LA PATERNIDAD:

hijos deseados, hijos buscados

¿No es lo mismo desear un hijo que buscarlo?

No. Algunas parejas, movilizadas por el deseo, empiezan a buscar un embarazo. Pero a veces la búsqueda se complica y realizan una larga sucesión de tratamientos. No estoy en contra de estos intentos, al contrario. Sólo señalo que puede ocurrir que ese hijo deje de ser un deseo para convertirse en una obsesión.

¿También puede haber hijos deseados que no han sido buscados?

Por supuesto. En ocasiones, los padres se enteran de que van a tener un hijo que no habían planificado y, sin embargo, a partir de ese momento ponen en juego su deseo, sus sueños, eligen el nombre, los padrinos…

Françoise Dolto, una psicoanalista admirable que sabía mucho de niños, sostuvo que un hijo deseado era nada más y nada menos que el hijo de dos padres que se deseaban entre sí. El fruto de la unión de dos sujetos que, en cada encuentro, han puesto en juego su deseo.

Volviendo al tema inicial, ¿qué margen de libertad nos queda, entonces?

Un margen reducido que, sin embargo, puede justificar una vida.

Hace un tiempo fui a dar unas charlas a una cárcel de menores. Fue un sábado a la mañana en el que hacía mucho frío y llevé algunos libros para dejarles de regalo. Los chicos habían hecho talleres de escritura y el proyecto era publicar un libro con cuentos o poemas escritos por ellos. Al principio no fue fácil, porque me presentaron como psicólogo y eso los puso a la defensiva. En las cárceles, el psicólogo es visto como un alcahuete de las autoridades: de sus informes, por ejemplo, dependerá que les permitan recibir visitas o tener recreos. Por eso suelen mentirles, decir lo que suponen que quiere escuchar. Les expliqué que yo no trabajaba para el penal, que mi práctica era clínica y no institucional y que, de todos modos, sólo estaba allí como escritor. Luego de unos minutos, algunos hicieron preguntas, otros me acercaron escritos y uno de los chicos me dio un poema y se quedó parado a mi lado. Lo leí en el momento, le pedí que se sentara junto a mí y le dije que escribía muy bien, que su poema era hermoso. «¿En serio?», preguntó. Le respondí que sí, que tenía talento, y lo insté a que continuara haciéndolo. Me agradeció y me contó que sabía que había hecho algo malo, pero estar allí era muy difícil, que a cierta hora les apagaban la luz y que a veces garabateaba algún escrito a oscuras, iluminado sólo por un cigarrillo. Dijo que eso lo ayudaba, le hacía bien. Al despedirnos nos saludamos con un abrazo y le pedí que, por favor, no dejara de escribir.

Un año después, en uno de los stands de la Feria del Libro de Buenos Aires, se presentó aquel trabajo en el cual habíamos participado algunos autores con breves escritos. Allí le conté a la gente mi experiencia en el penal. Cuando estaba terminando de hablar, alguien levantó la mano y me preguntó: «¿Se acuerda de mí?». Lo miré unos segundos y le respondí que sí. «Te recuerdo perfectamente. Me diste a leer un poema muy bello». El chico se puso de pie y continuó: «Antes de irse usted me dijo que yo iba a salir de ahí, que debía hacer algo por mí para no volver a ese lugar horrible y me pidió que siguiera escribiendo». Asentí, porque recordé el comentario. Entonces se acercó, me mostró un ejemplar del libro en donde estaba aquel poema y me confesó: «Quiero que sepa que ya estoy libre, que no volví a hacer nada malo y que no dejo que pase un solo día sin escribir».

El encuentro me emocionó. Si este joven logra sostener su decisión, esa será la pequeña libertad que pueda cambiarle la vida, más allá de mi intervención. No sé si va a vivir de la literatura, porque es algo muy difícil, pero tendrá una cercanía al pensamiento que antes no tenía e ideas más nobles para encarar su destino.

Me acuerdo de una película que vi siendo chico, Y mañana serán hombres. La versión a la que me refiero es de 1979, dirigida por Carlos Borcosque, hijo del director del film original, de 1939.

Es la historia de tres jóvenes que, habiéndose fugado de un instituto penitenciario para menores, se ven obligados a volver porque uno de ellos se enferma. Esto ya nos habla de la amistad, de la capacidad de amar de estos chicos que podrían haberlo abandonado y escapar, no obstante vuelven para que su amigo sea atendido.

El lugar había sido dirigido siempre por personas que creían que esos muchachos no servían para nada, que eran una escoria, un deshecho. Y el mandato que les transmitían era fatal: iban a estar ahí hasta que, por edad, tuvieran que salir; luego serían detenidos nuevamente y enviados a una cárcel común en la que se pudrirían, porque ese era su destino. Sin embargo, llega al instituto un nuevo director, si mal no recuerdo su nombre era Oliva, un hombre con un pensamiento diferente. Para él, eran chicos que podían cambiar y merecían una nueva oportunidad. Entonces los escucha, les habla e intenta transmitirles valores, confianza en sí mismos, los ayuda a pensar qué querrían ser, porque si no lograban armar un proyecto, cumplirían aquel designio.

Un día, pide hablar con él el cabecilla del reformatorio, un chico al que apodaban «El Loro», uno de los tres que se habían fugado. El director lo recibe y el joven lo interpela: «Señor, siempre nos dijo que confiaba en nosotros. Pero ¿de verdad usted confía en mí?», y ante el asentimiento del hombre, le hace un extraño pedido: «Déjeme salir. Le prometo que voy a volver». Oliva lo mira asombrado y le pregunta por qué le pide algo que no puede conceder, porque no estaba permitido que los chicos salieran del lugar. El Loro le cuenta que su madre está agonizando, que le quedan horas de vida y le gustaría que lo viera antes de morir. El director se debate unos segundos entre la obligación y la humanidad, hasta que le ofrece un trato: lo dejará ir por un día con el compromiso de que vuelva al instituto con el primer tren de la mañana. El Loro le agradece, le da su palabra y se va. Al día siguiente, bien temprano, Oliva está despierto y ansioso esperando su regreso. Pero pasan las horas y el joven no llega. Le pide a su ayudante que vaya hasta la estación y constate si hubo algún inconveniente. Al volver, le comunica que el tren había llegado a horario, pero El Loro no venía en él.

Compungido, Oliva se dirige a su cuarto y comienza a hacer las valijas. Los chicos, enterados de esto, le piden que no se vaya, porque si lo hace van a enviar a un director como los de antes, de esos que los maltrataba por considerar que ellos no servían para nada. Él les responde que no va a quedarse porque jamás les mintió, de verdad creía en ellos y ahora ya no puede hacerlo. Pero en ese momento, su ayudante lo llama desde la puerta. El director se acerca y, por el sendero de tierra, ve venir al Loro corriendo como alma que lleva el diablo. El chico llega casi sin respiración, cae a sus pies, lo abraza y le dice: «Señor, por favor, no se vaya. Yo sé que debería haber venido antes, pero mi madre tardó un poco más en morir y no quise dejarla sola. Por eso perdí el tren. Sé que no cumplí con mi palabra, le juro que corrí lo más rápido que pude. Le ruego que me entienda y que se quede con nosotros». Oliva lo levanta, conmovido, y lo abraza. El joven delincuente llora en sus brazos. Llora por su madre muerta, por su soledad, pero también porque algo cambió en él. Ahora tiene la esperanza de un nuevo camino ante sus ojos, un camino posible gracias a ese hombre que cambió aquel mandato humillante por uno muy diferente en el que eran reconocidos con respeto y amor.

El análisis permite que el paciente se cuestione hasta qué punto está apresado por los mandatos, los síntomas y los miedos. Lo invita a liberarse de las ataduras patológicas para ejercer ese mínimo de libertad que tiene.