LA ANGUSTIA:
cuando el dolor no tiene palabras
La escucha, ¿es uno de los pilares del Psicoanálisis?
Exactamente. Pero no es cualquier escucha, porque por un lado busca contener una emoción que llega desbordada y, por otro, promover el surgimiento de lo más vital de un sujeto. El ámbito analítico es un lugar en el que la angustia se aloja y el deseo se potencia.
¿Qué es la angustia?
Es quedarse sin elementos simbólicos frente al deseo del Otro. Es sufrimiento anclado en la ausencia de palabras: un dolor mudo, silente. El orgasmo de dolor se llama angustia.
Cuando un paciente llega al consultorio, más allá de lo que diga, del motivo por el cual cree que ha venido, trae —consciente o inconscientemente— algo que lo angustia. Nuestra primera intervención apuntará, justamente, a darle lugar a ese afecto. Si lo logramos, es bastante habitual, aunque no por eso menos extraño, que al volver para una segunda entrevista nos manifieste que se siente mejor.
¿Es tan inmediato el alivio?
A veces, sí. Y es asombroso, porque aún no hemos descubierto nada de su verdad secreta. Entonces, ¿por qué el paciente cree sentirse mejor? Ni más ni menos que porque encontró un espacio para hablar de lo que lo angustiaba. Empezar a poner palabras en donde había silencio ya produce cierto alivio.
Pero ¿cualquier palabra alivia? Porque he escuchado muchas veces decir que la palabra cura, y pienso que quizás puede resultar peligroso sostener algo así sin hacer algunas aclaraciones.
Es cierto. La idea de la cura por medio de la palabra ha sido utilizada en provecho de algunas personas inescrupulosas y, seguramente, todos conocemos alguna anécdota al respecto. En mi familia, que era del campo, se contaba la historia de un hombre que curaba a los animales con la palabra. Cierta vez, uno de los caballos del pueblo estaba a punto de morir porque se había «embichado». Decidieron llamar a este «curandero» quien, según me contaron, se paró al lado del animal que estaba echado en el suelo, comenzó a hablarle y, a los pocos minutos, los gusanos empezaron a saltar del cuerpo expulsados por su prédica. Incluso parientes queridos, gente de mi confianza, decían haber estado allí y verlo. Obviamente, no creo en ese tipo de fenómenos, pero sí en las alucinaciones colectivas.
Eso nos abre la posibilidad de preguntarnos, ¿cuándo cura la palabra? ¿Qué condiciones deben darse para que esto ocurra?
Para que la palabra tenga un efecto terapéutico, el primer requisito es que debe estar dirigida a alguien especial, no a cualquier otro, sino a un Otro, así, con mayúscula. Alguien a quien se le supone la capacidad de escuchar de un modo distinto al de un par. Muchas personas dicen: «Yo tengo amigos, no necesito pagar para que me escuchen». De hecho, alguna vez me han preguntado directamente: ¿qué puede hacer un analista que no haga un amigo? La respuesta es muy simple: puede escucharlo desde un lugar diferente. Jaques Lacan acuñó un término para esto: Sujeto Supuesto Saber, que pone en juego una dimensión alternativa a la del simple diálogo, a la confesión de café. Cuando el paciente viene a vernos, nos supone un saber hacer con lo que a él le pasa, lo que técnicamente se llama Transferencia.
Freud decía que hay transferencia sin análisis, pero no hay análisis sin transferencia. ¿Lo podrías aclarar?
Esa frase es absolutamente cierta. Alguien puede tener transferencia con el mecánico que le arregla el auto y decir, por ejemplo, que siempre le lleva el vehículo a fulano y a ningún otro, porque fulano sí que «sabe», lo cual implica que le supone un saber hacer con su auto. Otros tienen transferencia con el médico, con el abogado o con un maestro, porque allí donde hay una suposición de saber hay transferencia. La diferencia radica en qué se hace, cómo se trabaja con eso. La labor es muy compleja y pone en juego la entrega potente que requiere el análisis. El analista presta todo su ser para convertirse, en principio, en una pantalla en la que el paciente pueda proyectar lo que le pasa. Si hay un desafío difícil para el profesional es este: ser una pantalla en blanco, anudar su inconsciente con el del paciente de un modo tal que se construya un inconsciente compartido.
¿Por eso es preferible que el paciente sepa poco de la vida privada de su analista?
Claro, forma parte de lo que llamamos abstinencia. Cuanto menos conozca, más fácil le será al «analizante» —a quien se analiza— proyectar sobre el profesional sus contenidos inconscientes. Supongamos, por ejemplo, que ese paciente es padre y cree que su analista también lo es. En ese caso, quizás suponga que comparte con él cierto lenguaje y algunas experiencias en común. Si, por el contrario supone que el psicólogo no tiene hijos, tal vez crea que no puede entenderlo porque nunca estuvo en su misma situación. De allí que mantengamos a distancia nuestra vida privada, para permitir que el paciente pueda proyectarnos su mundo interno independientemente de lo que nosotros podamos entender. Porque en análisis tampoco se trata de entendimiento.
Me permito una digresión. Me gusta esa representación del analista como una pantalla contrapuesta a la idea del espejo. Porque el espejo, de alguna manera, clausura. Ubicaría a la religión, en su faceta más dogmática, dentro de una lógica más de espejo y al Psicoanálisis dentro de una lógica más de pantalla.
Sí, estoy de acuerdo. Pensarse hecho «a imagen y semejanza de…» genera la impresión de que, en la religión, el espejo somos nosotros porque somos la imagen y semejanza de otro, de un Dios que está en algún lugar más o menos lejos, según sea la fe de cada quien.
¿La religión puede curar?
Depende. A veces, los aspectos sugestivos pueden producir cambios subjetivos. Como analista, respeto los lugares en los que el paciente confía, alguno de los cuales puede tener que ver con su fe; no voy en contra de esto, porque los guías religiosos responsables, cuando prestan su contención, nunca sugieren abandonar el tratamiento en caso de una enfermedad comprometida o terminal. Dicen: «Vamos a rezar, vamos a hacer una misa y lo vamos a ayudar, tenga fe, pero no deje la medicación». Quienes se ocupan de las cuestiones del alma, deben tener respeto por la ciencia y viceversa.
La religión transita en un eje imaginario, especular. El analista, en cambio, debe correrse e instalarse en otro muy diferente, un eje simbólico, habitado no por imágenes sino por palabras. Desde allí promueve esa relación tan particular que se da entre paciente y profesional, que llamamos, como decía, Transferencia.
¿Por qué se utiliza esa palabra, Transferencia, y no otra para referirse al vínculo entre analista y paciente?
Por varias razones. La primera es que el paciente transfiere sus emociones, su historia, su confianza a la persona del analista. Por eso lo ubica en el lugar del padre, del jefe o de un amigo. De allí que, cuando viene enojado, le preguntamos: ¿con quién lo está en realidad? El psicólogo deja que el paciente lo utilice como pantalla, pero no asume ese lugar. Si hiciera esto, sería un lugar perverso —masoquista en este caso—. Y no lo es. Por ello, en algún momento, se corre para escuchar hacia dónde apunta eso que el paciente está volcando en él.
Hablamos también de Transferencia, porque en análisis se produce una transferencia del pasado al presente. De allí que, el lugar de la palabra en análisis, sea distinto. Cuando alguien habla con un amigo recuerda, cuando habla en análisis revive. No es lo mismo recordar que revivir.
Tuve una paciente que me contó de un aborto que se hizo cuando era muy chica, a los catorce años. Abandonada por su padre, con una madre depresiva que nunca pudo contenerla y un novio que no se hizo cargo de nada y la dejó sola otra vez —como sus padres—, no le quedó otra alternativa. En aquella sesión se quebró como jamás lo había hecho, y no porque no lo hubiera contado antes. Ella misma, asombrada ante su desborde emocional, dijo que ya lo había hablado mucho con sus amigas. Pero esto era diferente. Porque al hablarlo con ellas, lo recordaba, en cambio en análisis lo revivió. Y cuando digo revivir, hablo exactamente de eso: no se trata de rememorar una emoción sino de sentirla como si estuviera ocurriendo en ese mismo instante. Es una manera de actualizar en el presente aquello que ha ocurrido en el pasado pero que, sin embargo, no deja de estar sucediendo todo el tiempo en la mente del paciente. Esto es lo que hace que una situación sea traumática: no deja de pasar, está ocurriendo siempre.
Cuando escuché a esa mujer de cuarenta años y la vi desmoronarse, hablar y enojarse por la injusticia de haber tenido esa madre depresiva, por el abandono del padre que no la pudo cuidar, por ese novio que no se hizo cargo, y la percibí gritando toda su rabia, su miedo, su impotencia y su culpa, en ese momento, me di cuenta de que no tenía enfrente a una adulta, sino a aquella chiquita de catorce años.
Cuando el paciente en sesión dice algo importante, cuando su palabra no es la palabra vacía de la mera comunicación, cuando habla de su dolor más profundo, siempre es un niño. Como analista he comprobado que en esos momentos siempre tenemos un chico adelante, porque esas emociones que hoy intentamos resignificar en análisis, vienen de los primeros años de vida y nos hablan de cómo se formó la psiquis de ese sujeto. Por eso la escucha analítica no es cualquier escucha, porque convoca a una palabra que lleva a otro lugar: no al recuerdo de una situación, sino a su reviviscencia. Allí las palabras tienen un peso muy distinto porque son sancionadas de un modo diferente. El análisis, a diferencia de otras psicoterapias, no busca generar en el paciente un estado de bienestar.