LA FRUSTRACIÓN:

un aprendizaje necesario

A lo largo de estas charlas, dijiste varias veces que el Psicoanálisis no puede con todo. ¿Con qué cosas no puede?

En el primer encuentro hablamos acerca del aspecto irreductible de un síntoma: allí se satisface la Pulsión de Muerte y ningún análisis logrará extirparla, porque es constitutiva del sujeto. Sin embargo, se intentará ponerle un coto.

La Pulsión de Muerte hace que, por ejemplo, alguien se boicotee cuando está siendo feliz, se encargue de que salga todo mal y entre en relaciones que lastiman. Cuando una persona está angustiada lo siente en el cuerpo, sin embargo, muchas veces está mal y se regodea en el dolor, como si no quisiese salir de ese estado. Los momentos angustiosos se relacionan con temas que tienen un pie en el amor y otro en la muerte.

El Psicoanálisis tampoco puede con todos los pacientes porque, como dijimos, hay pacientes que no son analizables; no puede cambiar el pasado de una persona, pero sí su historia: el lugar subjetivo desde el cual se apropia de ese pasado. Si una mujer que ha sido violada a los diez años, viene a verme a los treinta, no es posible modificar lo sucedido, pero debo trabajar para que se ubique en un lugar en el que esa tragedia la afecte menos. El Psicoanálisis no puede prevenir lo que vendrá. Es común que me pregunten si existe el alta. Si el ideal fuera que, concluido el tratamiento, ese sujeto no sufriera más, el análisis sería interminable, porque es imposible manejar las circunstancias fortuitas de la vida. ¿Qué tratamiento logra preparar a alguien para que no sufra si, por ejemplo, se le muere un hermano? Ninguno. Esa persona sufrirá, incluso, con más intensidad, pero de un modo más sano, que si no se hubiera analizado.

¿También en la frustración se satisface la Pulsión de Muerte?

Toda persona sana ha desarrollado un cierto nivel de tolerancia a la frustración, algo que debe aprenderse en la infancia. El sujeto humano vive en falta. Nadie puede completarnos, por eso somos deseantes. La falta y el deseo van de la mano de la misma forma que el deseo y la frustración, porque el destino de todo deseo es quedar insatisfecho. Hay situaciones —como el enamoramiento o el embarazo— que generan la ilusión de completud, pero —como decía Freud— el porvenir de una ilusión es la desilusión.

A algunos padres les parece un horror que sus hijos se frustren. Al chico le ocurre algo banal y corren a auxiliarlo, lo miman y consuelan. Con esa actitud lo están privando de aprender algo importante para la vida. Porque si no desarrolla la capacidad de aceptar la frustración, ante cada hecho en que no alcance sus expectativas, se encontrará sin respuestas y, por ende, se angustiará, se pondrá agresivo o tendrá actitudes que le harán daño. Obviamente, la frustración no debe ser una constante en la vida. No hay psiquis que pueda resistirla permanentemente. Sin embargo, hay personas que encuentran un malsano disfrute en las relaciones sufrientes. En esos casos, la frustración está al servicio de la Pulsión de Muerte.

Cierta vez una paciente me dijo que jamás había sido feliz con su pareja, pero en su época la gente se casaba para siempre; el lugar de la mujer era muy incómodo porque no existía la paridad que les permite hoy estudiar, trabajar y mantenerse solas y, entonces, ni siquiera pudo pensar en separarse. Había sido tratada con respeto, pero nunca se sintió enamorada. Cuando en una pareja no circula el deseo, el erotismo o un proyecto común, la relación es frustrante y, pasado un cierto nivel, patológica. En estos casos, lo mejor que puede pasar es la disolución del vínculo.

Bueno, ahora las parejas se separan más que antes.

Sí, lo cual no es necesariamente algo negativo. Quizás, tenga que ver con que existe más gente que se da una segunda oportunidad. El amor, como el deseo, no tiene garantías de eternidad. Al igual que la vida misma.