Portoferraio, domingo 26 de febrero
Era un día importante, de la clase que Napoleón fijaba en su memoria. De ahí que luciera su legendario uniforme de coronel de los chasseurs-à-cheval[78] —no se lo había puesto desde hacía diez meses, cuando antes de cruzar Avignon y a propuesta del general Köhler, temeroso de que la multitud le linchara, se vistiese de coronel austríaco; aquella medida le humilló profundamente, por mucho que comprendiera las razones del amable general, pues el riesgo de ser liquidado antes de llegar a Fréjus era considerable; Francia, según afirmaban él y Campbell, los comisionados que le acompañaban, le achacaba la pérdida de un millón de sus hijos, y sus padres, sus hermanos, sus mujeres y en algunos casos sus propios descendientes parecían empeñados en cobrárselos—, seguro de que la inmensa mayoría de sus algo más de mil hombres le había visto así alguna vez, o más de una. No lucía condecoraciones, salvo su inseparable Legión de Honor, así como la escarapela violeta con que adornaba su también tradicional tricornio. Coronando la coreografía —su sentido de lo teatral era notable—, un sobrio redingote[79] gris, el de las grandes ocasiones. El de Austerlitz, sin ir más lejos. No podría decirse que dejar Elba fuera un acto comparable, pero invocar a los dioses nunca estaba de más.
El día empezó como de costumbre, como cualquier domingo somnoliento, el usual en los amables inviernos de Portoferraio. Los informadores que pulularan por el puerto sólo repararían en que la presencia de soldados era menor de lo usual, salvo en los alrededores de la iglesuca, donde aquel día el Emperador escuchaba la misa de mediodía en un atavío inusual. Lo que no podrían saber era que, antes de salir hacia la iglesia, se había entretenido en quemar los documentos que no quería llevarse, consciente de que Sir Neil, tras arrancarse los pocos pelos que conservaba en su noble cabeza, registraría sus residencias (i Mulini, San Martino y la Marciana Alta) en busca de algo que ofreciese pistas sobre sus planes. A eso se debía que no hubiera quemado, en aparente distracción, el borrador de una nota donde haría saber al alcalde de Génova su inminente llegada; dudaba que aquello sirviese de algo, salvo si Campbell regresaba más pronto de lo previsto y le daba por perseguirle. A él no podría darle caza, porque le sacaría una ventaja insalvable, pero sí a sus gabarras; de ahí que le tendiera ese último engaño, tan encantado de su astucia como un niño pequeño al que se le ocurre una última trastada con la que acabar de fastidiar a su inocente gobernanta.
Tras volver a palacio —así solía llamar a i Mulini, pese a sus dimensiones— convocó a los notables, que no eran muchos: el dottore Lapi, el signore Tredit, el alcalde de Portoferraio y el de Rio Montagna. También, al arcipreste y al coadjutor. Aparte de agracerles su colaboración y su hospitalidad en los nueve meses que había pasado con ellos, quería pedirles que ayudasen a las mujeres de su casa en lo que necesitasen hasta que pudiera enviar por ellas. Si todo iba bien —esto no lo dijo— lo haría desde París y como Emperador. Si no…, pues ya lo harían los ingleses.
Las tres. Hora de marchar a Porto Longone, donde su ejército habría ya comenzado a embarcar. A las siete lo harían él y su estado mayor. A las ocho, el bergantín l’Inconstant, la goleta Caroline, el aviso Saint Esprit, las gabarras l’Étoile y Saint Joseph, y las falúas l’Abeille y la Mouche, dejarían Porto Longone rumbo a Golfe-Juan, París y la Gloria.