INFIDELIDAD:
cuando el amor no alcanza
En tu libro «Encuentros, el lado B del amor», dijiste que se puede estar con otra persona aun estando enamorado. ¿Esto nos habilita a ser infieles sin culpa?
No fue eso lo que quise decir. Mi intención fue señalar que el deseo es una fuerza indestructible que no echa anclas en ningún lugar porque siempre se desplaza de un objeto a otro. A eso lo denominamos: la metonimia del deseo.
La infidelidad es un hecho inesperado, vivido generalmente como algo extraño, como si el infiel hubiera quebrantado una ley natural. Quien ha sido engañado, no encuentra el motivo de lo sucedido y busca una explicación sin comprender que, la fidelidad, no es sino el producto de una decisión que se lleva adelante, muchas veces, con gran esfuerzo. El amor genera la falsa idea de que el enamorado encadena su deseo al ser amado. Sin embargo, como dijimos, este no se deja apresar y continúa su recorrido por muy enamorado que alguien esté. Lo problemático radica en la naturaleza misma del deseo.
Cabe decir, entonces, que la creencia que sostiene que se es infiel porque algo anda mal en la relación, no siempre es cierta. «Seguramente algo le faltaba», suele decirse; una aseveración totalmente redundante: siempre, y a todas las relaciones, les falta algo. Nadie es capaz de colmarlo todo.
El amor no es un punto de partida, sino un punto de llegada al cual se accede luego de pasar por varias etapas. Durante el enamoramiento, es frecuente que no haya lugar para desear a nadie más, pero a medida que el tiempo pasa, esto puede ir cambiando. Rara paradoja: cuanto más avanza el amor, más libre va quedando el deseo. Y allí aparece el fantasma del engaño.
La infidelidad siempre es motivo de conflicto. De hecho, es causa habitual de consulta y son muchos los pacientes que llegan angustiados por haberse enterado de una traición, o por haber sido descubiertos.
Todos tenemos lo que se llama una integridad narcisista, una valoración que hacemos de nuestra persona y que necesitamos reafirmar en la pareja. Se espera que quien esté a nuestro lado nos ame y nos desee. En general suele ser así, al menos en vínculos de respeto y sinceridad. Aunque, fuera de eso, hay para todos los gustos.
Parejas, por ejemplo, que han hecho un pacto de silencio. Ambos saben que la relación está mal, que la pasión ha menguado, cuando no desaparecido, pero acuerdan «no molestarse». De esta manera, cada uno da rienda suelta a sus deseos sin dar ni pedir explicaciones. Prefieren, aunque sea patológico, un secreto a voces en lugar de enfrentar la verdad.
No obstante, es oportuno aclarar que la infidelidad no siempre es de carácter sexual. Por el contrario, las infidelidades emocionales pueden ser más dolorosas que las físicas.
En mi práctica clínica he notado algo que no tiene valor teórico: a los hombres les duele más la traición sexual que la emocional, mientras que en las mujeres la reacción parece ser la inversa. Cuando una mujer le dice a su esposo que estuvo viéndose con alguien, la primera pregunta es: «¿Te acostaste con él?». Lo que preocupa al marido es que el acto sexual haya sido consumado. La esposa, en cambio, le tiene más miedo a la infidelidad emocional, y su pregunta suele ser: «¿La querés? ¿Te enamoraste de ella?».
Tal vez sea un resabio de la época en que una mujer lloraba por haber sido engañada y recibía como respuesta: «Entendelo, él es hombre». Como si los hombres fueran seres superiores a los que todo les estaba permitido o, por el contrario, animales incapaces de contener sus instintos.
Me preguntaste si el amor cambiaba con el tiempo, y respondí que sí. Sin embargo, ese cambio no implica, necesariamente, una disminución del deseo. Puede que se modifique el modo en el que se juega el erotismo, o la frecuencia de los encuentros sexuales, pero todo sujeto, sin importar la edad que tenga ni el tiempo que lleva en pareja, necesita sentirse deseado. De lo contrario, la herida es muy grande.
Alguien que ha sido engañado experimenta la sensación de haber perdido valor para el otro y esto lleva a estados de crisis y provoca sentimientos de angustia.
¿Cómo reacciona una persona ante una infidelidad?
Depende de la sanidad que posea. Algunos tienen comportamientos que van desde la agresión física a la verbal y pueden llegar, incluso, a involucrar a los hijos y utilizarlos como elementos de venganza.
Otros, en cambio, pueden enfrentarlo con inteligencia e intentar una resolución adulta del conflicto. Se permiten hablar, escuchar y darse una nueva oportunidad. También habrá quienes llegarán a la conclusión de que algo se ha roto para siempre y que no vale la pena continuar. Aun en estos casos, está la posibilidad de resolverlo de manera adulta y respetuosa.
Recién lo mencionaste y me gustaría detenerme un poco en esto. ¿Cómo se comportan hombres y mujeres frente a la infidelidad?
Aunque resulte una obviedad, hay que decir que tanto un hombre como una mujer pueden incurrir en un acto de infidelidad. De todos modos, mi experiencia me indica que lo enfrentan de manera diferente. Las mujeres suelen ser más sinceras con su deseo. En general, cuando llegan a esto, es más fácil que pateen el tablero. Son más proclives a generar vínculos afectivos con su amante y se les dificulta sostener su pareja. Al hombre, por el contrario, le cuesta más separarse. Pone excusas: los hijos, la familia, el temor a perder todo lo que ha construido o la culpa por lastimar a su pareja, y queda atrapado en una relación paralela que lo conduce a una doble vida. Se produce una escisión: por un lado, el objeto erótico en el lugar de la amante y, por otro, el objeto de la ternura y la familia en la imagen de su mujer.
Sé que la idea es molesta, pero debemos admitir que las tentaciones no desaparecen de la vida por más que se esté enamorado. El tema será cómo se posiciona cada uno frente a los avatares del deseo.
El Psicoanálisis no realiza juicios de carácter moral; no dice qué está bien y qué está mal. Cada quien se las ve con su deseo como puede, en tanto se haga cargo de las decisiones que toma y de los riesgos que decide correr. Freud dijo que somos responsables, incluso, de aquello que soñamos.
Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, la fidelidad no es un sueño imposible. Muchas personas lo logran, y no por ser reprimidas, como dicen algunos, sino porque se comprometen con lo que sienten y con su modo de vivir el amor. En estos casos, es meritorio. Poco valor tiene la fidelidad de quien ni siquiera se anima a reconocer sus deseos. Un hombre sin tentaciones, dijo Borges, jamás podrá alcanzar la santidad.
La infidelidad, ¿siempre señala que algo se quebró?
Sí, es innegable que algún tipo de quiebre se produce, sin embargo existen parejas que salieron airosas de un engaño. Pero hay que ser sinceros: no siempre es posible perdonar una traición y, si alguien no se siente capacitado para hacerlo, es preferible una separación honesta y respetuosa a un intento cargado de agresiones y reproches.
¿Puede ser que alguien sea infiel por un mandato de su pasado?
Es posible. En cada sujeto, de una u otra manera, las elecciones estarán condicionadas por su historia. Toda persona se construye en relación a sus vivencias infantiles y, a partir de ellas, va desarrollando conductas y formas de vérselas con su deseo. Sin embargo, no creas que ser infiel es algo siempre divertido y gratuito. Por el contrario, no cualquiera puede serlo sin pagar por ello. Hemos dicho que todo tiene un costo psíquico. Separarse, tener hijos o no tenerlos, contraer matrimonio o quedarse soltero; no importa cuál sea la decisión, siempre tendrá un precio. Pero una cosa es asumirlo de modo responsable y otra, muy distinta, es sentirse culpable.
¿La culpa subjetiva es una mera cuestión religiosa, o es constituyente del hombre?
La culpa es inalienable de la constitución psíquica, exceptuando la estructura perversa. No tiene que ver sólo con una cuestión religiosa, por más que la religión por mucho tiempo ha machacado con esto. La Ley escrita —el derecho— también instituye a un sujeto como culpable si ha sido responsable de actos voluntarios y, en consecuencia, le impone una sanción. Sin embargo, desde lo psíquico, hay algo que tiene que ver con los primeros años de vida. En esos momentos, los niños desean cosas que sienten que están mal. Un chico, por ejemplo, puede desear que alguno de sus padres muera o acostarse con su mamá. Para muchos esto es una ocurrencia alocada de Freud. Aun así, todos los hemos escuchado decir que se quieren casar con su madre o que son la novia de papá. Entonces, cuando enuncian eso, están manifestando un deseo erótico por sus padres. Pero en algún punto comienzan a entender que están prohibidos para ellos: la prohibición del incesto. Por eso sienten culpa; porque desean algo que saben que no tienen que desear y temen que alguien sepa de esto y los castigue.
Hasta aquí, este proceso es común a casi todo ser humano. El problema radica cuando la relación que se establece con esa culpa es demasiado próxima, porque eso podría transformar a un sujeto en alguien culposo.
La angustia que siente el culpable, muerde su psiquis de manera dolorosa, y aparece la necesidad inconsciente de ser castigado.
¿Cómo podrías definir a alguien que no siente culpa por nada?
Es estructuralmente un perverso. Eso lo caracteriza: la ausencia de culpa. No le importa el dolor ni lo frena la angustia del otro. Sigue adelante, de un modo caprichoso, en busca de la obtención de su disfrute. El neurótico, en cambio, siente culpa, y eso habla, incluso, de una cierta sanidad, da cuenta de la represión de esos deseos y lo instaura en la cultura.