Grenoble, Viena y Bruselas, martes 7 de marzo
Bertrand llevaba un diario de fechas, lugares y acontecimientos. Lo hacía en prevención de la futura impaciencia del Emperador, que tarde o temprano preguntaría «¿dónde me vitorearon por primera vez?». No contestar sería tan desaconsejable como inventarse la respuesta, porque su memoria era implacable; recordaría minutos después o días después, pero lo haría, y él se quedaría con las vergüenzas al aire. A eso se debía su anticipada satisfacción por responder «en Digne, Sire; el sábado 4; serían mil almas, en la plaza mayor y a las cinco de la tarde». Tampoco dudaba que algún día querría saber «¿dónde nos desplegamos listos para combatir?». La respuesta sería «en Sisteron, Sire; la mañana del 5; Cambronne y treinta granaderos para tomar el puente, pero los defensores huyeron; de allí, sin obstáculos, a Gap». «¿Y qué tal nos recibieron? No como en Digne, ¿verdad?». «No, Sire, porque nadie salió de su casa; les dábamos miedo». Debería pensarse si responder así. A l’Empereur no le gustaba pensar que pudiese atemorizar. Tampoco le recordaría el estar preocupado por ser ya siete días en suelo francés y que sólo se hubieran incorporado un soldado y un gendarme. La Provenza no era buen terreno para su causa, pero tampoco esperaba eso. No por él, sino por la moral de la gente, que podría venirse abajo si no llegaban entusiastas; siendo mil, poco podrían hacer cuando se les cruzara el primer regimiento de los muchos que Louis enviaría contra ellos. Sobre lo que no preguntaría sería por lo sucedido en Saint-Laurent de-Mure la tarde anterior, cuando mandó calar bayonetas frente a un puente defendido por dos compañías de la Guardia Nacional; gracias a Dios fue verles desplegarse y huir en desorden, pese a ser suficientes para que tomarlo costase sangre, pero el que los mandaba no debía confiar en el ánimo de sus huestes. Aun así, l’Empereur prefirió no ir más allá, pues ya era de noche. Sería impropio de las costumbres francesas, pero de ningún modo podía permitir un dejarse rodear en la oscuridad.
Aquella mañana se levantaron con el sol. Poco después, a la entrada de Laffrey, l’Empereur comprobó que su desconfianza estaba justificada: la vanguardia se dio con el 5.º de Infantería. Tenía muy pensado qué haría cuando llegara ese momento, pues ordenó que la fuerza se pasara los mosquetes a la mano izquierda con las bayonetas invertidas, en disposición de no buscar batalla. El coronel Mallet protestó vivamente, afirmando que sería una gravísima imprudencia, pero Napoleón le contestó, con hastío, que se limitase a cumplir sus órdenes. Tras eso siguió avanzando, destacándose unos metros de la primera línea de sus grenadiers-à-pied, hasta llegar a un disparo de pistola de los soldados del 5.º, a los que su coronel había ya mandado cargar y apuntar. Se detuvo y les miró con detenimiento, para terminar diciéndoles que si en sus filas había uno solo deseoso de matar a su Emperador, pues que ahí estaba su pecho. El coronel del 5.º, percibiendo que aquello se le iba de las manos, mandó abrir fuego, pero nadie le hizo caso; el 5.º no se había perdido una campaña de le petit caporal desde los tiempos de Rívoli, cosa que quizá no supiera el iluso que lo envió a Laffrey. Serían docenas las veces que habían avanzado a su lado, tan indiferentes como él al fuego enemigo. Demasiadas para matarle como a un perro. En lugar de obedecer, los soldados del 5.º bajaron sus armas, rompieron filas, prorrumpieron en estruendosos «¡Vive l’Empereur!» y corrieron hacia él deseosos de besarle las manos, las cuales les ofrecía tan enternecido como cualquier padre amantísimo. Sus fuerzas acababan de doblarse —a excepción del coronel, ya galopando hacia Grenoble—, sin haber disparado un tiro.
Más allá, en Vizille, se dieron con otro regimiento, el 7.º de Infantería. Desplegado para rendir honores. A su frente se hallaba el coronel Charles Huchet, conde de la Bédoyère; planeaba pasarse a las filas de l’Empereur desde que supo del desembarco en Golfe-Juan. Sería el primer oficial superior en hacerlo. Una hora después, el 11.º de Infantería y el 4.º de Húsares hacían lo mismo, también con sus coroneles. A las órdenes de l’Empereur ya formaban cuatro mil hombres bien equipados, de los que más de mil eran jinetes. Una fuerza respetable, aunque sin artillería. Tal como iban las cosas, en Grenoble la tendría. En las diez horas que aún tardaría en alcanzarla se le unieron otros dos regimientos, así como docenas de voluntarios. Se le vitoreaba en todos los pueblos. El camino, que hasta entonces sólo tenía espinas, se volvía de rosas. Llegó a las nueve, a la luz de las antorchas y al frente de su ya lustroso ejército, que según La Bédoyère, al que había nombrado jefe de sus aides-de-camp, totalizaba seis mil hombres. La ciudad rebosaba entusiasmo y no sólo por su conocida devoción bonapartista. El sueño de muchas noches de insomnio en i Mulini, comenzaba, por fin, a cristalizar.
El Kanzler se fue a dormir de madrugada, tras ordenar a Giroux, su valet desde hacía muchos años, que no le despertara. De ahí su malhumor cuando el pobre hombre le zarandeó respetuosamente al filo de las seis, balbuceando que debía entregarle una carta recién llegada de Génova. Metternich, en el estado conocido por «conciencia onírica», señaló la mesilla y volvió a dormirse, ante lo cual Giroux se abstuvo de insistir, pese a saber qué pasaba, pues el correo no sólo le dijo de dónde venía, sino que la carta explicaba lo que todo el mundo sabía: que Bonaparte se había fugado.
Metternich, tras despertar una hora después con algún sobresalto, se daba por enterado de que su cónsul en Génova, con fecha 2 de marzo, hacía saber que Sir Neil Campbell, comisionado británico en Elba, se dejó ver en el puerto, acalorado si no descompuesto, preguntando a las autoridades si conocían el paradero de Bonaparte, del que no se sabía nada en Elba desde la noche del 26. Tras eso volvió a su barco para zarpar con rumbo desconocido. Si un don tenía el Kanzler era despertar con la cabeza sobre sus hombros, de modo que llamó a Giroux y le ordenó entregar aquel papel al secretario de guardia, para que lo tradujese al francés y enviase copias a Lord Wellington, al Fürst Hardenberg, al Graf Nesselrode y al Prince de Talleyrand. Tras eso comenzó su avío matinal, aunque no sin antes enviar un propio al Hofburg, pidiendo al secretario del Kaiser que le procurase audiencia urgente. Sentía una desasosegante sensación de culpabilidad, no por haber desperdiciado una hora, sino por si algún otro mensajero, de algún otro cónsul, había llegado después pero a causa de su pereza no era el Imperio Austríaco quien daba la noticia. Se la sacudió tras haberse acicalado con el esmero habitual: si no había llegado a su despacho ningún otro mensaje, cuando los suyos ya debían de estar en las cuatro legaciones principales, era por haber ganado esa pequeña carrera de prestigio.
En realidad no la ganó, ya que Wellington lo sabía desde medianoche. No dijo nada porque no era una noticia para compartir, sino para reflexionar. Boney contaba con mil hombres, trescientos a caballo. Como fuerza militar era irrisoria, de modo que no buscaría un enfrentamiento. Era una simple buena escolta, suficiente para cruzar la Península Itálica de norte a sur, buscando la hospitalidad de la corte de Nápoles, donde su viejo secuaz Murat y su hermana Carolina reinaban en precario. No sonaba mal, pero una segunda reflexión le indujo a pensar que, por mal que pudieran recibir a Boney en Provenza, su destino era Francia. En cualquier caso, aquello era secundario. Lo que importaba era desmentir lo primero que pensarían Metternich, Hardenberg y Alexander —Talleyrand, no; era demasiado inteligente—: que Inglaterra le había dejado escapar. Los hechos apuntaban ahí, pues no era creíble que todo se debiese a que Sir Neil fuera un irresponsable, pero el que pensase así debería explicar los beneficios de tal monstruosidad. A él no se le ocurría ninguno; aquella fuga no ya pondría patas arriba todo lo acordado, sino que iba contra los intereses británicos, así que de ningún modo podía ser verdad…, o no. El pensamiento de Castlereagh alcanzaba cotas de perfidia inimaginables para el humano común, bien lo sabía él. ¿Habría planeado una operación tenebrosa sin la decencia de avisar? Eran amigos, aunque para Castlereagh eso no significaba gran cosa cuando afloraban sus deseos de ser premier. Mejor sería mantener eso que Nelson llamaba «mínima silueta». Cuando menos unas horas, las que tardara en llegar el próximo correo, el de a saber dónde.
Joaquín Murat, Rey de Napoles, por Gérard
A Talleyrand la noticia le alcanzó en su toilette, con Dorothée comentando su plan de la tarde: asistir al ensayo de una comedia organizada por Sophie Zichy para después asistir a la representación en la Großer Redoutensaal de una ópera cómica de François-Adrien Boïeldieu, Le Calife de Bagdad, una que había hecho reír a media Europa desde que la estrenaran en París quince años antes. La comedia de Sophie le hacía ilusión; no era la primera en que participaría, ya que se había visto requerida varias veces para participar en muchas de las que se organizaban. Sus rasgos y su voz —muy bien timbrada; en eso también era diferente de sus chirriantes hermanastras, que cuando se salían del susurro recordaban en demasía el girar de unos goznes herrumbrosos—, así como su dominio del alemán, el francés y el inglés, la convertían en irresistible para determinada clase de papeles, de perversa malísima, con los cuales no podía ocultar que se lo pasaba en grande. Al poco de llegar a Viena explicó a las Zichy aquella inocente diversión tan popular en París —nacida de una costumbre que permanecía sepultada bajo la losa de atroz puritanismo impuesta por Bonaparte y que resucitó un año antes, nada más comenzaron a verse por las calles soldados con brazales blancos—, con lo cual quedó fichada de inmediato. A eso se debía que cada dos por tres se viera envuelta en una lectura, un ensayo o una representación, actos todos ellos en los que su tío excusaba su presencia. Le parecía bien que los jóvenes se divirtieran, pero su naturaleza se inclinaba por otras formas de disfrute, más del pensamiento. Gracias a su abstención Dorothée siempre se hallaba en condiciones de despistar unas cuantas horas, lo que más de una vez le servía para no leer y no ensayar.
Al «ensayo general con todo» de la tarde asistirían no sólo las actrices —la trama sucedía en un templo de vestales, bienaventurados lugares donde rara vez hacía frío—, sino unos cuantos espectadores, caballeros todos ellos y por demás interesados en la trama dramática. Su secreto compañero de juegos no sería de la partida, pero no le importaba. El talento es algo que la naturaleza otorga para ser exhibido, y ella disfrutaba exhibiéndolo, al punto que alguna vez se preguntaba si aquella pasión por las tablas, sobre todo si tenía que aparecer semidesnuda, no sería simple y puro exhibicionismo.
La preocupante noticia llegó en un sobre cerrado, entregado en mano por un oficial de la guardia del Kanzler. Lo quiso tender a su tío, suponiendo que si era un asunto grave lo querría leer por sí mismo, pero él declinó con la mano, en gesto de hastío. Era muy breve, y casi al momento se arrepintió de comentar que aquello liquidaba sus planes del día, cuando menos los dramáticos.
—No te alarmes, que nada cambiará. Ni tu ensayo, ni esa ópera que Dios confunda. Ya lo verás.
Klemens-Wenzel, Fürst Metternich, Austria,por Sir Thomas Lawrence
Nadie se perdió Le Calife de Bagdad. La razón de tan gran éxito no tenía que ver con la obra, sino con el souper y el baile que le seguiría. Esa noche, sin embargo, eran pocos los interesados en bailar. Lo que apetecía era formar corros en derredor de los más al día, en demanda de información no ya sobre los hechos acaecidos, sino los venideros. Los corros se diluían poco a poco, pues los tenidos por mejor informados eran, a su vez, los menos dados a comentar las expectativas del Corso. Las atenciones se congregaban alrededor de los menos herméticos, pese a ser notorio que su expansividad sólo transmitía humo envuelto en altisonancia. Cathcart, el primer plenipotenciario inglés, descollaba en esa categoría, seguido a pocos cuerpos de Dalberg, su equivalente francés, y el amable Razumovsky, muy recuperado de su incendio. Los que de veras sabían sólo secreteaban con sus iguales. Al cabo de una hora, o algo más, habían cubierto una vuelta entera del gran salón, hasta embarrancar unos sobre otros en el área oficiosamente denominada «de soberanos», donde acercarse no era fácil, porque si no se daba la talla surgía un ayudante del Fürst Metternich para, con gran suavidad y exhibiendo la portentosa escuela de la diplomacia vienesa, conducirle a lugares menos comprometidos. A eso se debía que, ya de madrugada, el Kaiser, Metternich, el Zar, Kapodistrias, Wellington, Talleyrand, Hardenberg y Humboldt comentaran la gran novedad. No lo hacían en la soledad de los unos con los otros. Les complementaban, a manera de catalizadores, la princesa de Bagration, la duquesa de Sagan, la gran duquesa Ekatherina Pavlovna y la condesa de Périgord.
A esas alturas, tras haber hecho numerosos honores colegiados a la bodega del Kaiser, tantos que a éste se le detectaba cierta inseguridad, al Zar se le había subido la sangre a la cabeza, y quizá más cosas. El peligro estaba en que, a diferencia del Kaiser, tenía muy mal vino, de lo que se tenían numerosas pruebas; en aquella ocasión no parecía en favor de mantener el tono amable del que aún se servía, sino de hurgar en la herida británica con más mordacidad de la que sugeriría un diplomático de raza. De ahí que cayera un espeso silencio cuando, señalándole con el dedo en gesto acusatorio, se dirigió a Wellington en un tono más elevado de lo recomendable:
—¿Por qué le han dejado ustedes escapar?
—¿Por qué Vuestra Majestad le puso allí?
La condesa de Périgord, que hasta entonces tenía buena opinión de Wellington, la pasó a excelente. Qué vivacidad, qué tono y qué compostura. La de un ser superior, aunque también era verdad que para superar al Zar no hacía falta serlo. Su hermanastra Mina, que se hallaba en óptimas condiciones de comparar, horas antes explicaba, mientras revisaban sus respectivos atavíos, que no había color, salvo en la franja ecuatorial, donde ninguno de los dos valía gran cosa.
Talleyrand se abstuvo de sonreír. No sólo porque conocía la delicada hipersensibilidad de Alexander, capaz de negar el saludo de por vida por motivos más fútiles, sino porque al ser un experto en frases lapidarias, a menudo celebradas, sabía reconocer el estilo. Wellington no improvisaba. Debía traer aquello muy pensado. Un punto a su favor, aunque ponía de relieve que si había dedicado tanto esfuerzo a preparar aquella respuesta, y seguramente algunas más, era por no sentirse muy seguro del terreno que pisaba. Igual era verdad que tras la melodramática fuga del Corso se hallaba la sinuosa mente de Castlereagh, rara vez comprensible a la primera. El buen Robert, de haber nacido en el quattrocento, habría sido un Papa sólo comparable a San Rodrigo Borgia.
Wellington no quería dejar en su estela un Zar desarbolado; de ahí que le tendiera un capote, para lo cual necesitaba volver sus piezas contra Talleyrand, calculando que sabría disculpárselo.
—No tiene nada de particular que Bonaparte haya escapado. Estaba, todos lo sabemos, acorralado entre la bancarrota, la deportación y el asesinato. Encierren a un tigre en una jaula mal cerrada, amenácenle, hostíguenle y déjenle sin comer, y ya verán sus excelencias lo que pasa.
Talleyrand permaneció imperturbable, pese a que aquella salva iba por su rey, partidario de matar de hambre a Bonaparte, como a un vulgar Bernat de Rocafort. Se preguntaba si el tablero europeo no estaría de nuevo a punto de saltar por los aires. El nerviosismo del Zar y la inseguridad de Wellington le hacían pensar que todo el mundo valoraba la situación a partir del principio fundamental que regula la convivencia de las naciones: el más helado egoísmo. Si estaba tan seguro era porque se puso a eso mismo cuando aún le lavaban los pies. Llevaba todo el día dando vueltas al asunto, habiendo ya entresacado algunas conclusiones. La principal, que si el Zar no estuviera tan loco buscaría un acuerdo con Bonaparte para repartirse la Europa central. Ni el Kaiser Franz ni Friedrich-Wilhelm —único que se perdió Le Calife de Bagdad; él y la bella Julie, que tampoco acudió, tendrían mejores cosas que hacer— opondrían resistencia, e Inglaterra, tras disfrutar diez meses de pax britannica y haber liquidado la última de sus guerras coloniales, encontraría fatigoso enzarzarse otra vez con su enemigo secular, y más tras haberse aliado éste con el mayor irresponsable del continente. A Bonaparte nada podría convenirle más, tanto que no le asombraría saber que ya se cruzaba mensajeros con el Zar. Dado que de Alexander podía esperarse todo, incluso que prestase oído a sus consejeros, y de Bonaparte también, como por enésima vez acababa de demostrar, lo que más le convendría sería determinar qué le vendría mejor, si cambiar de señor o apuntalar al que padecía.
Miniussir caminaba de regreso a la embajada, tras haber pasado la velada en la casona de la Rue de la Blanchisserie que Lord Hay llamaba the wash house.[87] Hay era un caballero dos años más joven y de similar apostura, si bien ahí acababan las similitudes. Como buen primer hijo varón de un duque riquísimo eligió la carrera de las armas, siendo su primera misión ocupar Amberes como ADC de Sir Thomas Graham. En sus primeros tiempos continentales no se divirtió demasiado, ya que los indígenas no acababan de abrirse a sus elegantes invasores. Se comprendía, pues para ellos eran una fuerza de ocupación con la misma misión de todas las anteriores: imponerles un soberano lejano, como cualquiera de los padecidos desde que Philippe le Beau se mudase a la inhóspita Castilla. Que fuera un corso tiránico o un déspota neerlandés —según puntos de vista— daba lo mismo. De ahí que los ADC de Sir Thomas no se prodigaran en Amberes. En Bruselas, por el contrario, se desquitaban. No sólo porque los nativos eran más hospitalarios, sino porque la ciudad sufría una paralela invasión. La llegada de los Capel, los Creevey, los Lennox y muchos otros más fue muy celebrada por los oficiales de Sir Thomas, no sólo por su agradable talante, sino porque las jóvenes aborígenes, advirtiendo que su encarnizada reserva sólo se justificaría de no haber competencia, se animaban a disputar a las vírgenes inglesas los mejores ejemplares, entre los que Hay destacaba con luz propia.
Las señoritas Lennox ocupaban el centro de la vida social británica. Muy unidas a las Capel, entre todas controlaban no sólo a los más cotizados oficiales de Sir Thomas, sino a cualquiera en situación de ser cazado, aunque fuese cuarentón. La vida de las solteras británicas no forradas era dura, de modo que no dejaban pasar oportunidad de atrapar marido, por mayor y rarillo que pareciese. La oferta local era considerable, pero salvo alguna honrosa excepción les atraía menos, porque tras tantos años de ser franceses los flamencos no dominaban el inglés como deberían, y aunque las Lennox y las Capel fueran capaces de chapurrear algunas palabras en francés no era lo que más les gustaba. De ahí que los seres exóticos, del estilo del joven consejero español tan bien presentado por el general Álava, fuesen recibidos y aceptados con el mismo agrado que, por ejemplo, Lord Hay.
La velada de aquella noche se había convocado para leer lo último de Londres, la ultrarromántica Mansfield Park. Su autora, la misteriosa Miss Austen, conectaba de un modo sorprendente con las jóvenes solteras interesadas en hacer una gran boda, como era el caso de aquellas agradables aunque no excesivamente bellas señoritas emigradas. La mente que cocinaba el guiso, la emprendedora y resuelta Lady Mary Lennox, no pretendía crear un salon littéraire a la Récamier, por insuficiencia de masa crítica, pero sí organizar un club de lectura donde con alguna regularidad se reuniese la flor y la nata de los caballeros casaderos. A eso se debió que coincidieran Miniussir y Lord Hay.
Miniussir no era un tipo inseguro. Se sabía bendecido con el supremo don de ser muy guapo, aunque de sus escarceos en el círculo donde reinaba Lady Mary sacaba penosas conclusiones. Una, que no era el varón más hermoso. Dos, que tampoco era el más elegante. Tres, que sin duda era el que tenía menos dinero. Eran evidencias de las que determinan una comprensible contención y una prudente censura de las propias audacias, lo cual le hacía sentir un pesar considerable. La razón de que las encontrara poco llevaderas era Lady Jane, la cuarta de las Lennox. Bella, dulce, siempre sonriente aunque usualmente silenciosa, verla por vez primera le supuso un coup de foudre del que no se recobraba. Como sucedió con todos sus amores anteriores, era incapaz de respirar si no estaba cerca de su amada, quien, a la hora de bailar un vals —las reuniones comenzaban con lecturas, pero al poco, cuando sobrevenían los bostezos, los músicos de la duquesa se arrancaban con algo de moda en París—, no parecía molestarse si alguna vez la estrechaba un poquito más de lo protocolario. Lo malo era que Hay la estrujaba mucho más, de lo que tampoco se quejaba. El maldito Hay, que no podía caerle mejor —era divertido, caballeroso, exquisitamente cortés y nada tacaño; no sólo eso, sino que al saberle superviviente de la carnicería de Toulouse interrumpió las conversaciones para que todos pudieran presentar sus respetos al único héroe de guerra que había por allí; un gran tipo, en suma—, parecía llevarle ventaja en la lucha por el corazón de la joven dama. Un suplicio, como casi todos los episodios de amor imposible que atesoraba en su memoria, pero algo bueno le debía: gracias a Lady Jane ni se acordaba de la ya difuminada Maite. Si algo hacía bien, era eso precisamente: olvidar.
Blücher vivía en un palacete anejo al acuartelamiento de Charlottenburg. Allí se llegaba un Graf Gneisenau de muy buen humor. La causa era un mensaje del embajador en París, el Freiherr von der Goltz. Para cualquier prusiano decente sería la noticia soñada, la clave de recuperar, donde los generales recuperan las cosas, lo mucho que Hardenberg y Friedrich-Wilhelm se habían dejado en Viena.
El príncipe dormía como un tronco, pero su aide-de-camp, el coronel Nostitz, no dudó en zarandearle. Aunque llevaba encima una botella de buen schnaps no sólo despertó con la cabeza sobre los hombros, sino muy alerta. Llevaba tantos años disuelto en alcohol que una dosis capaz de matar a hombres más fuertes, y más jóvenes, a él no le arrebataba una pizca de lucidez, si bien era verdad que de suyo no padecía demasiada. Gracias a eso no le llevó un minuto valorar el escrito.
—¡El mayor golpe de suerte de nuestra historia; la guerra, bendita sea, empezará otra vez!
Tras eso saltó de la cama, dando brincos. Terminó abrazándose a su leal aide-de-camp, mientras su Generalstabschef, que poseía una voz capaz de detener en seco un caballo desbocado, se arrancaba con el vibrante Wallensteins Lager, el drama que más le apasionaba del admirable Schiller:
Auf, auf Kameraden aufs Pferd, aufs Pferd,
In das Feld, in die Freiheit gezogen,
Nur im Felde da ist ja der Mann noch was wert! [88]