendo no sólo que no me tiene, sino que yo tengo a todos los que quiero, pero jamás aceptará el precio de que yo sea para él solo.

—¿Dejar a Laure y casarse contigo?

—Acabar con ella no le importaría, pues posee una notable facilidad para no sentirse culpable. Lo que no soportaría es quedarse sin poltrona, porque Franz le cesaría en cuanto se lo dijera. La política y la diplomacia, si no el poder, son para toda la vida, no como las mujeres, y le llenan bastante más que yo —no lo decía en tono amargo; de hecho, sonreía igual que cuando reflexionaba sobre los escotes perversos—. Estuvo dos días con Alexander, sin acordar nada por culpa de los prusianos, que sólo querían reanudar la guerra. Después volvió a Ratiborschitz, para reunirse con Hardenberg. Me avisó pidiéndome no sólo que fuera su châtelaine, sino que no le dejase solo con los prusianos; me necesitaba para relajar tensiones, que preveía horribles. Así, en la mañana del 19 llegaron él y Bombelles desde Opotschno, a tiempo de contarme a solas cómo habían ido las cosas con el Zar; una hora después aparecieron Hardenberg, Humboldt y Barbier, desde Reichenbach; a mediodía, Stadion y Lebzeltern desde Gitschin. Klemens se metió en la biblioteca con Hardenberg y Humboldt; se hablaban a gritos aunque no por la tensión, sino porque Hardenberg estaba más sordo de lo usual; necesitaba que Humboldt se pusiera tras él y le repitiera las cosas. Lo recuerdo tan bien porque Klemens quiso que me quedara con ellos. En cuanto a los demás, ni la menor idea. No quiero aburrirte con detalles, pero la tensión se masticaba. Sólo a la noche comenzamos a relajarnos, Klemens y yo. Salimos a pasear un ratito, entre mis rosas, y allí me dijo que se sentía muy abatido, al punto de pensar en dimitir. La intransigencia de los prusianos era total. No querían oír hablar de nada que sonase a negociación, pero no por eso dejaban de presionar, pues eran conscientes de que sin Austria no derrotarían a Bonaparte. A la mañana siguiente volvieron todos a reunirse, y esa vez sí hubo acuerdo; nada crucial, nada decisivo, sólo la simple aceptación por parte de Hardenberg de mandar a Gitschin una delegación para estudiar con los rusos y los austríacos los términos de una conferencia de paz que proponer a Napoleón. El precio, el que de ningún modo quería Klemens pagar, tuvo que aceptarlo: si la conferencia no acababa bien, Austria entraría en guerra con Francia, junto a Rusia y Prusia. Él, Bombelles y Lebzeltern se marcharon a mediodía. Los prusianos ya lo hacían, tras cenar conmigo y con Gentz, cuando llegó Nesselrode con una invitación para todos ellos, más Gentz y yo, para cenar al día siguiente, lunes 21, con Alexander y Friedrich-Wilhelm. En el acto cambiaron de planes, de modo que, sin ganas, tuve que hacer otra vez de châtelaine, aunque con una decisión tomada: de ninguna manera iría yo a esa cena de conspiradores, así que me fui preparando el terreno con una de mis espantosas migrañas. Si lo piensas, sirven para mucho más de lo que supone la mayoría de las mujeres.

La duquesa guiñó un ojo a la condesa, la cual devolvió una sonrisa de total complicidad.

—El Zar volvió por mi casa el miércoles 23, para cenar y despedirse, pues al día siguiente salía para Reichenbach. Lo peor fue que vino con la bestia de su hermano Konstantin. ¿Le recuerdas?

Dorothée asintió con una mueca de repulsión. Si algún día la especie humana se hallara en peligro y ella fuera la única hembra fértil disponible, y sólo el Gran Duque Konstantin estuviese a mano para plantar en ella su semilla, la humanidad habría llegado a su fin.

—Cuando al fin marcharon estaba exhausta. Sólo quería jugar con mis niñas. Aun así, me asaltaba la desagradable sensación de que Ratiborschitz había sido el centro del universo. Se me ponía la carne de gallina cuando pensaba en que un millón de hombres, entre austríacos, franceses, rusos y prusianos, se lanzarían los unos contra los otros en función de lo que se había discutido en mi casa y, en alguna medida, de lo bien o lo mal que hubiera yo representado mi papel de châtelaine.

—Pues, según Charles-Maurice, no pudiste hacerlo mejor.

—Puede, pero lo cierto es que, realmente, no hice nada. Mi papel era tenerles cómodos, darles de comer y mantenerles abastecidos de té, café o lo que fuese. Lo peor era cuando se sentaban todos a la mesa del salón; yo, un punto apartada, en mi mecedora, fingía estar concentrada en mi ganchillo, pero no se me iba una. Cuando Hardenberg echaba las patas por alto, cosa frecuente, me levantaba, empuñaba la tetera y rellenaba las tazas, dejando caer alguna tontería que rompiera la tensión al tiempo de mostrar mi mejor sonrisa y, en ocasiones desesperadas, dejando asomar lo que tanto les inspiraba —se levantaba los pechos con ambas manos, sonriendo como una niña traviesa—; el caso fue que sólo en Gitschin llegaron al acuerdo final: Klemens se plantaría en Dresden para ofrecer a Boney otra tregua, con la obligación de atender una conferencia de paz a celebrar en Praga y dejando establecido que si ésta fracasaba los austríacos se unirían a la Coalición. Lo demás es bien sabido: Boney se comportó en Dresden como un completo animal, pero aceptó acudir al congreso. Serviría para salvar una paz en la que nadie creía o para certificar que la guerra recomenzaba. Francia, Württemberg, Sachsen, Bayern y Baden contra Rusia, Prusia y Suecia, que andaba rumiando el unírseles por una promesa secreta de Alexander a Bernadotte, la de darle una Noruega que no era suya. Y Austria, claro.

—¿Y tú qué hacías, mientras tanto?

—Pues sobre todo pensaba en las últimas palabras de Klemens, que no me sonaron a un simple «ya nos veremos». Antes de que pudiese aburrirme apareció Gentz. Al poco regresaron Alfred y Trogoff, y días después vino Hardenberg con Karl-Philipp, su hermano-trompetilla, y con ellos Humboldt y su hijo Theodore, así como un émigrée llamado Fontbrune al que Gentz había invitado por su cuenta, lo cual me molestó, pues el tipejo es íntimo de la Bagration y sólo quería cotillear; a esas alturas ya se sabía en Viena que Alexander, Hardenberg y Metternich habían estado en Ratiborschitz; no sólo no se hablaba de otra cosa, decía Fontbrune, sino que las envidias se desataban a un nivel rayano en la histeria. Los acontecimientos, mientras, se sucedían; yo seguía bien al tanto porque cada día llegaban correos para Gentz, Hardenberg, Humboldt y yo misma, pues Klemens seguía escribiéndome. Supe que ya estaba en Dresden, y que Stadion había firmado en Reichenbach, el 27, un tratado con Friedrich-Wilhelm y Alexander, aceptando unirse a la Coalición si las conversaciones con Bonaparte fracasaban. Al saber eso hice abrir unas botellas de mi mejor champagne. Todos opinábamos que Metternich se obstinaba en perseguir un fantasma, y que si Boney participaba era para ganar tiempo. Hardenberg explicaba que Bonaparte había perdido su caballería en Rusia y necesitaba tiempo para reconstruirla; si no pudo explotar sus victorias de Großgorschen y Bautzen, donde habría podido liquidar a Blücher, fue por eso, por falta de caballería. Friedrich-Wilhelm quería ese mismo tiempo para reponer bajas y adiestrar reclutas, y para rearmarse con pólvora, municiones y cañones rusos, pues Prusia seguía ocupada y sus maestranzas en manos de un tal Davout. Alexander, por su parte, debía dar un descanso a su horda, pues llevaba en danza desde hacía un año, tiempo en el que había ido del Niemen a Moscú y de allí al Oder, sin detenerse. La tregua era una necesidad general, aunque también un riesgo. Si el primero en reponerse fuera Bonaparte, las consecuencias serían terribles, aunque todo cambiaría si Austria se incorporaba. La fuerza combinada superaría los setecientos mil hombres, el doble de los de Boney. De ahí que cantáramos como locos, ajenos al precio de la victoria. Medio millón de hombres iban a morir, pero en Ratiborschitz, bebiendo champagne en la terraza, bajo el sol del verano checo, habría sido una obscenidad pensar en esas cosas.

La duquesa se sentó tras encender un cigarrillo belga, una moda que Alfred había impuesto en los salones. Cualquier mujer que se atreviese a imitarle quedaría excluida de la buena sociedad, salvo si era la duquesa de Sagan, que tenía bula para todo. Si hasta entonces no lo había hecho era por la tos que le asaltaba cuando se tragaba el humo; de ahí que siguiera entrenando, sin atreverse a debutar; solamente lo haría cuando dominara la suerte como el más aventajado caballero.

—Los días pasaban, sin noticias. Hardenberg, histérico, envió a Karl-Philipp a Reichenbach en búsqueda de información, y Gentz despachó a Gitschin a su valet Leopold, con instrucciones de preguntar y regresar. Al día siguiente, preocupados tras ver llegar a Karl-Philipp con las manos vacías, vimos llegar a Leopold. Había dormido en Gitschin por orden del canciller; al amanecer, mientras buscaba su caballo, Giroux le dio un sobre. Lo mostraba como un cura mostraría la Hostia. Viendo que venía dirigido a mí, con la letra de Metternich, sobrevino la Gran Expectación. Nadie se habría ofendido si me hubiese retirado a ver qué decía, pero lo abrí en presencia de todos y leí en voz alta, tras ver que no era nada personal: anunciaba que le tendríamos allí al atardecer del día siguiente, sábado 3 de julio, y que si me fuera posible hiciera sitio a Nesselrode, Stadion y Lebzeltern, que llegarían por separado. Por lo demás, ningún indicio de lo que traía. Muy de Klemens, ya lo ves; tan teatral como siempre, se reservaba el acto estelar. Ni siquiera Gentz era capaz de pronosticar qué sería. Yo me callé, porque intuía que sólo haría eso para proclamar un éxito; para los fracasos prefería el papel; por escrito podía convertir la más clamorosa derrota en un acontecimiento positivo, pero los triunfos generan adoración, y él, un vanidoso compulsivo, sería incapaz de perderse la nuestra una vez oyéramos de su boca que se había llevado al huerto a Bonaparte.

Se interrumpió para dar una larga calada y expulsar una todavía más larga bocanada de humo elegantísimo. Sin toser. «Todo va bien», parecía pensar; «dos ensayos más y se van a enterar».

—El relato de sus andanzas en Dresden se lo habré oído mil veces, pero en ninguna le vi tan en héroe como allí. En síntesis, Bonaparte aceptaba la tregua, Caulaincourt le representaría y él, Metternich, le soltó al despedirse un «está usted acabado, Sire» que le ha hecho pasar a la historia, pero no daría un táler por que de veras lo dijese. Por entonces le conocía bastante; hoy en día, mucho más, y si algo puedo decir es que ha equivocado la profesión: habría sido un actor genial. Si nos tuvo en vilo explicando las groserías del Corso fue por calcular que si nos mostrase sin más lo que firmaron el 30 de junio, extendiendo el fin de la tregua del 10 de julio al 10 de agosto, en vez de cosechar aplausos le tiraríamos a la cabeza lo primero que pillásemos, así que se hacía un poquito la víctima y un poquito el héroe, para endulzarlo. Hardenberg, el primero en reaccionar, le dijo que nadie le había facultado para extender la tregua, y después empezó a quejarse de no poder empezar con los cañonazos, lo que a fin de cuentas todos deseábamos, salvo Klemens, claro. Aún me pregunto por qué insistió en ir contracorriente. Que se derrame sangre a él le da igual. Tampoco le podían preocupar los riesgos; la superioridad numérica era tan aplastante que Boney no tendría nada que hacer. Lo que pretendía, me jugaría el alma si tuviese una, era que Bonaparte abdicase, Marie-Louise asumiera la regencia y él pudiera manipular el consejo de control que designasen las potencias, lo que sería una obra maestra de la diplomacia, tan maestra que nadie lo aceptaría. Salvo eso no se me ocurre nada que le llevase a oponerse a todo el mundo tan sin apoyos, porque sólo tenía el de Franz.

—Es curioso: Charles-Maurice dice lo mismo. ¿Alguna vez lo has hablado así con él?

—Así sólo lo he hablado ahora y contigo, pero que piense lo que yo no tiene nada de particular. No es el único, aunque ver así las cosas en marzo de 1815 no tiene mérito. Hacerlo el sábado 3 de julio de 1813 a las siete de la tarde, supongo que lo admitirás, alguno sí tenía —Dorothée asintió; contradecir a su hermana solía implicar quedarse sin oírla una buena temporada—. Klemens, Hardenberg y Nesselrode se metieron en la biblioteca, desde donde nos llegaban los gritos, que no sólo eran por la sordera de Hardenberg. Querían dilucidar quién llevaría las noticias al Zar y a Friedrich-Wilhelm. Terminaron eligiendo a Lebzeltern, que se quejaba de que sólo se le usaba para dar disgustos. Le tocaría encarar al Zar, lo que Nesselrode no quería para sí. Klemens, a su vez, ni por asomo aceptaba ser quien lo hiciera. Llevarse un tiro no era lo que más le apetecía para el día siguiente.

—¿Tan violento es Alexander?

—No te harías idea. Igual es cosa de familia. La segunda vez que vino por Ratiborschitz hacía mal tiempo. A los cosacos de su escolta, que habían acampado junto al Upá, se les ocurrió hacer unas fogatas, para lo cual talaron algunos de mis robles. Lo supe porque a media sobremesa se presentó a informar, en ruso, un aide-de-camp de Alexander. Konstantin se levantó de un salto, como un salmón de un río, y preguntó, en ruso también, que cuántos robles habían talado. El oficial dijo que como veinte, y en el acto el Gran Duque le mandó hacer ahorcar a otros tantos cosacos, los que a él le parecieran bien. Me le quedé mirando, tan horrorizada como puedes imaginar, sólo para ver que Alexander no movía un músculo. Me levanté a mi vez, y en un repente de inspiración eché mano de mis mejores lágrimas de pobre mujer para decir, por supuesto en ruso, que ni todos mis robles juntos valían la vida de un solo cosaco, y que, por favor, renunciase a cargárselos. Alexander se quedó pensativo, para después decir algo así como «pues bueno», despidió al aide-de-camp y volvió a lo de antes, un relato detallado, en francés, de los malos modales que Bonaparte había exhibido en Tilsit. No dije nada, pero me preguntaba cuál de los dos monstruos lo sería más, si Boney o el Zar —la condesa, comprensiva, compuso un elecuente gesto de «qué cosas»—. Klemens se quedó un día más para seguir lidiando con Hardenberg y Nesselrode, y para explicar que los ejércitos austríacos no estarían en condiciones de marchar sobre Sachsen hasta mediados de agosto. Mentía, porque Schwarzenger llevaba semanas movilizándolos, pero nadie se lo podía rebatir. Así pasamos el domingo, todo el tiempo en política, pero se las apañó para buscar un aparte conmigo, entre mis rosas, para soltarme que lo único que le daba fuerzas mientras peleaba en Dresden era evocarme, y que fue mi sola imagen lo que le permitió resistir al cafre de Bonaparte y, de postre, que si elegió Ratiborschitz para explicarse con Hardenberg y Nesselrode fue porque me quería ver; de no ser por eso les habría citado en Gitschin, como el Kanzler del Imperio Austríaco que a fin de cuentas era.

—¿Y tú qué hiciste? ¿Besarle apasionadamente?

—Pues mira, sí. Aquello era tan romántico que me derretí. Además, estaba el regusto de ver a mis pies al tipo más poderoso del Imperio. Demasiado para una pobrecita mujer, ¿no?

—¿Quedó todo ahí?

—Qué remedio. Con Gentz suelto por el jardín, ya me contarás qué podíamos hacer. Ahora, me pregunté si convendría darle, de madrugada, el premio a su heroísmo que parecía esperar. Me disuadió recordar que le había colocado en una de las mejores habitaciones, aunque lejos de las mías. Arriesgarme a coincidir en los pasillos con alguno de los cotillas que infectaban mi casa era demasiado para mi pasión, de modo que le dejé sumido en el platonismo. No debió de importarle, porque las niñas, que se amontonaban en un cuarto junto al suyo, luego me dijeron que sus ronquidos no les habían dejado pegar ojo. A la mañana siguiente se levantó con tiempo para desayunar con Hardenberg y Nesselrode, despedirse con normalidad y marchar con Gentz hacia Jarowicz; allí el uno seguiría para Gitschin y el otro para Praga. Tras ellos marcharon casi todos los demás, de modo que al fin pude quedarme tranquila y en paz, o eso creía yo. La primera carta me la envió al llegar a Gitschin. Desde ahí raro era el día en que no me llegaba otra, junto con bombones, caviar y «tonterías» diversas. Un cortejo en toda regla, ya lo ves. El 10 de julio me pidió que marchase a Praga, donde ya estaban el Kaiser, él, Humboldt y Ansett, el delegado ruso, donde no tardaría en llegar Caulaincourt y donde a él le hacía falta una gran châtelaine. Me daba el papel de Laure, que se había ido a Baden-bei-Wien como si no pasara nada, pese a que ya le habrían llegado murmuraciones. Si algo jamás ha escaseado en la sociedad vienesa son las almas buenas —Dorothée asintió, convencida—. Yo había reservado una planta en el Waldstein, donde se alojaba Gentz. Habría preferido nuestro viejo palacio Kurland, el de la Karmelitergaße, donde mamá, Pauline, Johanna y yo pasamos la guerra mientras tú galopabas por la Kurische Nehrung —a Dorothée no le hizo gracia recordarlo; el miedo que pasó a sus aterrados trece años a menudo resucitaba en sus pesadillas—, pero Johanna lo vendió hace nada, porque se la comían las deudas. Klemens vivía en el Schönborn, en pleno Kleinseite,[113] al lado del Karlbrücke. La sede formal del congreso sería el Hradschin.[114] Quizás eso no te diga nada —no se lo decía; Dorothée no recordaba Praga—, pero significa que la vida social se desarrollaría en un triangulito, el que forman el Schönborn, el Hradschin y el Waldstein. Si me reservé tanto sitio fue para organizarme mi salon, como si estuviera en Viena. Pensaba que así Klemens no tendría que inventarse nada para venir todos los días, de modo que los fijos del lugar, yo la primera, estaríamos siempre a la última.

La duquesa no sólo hablaba, sino que se contoneaba frente al espejo. Su hermana interpretaba lo que hacía: estudiar gestos y posturas para que aquella noche Wellington y Metternich se jurasen odio eterno, y eso que no la verían así, en enaguas y como vino al mundo del ombligo a las orejas.

—El congreso seguía sin comenzar, pues Caulaincourt vino sin poderes. Metternich estaba de los nervios, pues podía pasar en dos días de ser el Gran Héroe a ser el Gran Tonto. Me dio pena, y me propuse consolarle. Cada día se aparecía en mi salon, charlábamos sobre las novedades, cenábamos con Gentz, Paul, Humboldt, Louis, Fontbrune y algunos otros más, nos relajábamos jugando a las cartas al tiempo que hablábamos de política y de diplomacia, de la paz y de la guerra, del amor y del tifus, y tras eso todo el mundo se marchaba. Menos él. Ahí fue cuando empecé a ver que, pese a su gran atractivo, por no decir embrujo, a la hora de pasar a mayores padecía un exceso de autoestima.

—¿Quieres decir que no se preocupaba mucho de ti?

—Ni mucho ni poco: nada. Puede ser muy apasionado, pero no es un tipo que adore pasar horas en una cama. Digamos piadosamente que una vez arroja su carga, lo que suele llevarle un minuto, se queda frito, si no se levanta de un salto y empieza de nuevo con la política. Las primeras veces pensaba, tonta de mí, que serían sus nervios, los del frustrado congreso combinados con al fin tenerme desnuda bajo él, pero al cabo de una semana estaba claro que no: él es así.

—¿No te planteaste adiestrarle?

—Sería una empresa sin esperanza. Entre los dones de Klemens no figura ése —con un gesto muy cómico señalaba el sur de su ombligo—. Boney tiene muy mala fama, pero de por ahí deben ser por el estilo —las dos reían abiertamente, como hacen las princesas, y las plebeyas, cuando despellejan a sus hombres—. De todos modos, eso no era lo importante. Lo que vivíamos, el preludio de la guerra, lo era mucho más. El 10 de agosto nos despedimos tras un souper que dio en el Schönborn y donde, de modo significativo, el invitado de honor era Schwarzenberg, ya designado comandante supremo de los tres ejércitos, el ruso, el prusiano y el austríaco. A medianoche, cuando expiraba el armisticio, Klemens pidió el documento en el que declaraba la guerra, para firmarlo. La pluma, ya mojada en el tintero, se la pasé yo. Apenas hubo murmullos, porque para todos era claro que mi papel en Schönborn iba más allá de ser la châtelaine. Tras eso, todos los vítores del mundo, y era que allí, salvo Klemens, no había nadie contrario a la guerra. Me habría quedado con él, porque necesitaba un poquito de consuelo, pero estaba comprometida con Alexander, que me había escrito diciéndome que pasaría por Ratiborschitz camino de Praga y le gustaría verme. Así que no hubo forma: tenía que irme.

—¿Y qué tal con el Zar? ¿Buscaba también consuelo?

—Eso pensé, pero sólo quería cotillear. A media tarde siguió hacia Praga y me quedé tranquila. Dos días después apareció Friedrich-Wilhelm. Con él me vi en Náchod; quería ver cómo había quedado la capilla de los Piccolomini, que yo acababa de restaurar. A medida que la recorríamos me salió con que si algo había lamentado a lo largo de su vida era que algún malentendido, cuando su difunto primo Louis-Ferdinand rondaba mi mano, le hubiera privado trece años de verme por Berlín. No me lo esperaba, te lo digo con sinceridad. Cuando la zorra de Luise me hizo aquella judiada me juré no volver a poner los pies en esa mierda de ciudad, pero al verle tan contrito le respondí que todas las heridas cicatrizan, y que podía estar seguro de que una vez recuperase Zahán tendría en mí la más devota de sus súbditas, la duquesa prusiana que jamás había dejado de ser. Debió de quedarme bien, porque sonrió y me besó la mano para después dejar caer que había ordenado a Blücher recuperar Zahán tan sin daños como fuera posible. Tres meses después me llegó una carta del Gneisenau ese del que tan mal habla tu tío. Decía que los cultivos estaban arrasados, que los franceses no dejaron un bosque sin talar y que la cabaña de ganado había desaparecido; peor aún, habían degollado unas cuantas vacas viejas aguas arriba del Bóbr, para que se pudrieran y lo envenenaran; en cuanto al palacio, el último intendente de Boney, un tal Beyle,[115] no dejó más que las paredes. Schulemburg me dijo que no contara con la renta durante al menos tres años; lo que generase debería dedicarse a comprar animales, replantar frutales y reparar aldeas. Ya contaba con ello, pero que Dios se ocupe del tal Beyle cuando le ponga la mano encima —la condesa compuso su mejor expresión de pesadumbre, sin sentirla, porque nada más casarse recuperó Günthersdorf, y desde aquel momento recibió su renta completa; pasarse al enemigo, lo que tanto criticaron sus hermanas, con el tiempo se demostró que fue una elección muy acertada—. Volviendo a Klemens, había marchado a Teplitz-Schönau,[116] con el Kaiser. Las diferentes hordas, por entonces, se habían organizado en tres ejércitos; el Nordarmee, que mandaba Bernadotte, lo formaban tropas prusianas, rusas y suecas; el Schlesischesarmee, bajo Blücher, era mitad ruso, mitad prusiano, y en cuanto al Böhmenarmee, nominalmente al mando de Schwarzenberg pero en realidad al de Alexander, era en dos tercios austríaco y en uno ruso. Al Zar se le ocurrió atacar Dresden desde Teplitz-Schönau, sin coordinarse con Bernadotte, ni con Blücher. El resultado fue veinte mil muertos, treinta mil heridos y quince mil prisioneros, casi todos austríacos. Una catástrofe. Franz ya temía otro Wagram, con Bonaparte de nuevo en Viena, pero Blücher cayó sobre los franceses entre Liegnitz y Wahlstatt, haciéndoles quince mil bajas. Gracias a eso la guerra no acabó a finales de agosto. Yo seguía en Ratiborschitz, con la única compañía de la Trogoff. No sólo porque me caía bien, sino porque al ser francesa, y notársele mucho, tendría dificultades si se quedaba sola. Estuvimos así hasta el último día de agosto, cuando me llegó una carta de Klemens recomendándome marchar a Praga, porque podría suceder que los franceses invadieran Bohemia. Dos días después nos pusimos en marcha, en la berlina grande y con el tiro mayor, el de ocho caballos. Las niñas, Hannchen, que ya estaba de ocho meses y la mar de torpe, la Trogoff y yo. También me llevé la calesa con un segundo cochero, porque Metternich decía que si encontrábamos los caminos intransitables abandonarámos todo y siguiéramos en ella, que como es pequeña pasa por todas partes. Los caminos, era verdad, estaban atestados. De rusos. Estuvimos cerca de quedarnos sin nada, pero pese a lo bestias que son, si te diriges a ellos en su idioma y de forma resuelta, como lo haría un hombre, se achantan, así que una vez más me tocó hacer de macho. Llegamos a Praga, por fin, y en el Waldstein encontré una carta de Klemens. Me pedía que nos viéramos a mitad del camino de Teplitz-Schönau, en Laun.[117] Ni me lo pensé. Con las niñas y Hannchen a salvo, me apetecía un poquito de aventura. Escribí una nota diciéndole que allí estaría, se la di a Gentz para que la enviara y de golpe se me pasaron las fatigas. Las acciones clandestinas, bien lo sabes, sientan de maravilla.

—¿Un episodio apasionado?

—Intenté que lo fuera, pero no. A cambio me puso al día de todo. No era lo mejor para mis sentidos, aunque sí para mi curiosidad. De ahí que nos pasáramos la noche charlando, salvo un par de interludios que me supieron a nada. Después se me durmió en los brazos, como un niño. Un niño asqueroso —la condesa sonrió con simpatía; también ella sabía de amantes ineptos—. A los dos días de regresar me llevé una sorpresa muy agradable: Alfred tenía tres días de permiso y había venido a verme. No le dejé salir de mi cuarto. A ratos me preguntaba si no estaría siendo cruel con Klemens, aunque me absolvía; si hubiera plantado a Laure sí me habría sentido mal, pero estando las cosas como estaban no había nada que me pudiera él reprochar; pese a que Gentz me vigilaba no se dio por enterado, así que siguió escribiéndome a razón de una carta por día, cuando no dos y a veces tres, al punto de hacerme pensar que toda la fuerza se le iba por la pluma. Cómo sería el contraste, que me preguntaba si Alfred sabría escribir; igual son dones incompatibles. Desde aquella escapada en Laun nos vimos poco. Una de las veces fue a finales de septiembre, cuando vino un par de días, con Sterházy; una ocasión agradable, por lo brevísima. Otra, el 4 de octubre; vino cargado de caviar y bombones, pero coincidió con que Hannchen estaba de parto; yo era la comadrona, de modo que me dejó colmada del paladar y no a medias de más abajo. Por lo demás me aburría bastante, aunque un día Gentz comentó que los heridos ya pasaban de cien mil y que los hospitales no daban más de sí. Schwarzenberg había ordenado trasladar a retaguardia los más graves, de modo que sería cuestión de horas que llegaran los primeros. Al verles me asaltó la inspiración, y de la noche a la mañana monté un hospital de convalecientes en pleno centro de Praga. Dejando aparte que me apetecía sentirme útil, lo hice porque así conquistaría la eterna simpatía del Kaiser, por muy divorciada que fuera, y porque los heridos, que llegaban apilados en carretas inmundas, me daban su poquito de pena. Los que más, los cosacos, a los que nadie hacía maldito caso, empezando por los médicos rusos.

De aquello Dorothée había oído hablar. Las almas buenas opinaban que fue otra extravagancia de la Zahánská, para lucir sus docenas de idiomas y porque, además de un pendón, quería ser una santa. No lo discutía, pues bien sabía cómo era su hermana, pero le constaba que raro era el día en que no saliera del hospital ya de madrugada, tras haberse dejado la vida entre los miles de camastros. También sabía que se hizo famosa entre los cosacos, tanto que si alguna vez necesitara sentirse a salvo no debería dudarlo, como según creía dijo una vez el Zar: en ningún lugar del mundo la zерцozuня Саzан[118]> se hallaría más segura que al amparo de sus soikas.[119]

—El alivio llegó tras la victoria de Leipzig, de la que Gentz y yo fuimos los primeros en tener noticias, pues Klemens nos envió un mensajero la noche del 20 de octubre. Así supimos que Napoleón, al frente de los setenta mil que le quedaban, se abría paso hacia el Rhin a través de Thüringen, indignado porque sus aliados alemanes cambiaban de bando según cruzaba sus tierras, al punto que hasta debió combatir con Wrede, que si bien no se veía capaz de vencerle sí quería evitar que a su rey Max le pasara lo que a Friedrich-August. La guerra estaba ganada, y por si faltaba una confirmación Franz se puso a repartir medallas. A Klemens le dejó para el final, cuando ya estaba mosqueado. Le hizo Fürst von Metternich, especificando que la naturaleza del título era hereditaria y que sus hijos, a partir de aquel momento, tenían derecho a ser llamados príncipes, y él y Laure, además, Durchlauchtigst Hochgeboren, con lo que se pondría todavía más gorda de lo que ya estaba.

Reían, sardónicas. Aquel tratamiento, para ellas, valía muy poco. Las Prinzessinen von Kurland eran Hoheit,[120] lo que jamás serían esos dos recién llegados a la gran nobleza hereditaria.

—Con Napoleón en París todo habría debido terminar, pero había un acuerdo para dar un rey a Francia y hacerla volver al Ancien Régime, como si los últimos veinticinco años no se hubieran vivido, de modo que marcharon todos a Freiburg-im-Brisbau, para preparar la invasión. Allí fue cuando Klemens acabó de ponerse a malas con Alexander, el cual había garantizado a los suizos que los austríacos no atravesarían su país, pero Schwarzenberg no tragaba porque sería dar mucho rodeo, de modo que, con el respaldo de su Kanzler, decidió cruzar unos cuantos cantones para entrar en Francia siguiendo el curso del Rhône. Alexander quería batirse con Klemens por haberle desautorizado, pero Franz lo impidió. Los rumores que corren por ahí, que se tienen unos celos horribles por mí, por mi vecina de al lado y por no sé cuántas idiotas más, son bobadas. Las causas son serias, como cuando Alexander decidió lanzarse sobre Dresden y por poco Bonaparte gana la guerra sin habérselo propuesto. Alexander es inteligente, pero su lógica no está moderada por gente que le diga las verdades. Tiende a rodearse de tontos o de tímidos, así que jamás conoce su verdadera opinión. Ser franco y claro con él no es saludable, y a eso se debe que nadie se atreva, salvo Wellington.

Dorothée asintió. Tenía presente aquel genial «¿por qué Su Majestad le puso allí?».

—La guerra, que hacia enero parecía ganada, cambió. Napoleón se concentró en Blücher y le ganó cuatro batallas en diez días. Sobrevino el horror. Klemens pensaba en un armisticio cuando llegó la noticia de Laon. Blücher, que se había quedado ciego, cedió el mando a su segundo, el Gneisenau ése de antes, que se las apañó para despedazar a Bonaparte. Días después un mariscal francés, Marmont, cambió de bando tras ser untado por tu tío, Klemens dixit, y ahí ya no le quedó a Boney más opción que suicidarse, aunque tan mal que todo se quedó en una diarrea de lo más innoble. Ahí fue cuando me llegó a Viena una carta de Klemens pidiéndome que marchase a París. Era un invierno aburrido, sin hombres interesantes. La única novedad era un diplomático inglés, un tal Frederick Lamb, de conversación agradable y gustos exquisitos. De lo último doy fe, porque nada más cruzarnos dejó de mirar a las demás. Las comidillas fueron tan virulentas que la noticia llegó incluso a Klemens, y además de un modo sospechoso: se lo dijo Laure por carta, en el mismo tono en que le hablaría de las ardillas del Prater. A eso se debió, supongo, que me pidiera ir con él. Me lo pensé, porque lo pasaba bien con Lamb, pero tras saber que Laure no iría, me animé; tenía, de paso, una excusa excelente: mi madre y mi hermana pequeña se hallaban allí —se sonrieron, con cariño—, pasándolo fatal, de modo que nada sería más natural que agarrar a Pauline e ir a echarles una mano.

—A partir de ahí lo recuerdo casi todo.

Se acordaba, en particular, de que Metternich las llevó a unos ateliers de costura (LeRoi) y orfebrería (Thomire y Biennais) que habían sido el súmmum de la exquisitez cinco años antes, cuando él era el embajador de Austria en París; en su favor debía decir que se dejó guiar a otros más al día —no le quiso decir que los suyos estaban demodées—; así los cuatro, a los que pronto se unieron Jeannette y su madre —por primera vez desde 1809 coincidían la duquesa y sus cuatro elegantes prinzessinen—, pasaron deliciosas tardes de compras —siempre pagaba él— en el divertidísimo París de la Restauración.

—Fui feliz en París —el tono era nostálgico, para sorpresa de Dorothée; ignoraba que Mina padeciese nostalgias—. Tenía tiempo, las atenciones y la protección de uno de los hombres más poderosos del planeta, y por las noches, tras un minuto de calmarle ardores, la más precisa información de lo que sucedía. Gracias a eso Silesia no llegó a formar parte del ducado de Posen, de lo que supongo no tenías la menor idea —cierto, no la tenía, se decía con retrospectivo espanto—. Fue porque Metternich se opuso, por la cuenta que le traía. De ningún modo pensaba yo consentir que Zahán pasase a ser parte de un territorio que cualquier día sería de Alexander. De no haberle dicho que como no se pusiera firme con aquello se podía ir despidiendo de mi cama, Luxemburg, Nassau, Holstein, Schleswig y quizás incluso Dinamarca hoy serían parte de Prusia, mientras que Silesia debería cambiar el alemán por el ruso. Ya ves, querida, cómo se construye la historia.

Dorothée asintió. Era penoso que su hermana y ella participaran en las refriegas diplomáticas sólo a través de terceros, por mucho que a menudo lo hicieran de un modo decisivo. Estaban tan bien dotadas para la negociación política, lo mismo daba que sutil o a cara de perro, como Gentz o como Dalberg, si no como el propio Metternich —a Charles-Maurice le mantenía por encima, siquiera de momento—, pero la dicha de haber nacido hembras determinaba que no pudieran actuar por sí mismas, sino recurriendo a machos poderosos que, tras desahogarse de los bajos, buscaran inspiración y consejo en sus camas deshechas. Un asco, aunque también era verdad que ser jóvenes, bellas e inmensamente ricas compensaba un poquito el formar parte del menospreciado género auxiliar.

—A primeros de junio planeaba volver a Viena, pero ahí fue cuando el Regente invitó a todo el mundo a pasar un mes en Inglaterra. Friedrich-Wilhelm pensaba llevarse a Blücher, que de nuevo estaba en forma y arruinando a las casas de juego, Alexander iría con la loca de su hermana Ekaterine y un atamán de cosacos, un tal Platov, y Klemens, que iría en representación de Franz, quería llevarse a Schwarzenberg, pese a que no tenía la menor gana; el pobre soñaba con volver a su castillo e irse a la cama con su bastísima Nina. ¿Sabías que, según Klemens, está orgullosísimo de jamás haberse acostado con ninguna otra mujer? No me asombra que Blücher le desprecie; lo sé porque hice buenas migas con él, tanto en París como en Londres, pero ahí no he llegado todavía —la duquesa disfrutaba explicando la historia; era tan confidencial que no la podía contar a casi nadie, incluyendo a sus hermanas vienesas, cuyas larguísimas lenguas ya le habían costado algún disgusto; Dorothea, en cambio, era la reserva personificada, tanto que aún no había logrado sacarle si se acostaba o no con Charles-Maurice—; a Klemens tampoco le hacía feliz la idea, pero no podía negarse; de ahí que se llevase un alegrón cuando le dije que me gustaría ir con él. Bueno, fuimos por caminos separados y en días distintos, y en Londres, donde me llevé a Pauline y a Jeannette, me busqué un hotel mientras él se servía de la embajada, pero aun así pasamos buenos ratos, sin que nadie se fijara en nosotros. También fui feliz, ya lo ves, aunque no tanto como en París. Él no tenía la cabeza del todo allí, porque no dejaba de pensar en el congreso que se nos venía encima, y además le angustiaba volver a la rutina cotidiana. Lo nuestro, que ya duraba un año, se materializó gracias a que no estábamos aquí, a que lo vivíamos en clandestinidad, pero en junio del año pasado se acercaban la paz, la normalidad y el no poder dar un paso sin que te observara todo el mundo. Lo rumiaba sin decirme nada, pero poco antes de volver a Viena no pudo más y me insinuó cómo deseaba que fuera nuestra vida.

Hannchen volvía con un escote tan rebajado que la tela bordeaba las aureolas. De ahí que, preocupada, recomendase a su señora que tuviese cuidado al inclinarse frente al Kronprinz de Baviera. Si no, la prensa del día siguiente hablaría mucho menos de Napoleón y de la guerra inminente.

—¿Y qué quería que hicieras?

Hannchen ya se había marchado, dejando a la duquesa entretenida en elegir, dentro de sus inmensos joyeros, con qué perfeccionaría su imagen aquella noche. Aún no había elegido ninguna pieza, pese a tener clara la condición esencial: que se la hubiera regalado Metternich.

—Pues que fuese su Marquise de Pompadour. Laure sería María Leszczynska y él haría de Louis XV. Para ello pretendía que Laure y yo nos hiciéramos amigas. Su desfachatez llegó al punto de gastar horas en explicarme los gustos de Laure, su carácter, sus preferencias, sus convicciones y el mejor modo de plantearle las cosas, a fin de que terminara por hacer lo que a él más le conviniese. Insistió en que la clave para entenderla residía en su saberse muy fea, sólo capaz de resultar atractiva para los que conocen su inmensa bondad. La pobre, por lo visto, arrastra desde pequeña un invencible complejo de horrenda, de que sólo un hombre muy ambicioso aceptaría casarse no específicamente con ella, sino con su dote, su apellido y sus contactos, como así fue, por cierto.

—No me lo puedo creer.

—Ni yo pensé jamás que pudiera llegar tan lejos, pero así es Klemens: por mucho que disimule, ni ha salido del ancien régime ni lo hará jamás. Es un absolutista incurable.

—¿Y cómo te lo tomaste?

—Con curiosidad. Segunda semana de agosto, para que te sitúes. Él había regresado, aunque no a Viena, sino a Baden-in-Wien, donde los Kaunitz tienen un palacio. Laure y los minimetternichs vivían allí, desde junio. Alquilé una casa y me dediqué a observar. A los pocos días me llegó una invitación de la Fürstin, para tomar el té. Nadie la hubiese aceptado, pero ya sabes cómo soy —Dorothée asintió, solemne—, de modo que me presenté con Pauline. No era una invitación exclusiva. Su salón no digo que rebosase, pero había cantidad de nobles damas. Hombres, ni uno, como en el serrallo de un sátrapa. No hablamos gran cosa, pero aun así me pareció que me miraba de un modo especulativo, como evaluando a la que sería su compañera de ménage-à-trois. Igual Klemens ya se lo había vendido, y quizás incluso calculase qué pasaría de llevar el triángulo al extremo, a que fuéramos tres en una cama, lo que por mi parte no me apetecía en absoluto. Laure es una especie de avefría, un ser sin sangre. Igual Klemens le tenía reservado el papel de voyeur inerte a pie de cama, qué sé yo.

La condesa encontraba imposible no reírse a carcajadas, aunque no por las descarnadas palabras de su hermana, sino por la pésima intención con que las dejaba caer.

—¿Y qué hiciste después? ¿Seguiste viéndola?

—No, para mí fue suficiente. Bueno, y que Alfred apareció. Aunque yo no hacía intento alguno por verle, una parte de mí le añoraba. Esta de aquí —se llevaba las manos al sur de su Venusberg, con la sonrisa de las mejores putas del Palais-Royal—; estaba sola…, bueno, salvo Hannchen, pero ya sabes cómo es de discreta. Creo que Alfred no dijo ni «hola». Simplemente, me desnudó como si fuera una muñeca y allí mismo, en el salón, me hizo ver, tres veces, que jamás sería feliz con Klemens.

Las hermanas sonreían, soñadoras. Bien lo sabían, las dos: por mucho que razone la cabeza, como lo de ahí abajo se incline por otras alternativas, las que sean, no hay nada que hacer.

—Desde ahí todo pasó a importarme un bledo. Volví a Viena, sin despedirme. No había un alma, pero aquí, en el Palm, no necesitaba nada, sino comer bien, beber mejor y que Alfred no se desanimara, y hacen falta muy largas horas de vicio protervo para que abdique de mostrar enhiesto el pabellón. Cuando sucede, pues a dormir un poco y ya está. Lo alimento, lo lavoteo un poquito, y a empezar de nuevo. No sé si estuvimos así una semana o algo más, pero te aseguro que terminé con mi yo más íntimo tan escocido como si me hubiera revolcado por un campo de ortigas. Tras eso, él volvió a su regimiento y yo me dediqué a pensar y pensar muy largo rato, quizás unos diez minutos. Entonces tomé la decisión: hacer cuanto fuera necesario para que Metternich me plantase, de forma que se sintiera culpable y así pudiera contar con él cuando necesitara un canciller disciplinado.

—¿Y te fue difícil?

—Oh, no. Menos de lo que suponía. Ya era septiembre, y aunque Klemens había regresado andaba tan ocupado preparando su congreso que salvo mandarme cuatro cartas cada día me dejaba en paz. Yo volví a «recibir», y a salir cuando no lo hacía. Un día comprendí que me había puesto un espía, el asqueroso Gentz, que no sé cómo Johanna le aguanta, y le saqué de mi círculo del modo más brutal. Luego me dio grima, porque si bien no sirve para nada suele tener buena información, así que le fui levantando el castigo, pero esa es otra historia. El caso era que Gentz le alarmaba cada día con que si estaba con Lamb, o con Alfred, o con a saber quién, lo cual le ponía de los nervios, aunque sin llegar a estallar. En esto apareció Alexander al frente de su cortejo. ¿Vosotros llegasteis antes o después? ¿Seguro? Pues os perdisteis el despliegue más ostentoso que se haya visto en Viena. Dos noches después apareció en mi salon, a dar una vuelta, pero a mí es difícil engañarme: sus ojillos me decían qué perseguía, y como yo también andaba persiguiendo algo, pues llegamos a un acuerdo.

—¿Y qué perseguías? ¿Provocar a Klemens?

—No, qué va. Para eso no me habría molestado. Se trataba de Vava. Mi niña finlandesa —Dorothée asintió, consciente de que hablar de Vava era liquidar el buen humor; no había nada en el mundo que pudiera entristecer más a su hermana que recordar a su hija de trece años, a la que sólo había visto en el momento de malparirla—. El lazo más fuerte de los que me ataban a Metternich era ése, Vava. Se lo había contado en la Navidad de 1813. Si algo he maldecido toda mi vida es no haber tenido la entereza de quedarme con ella. El malnacido de Armfeldt, y también mamá, me convencieron de darla en adopción a otros Armfeldt, unos que criaban otro recién nacido. No sólo se la entregué, sino que constituí para ella un fondo bien dotado, para que nunca le faltara de nada. Bien, pues en esos mismos días me llegó la noticia de que Armfeldt estaba en las últimas. Me preocupó, pues era el administrador del fondo, así que le mandé a mi abogado, Wratislaw, para que se hiciera cargo del dinero. Imagina mi horror cuando me dice que no queda nada, que Armfeldt se había gastado hasta el último céntimo y que las posibilidades de recuperar algo, lo que fuera, eran nulas, porque se moría en la más completa miseria. Entonces se me ocurrió que quizá podría convencer a la niña de que regresara conmigo, a través de los padres. Un gran dinero para ellos y la vida de una heredera riquísima para ella, pero no tuve respuesta. De ahí que recurriese a Metternich. Reaccionó como el mejor amigo del mundo: en cuanto Wratislaw le hiciera llegar la documentación hablaría con el Zar, pues Vava es súbdita suya desde 1812. Cada vez que le sacaba el asunto me daba muy buenas palabras, aunque siempre las mismas, de modo que al ver al Zar en mi casa ni lo dudé. Alexander, debo decirlo, no me prometió nada; sólo que se haría explicar la situación y qué posibilidades había de llegar a un acuerdo amistoso, pues por lo inamistoso no habría nada que hacer, salvo si aceptase ver mi nombre por los suelos, ya que la otra parte haría público el asunto. Fue leal, porque me lo dijo cuando los hombres rara vez conservan la serenidad necesaria para mentir a sangre fría: justo «después». Antes, sí. Antes mienten todos. Ya sabes, «todo se promete hasta que se mete». En ese bendito instante, cuando aún no se han puesto la cabeza sobre los hombros, raro es el que miente bien. Alexander, además, estaba encantado de la vida. Soñaba conmigo desde la primera cena en Ratiborschitz, y lo último que imaginaba, pues me suponía colgada de Metternich, era que alucinaba con él desde nada más verle descabalgar de su brioso corcel frente al portalón de mi castillo. La babosa de Altenstieg tardó minutos en informar que Su Majestad no había dejado el Palm hasta bien entrado el día, y no tras pasar la noche con Andromeda, porque a la sazón se hallaba fornicando con Pumpernickel. Por cierto, a mí me llama Kleopatra von Kurland, ¿te lo puedes creer? —Dorothée se desorbitó ampliamente; carecía de sentido hacer saber que Altenstieg no sólo entregaba en la cancillería sus sabrosos informes—. Saberlo y volverse loco fue lo mismo, aunque no sin entender que si se dejaba llevar por su obsesión Franz le despediría, y tras eso sería Laure quien le pondría en la calle, de modo que su mejor opción sería tirar de sangre fría y dejarlo correr. Así lo hizo. Por carta. Muy solemne, de hombre nobilísimo injustamente maltratado por una coqueta perversa. No le contesté porque sé cómo cambia de opinión, y además no era la primera vez que me hacía llegar un mensaje de celos horribles. A la semana, sin embargo, comenzaron a llegarme más, todos con la misma pregunta, que por qué no contestaba. Tanto me hartó que acabé por hacerlo, también por carta, y así fue como acabamos. De un modo que no me dejó satisfecha, las cosas como son. De ahí que me guste tanto putearle.

Volvieron a reírse, como los ángeles que no habían dejado de ser. El cuadro de Grassi, el que adornaba el salón de Löbichau, las mostraba como eso precisamente, dos ángeles a cuál más adorable. La evocación del bonito schloss, donde tantos veranos había pasado el ángel más viejo, le hizo evocar a la que tenía la culpa de todo. Al menos, de que no fuera tan feliz como merecía ser.

—¿Sabes algo de mamá?

—Lo último, que pensaba dejar París y que no vendría directamente, sino parando en todas partes. Tiene mucha gente a la que visitar. Podría pasarse la vida durmiendo en casas ajenas, a razón de una por semana, y se moriría de vieja sin tener que regresar a ninguna de las suyas.

—¿Dónde piensa izar su pabellón?

—Pues con nosotros, en Kaunitz. Tiemblo de sólo pensarlo.

Se sonrieron de un modo algo sardónico. No eran unas hijas particularmente devotas de la divina Dorothea von Medem, aunque las dos aceptaban que había madres muchísimo peores.

—Tú ya tienes experiencia en vivir con ella y con Charles-Maurice, ¿no?

—Demasiada. No veas los cinco meses que me dio el año pasado, pese a tener su propia casa, la de la Rue Drouot. Es exquisita guardando las formas, pero no podía evitar comportarse más como una suegra que como una visita. No le gustó nada que Charles-Maurice ni la tanteara para ir con él a Viena, y se puso de los nervios cuando supo que sería yo quien marcharía con él, aunque se las compuso para que no se le notase. Debió jurarse que ni muerta vendría por aquí, pero Bonaparte ha hecho que cambie de idea. Cuanto más lejos se halle de su lado, más feliz será.

—¿Tanto la odia?

—Qué va. Él sólo se molesta en odiar a Germaine de Staël, y porque la considera un virago, no una mujer. Por las demás sólo siente hastío, empezando por Marie-Louise. Charles-Maurice me contó una vez cuál era su pensamiento en relación a nosotras. Para él somos simples máquinas de hacer niños, indignas de ser consideradas iguales a los hombres. La naturaleza, según él, nos ha configurado para ser sus esclavas. Afirma que les pertenecemos, nosotras y los hijos que alumbremos, de la misma forma que los frutales, y las frutas que cuelgan de sus ramas, pertenecen al dueño del jardín. De ahí que su Código Civil nos trate como nos trata. La última de sus preocupaciones sería dar con mamá, pero ya sabes lo histérica que se pone, y más con su tendencia natural a sentirse centro del universo. En fin, que cualquier día se nos aparece, y entonces mi vida se volverá difícil.

A la duquesa no le costaba imaginar el origen de la tal dificultad.

—¿Qué tal te va con el bello conde? Hablo sin malicia, ¿eh? De veras que no puede ser más guapo. Tanto, que si decidieras amortizarlo te agradecería me lo traspasaras.

—Le sacas doce años, Mina. La gente murmuraría.

—Ya sabes lo que pienso de todo eso —lo sabía, cierto; Wilhelmine von Biron llevaba la mitad de su vida pasando de cualquier cosa que pudiera decir el resto del género humano—; además, los jovencitos funcionan mejor que los maduros. Supongo que por llevar menos cosas en la cabeza.

—¿Lleva muchas, Wellington?

—Demasiadas. Y no sólo estos días, en que tiene todo el derecho del mundo a estar abrumado. Cuando llegó hace mes y pico también la llevaba rebosante.

—Pero no te costó vaciársela, ¿verdad?

La condesa sonreía con una malicia nada conocida en la corte imperial, aunque no era una novedad para su hermana. En general, las Von Biron eran bastante desinhibidas las unas con las otras.

—No sabría qué decirte. Venía predispuesto contra mi humilde persona. Por si fuera poco es de los que necesitan conquistar. No desprecia ser conquistado, como todos, aunque le desconcierta que una mujer tome la iniciativa de un modo tan manifiesto como la tomé yo la noche de mi cumpleaños. Poco menos que le violé, no te digo más, pero ni aun así fue capaz de abandonarse. Nunca lo hace. Siempre hay un punto de alerta en su actitud. Y una duda, la de si le pasa por su atractivo personal, el de un pobre violinista fracasado irlandés, o por ser el incomparable duque de Wellington.

—Si te lo preguntara, ¿qué le dirías?

—Hace una semana le habría mentido, pero esta noche será mejor que no lo haga.

—¿Por qué? ¿Te ha hecho algo? En la cena no ha podido estar más atento contigo.

—No es eso. Para que lo entiendas: esta tarde vino a recogerme, para venir juntos a tu cena y de paso, y sin previo aviso, a despedirse. De una forma tan afectuosa como lo haría de su caballo favorito. No, afectuosa no es la palabra. Sentida es mejor. Sí, eso: «sentida». Era como si rematara un trámite, una obligación, algo que no podía esquivar y no por miedo a ser criticado, sino por no dejar atrás una mujer muy cabreada. Fíjate si a mis treinta y cuatro añazos aún seré tonta, que todavía hoy esperaba que me invitase a ir con él, a Bruselas. Pues nada. Ni una simple mención. Un polvo de diez minutos, si es que ha llegado a tanto, y eso ha sido todo. Si he venido, te lo juro, ha sido por no hacerte un feo, y también para que no lo notase, no lo advirtiera, no se diera cuenta.

—¿De qué?

—De lo jodida que me deja.

—No me digas que a estas alturas de tu vida te has enamorado.

—Pues claro que no. El que se tendría que haber enamorado es él.

—Para pedirte que le acompañaras a Bruselas.

—Exactamente.

—¿Y te irías con él?

—Por supuesto que no. Ya me dirás qué diablos puede hacer en Bruselas una mujer como yo. Debe de ser la capital mundial del hastío —la condesa, risueña, se dijo que su hermana seguía siendo tan imposible como siempre—. Tu conde sí que parece andar loco por ti.

—Eso me temo. No estoy nada segura de que haya comprendido la situación.

—Explícame la situación, aunque antes dime si tú estás o no tan colada como él.

Dorothée reflexionó antes de contestar. No quería soltar una frivolidad.

—Con él me siento bien, aunque no dejo de pensar que todo es un espejismo, que vivimos en una tregua de la realidad en la que vale todo, se acepta todo, se tolera todo. Un día u otro la fiesta concluirá y todos volveremos a ser lo que de veras somos. No tiene ni dónde caerse muerto, ¿sabes? Su salario no le da ni para pagarse los uniformes. Vive de lo que le pasa su padre, a quien tampoco le sobra el dinero. Estoy convencida de que si un día le dice que se quiere casar conmigo, le pondrá en la calle y le cerrará el grifo. Le veo viviendo a mis expensas, y aunque no me importaría para él sería un problema de orgullo. No podría llevármelo a Günthersdorf,[121] por mucho que ahí podríamos ser felices, porque sería poner fin a su carrera. Se le acabaría si se hiciera público que lo suyo conmigo no ha sido una disculpable aventurilla del congreso, como tantas otras, sino algo a formalizar. Y todo esto, de por sí grave y serio, es sin contar con mis propias ideas. Sólo las suyas y sus problemas.

—¿Y cuáles son tus ideas?

La condesa tardó en responder. No porque fuese algo que jamás hubiera pensado.

—Me gusta estar con él. Las tardes se nos van sin darnos cuenta de que se acaban, de que ya es de noche. Podría parecer amor, pero cuando nos separamos no pienso en él, ni recuerdo nada que me haya dicho. Somos dos bestias que fornican hasta la consunción, sin que haya nada entre nosotros. Por eso pienso que vivimos algo efímero. Dentro de unos días Schwarzenberg dejará Viena para concentrar su ejército. Karl-Joseph se irá con él. Ahí será cuando acabemos. Si he de ser sincera, lo prefiero. Estas semanas han sido unas vacaciones de mí misma, un comprender lo que habría sido mi vida si mamá no me hubiera casado a martillazos, pero como buenas vacaciones que han sido y todavía son, llegará el momento en que concluyan y tras ellas no habrá nada. Ni para él, ni para mí.

La entristecida Ksiezna Zaganska, como la llamaban sus respetuosos campesinos polacos, asintió, aunque por cortesía; el amor, para ella, cada día era más incomprensible.

—Bueno, ya está bien de charla. ¿Nos vamos?

La condesa de Périgord se incorporó con docilidad. Sentía curiosidad por ver bailar a su hermana en los brazos del esquivo Duke of Wellington bajo la mirada dolorida del Fürst Metternich. Sería una ocasión memorable, salvo si uno de los dos, o los dos, en el último instante decidía no presentarse. Si así fuera, lo que sería para contemplar sería la cara de su hermana.

Talleyrand estaba cansado. De ahí que agradeciera la camomila que Dorothée le preparara en persona, tras haber vuelto de donde los Wittelsbach más pronto de lo que pensaba.

—¿La soirée? Pues como todas, aunque con poca gente. A Theresia le han fallado muchos. El principal, Metternich. Aún rehúye a Mina. Wellington sí que fue. Cuando me marché seguía bailando con ella, diría yo que bastante acaramelados. Y tú, ¿cómo estás? ¿Ha ido todo bien?

Talleyrand asintió antes de contestar.

—Es un chico sensato, Wellington. No me ha hecho promesas, porque no hay nadie, hoy en día, que domine la situación al punto de poder comprometerse a nada. Sólo certifica que, a su juicio, lo mejor para Europa será que al término de la guerra inevitable, y Dios quiera que breve, la situación sea otra vez la de hace un mes, de pleno equilibrio entre las potencias, Louis en su trono y Napoleón en alguna isla lejana. Según él, de suceder así ya se ocupará Inglaterra de que Louis no meta más la pata. Que necesitará un gobierno distinto es algo que comprendió cuando vivía en París. Un gobierno para el que, sin duda razonable alguna, él considera que sólo puede haber un presidente: mi pobre e insignificante persona. Si dependiera de Inglaterra, dijo después, ya podría redactar la lista de mis ministros, pero ni él ni nadie puede hoy tener idea de cómo estarán los ánimos cuando todo concluya y los aliados acampen otra vez en las plazas de París. En el entretanto me receta paciencia, confianza y no arriar bandera, y sobre todo no dejar de ser, hasta que se haya firmado el último documento, el representante de una Francia que no existe, pero que si él, Blücher, Schwarzenberg y el indeseable que ponga el Zar hacen bien su trabajo, será la primera beneficiaria de lo que se pacte.

—Muy bien, ¿no?

—Pues no exactamente. Sólo ha sido lo mejor que me podía decir. Donde sí fue concreto fue con el asunto del dinero. Dijo que no sólo era obvio que Bonaparte me ha cerrado el rubinetto, sino que los mentideros de nuestra pequeña Sodoma me señalan a punto de vender los muebles. Le dije que para tanto no era, pero que lo sería en unos días. Ahí me ahorró el molesto trámite de desenvainar el sable, lo que de veras le agradezco. Lo hizo dejando caer con elogiable sencillez que había ordenado a Cathcart me hiciera llegar diez mil libras mañana sin falta, y que cuando necesitase más lo hiciera saber al mismo Lord. Ah, y que no me preocupara por la deuda. Ya echaríamos cuentas en París, cuando presidiera el gobierno. Ya ves, todo un gentleman. Tu hermana, por una vez, ha elegido bien.

—Sí, pero no. Lo dejaban hoy. Wellington no se la lleva con él.

El príncipe quedó pensativo.

—Hace mal. Hasta llegar a tu hermana jamás ha estado con una mujer de talla, y tras ella no encontrará muchas, porque no las hay, o sois tan pocas que viene a ser como si no hubiera ninguna. Con Wilhelmine habría encontrado el equilibrio y la serenidad, aunque combinadas con un puntito de locura. La echará tan en falta como nuestro admirado Kanzler. Cuando cae la noche y te ves solo, sin nadie con quien compartir lo que te haya sucedido a lo largo del día o con quien urdir las fechorías que vayas a perpetrar nada más amanezca, es cuando valoras lo mucho a que has renunciado y lo gravemente que te has confundido. Metternich y Wellington tienen mucho en común. Los dos, por ejemplo, renuncian a ser felices por no librarse de unas esposas que, sin detestarlas, les aburren.

—En ese caso, tú no te has equivocado. Siempre me tendrás para compartir el día.

El príncipe no contestó. Como buen diplomático, sabía percibir las mentiras piadosas.

Álava en Waterloo
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