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Comer y «jugar a comer»

«El desarrollo de los procesos mentales —escribe Vigotski en Pensiero e linguaggio (Pensamiento y lenguaje), Guaraldi, Bolonia 1967— comienza con un diálogo, hecho de palabras y de gestos, entre el niño y sus padres. El pensamiento autónomo comienza cuando el niño es capaz, por primera vez, de interiorizar estas conversaciones y de instituirlas en su interior».

Después de haber descartado muchas otras, he escogido esta cita, para inaugurar una breve serie de observaciones sobre «fantástica casera», a partir de los diálogos de la madre. Porque me parece que Vigotski ha dicho de forma clara y concisa, lo que otros dicen y escriben, con enorme esfuerzo, para que nadie lo entienda.

El diálogo de que habla el psicólogo soviético es en primer lugar un monólogo, materno o paterno, hecho de sonidos acariciadores, de expresiones de ánimo y sonrisas, de pequeños acontecimientos que excitan poco a poco el reconocimiento, la sorpresa, la respuesta global de un movimiento de piernas del bebé, la música prelingüística de un balbuceo. Las madres sobre todo, no se cansan nunca de hablar al niño, ya desde las primeras semanas de vida, como para tenerlo envuelto en un regazo de palabras tiernas y cálidas. Se comportan, espontáneamente, como si hubiesen leído lo que María Montessori escribió de la «mente absorbente» del niño, que casi por «absorción» interioriza el lenguaje y cualquier clase de señales del mundo externo.

—No entiende, pero está feliz: algo sucede —objetaba una madre, que acostumbraba a tener largas conversaciones con su bebé de pañales, a un psiquiatra racionalista—. Estoy segura que de alguna manera me escucha.

—No te escucha, te ve y está contento porque estás allí, ocupándote de él.

—Algo entiende, algo sucede —insistía la madre.

Unir una voz a una cara es también un trabajo, es el fruto de una actividad mental básica. Hablando al niño, que aún no la puede comprender, la madre hace algo igualmente útil, no sólo porque le ofrece su compañía, su presencia, su protección y calor, sino porque alimenta su hambre de «estímulos».

El diálogo materno acostumbra a ser imaginativo, poético, transforma en un juego a dos el ritual del baño, del cambio de ropa, de la comida, acompañando los gestos con continuas invenciones.

—Estoy segura de que se ríe cuando le pongo los zapatitos en las manos en lugar de los pies.

Un niño de seis meses se divertía muchísimo cuando la madre, al darle la papilla, se equivocaba y le ponía la cuchara en la oreja. Exigía la repetición del gesto, agitándose festivamente en la silla.

Algunos de estos juegos han sido institucionalizados por las tradiciones. Por ejemplo, a la hora de la papilla, es muy habitual «animar» al niño para que tome una cucharada más «por la tía», «por la abuela», por un montón de personajes más o menos lejanos al mundo del pequeñín. Ésta es una usanza muy poco razonable, como creo demostrar con esta composición mía:

Un poco, por la mamá,

un poco por el papá,

un poco por la abuelita

que está sentadita,

un poco por la tía

que vive arriba:

Así fue como al niño

le dolió la barriga.

Pero el niño, al menos hasta cierta edad, corresponde de buen grado a este juego, porque despierta su atención, puebla de personajes su comida que se convierte en una especie de «déjeuner du roi», da un significado simbólico al arte de comer, sacándolo de la cadena de las esclavitudes cotidianas. Comer se convierte en un hecho estético, en un «jugar a comer», en una «escenificación de la comida». También vestirse y desnudarse se convierten en algo más interesante, cuando toman la forma de un juego: «jugar a vestirse», «jugar a desnudarse»… Ahora me gustaría preguntar a Franco Passatore si también a acontecimientos como éstos se puede aplicar su definición de «teatro-juego-vida», pero no tengo su número de teléfono…

Las madres más pacientes pueden constatar cada día la eficacia de «jugar a…» Una me explicaba que su hijito había aprendido en seguida a abotonarse la ropa él sólito, al poco tiempo de que ella, mientras lo vestía, le contase la historia del Botoncito que buscaba su casa (ojal), equivocándose constantemente, y que al final era tan feliz cuando entraba por la puerta adecuada. Y puede que la llamase «puertecita», recurriendo a un abuso de los diminutivos muy desaconsejable. Pero el hecho era bonito y significativo de la importancia de la imaginación en la actividad educativa.

Sería un error pensar que la historia de Botoncito conservaría su encanto si fuera escrita e impresa: ésta forma parte —tomemos prestada la definición de Natalia Ginzburg— de un precioso «léxico familiar». No tendría sentido, para ningún niño, si se la encontrase en un libro, al cabo de mucho tiempo de haber aprendido a vestirse solo. Este niño, al papel impreso le pide aventuras más substanciosas.

Un análisis más detallado del «diálogo materno» me parece indispensable para quien tenga la necesidad de inventar historias para los más pequeñitos, demasiado pequeños incluso para Pulgarcito.