Viena y París, domingo 22 de enero

Ni los que más detestaban al Kaiser le habrían acusado de padecer una inteligencia deslumbrante, aunque se admitía que no estaba mal dotado para divertirse. Lo que había organizado ese domingo lo atestiguaba: una procesión de treinta y dos trineos que salían del Hofburg remolcados por dos caballos cada uno —salvo el que abría marcha, que transportaba un sexteto de cuerda— para cubrir una hora de camino hasta Schönbrunn —un palacio de verano construido por la Kaiserin Maria Theresia y donde Bonaparte sentaba sus reales siempre que invadía Viena—, donde sus ciento y pico invitados, tras almorzar en una relajada intimidad, presenciarían un ballet sobre cuchillas cuyo escenario sería el mayor de los estanques helados; después regresarían flanqueados por patinadores atléticos portadores de antorchas. Abría marcha el propio Franz, tripulando su trineo con plausible habilidad; le acompañaba la Zarina, con la que hacía buena pareja; poseían un intelecto parecido y una similar preferencia por las cosas sencillas, de modo que congeniaban de un modo admirable, sobre todo cuando el indiscreto Kaiser explicaba la parte más picante de los informes Altenstieg, con cuidado de olvidar los dedicados al despreocupado Zar. Tras ellos marchaba éste, que no había elegido acompañante con criterios de reciprocidad, pues la Kaiserin Maria-Ludovika, que ponía un gran empeño en no morirse, detestaba la sola idea de mostrarse al aire libre. Al Zar no le quedó más opción que hacer sitio a la Kronprinzessin Theresia von Bayern, que aún alta, y atractiva, recordaba demasiado el aspecto de un caballo para poderle interesar. En los asientos de atrás, el König Friedrich-Wilhelm y la condesa Zichy. Tras ellos marchaban, siguiendo un implacable protocolo prelacional, los trineos de los restantes soberanos y príncipes herederos. En uno de los últimos viajaban, entre risas —era el más feliz de los treinta y dos vehículos—, el Kronprinz Ludwig, la condesa de Périgord, la duquesa D’Acerenza y el conde Clam-Martinitz; éste se ocupaba de pilotar, y con ensalzable pericia, ya que, según explicaba, guiar trineos sobre pistas congeladas era cosa que se hacía en Hrdlív desde antes de aprender a caminar. A la displicente pregunta de la condesa, «¿y qué cosa es un Hrdlív?», respondió que un pueblo de Bohemia propiedad de su familia, coronado por un castillo llamado Smcno; allí fue donde nació y tras eso dijo que si bien los Clam-Martinitz estaban asociados desde hacía generaciones al Imperio Austríaco, nunca dejarían de ser checos. Una declaración de intenciones fuera de lugar, se decía una condesa en contra de las grandilocuencias, pero con una pizca de interés; aquella gente, como los Biron, a lo largo de la historia debían de haber cambiado de señor unas cuantas veces, pero en eso acababa el parecido. Ellos seguían siendo checos, gentilicio que por si fuera poco estaba mal visto, por sugerir que preferían su áspero dialecto del polaco al alemán de la nobleza, mientras que los Biron dejaron de ser bálticos para volverse a saber qué, pues ni ella estaba segura de ser prusiana o francesa, de igual forma que Mina, en cuyas posesiones ondeaban tres o cuatro banderas —quizá no supiera cuántas—, ni era del todo austríaca, ni rusa, ni bohemia, ni polaca, ni prusiana. No dejaba de ser un signo de distinción, aunque alguna vez echaba de menos el ser de alguna parte. Sentada tras el conde aunque a la otra banda, donde no perdía de vista su policlético perfil, se preguntaba qué más cosas haría bien, además de pilotar trineos. Al tiempo reflexionaba sobre sí misma. El sexo nunca le había preocupado, pese a padecerlo desde los diecisiete años. Una mujer que con apenas veintiuno ha parido ya tres veces no debería pensar de sí misma que hasta semanas antes no sabía nada de fornicar, pero esa era la verdad. Los encuentros con su marido, cuando aún convivían, no podían ser satisfactorios, ni para ella ni para él. Eran breves, apresurados y, lo peor, obligados. Se sentían forzados, como si copular fuese algo dispuesto por una ley superior a la que ambos debían someterse, con resignación a falta de más apasionados sentimientos. En su caso por ser ésa su misión de honesta esposa, y en el de su marido para procurar que hubiese más franceses, como reclamaba l’Empereur. Lo demostraba un hecho específico: jamás se quedó a dormir con ella. Cuando se acordaba de visitarla era para despachar en un minuto una obligación que le debía resultar desagradable. No necesitaba preguntarse a qué dedicaba el resto de sus horas, pues era notorio: el conde de Périgord era un devoto de las mesas de juego y del amor mercenario, aficiones que le costaban bastante más de lo que ingresaba y que terminaron por llevar a su tío a lanzarle un ultimátum: o limitaba sus gastos o se las vería solo con sus acreedores. Ella sospechaba que si empleaba tanto tiempo y dinero en esa clase de mujeres no sólo sería por vicio, sino por hallar en sus camas lo que no encontraba en la suya. No le hacía ilusión averiguar qué cosas serían ésas para dárselas y así retenerle, pero sentía curiosidad por averiguar en qué consistirían, pensando en la posibilidad de algún día contar con un compañero que supiera valorarlas. Desdichadamente, su vida en el París imperial no le deparó la oportunidad de conocer caballeros lo bastante interesantes como para despejar sus incógnitas. Ninguno de los que transitaban en sus proximidades le interesó lo más mínimo, quizá por culpa de su tío. Su fascinación por él crecía y crecía de un modo incontenible, tanto que flotaba en cotas de adoración el día que decidió mudarse a la Rue Saint-Florentin. Hacerse con el papel de châtelaine de la gran casa fue un acto para el que se sabía bien adiestrada, pues por algo la duquesa de Courlande padecía la reputación de haber sido la más adorable castellana de todas las cortes donde se dignó establecerse, aunque tal papel, en sí mismo, no era significativo, no explicaba que asociarse a Talleyrand llegase a ser algo tan profundo. No sabría explicar cómo llegó a compartir hasta los más íntimos pensamientos de su tío. Quizá porque nunca fue un asunto sistematizado. Un día, de sobremesa, se sorprendió a sí misma comprendiendo sus complejos juicios sobre algún acontecimiento, el que fuese, al punto de formular una opinión que no debió desagradar al príncipe de la diplomacia, pues tras aquella primera ocasión hubo muchas otras, cada vez más frecuentes, más intensas y más profundas. Cada vez, también, con menos gente alrededor, hasta llegar al punto mágico en que, aún en París, ella fuera la primera persona que le viera cada mañana. Tras eso, poco a poco, surgieron sus demás rutinas cotidianas, empezando por ocuparse de su correspondencia y filtrarle las cartas de interés de la basura epistolar. A eso se debía que fuera la única mujer, en Viena, que se hallase al corriente de casi todo. Estaba convencida de que ninguna de las sesenta o más que viajaban a bordo de los trineos tenía idea de nada. Pensarían que todo era disfrute y alegría, lo que también era para ella, con la diferencia de que las otras eran simples objetos de placer y deleite, sin más. El poder, cuya primera expresión es la información, estaba en manos de los hombres. Y en las suyas.

No fue hasta Viena que su intimidad intelectual deviniera física. En París sufrían la presencia de la duquesa de Courlande, que si bien sabía mirar hacia otra parte no ponía las cosas fáciles al pasar buena parte de su tiempo en la Rue Saint-Florentin. En Viena no sucedía eso. La duquesa seguía en París, de modo que ya no se alzaba entre su tío y ella ningún impedimento para que su estrecha relación culminara en lo que acostumbran culminar las estrechas relaciones entre hombres y mujeres, incluso cuando median treinta y nueve años de diferencia. Fue algo natural, como todo entre los dos. Una noche, tras una cena para veinte, se quedaron a comentar palabras, sensaciones, reacciones y detalles, primero en el salón y después en las habitaciones de su tío, al que apetecía una camomila para terminar de procesar los acontecimientos del día y que así se vio, a su vez, procesado. Se ruborizó ligeramente al recordar que aquello sucedió por tomar ella la iniciativa. El príncipe no manifestó sorpresa. Su conocimiento del alma femenina era tan profundo que lo esperaba. Llegó así para ella el comienzo de otros fenómenos, unos intuidos y otros no. El que más de los últimos, que aquel profundo conocimiento de las mujeres brotaba de uno aún mayor de su naturaleza. El príncipe la sabía conducir a voluntad a eso que Jeannette llamaba le petite mort y que hasta entonces no era capaz de comprender, quizá porque también hasta entonces había sido incapaz de mantener con nadie una conversación sobre aquello en términos explícitos. El príncipe sabía llamar a cada cosa por su nombre, con lo cual pasó a ser el responsable de que su atrofiada sexualidad despertase al estilo del Vesubio en sus mejores días, a todas horas listo para sepultar Pompeya en un mar de fluidos y desmayos.

Aquellos episodios poseían un efecto maligno: eran como haber desfondado el gran tonel donde se ocultaban todos los que se había perdido desde que cumplió los años necesarios para disfrutar el primero. Su tío, que poseía una técnica depuradísima y una experiencia insuperable, hacía cuanto podía por rellenar el insondable abismo que con gran asombro descubría ella en su organismo, pero la naturaleza tiene sus límites; la de un hombre de sesenta con muchas cosas en la cabeza no deja excesivos recursos a la satisfacción de las sobrinas insaciables. De ahí debió venir que le mostrase lo más oculto, el remedio infalible que los curanderos aplicaban a sus pacientes para curarles las histerias y los sofocos. Un remedio sencillísimo y por demás socorrido, pero el frotarse hasta la exasperación su delicado bouton de rose sólo le servía para comprender que habría más, que necesariamente habría de haber más. Algo de una naturaleza incompatible con la mente distraída y la incapacidad de mantener por mucho tiempo el estado que los bárbaros españoles, su rey a la cabeza, llamaban «zafarrancho de combate». Algo que Karl-Joseph Clam-Martinitz debía de poseer en magnitudes considerables, y no sólo eso: era evidente que ardía en deseos de mostrárselo.

Cinco meses de vida en París le habían llevado a modificar sus costumbres. Ahora, por ejemplo, no desdeñaba cenar en algún templo de la gran cocina. Valoraba la devoción de Thornton, su cocinero desde hacía muchos años, pero no perdía oportunidad de plantarle. La única debilidad culinaria que hasta entonces se le conocía era su preferencia, en los tiempos de la Península, por la tienda de Sir Lowry Cole, cuyo cocinero, un belga que antes cuidaba los fogones de un difunto marqués émigrée, preparaba platos y condimentos a todas luces inusuales en los campamentos del ejército británico. La Tour d’Argent lo conocía por Talleyrand, dominador del supremo arte de comer bien. Cenar en el 2 de la Rue Saint-Florentin era un acto grandioso en sí mismo. Para empezar, por el exquisito recibimiento que su exótica châtelaine solía dispensar a sus invitados, haciéndoles sentirse como soberanos gracias a su peculiar sentido de la cortesía, mezcla de lo más afable de la rusa, lo más espontáneo de la báltica, lo más desenfadado de la sajona, lo más hospitalario de la vienesa, lo más formal de la prusiana y lo más refinado de la francesa. Unos invitados que a su vez solían ser interesantes, divertidos, elegantes y numerosos; Talleyrand, por lo visto, no era capaz de cenar a gusto sin veinte mortales pendientes de sus palabras. «Cenar», opinaba Wellington evocando aquellas ceremonias, era un concepto equívoco. Bacanales pantagruélicas sería más ajustado. El dios de los pucheros que ocultaba en su cocina era un genio deslumbrante, cuando menos en el incomparable arte de ofrecer los más sabrosos platos, las más sublimes salsas y los más exquisitos postres. La bodega de Talleyrand, que marchaba en consonancia, no era sin embargo responsabilidad del gran Antoine Carême. La condesa de Périgord, sutil hasta en eso, era quien se ocupaba de que sus invitados trasegaran los mejores caldos que producía no sólo Francia, sino cualquier país donde se criara un gran vino.

Talleyrand también disfrutaba la cocina mercenaria. París ofrecía numerosos lugares donde pecar contra la gula en gran estilo, y él era bien recibido en todos, ya que su fama de gourmet se remontaba tan lejos como a los tiempos en que Louis XVI los visitaba. El príncipe de Bénévent, como buen eclesiástico, sabía disfrutar las alegrías de la buena mesa. Wellington, sin llegar al mismo nivel de pasión, también ponía empeño en cenar bien. Era frecuente que con tres o cuatro acompañantes, rara vez más, se abandonara en los reservados de los grandes restaurantes. La Tour d’Argent, viejo de tres siglos y en su momento favorito de Henri IV era su preferido, no sólo por la calidad de su cocina, sino por no quejarse nadie de la presencia en los corredores de sus guardias de corps y de mantener una férrea discreción, de modo que tras dejar sobre la mesa las bandejas de los licores, el maître d’hôtel y sus camareros desaparecían sin ruido, dando así lugar a que comenzaran las conversaciones interesantes. A eso se debía que llevase allí a Miguel de Álava; no se planteó cenar en la embajada, ni por la floja calidad de su cocina ni por hacerle soportar la tediosa compañía de Kitty. Le mandó el coche a la envejecida embajada española —no desentonaba de las otrora elegantes mansiones de la Rue Mont Blanc, todas ellas conocedoras de tiempos mejores, esos en que por decisión del Primer Cónsul fue la primera calle pavimentada de París; el que por resolución real se volviese a llamar Rue de la Chaussé d’Antin, con regusto a mercenarias del amor y salteadores de caminos, no le sentaba bien— para que le trajese a la suya, presentase sus respetos a la châtelaine y, tras dejarla en las pacientes manos de Somerset y de su preñada esposa, dirigirse a una cena que le apetecía de verdad.

—Bien, ¿qué dijo Cevallos? ¿Cuál es esa misión que te ha encomendado?

—Aparte de representar a España en el VKN quiere que la represente ante ti. Piensa que tu opinión cuenta para Liverpool más que la de Castlereagh, y entiende que tenerte si no de nuestro lado, al menos no en contra, será un buen apoyo para el pobre Labrador.

Wellington se quedó en silencio, lo que a su antiguo ADC —aide-de-camp en la jerga militar británica— no le sorprendía. No le recordaba diciendo nada sin haber meditado las palabras.

—Castlereagh dice que Labrador no es un diplomático. No ha organizado un baile, ni una recepción, ni una simple cena. No asiste a ninguno, porque nadie le invita. Vive solo, sin ayudantes y sin apenas servicio. Sólo sale a misa, lo que daría pena si no diera risa. Su carácter es de una hosquedad asombrosa. No muestra una pizca de cortesía. Todo lo exige como si las naciones le debieran algo, a él o a España. Sus escritos, que son confusos e impertinentes, irritan. La consecuencia, querido amigo, es que tu país conseguirá en Viena mucho menos de lo que merece —se interrumpió unos segundos, para que su interlocutor procesara sus palabras—. ¿Cevallos te parece un tipo espabilado? —el general asintió; sabía que Wellington pensaba otra cosa, pero no por razones objetivas, porque apenas le había tratado, sino por la desconfianza en los prohombres hispanos que cuatro años de vida en la Península le habían llevado a desarrollar—. En ese caso proponle venirte a Viena conmigo, hasta que nazca el VKN. Si lo haces, asegúrale que tendrás todo mi respaldo. Si no es idiota, te dirá que sí.

—No sabía que te fueras a Viena.

—Es que no habíamos llegado ahí. Liverpool quiere que releve a Castlereagh, porque le necesita para calmar a nuestros levantiscos MPs.[58] Quizá piense también que conmigo ganaremos velocidad. Yo no soy tan optimista, porque hay tantísimos intereses encontrados, y son tan colosales los egos contendientes, empezando por Alexander, siguiendo con Metternich y acabando en Talleyrand, que por mucho empeño que pueda poner no habrá forma de ganar un solo día, pero, como bien sabes, a un primer ministro jamás se le debe decir que no, salvo si aceptas que nunca más podrás decirle nada. Por otra parte, irme de aquí no me aflige. Gracias a Louis y su asombroso gobierno París se ha transformado en una ciudad excelente para marcharse. De seguir así las cosas cualquier día estalla otra revolución, y si algo es propio de los populachos es no respetar la inviolabilidad de las embajadas. No me gustaría ver lo que vio Walsingham,[59] ni vivir otra toma de la Bastilla, y todavía menos contemplar en el Faubourg Saint Honoré, frente a las ventanas de la mía, una procesión de testas nobles clavadas en picas, pudiera ser que con la de Blacas encabezando la compaña. Supongo que sabes lo que sucedió con la princesa de Lamballe —no lo sabía, pero prefirió que no se lo explicaran—; no me asombraría que con la duquesa D’Angoulême algunos deseen hacer lo mismo. No lo pienso yo solo, por cierto. También lo hace Fouché. A mi entender es razón suficiente para estar encantado con salir para Viena, y te recomendaría que hicieras lo mismo. Ser extranjero, aquí, no es saludable.

—Ya me gustaría, pero Fernando no accederá. Labrador es el que tiene su confianza, lo que no deja de ser lógico. Él no pide competencia ni profesionalidad. Sólo quiere obediencia ciega. Sin eso no se fía de nadie, y a mí me acaba de tener mes y pico a la sombra por eso mismo, porque no se fía. Escribiré a Cevallos, por supuesto, aunque doy por hecho que dirá que no.

—En ese caso, ve a Bruselas. No sólo porque un día u otro deberás presentar tus credenciales, sino porque se ha vuelto una ciudad interesante. Los indígenas son pacíficos y pragmáticos, además de duchos en invasiones. Por allí habéis pasado vosotros, los austríacos, los franceses, los prusianos y, estos días, nosotros y los holandeses. A todos nos atienden con gran cortesía, ofreciéndonos su extraordinaria cultura y vendiéndonos todo lo que antes nos han robado. Bruselas es irresistible para cierta fracción de nuestros aristócratas, la empeñada en mantener un tren de vida incompatible con sus ingresos. El mejor ejemplo es el duque de Richmond, para quien mañana te prepararé una carta de presentación; es algo así como el jefe de la colonia, si no por otra cosa porque ir a verle suele ser lo primero que hacen los ingleses cuando se mudan allí. Ten en cuenta, Miguel, que llevamos veinte años encerrados en nuestras islas. Yo no, claro, y los demás que conoces tampoco, pero es porque vivimos de la guerra. Son muchos los que desean abrir casa en Europa. Bruselas es una opción muy atractiva: cerca de Inglaterra, costes bajos, servicio abundante y seguridad británica. Ya ves, un paraíso. Para redondear sus maravillas, ahí sienta sus reales nuestro querido Slender Billy,[60] para el mundo Prins van Oranje-Nassau —Álava sonrió al evocar su divertido compañero de juergas en numerosos tugurios y no pocos burdeles—. Allí encontrarás, además, cantidad de camaradas de la Península, con Graham a la cabeza. Sí, el que mandaba el ala izquierda el día de Vitoria. Dada la cantidad de gente que deberás tratar, y dado que yo me largo, no creo que ni Cevallos ni Fernando te dejen aquí. Por si acaso, no sea que sigan haciendo el idiota, como acostumbran, diles que, según una confidencia muy secreta, es probable que yo, una vez concluya en Viena, salga para Bruselas con misión de amamantar a Willem y a su cachorro, impedir que cometan demasiadas atrocidades y, en general, hacer que se comporten con acuerdo a lo que Inglaterra espera de los dos.

—¿Seguro que Bruselas será la capital? Es que Cevallos apuesta por La Haya.

—Sigue sin dar una. Según las tradiciones holandesas, Amsterdam es donde fija su residencia el rey y La Haya donde lo hace su Parlamento. Del gobierno nadie ha escrito nada. De ahí que Willem, a sugerencia mía, piense llevarlo a Bruselas. Así dejará contentos a todos. Necesitará esforzarse más para que los valones y los flamencos acepten un rey holandés y unas leyes que van a ser las holandesas, aunque no será un mal principio. Billy, ya te dije, allí se lo pasa en grande. Dice que tiene muchas ganas de verme. Será porque Graham le incomoda. En la Península no estaban mal, ¿verdad?

Álava compuso un gesto de ignorancia. Billy solía ser amigable, pero de ADC. En Bruselas era el príncipe de la Corona y el comandante supremo de los ejércitos nacionales. Su tiempo de aguantar niñeras habría quedado atrás, sobre todo si eran tan plúmbeas como Sir Thomas Graham.

—Por lo que cuentas de Bruselas, entiendo que será difícil conseguir casa.

—Difícil y caro. Son más baratas que las de Londres, pero la llegada masiva de británicos ha disparado los precios. Lo sé por los Richmond. Tardaron en decidirse a emigrar, y cuando lo hicieron ya no quedaban gangas. La duquesa está disgustadísima. Se ha tenido que conformar con un chamizo donde viven amontonados, porque no tiene más que veinte habitaciones. Por si fuera poco, no está en el centro sino en una calle tenebrosa, la Rue de la Blanchisserie, muy por fuera de donde patrullan los chicos de Graham. Pensando en eso he aceptado una invitación que de no ser por ti habría dejado correr —el embajador se limitó a elevar las cejas; bien sabía que, cuando Wellington estaba tan locuaz, el papel de sus interlocutores debía ser silencioso—; sucede que aquí en París la buena sociedad padece una docena de salons littéraires, a cual más temible. Un salon, en la jerga local, es una casa donde recibe una salonnière ansiosa de brillar en sociedad y donde acuden damas y caballeros seleccionados con esmero. Se supone que ser asiduo a uno de prestigio habla bien de los que se dejan ver ahí, ya que se acude, fundamentalmente, para ser visto. El problema es que, al haber tantos, los individuos más de moda se ven forzados a elegir a cuál salonnière prefieren honrar, pues ni los más hábiles son capaces de aparecer en dos a la vez. Lo más, lo más, es posible pasar primero por uno y después por otro, pero incluso eso es arriesgado, así que ha terminado por establecerse una especie de ranking, y los que nos vemos más acosados solemos fiarnos de la última ponderación, qué remedio nos queda. Hoy por hoy los más cotizados son el de Juliette de Récamier, el de la condesa de Boigne y el de la duquesa de Duras. El que visitaremos esta noche no está bien clasificado. Es porque la salonnière está mal vista, pese a dar muy buen champagne. Rara vez consigue que acuda gente notoria. Es una injusticia, porque se trata de una dama encantadora, pero la buena sociedad de París se rige por unas reglas difíciles de comprender, y ella, según parece, las ha quebrantado todas.

—¿Quién es? ¿Debería saberlo?

—Quizá, porque nació española. Es francesa desde los catorce. Hoy anda por los cuarenta, y con un historial extraordinario, pero no temas, que no voy a contártelo. Te bastará saber que desde hace doce años es condesa de Caraman y princesa de Chimay, y que se lleva bien con su marido, tanto como para estar cerca de alumbrar el tercero de sus hijos. Cuando digo sus intento expresar que de sus anteriores parejas, santificadas o no, tiene… —contaba con los dedos, componiendo una expresión tan simpática que nadie le habría reconocido— diría yo que seis más. O todavía seis, porque uno, el mayor, estos días se le anda muriendo. La princesa de Chimay, que así es como firma, lleva muy a mal que la buena sociedad del Faubourg Saint Germain, la nobleza más vieja y más rancia, no le perdone ni su pasado revolucionario ni la pasmosa colección de caballeros que han pasado por su cama. Los intelectuales y los artistas marchan aquí, como en todas partes, al rebufo de los nobles y los grandes burgueses, así que tampoco se dejan ver en su salón. La pobre viene a ser un alma en pena, y lo asombroso es que tanto ella como su marido están podridos de dinero, y sus títulos son de los buenos, tan antiguos como para que ya hubiera príncipes de Chimay cuando Charlemagne atormentaba Europa. De ahí que se haya emocionado al saber que pasaríamos por su salón, y aún le habrá ilusionado más que Germaine de Staël, la bruja cuya presencia más se cotiza, le haya hecho saber que también irá, flanqueada por la Récamier y por los más excelsos pelmazos de la ciudad, Constant y Chateaubriand, que a su vez remolcarán unos cuantos pedantes más. Nos vamos a encontrar, entre otros, con los embajadores Von der Goltz y Pozzo di Borgo, el duque de Doudeauville, el Maréchal MacDonald, el duque de Montmorency-Laval, el barón Gérard, que es el mejor retratista del país, y François Talma, el más eximio de los actores eximios. Ya ves, Miguel: de un plumazo no sólo conseguirás casa en Bruselas, sino que vas a conocer a lo mejorcito de París. A lo que más de moda está.

—Perdona, pero no acabo de ver qué relación hay entre la casa y la princesa.

—Es que tiene una en Bruselas y la quiere alquilar. Sí, verás: en agosto del año pasado marché de Londres a París, aunque no por el camino más corto, sino por Bergen-op-Zoom, Amberes y Bruselas. Me acompañaban tres coroneles que seguro recuerdas, Carmichael-Smith, Chapman y Pasley. Pasamos unos días revisando fortificaciones en Amberes, planes defensivos con Graham y medidas organizativas con Billy, en previsión de que a Louis le saquen a patadas de Les Tuileries, venga otra Convención y volvamos a empezar. De ahí que diera un vistazo a los escenarios del 93 y del 94; por cierto, encontré una línea buenísima quince millas al sur de Bruselas, pero esa es otra historia. Tras eso marchamos a París, aunque nos detuvimos en el château de Chimay, veinte millas al sur de Charleroi. La castellana, que como habrás adivinado es nuestra princesa, nos esperaba. Su marido y ella suelen vivir allí, por el vacío que les hacen. Mantienen una especie de corte campestre; un músico de cierta notoriedad, un par de pintores, algún escritor…, ya sabes: parásitos. En algún momento la princesa dejó caer que tenía una casa en Bruselas y que andaba dando vueltas a la idea de alquilarla. Le hablé de los Richmond y de su congoja por vivir en la Rue de la Blanchisserie, pero no se inmutó; según supe después, la duquesa le hizo un feo semanas antes, y ella, que como buena española es muy rencorosa, se la tiene jurada. Su idea era esperar a que comenzaran a venir embajadores, ya que pagan por adelantado —Álava tomó nota; Wellington jamás daba puntada sin hilo—; también, porque las recepciones de las embajadas son los actos de mayor trascendencia social tras las que organizan los soberanos, y debe de suponer que ningún embajador sensato se olvidaría de su casera.

—¿A qué se debe que le hagan el vacío? Si sus títulos son tan buenos, ¿por qué la ningunean?

—La explicación es larga —el duque parecía dudar—, pero aún tenemos tiempo. Remóntate a 1789. Los Estados Generales, la toma de la Bastilla y el inicio de los disparates que algún imbécil dio en llamar Revolución Francesa. ¿Por dónde andabas tú, entonces?

—En Cádiz. Era un guardiamarina de diecisiete añitos. Sin la menor idea de nada.

His Grace también era muy joven, por entonces. Fue a primeros de aquel 1789 cuando se licenciara en la escuela de caballería de Angers. Por entonces, lo recordaba con tristeza, estaba tan enamorado de Kitty Pakenham que cada noche le sangraba el corazón al evocarla. Esa misma Kitty que tan a duras penas soportaba y de la que con sincero alivio se libraría en cuanto saliese para Viena.

—En el París del 89 andaban casi todos los que después se harían un nombre. Sólo Robespierre aún seguía en su pueblo. Bueno, y Bonaparte. Los demás…, Mirabeau, Tallien, Talleyrand, Lafayette, Barras, Fouché, Marat, Danton…, todos, sin dejar uno, ya infectaban esta desventurada ciudad. También estaban ellas, las tres gracias: Rose de Beauharnais, la marquesa de Fontenay y Juliette de Récamier. A juicio de la mayoría, cuando menos la que años después seguía en situación de opinar, eran las más bellas, las más distinguidas, las más interesantes y las más pendones. Algunos piensan que había una cuarta gracia, la baronesa Staël-Holstein, aunque no por ser una preciosidad, sino por padecer un cerebro comparable al de Bonaparte o al de Talleyrand. En realidad, y según Fouché, más que una cuarta gracia fue una musa. Mejor aún: La Musa de la Revolución. ¿Te sonaban?

—Vagamente. Lo poco que Godoy dejaba publicar no tocaba la vertiente frívola. Si he de ser sincero, la única que me dice algo es la Beauharnais, si es la misma que acabó siendo Madame Bonaparte, aunque me parece recordar que se llamaba Joséphine, ¿no?

—No. La bautizaron Marie-Josèphe-Rose, aunque para todo el mundo era Rose; sus íntimos la llamaban Yeyette, pero eso a Bonaparte le descomponía. La primera medida que tomó tras convertirla en su santa esposa fue borrar su pasado, empezando por disponer que se la llamara Joséphine. Era una catarsis, un imponer que su dama y generala jamás fue un putón verbenero —sonrieron; al duque le gustaba dejar caer, con su más afectado acento de clase alta británica y en las escasas ocasiones en que su severo gusto social lo encontraba oportuno, alguna de las brutales expresiones que cuando estaban en campaña solía exclamar el más exótico de sus ADC—. Un tipo curioso, Boney. Según dice, La historia no depende de los hechos acaecidos, sino de cómo y quién los cuente.

Se aclaraba la voz con un trago de borgoña, y al tiempo aprovechaba para poner a punto el siguiente aluvión. También había cambiado su veloz y un tanto ceceante inglés por su peculiar francés bruselense, mucho más reposado.

—No sé si alguna vez has estudiado la Revolución del 89 como un hecho histórico rutinario, con sus fechas, sus nombres y sus acontecimientos enumerados en forma estructurada —el general denegó con la cabeza; su conocimiento del último cuarto de siglo era un tanto provinciano—. En ese caso te vendrá bien un preámbulo —según hablaba escanciaba en las respectivas copas lo que aún quedaba de borgoña—. En el 89 comienzan los desórdenes. Meses después llega la Convención, o el Caos, que concluye a mediados del 94 y con ella su peculiar forma de gobernar a mano alzada. Los últimos once meses fueron el Terror. En ellos, explica Fouché, dieciocho mil individuos pasaron por la louisette; él lo sabe bien porque fue de los más señalados en conseguir que Louis XVI fuese liberado de su cabeza, y gracias a eso tiene hoy tantos problemas con sus hermanos XVIII y D’Artois; también se le imputa el haber establecido un ente siniestro llamado Comité de Salut Public donde Robespierre y unos cuantos más se hicieron un nombre mandando guillotinar gente; les bastaron once meses para cargarse a esos 18.000 que dice Fouché, pero las locuras acaban, un día u otro, y al tal Robespierre le aplicaron su propia medicina en junio del 94. Tras el Terror vino el Directorio, institución que resiste hasta finales del 99, cuando Boney da un coup d’état y establece la dictadura que llamó Consulado. El Imperio, que data de 1804, sólo fue su continuación coronada. Su fin, en abril hará un año, señala el de los veinticinco que duró el condenado asunto. Bueno, es lo que ahora se piensa. Ya te dije que no me asombraría que dentro de unos días empiece todo de nuevo, pero ésa será otra historia. ¿Te centras? —el embajador asintió—. En 1789 tres de nuestras amigas ya estaban en París. A la musa, née Necker y baronesa Staël-Holstein por matrimonio, e hija de un ministro de Louis XVI, se la veía en los círculos progresistas y sus opiniones alcanzaban cierta consideración, pese al escaso valor que las sociedades sensatas conceden a lo que dicen las mujeres. A pesar de su sexo, la Staël es inteligente; a eso quizá se deba que no sea una belleza, porque la naturaleza rara vez concede ambos dones a una misma mujer, aunque puedo asegurarte que no estuvo mal del todo. Talleyrand dejó caer una vez que una siesta con ella era más interesante que hablar de política con ella. Por cierto, ¿le conoces?

—Me parece que coincidimos en Bayona, cuando el rey José despeñó la constitución de Boney, pero no estoy seguro. En aquellos tiempos me costaba distinguir un francés de otro.

El duque asintió. La empatía no era su peor defecto, pero aun así entendía que sus interlocutores, alguna vez, tenían derecho a no saber de qué o de quién les hablaba.

—La Beauharnais era la ex esposa criolla de un general regresado del Caribe. Había unanimidad en que poseía un rostro agraciado y una silueta magnífica, si bien extrañaba que hablara tan poco, lo cual se disipaba cuando se veía qué ocultaba tras una sonrisa de Gioconda que no se le caía de la cara. Yo no la conocí, pese a que aún vivía cuando pasé por aquí, pero es notorio que tenía los dientes negros —Álava sabía que hablar de dentaduras no era de las aficiones favoritas de Wellington, pues padecía una piorrea tan acusada que casi no le quedaban muelas—. Era de moral despreocupada, pero no mucho más que casi todas en aquellos duros tiempos. Thérèse de Fontenay sí que iba más allá, porque su marido sentía por ella tal desinterés que ni se ocupaba de saber con quién se consolaba. Thérèse, hoy princesa y a quien conocerás dentro de un rato, llegó a París con catorce añitos, oficialmente a mejorar su educación, pues era hija de un conde francés y una española que le atrapó al vuelo. Mademoiselle Cabarus, que así se llamaba, causó sensación nada más dejarse ver. Según explica Talleyrand, que fue de los primeros en catarla, era bastante alta, de silueta situada más allá del pecado mortal y dueña de unas facciones, unos ojos y un cabello de veras exquisitos. La casaron a los dieciséis contra un perfecto imbécil, un tal Jean-Jacques Devin de Fontenay, el cual dejó de hacerle caso nada más preñarla; Thérèse no esperó a recuperarse del parto para empezar a consolarse, como era lo normal. Pese a su barriga era la jovencita de moda, y pronto demostró que sabía sacar partido de sí misma. No era culta, pero sí despierta, y muy astuta, cosa que a menudo vale más que una inteligencia sutil aunque desprovista de sentido práctico. Sobre todo si se posee un cuerpo como el que tenía entonces y se dominan las artes de alcoba como se dice que las dominaba ella.

El duque sonreía con malignidad, acompañado del embajador, que hacía lo mismo.

—La más joven, Madame Récamier, no llegó de Lyon hasta 1794. Tenía diecisiete años, llevaba dos casada y padecía un incontenible deseo de triunfar. Su marido era un banquero cincuentón, aunque a diferencia de lo usual sí se preocupaba de su mujer. No en el plano bíblico, pues su matrimonio era blanco, pero sí de su bienestar, porque no le regateaba un capricho, al punto que le compró un hôtel particulier frente a donde tienes tu embajada, y así su señora pudo dedicarse a lo que más ambicionaba: ser una Julie de Lespinasse; le faltaba un D’Alembert, pero en los tiempos del Directorio se podía pasar sin eso si a cambio contabas con suficientes incroyables. Fíjate cómo lo haría de bien que han pasado veinte años desde que abriera su salon y aún es el más renombrado de París. Así era, en fin, cómo estaban las cosas cuando empezaron los festejos del 89. Poco a poco el ambiente pasó de la explicable alegría de los primeros días a la desazón de ver rodar muchas cabezas. Germaine apenas tuvo problemas, por ser notorio que pese a ser hija de un antiguo ministro era muy republicana, pero tanto Rose como Thérèse lo pasaron fatal. La primera no ya se quedó sin ex marido, decapitado como tantos otros generales, sino que anduvo cerca de lo mismo. La segunda prefirió divorciarse y así escapar del patán de su señor y de su título de marquesa, pero le salió mal y acabó en la prisión de Carmes, donde se amontonaban las hors-la-loi en espera de la louisette. Ya estaban ambas en capilla cuando un amante de Thérèse, Jean-Lambert Tallien, cabecilla de la Convención y abanderado del Terror, se volvió contra Robespierre y consiguió que le guillotinasen. Tras eso las cárceles se vaciaron y así las dos salieron a la calle, tan amigas, tan felices y cogiditas del brazo. Thérèse, por cierto, al mes ascendió a Madame Tallien. Los tiempos, querido Miguel, no eran los mejores para decir que no a un tipo que lo mismo te libraba de la guillotina que te hacía pasar por ella.

His Grace hizo una pausa. No era la primera vez que contaba todo aquello. En los últimos tiempos se le planteaban frecuentes oportunidades de relatar no sólo sus campañas, sino la brumosa historia de la Revolución y la muy picante de su vertiente frívola. Desde un punto de vista histórico la última quizá no fuese aleccionadora, pero el plano social, el de conseguir que un público en su mayoría femenino babease con sus palabras, era el que de verdad le interesaba. De ahí venía que se sintiera tan agradecido a Talleyrand, por la exquisitez con que le había enseñado a explicarla.

—Al término del Terror la vida parisina sufrió un fenómeno parecido al de una botella de champagne cuando, tras ser agitada, se descorcha. Lo que había sido pánico y angustia se transformó en una explosión de alegría, de cantar, de reír, de bailar y, en general, de divertirse. Los chicos del Directorio, Barras, Carnot, Reubell, Tourneur y La Révellière, entendían que París necesitaba un baño de frivolidad, y se lo dieron. Las ropas de las mujeres cambiaron de la noche a la mañana. Lo que antes era severidad republicana se convirtió en exhibicionismo libertario, de modo que las más seguras de sí mismas comenzaron a mostrarse prácticamente desnudas. A la cabeza de todas ellas se situó la Tallien, que gracias a su boda con Jean-Lambert se relacionaba de la manera más cordial, y se murmura que más íntima, con la cúpula revolucionaria, en especial con Paul-François Barras, el más influyente. Su amiga Rose, que andaba fatal de dinero, no tardó en unírsele, de modo que comenzaron a ser vistas en una tan adorable asociación que de ningún modo podía ser excluida del ombligo de la buena sociedad, el salón de la Récamier, donde reinaban la propietaria y su invitada contumaz, la Staël. No eran los únicos de París, aclaro. Los había muy celebrados, como los de Madame Thélusson y la condesa de Genlis, pero el glamour del de Juliette no tenía igual, como no lo tiene hoy. Siempre supo ser neutral, por mucho que a su alrededor era posible oír toda clase de barbaridades. Gracias a eso, y a que su marido era un desconocido con dinero, no tuvo problemas con el Directorio, de forma que aún en los peores días de Barras «recibía» con normalidad. Hasta finales del 99, cualquier conocedor del Olimpo donde moraban los elegidos, unos cuantos cientos de patanes conocidos por incroyables y otras tantas golfas apodadas merveilleuses, tenía tres noches por semana la oportunidad de adorar a las cuatro principales, unas veces en el salón de la Récamier, otras en el de la Staël y las demás en el de Thérèse, las cuatro al tiempo y sin dejar a los incroyables más interesantes que buscaran otros lugares de ver y ser vistos. No por eso eran las mejores amigas del mundo. Rose lo era de Thérèse como Juliette de Germaine, sin diagonales. Se apoyaban unas a otras, eso era todo. El Directorio, de 1794 a 1799, fue un tiempo idílico, de fiesta en fiesta y de juerga en juerga. También lo fue, aunque no de un modo tan desenfrenado, para el que con el tiempo acabaría con todo: el buen Boney.

—Ahí sí sé algo: se prendó de Rose-Joséphine y se casó con ella, ¿no?

—Pues no. Se prendó, y según Fouché hasta la locura, de Thérèse, que por entonces ya no estaba con Tallien. En esos tiempos era propiedad de Barras, igual que Rose. Eso, para él, no era impedimento; su asociación con Barras era más importante para éste que una o dos de sus queridas, así que le hizo ver que podía llevarse la que quisiera. Él sólo pensaba en la Tallien, pero ella, que le sacaba media cabeza, le trataba con alguna condescendencia, la de llamarle, no está claro que con cariño, mon petit gringalet. Se da por seguro que compartieron sofá una temporada, pero Boney no se acababa de sentir seguro con una mujer tan grande, y tan indómita, porque Thérèse, ya la conocerás, se las trae, de modo que bajó la mira y enfocó a Rose, más accesible, más dulce y más tonta. Influyó también, o eso creo, que la Tallien andaba un poco embarazada, no sé si del propio Tallien o de Barras, o de a saber quién, lo que quizás enfriara los pacatos ardores de Boney; por cierto, aún no era nadie, lo que debió de influir en que Thérèse se lo sacudiera como a un piojo. Su historial sólo señalaba una conducta distinguida en el sitio de Toulon y haber dispersado a cañonazos unos cuantos sansculottes, haciendo así saber que los tiempos de colgar princesas de las farolas habían terminado. Era imposible adivinar que un tipo tan insignificante acabaría siendo lo que fue, así que no tiene nada de raro que la Tallien se confundiera. Rose debía de ser más lista, o estaba mejor aconsejada, porque le aceptó. Le puso unos cuernos horrorosos, por supuesto, aunque sólo hasta el 18 Brumario. Ya sabes, el golpe de noviembre del año 99. Bonaparte se coronó Primer Cónsul y de la noche a la mañana los franceses aprendieron que Yeyette se llamaba Joséphine, y apañado iba el que no se diera por enterado.

Álava sonrió, admirado. No por la historia, sino por lo mucho que había cambiado el relator. Ni siquiera sospechaba que Wellington pudiera sentir interés por el anecdotario mundano.

—Thérèse, a su vez, había dejado a Barras. Al ver que se hundía se lió con Gabriel Ouvrard, un especulador que prosperaba sobornando a todo el mundo. Thérèse seguía siendo la mejor amiga de Rose, al punto de ser su madrina cuando se casó con Boney. Éste, al poco de volverse dictador, suprimió la ligereza. Impuso un puritanismo de lo más rancio, entre Cromwell y Tertuliano, a consecuencia del cual, por ejemplo, Talleyrand hubo de casarse con la cocotte que le hacía de châtelaine. En la órbita de Napoleón, primero la consular y luego la imperial, los comportamientos desvergonzados eran objeto de anatema y exclusión. Ahí comenzó su fin, pues la vulgaridad intelectual que se abatió sobre su corte dio lugar a que las grandes mentes, las que contribuyeron a encumbrarle, se marcharan. Talleyrand fue de los primeros; tras él, muchos más, no tan notorios aunque sí muy valiosos. Boney no podía saber, porque nunca fue un demócrata, que los regímenes políticos necesitan una válvula de seguridad por donde se amortigüe la presión social. La nuestra es el sentido del humor, y todavía nos funciona. La del Directorio corría por cuenta de personajes como Germaine en su calidad de adorada principal en todos los salones, con Talleyrand unas veces admirando y otras dejándose admirar, pero Bonaparte y Savary, su segundo ministro de la Policía, no advirtieron su gran utilidad. A finales de 1803 cerraron el salón de la Récamier, tras hacer lo mismo con el de Thérèse y el de Germaine, casi las únicas que por entonces aún podían recibir. Juliette, además, estaba mal vista, por haberse negado a ser dame de compagnie de Joséphine, a la cual, por si fuera poco, jamás dejó de llamar Rose. Ya ves, no era cobarde. Lo malo para su marido fue que Bonaparte le pasó unas facturas tan colosales que acabó por declarar la bancarrota, lo que dio lugar a que malvendieran su hôtel de la Rue Mont Blanc y se fueran a vivir a una chabolilla de la Balse du Rempart, aunque dentro de lo que cabe tuvieron suerte. Boney encarcelaba, desterraba y arruinaba, pero rara vez mataba.

Paul Barras, miembro más influyente del Directorio

Wellington casi lamentaba que la historia llegase a su fin. Le divertía explicarla.

—Bajo el Consulado primero y el Imperio después, las tres gracias se redujeron a dos, pues Rose no volvió a exhibirse, y luego a una, cuando Thérèse, expulsada de la corte y deseosa de librarse de un Ouvrard al que había sacado hasta el hígado, atrapó al vuelo un conde de provincias y se dedicó a una vida idílico-bucólica, pariendo un Riquet tras otro. Las otras también desaparecieron, Germaine porque Boney la desterró y Juliette porque se le puso a tiro un tipo que le interesó como tal y no como fenómeno social, un tal August von Preußen. Germaine le hizo de alcahueta en su château de Coppet, para luego fugarse a Viena y de ahí a lugares más seguros, no fuera que Boney le hiciera lo mismo que a D’Enghien. Juliette, que no consiguió entenderse con su adorador, acabó en Roma, lo bastante lejos de París como para que Savary la dejara en paz. Así, exiliadas, siguieron hasta la primavera pasada, Thérèse en su château de Chimay, Germaine en Londres y la Récamier en Roma, pero nada más saber que ya no había Bonaparte regresaron tan ansiosas de triunfar como en sus mejores tiempos. Te imagino deseoso de conocerlas —el embajador asintió, entusiasta—. Pues andando.

La casa 18 de la Rue de Babylone merecía por tamaño la consideración de hôtel particulier. Por belleza, no. Cuando Gabriel-Julien Ouvrard la compró en 1800 para su amante más notoria sus fondos atravesaban una crisis, pues aún no daba con la clave para sobornar a los hombres del Primer Cónsul. A eso se debía que fuese horrible, si bien esto pasaba desapercibido ante su decoración interior: requería que se amase profundamente a su dueña para no espantarse ante su contemplación, lo que debía de ser el caso de François-Joseph de Riquet, conde de Caraman y príncipe de Chimay.

La princesa resplandecía. Su salon jamás había presentado el aspecto de aquella noche, con dos ministros, tres millonarios, cuatro embajadores y una nutrida representación de la crème de la nobleza, la política, las artes y la intelectualidad. No debía de ser idiota, se decía el general Álava valorando las atenciones que reservaba para su invitado principal; debía de intuir que si su casa rebosaba era gracias a la capacidad de convocatoria de Lord Wellington. Éste, realmente, sólo había tirado de las tres o cuatro cerezas más gordas, las cuales ya se ocuparían de arrastrar a las demás. La radiante salonnière debía de ser consciente del gran favor que le hacía el Lord, pues aceptó encantada un breve aparte con su amigo el embajador español, para determinar cuándo podrían verse para tratar de casas y alquileres. A continuación, y quizá tras decirse «misión cumplida», el majestuoso feldmarschall pasó a ocuparse de su interés principal, que a los divertidos ojos de Álava era poner sitio a la inexpugnable Juliette. No pudo ver cómo lo hacía, pues la princesa le llevaba en volandas de un corro a otro corro, presentándole a las innumerables celebridades que infectaban el lugar, con lo cual pronto tuvo claro que le aguardaba un penoso esfuerzo de archivar quién era quién. Las docenas de rostros se le confundían en la memoria, salvo en todo caso el de la inquisitiva Germaine de Staël, el de la indiferente Juliette de Récamier y el de la escotadísima Aglaé Ney. Como debut en lo más duro de la vida diplomática no estaba mal, se decía preguntándose cómo habría podido arribar a ese proceloso mar de no ser conducido por Wellington, quien parecía no ya conocer a todo el mundo, sino ejercer un colosal ascendiente sobre aquella distinguida fracción de la especie humana.

Madame la Maréchala Aglaé Ney

Un buen rato después ya operaba por su cuenta, tras habérsele desabarloado la princesa, quien, con muchos invitados que atender, se dedicaba por entonces a inspeccionar los grupos que se formaban alrededor de los notorios, pendiente de que todo el mundo se sintiera en su salsa. Él, por su parte, se dejaba deslizar de un corrillo a otro para ser interrogado más o menos delicadamente; lo hacía sin impacientarse, consciente de que aquel era el peaje que debía pagar como buen recién llegado. Resistía la prueba con naval entereza cuando una súbita redistribución de las fuerzas en presencia le hizo ver que llegaba lo peor, la lectura de La Primicia Literaria. La protagonizaba un tal François-René de Chateaubriand; Wellington le conocía desde sus tiempos en la escuela de Angers, según le dijo al explicarle, de camino al lugar, cuál era el pretexto de la velada. Le vio avanzar hacia el centro de la gran estancia con unas cuartillas en la mano. En ellas se agazapaban las primeras palabras de un horror que, según explicaría, se titulaba El último de los Abencerrajes. El ser algo duro de oído le impedía comprender el sentido de la obra, si bien captó la idea de que transcurría en un ambiente de moros granadinos preocupados, lo cual le llevó a temer un verse acorralado por el autor cuando acabara de balar, en demanda de información con la que aderezar el engendro. No sucedió, porque buena parte de la hipnotizada multitud, una vez terminada la lectura, se arremolinaba en derredor del enfatuado individuo, aunque no descartaba que terminara por suceder, pues la sutil deriva de los corrillos, obedeciendo a una no formulada ley física en la que decía trabajar un agradable Gaspard-Gustave de Coriolis que se aburría tanto como él, parecía empujarle hacia su posición.

François-René de Chateaubriand, por Girodet-Trioson

Se tranquilizó al ver surgir de la nada un arpa de buen tamaño. Wellington no le había explicado que la baronesa Staël-Holstein poseía más dones que una inteligencia deslumbrante, una lengua como la daga de Micheletto y un tafanario de concurso. Por lo visto sabía de música, lo que no debía ser una sorpresa, pues el gentío se recolocaba en su derredor, pendiente de la majestuosa forma en que cobijaba el instrumento entre sus robustos muslos. La flanqueaban cuatro damas que si no fallaba su memoria eran la condesa de Gothland, la marquesa de Castellane y las señoras de Moreau y de Béranguer, las cuales, cuando le fueron presentadas, lucían una expresión inquietante, como si se preguntaran cómo de tiernas tendría las criadillas le petit ambassadeur espagnol. Su papel en lo que se avecinaba debía de ser de coro, pues la primera voz era evidente que sería la salonnière, a la sazón abarloándose a los fornidos hombros Staël-Holstein. Quizá sucediera que la princesa de Chimay se retiraba para dejar paso a Thérèse Tallien, siquiera mientras entonaba la melancólica Sur les bords de la Loire. No le costaba imaginar a la princesa y a la baronesa, veinte años y varias arrobas menos, haciendo lo mismo en aquel salón de Madame Récamier que tan bien le describiera un duque de Wellington concentrado en el agradable perfil de la Gracia más joven.

La belle se promène, au fond de son jardin,

Au fond de son jardin, sur les bords de la Loire,

Au fond de son jardin, sur les bords du ruisseau

La princesa poseía una cálida voz de soubrette; a los agudos no llegaba, pero aprendió a compensarlo en los tiempos revolucionarios, cuando para cabrear a Fontenay se arrancaba con el Ah! Ça Ira!, según explicara Wellington mientras aproaban a la Rue de Babylone una vez dejaron atrás el Quay de la Tournelle. Thérèse Devin de Fontenay, que así se llamaba para El Señor, pues la Iglesia no se apeaba de que mientras viviera el marqués ella no podría ser condesa de Caraman ni princesa de Chimay —según Wellington, su boda con Riquet en la iglesia de las Misiones Extranjeras no sólo fue religiosa, sino que la ofició un amable cardenal Bellay sobornado por Talleyrand por cuenta de la Tallien y sin duda que haciéndose con algo, pues l’Évêque d’Autun jamás gestionaba gratis; todo habría salido bien si los parientes de Riquet no hubieran denunciado el asunto ante la Santa Sede, la cual dictaminó contra la indignada princesa; de haber Napoleón terciado en su favor el Papa se habría puesto en primer tiempo de saludo, como hacen los Papas cuando les hablan dictadores, pero, siendo notorio lo que Boney pensaba de la Tallien, Pío VII se inclinó por el canon de malvistos—, sabía desde siempre, desde cuando sólo era una vivaracha niña de Carabanchel, que su voz quizá no fuera la indicada para una Contessa d’Almaviva, pero no le importaba. Le bastaba para cantar en su salón.

Wellington había establecido tráfico verbal con una Juliette de Récamier que no le miraba como tantas veces lo hizo la señora de Quintana. Un fenómeno inhabitual en su historial, cuando menos desde que comenzó a ser duque, se decía Monsieur D’Alava con íntima ironía. Le parecía entender a qué se debía la gran cantidad de datos que su amigo poseía sobre la bellísima Juliette, aunque también era verdad que quizá no resistiera su contemplación a plena luz del día y tras haberla zambullido en un barreño. Lo que mostraba en las esquinas de sus no muy grandes ojos eran patas de gallo, quizás incipientes aunque tan patas y tan de gallo como las que ya lucía la santa de Loreto, Dios la bendijese. Le había contado, casi llegando a la Rue de Babylone, que la economía de la Récamier mejoró unos meses antes, en parte por haber recibido la herencia de su madre, medio millón de francos, y en parte porque su marido-padre parecía reponerse de la última de sus quiebras. Aún no había regresado a su estatus más brillante, aquel de ofrecer magníficas fiestas y aún mejores cenas, aunque sí al de poseer un palco en el Théâtre Français y recibir a sus de nuevo innumerables amigos a la salida de los teatros, momentos en los que su casa de la Balse du Rempart era otra vez la más concurrida de París. Un torrente de información que le hizo recordar al Wellington de las batallas. Aquello debía de ser lo mismo: His Grace se veía próximo a un combate y como buen general comentaba los detalles con su Quartermaster-General. Curioso tipo, Arthur: hiciera lo que hiciera, siempre lo hacía como un feldmarschall. Quizá fuera porque, ocupara el puesto que ocupase, no valía para otra cosa.

Álava en Waterloo
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