Viena, domingo 1 de enero de 1815
El Hofburg era menos acogedor que aquel tan agradable aunque ya extinto palacio Razumovsky. Sin embargo, el que careciera de alma ofrecía ventajas. Una era que resultaba fácil hallar un lugar donde pasar inadvertidos. Los tres. El príncipe Metternich, el de Bénévent y Lord Castlereagh.
—No acabo de creer que se haya quemado solo. Que haya sido un incendio fortuito.
Castlereagh hablaba del acontecimiento del día: el palacio Razumovsky había perecido debido a un incendio declarado poco después de que los invitados a su fiesta se hubieran marchado. No había explicación, afirmaba Metternich, aunque los indicios apuntaban al sistema de calefacción, lo bastante potente para que sus invitadas pudieran danzar tan semidesnudas como la moda obligaba. El buen conde ucraniano estaba muy afectado, añadió a continuación. Su congoja era comprensible. Con independencia de la pérdida económica, las cenizas de su palacio eran las de su vida entera. De ahí que mientras los soldados de un cercano cuartel se afanaban contra el fuego, él se sentara en un banco sollozando e indiferente al frío. Ahí le vio el Zar, que había corrido a socorrer a su leal servidor, aunque Talleyrand sospechaba que contemplar un hombre destrozado debía parecerle divertido. Alexander, bien lo sabía él, que le conoció de zarévitch, era un individuo de lo más especial.
—Tengo entendido que se ha quedado ciego. Por el humo, y el fuego, y todo eso.
Metternich tenía mejor información, y por una vez no le importó compartirla.
—Tanto, no. Una fuerte irritación a causa del calor, sí, pero se recuperará. De la pérdida económica, no, aunque le queda suficiente; ni de lejos está en la ruina. La sentimental es más seria. Está muy deprimido. Tanto que ha pedido al Zar que le releve, siquiera por un tiempo.
—¿Se sabe a quién pondrá?
—Todo indica que a Kapodistrias —cayó un breve silencio; Metternich intuía que tanto Talleyrand como Castlereagh evaluaban si ganaban o perdían—. Habría podido elegir peor. Por ejemplo, Stein.
Talleyrand asintió con gravedad. Aplaudía la elección del Zar, pues los mejores adversarios son los que se tienen a sueldo, pero lo último que haría sería demostrar complacencia.
—Es raro que no haya puesto a Czartoryski. Él y Nesselrode son los únicos rusos de su horda.
Castlereagh, pensaba Talleyrand, jamás acabaría de comprender los insondables misterios del alma rusa. Uno de los primeros era que, a la hora de buscar alguien en quien confiar, si se podía elegir uno que no fuera compatriota, mejor.
—No lo son. Nesselrode sigue siendo un aristócrata sajón, y dado que las relaciones de Alexander con Czartoryski, que sobre todo es polaco, no pasan por su mejor momento, no tiene nada de particular que designe a Kapodistrias. Es lo más consistente con su inconsistencia natural. Kapodistrias es un arriesgado aficionado a decirle la verdad, cosa que no siempre le gusta. En cuanto a Stein, no creo que le tenga excesiva confianza; si no por otra cosa, porque hace demasiada causa común con los prusianos.
—¿A qué se debe que no esté a bien con Czartoryski? Talleyrand dudó un instante, para decidir que no había riesgo en actualizar a Castlereagh; sólo a él, porque a Metternich no hacía falta. Si el inglés no viviera tan encerrado en su mundo estaría más al día, como se hallaría un par de horas después si antes no le iluminaba él. Aquel asunto, uno de los muchos en hacer las delicias del tout Wien, era del dominio público.
—Según parece, la Zarina Luise se consuela últimamente con el bello Czartoryski del escaso interés que despierta en Su Majestad Imperial.
Talleyrand solía decir Luise y no Elizabeth Alexeievna, en un sutil recordatorio de que la Zarina era una princesa de Baden. Que se hubiera buscado un amante amigo del Zar era buena noticia, por ir contra la influencia del pensamiento alemán en la mente de Alexander. La Zarina, por otra parte, levantaba simpatías en la Viena congresual. Su amabilidad y su belleza delicada, tan diferente de las nada etéreas Katharina de Bagration, Mina Zahánská y Julie Zichy, la colocaban en el favor de muchos, empezando por el compasivo Kaiser y su lánguida esposa, la Kaiserin Maria-Ludovika, lo que no dejaba de ser indiciario, pues ésta, que sólo tenía veintiséis años, estaba tan tuberculosa que desconfiaba de todas las menores de cincuenta por las que su dueño y señor mostrara simpatía.
—Está muy deprimida. El hecho de que sus hijas se hayan muerto le hace sentirse insegura.
—¿De verdad se les murieron todas?
—Así es. No queda ni una.
—¿Y no pueden tener más? —el interés de Castlereagh no era simplemente social; como buen ministro inglés, cualquier cosa que pudiese afectar la estabilidad del continente le preocupaba.
—Poder, igual sí, pero lo que importa es que ya no quieren. O es el Zar el que no quiere. Ya tiene seis o siete hijos, o por ahí. Entra en lo razonable que no quiera más.
—Son todos ilegítimos. Ninguno podrá heredarle.
—Dadas las costumbres rusas, mi querido Castlereagh, igual es un alivio. Si mal no recuerdo, a lo largo de la historia casi todos sus antecesores, empezando por su padre, perecieron a manos de sus herederos. Alexander siente un gran apego a la vida. Quizás intuya que sin Zarévich le durará más.
Metternich y Castlereagh sonrieron, a su pesar. Definitivamente, Talleyrand tenía un don.
—Bien, ¿qué pasa con lo nuestro? —Castlereagh era el más impaciente, como siempre.
—Ayer di mi visto bueno. Por mí, adelante.
Talleyrand y Castlereagh se miraron, como preguntándose quién debía contestar.
—¿Qué tal si lo firmamos pasado mañana?
—¿Dónde? Preferiría un lugar discreto. Es que hay espías prusianos por todas partes.
Metternich sonrió la ingenuidad de Castlereagh. Bien sabía él que había muchos más.
—Aquí, en mi despacho del Hofburg, a las tres de la tarde si les parece bien. A nadie le intrigará, diría yo, que los jefes de las legaciones británica y francesa vengan a tomar café con el Kaiser Franz.
Se sonrieron con la instintiva simpatía que sólo da la complicidad criminal. Europa era suya. Sólo quedaba una cosa por hacer: regresar, sin ganas, a la congestionada Kleiner Redoutensaal, adonde los acalorados invitados escapaban con ánimo de recuperarse durante unos minutos de las briosas danzas con que se les torturaba en la contigua Großer Redoutensaal.
Al igual que las penas rara vez llegan solas, lo mismo sucede con las alegrías, se decía Lord Castlereagh mientras se desvestía. La razón de su optimismo era una carta que Planta, su secretario, le acababa de pasar. Procedía de la legación en Bruselas y estaba fechada el Boxing Day. Anunciaba la firma, en Gante, de la paz con las Colonias. La segunda guerra entre Inglaterra y Estados Unidos había terminado. La noticia era importante, ya que para todo el mundo sería claro que a la vuelta de seis meses Inglaterra contaría en Europa con cien mil soldados regulares. Sumados a los acantonados entre los Países Bajos e Irlanda formarían un ejército de ciento cincuenta mil profesionales, todos veteranos, bien por la propia guerra contra las Colonias, bien por haber luchado en Francia, España y Portugal. A diferencia de lo sucedido en los peores años de las guerras contra Bonaparte, Inglaterra, de organizarse una nueva en Europa, no sería un mero espectador relegado a un teatro secundario, como fue la Península. Con su base de operaciones en Amberes y con el aún por nacer VKN[51] bajo control, su ejército continental sería un elemento disuasorio de primera categoría, si no una evidente amenaza para cualquiera que, como Prusia, desease marchar por el sendero de la guerra.
Sintetizando, se decía cuando buscaba el frasco de su mejor single malt, sus bazas para negociar, que ya eran buenas, se volvían inmejorables. Nada podría privarle de un triunfo decisivo para la carrera. No su carrera. Pensaba en la oscura, disimulada y sutil, aunque despiadada e implacable, que desde hacía tiempo él y otros disputaban por la poltrona de Lord Liverpool.
Lord Liverpool, por Lawrence