La aventura de Rinaldo

Rinaldo se cayó un día de la bicicleta y volvió a casa con un enorme chichón en la frente. La tía con la que vivía (sus padres habían emigrado a Alemania en busca de trabajo) se asustó muchísimo. Era justamente de esas tías que se asustan por todo.

—Rinaldo, mi pequeño, ¿qué te ha pasado?

—Nada malo, tía Rosa. Me caí de la bicicleta, eso es todo.

—¡Dios mío, qué horror!

—Pero si ni siquiera viste cómo me caía...

—¡Precisamente por eso!

—La próxima vez te aviso antes de caerme.

—¡Rinaldo, no bromees con estas cosas! Mejor dime por qué has traído a casa la bicicleta.

—¿A casa? Pero si la he dejado en el portal, como siempre.

—¿Entonces de quién es aquella bicicleta? Rinaldo se volvió siguiendo el índice de su tía y vio una bicicleta roja apoyada en las paredes de la cocina.

—¿Aquélla? No es mía, tía Rosa. La mía es verde.

—Claro, es verde. ¿Entonces? ¿No habrá entrado sola?

—Sí. ¿Habrán sido los fantasmas?

—¡Rinaldo, por favor, no menciones a los fantasmas!

—Además es una bicicleta muy bonita.

La tía Rosa lanzó un grito.

—¿Qué pasa, tía?

—Mira, ¡hay otra bicicleta!

—¡Es verdad! También es bonita.

La señora Rosa se retorcía las manos, más asustada que nunca.

—Pero, ¿de dónde salen todas estas bicicletas?

—Bah —dijo Rinaldo—, es un buen misterio. ¿No habrá también una bicicleta en el dormitorio? Pues sí que la hay, mira, tía Rosa. Con ésta hacen tres. Si esto continúa, dentro de poco tendremos la casa llena de bicicletas...

Rinaldo tuvo que taparse las orejas ante un nuevo grito de la tía. El caso es que apenas terminó de pronunciar la palabra «bicicleta» la casa se llenó verdaderamente de bicicletas. Sólo en el baño había doce, como pudo comprobar la tía Rosa, al lanzar una aterrorizada mirada: dos estaban en la bañera.

—Basta, Rinaldo —suspiró la pobre mujer dejándose caer en una silla—, basta, no puedo más.

—¿Cómo que basta? ¿Qué pinto yo? No soy yo el que las fabrico. Figúrate, ni siquiera sé hacer un triciclo...

¡Driin! ¡Driin!

Sobre la mesa apareció un precioso triciclo, tan nuevo que todavía tenía las ruedas envueltas en el papel de embalaje: pero el timbre vibraba alegremente, como diciendo: «¡También estoy yo!»

—¡Rinaldo, por favor!

—Tía Rosa, no creerás de verdad que lo que está pasando es por culpa mía.

—Desde luego, hijito. Quiero decir, no lo creo, Rinaldo. Pero lo mismo te ruego que seas prudente: no pronuncies más ni la palabra bicicleta ni la palabra triciclo.

Rinaldo se echó a reír.

—Si es sólo eso, puedo hablar de otra cosa. ¿Quieres que hablemos de despertadores o de sandías frescas? ¿De budines o de botas de agua?

La tía se desmayó. Al tiempo que aquellos nombres salían de la boca de Rinaldo, la casa se poblaba de despertadores, sandías, budines y botas de agua. Aquellos extravagantes e increíbles objetos surgían de la nada, como fantasmas.

—¡Tía! ¡Tía Rosa!

—¿Eh? ¿Qué pasa? ¡Ah! —dijo la mujer volviendo en sí—. Rinaldo, sobrino mío, hijo mío, por caridad, siéntate allí y quédate callado. ¿Quieres a tu tía? Siéntate y no te muevas. Voy a llamar al profesor De Magistris, él nos dirá qué hacer.

Este profesor De Magistris era un profesor que vivía al otro lado del patio de la pensión. Cuando la tía Rosa tenía algún problema corría al señor De Magistris que nunca se hacía de rogar para escucharla y prestarle ayuda. Sólo los viejos saben ser así de generosos y pacientes. Esta vez el profesor tampoco se hizo de rogar.

—Hola, jovencito, ¿qué pasa?

—Buenas tardes, profesor. No lo sé muy bien. Parece que en esta casa hay...

Pero antes de que pudiera pronunciar la palabra «espíritus» la tía Rosa le puso una mano en la boca.

—¡No! Rinaldo. ¡Esa palabra no! ¡Todo, pero no los espíritus!

—Señora —intervino el profesor De Magistris—, explíquemelo al detalle, no entiendo.

—¿Pero qué hay que entender? Se ha caído de la bicicleta y se ha golpeado la cabeza. Y ahora, cada vez que dice una palabra, aquello, o sea la palabra. ...

—Mire, profesor —dijo Rinaldo—, yo digo: gato.

Miau, hizo el gato materializándose sobre una silla junto a la estufa.

—¡Hep! —dijo el profesor—. ¡Hum! Comprendo.

—¿Ha visto qué cosa? Y sus padres en Alemania. Una enfermedad similar...

—¡Pero qué enfermedad! —protestó Rinaldo—. A mí me parece muy cómodo. Si me apetece un helado de pistacho...

¡Proff!

Ahí está el helado dispuesto en una copa de cristal.

—Me parece estupendo —comentó el profesor—. Pero, ¿dónde está la cucharilla?

—Cucharilla —dijo Rinaldo—. Mejor, otro helado y otra cucharilla, así tendremos uno para cada uno. ¿Quieres también un helado, tía?

Pero la tía Rosa no contestó: se había desmayado por segunda vez.

Cuentos para jugar
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