La historia de Serena

Los padres de Serena, de tradición profundamente religiosa, se separaron en contra de sus principios cuando ella era aún una adolescente. La separación fue especialmente dramática porque su padre se había enamorado de una joven que había conocido en el grupo de oración en el que solía participar.

Después de este hecho, Serena se unió más aún a su madre y juntas emprendieron otro camino intelectual con la intención de encontrar una fuerza y una fe nuevas que les prestara apoyo a la hora de aceptar el inaceptable suceso.

A raíz de la separación de los padres, su hermano, unos años mayor que ella, tuvo muchos problemas con la droga. Por suerte, aceptó los consejos de Serena e ingresó en un centro de rehabilitación.

Serena, ya adulta, compaginaba su trabajo como educadora en una escuela infantil con la parroquia, donde era catequista. Como esto no le bastaba, dedicaba cada momento de su tiempo libre a la oración y a realizar obras de caridad para personas desfavorecidas.

Había heredado de su madre una moral rígida y un inquebrantable sentido del deber que, después de la desgracia familiar, se hicieron aún más rígidos y, por esto, a menudo, realizaban críticas incisivas sobre el comportamiento de los demás.

Como podemos suponer, Serena nunca se había entregado a los placeres de la carne, como tampoco al desconcierto del primer beso. A los 28 años, aún no había tenido experiencias de ningún tipo con el sexo contrario.

Como una vestal antigua, sólo era devota de Dios y de su moral, y despreciaba la facilidad con que sus coetáneas iban de flor en flor.

Pero, como afirman algunos, si Dios existe, te pone a prueba.

De las actividades caritativas que realizaba en la parroquia, había una que le gustaba especialmente: ayudar y asistir a familias pobres de inmigrantes. Se estaba dedicando, en particular, a un grupo de etíopes.

Uno de los miembros de esta familia era un joven de 22 años, Youssouf, que había manifestado comportamientos antisociales de carácter violento, como agresiones, robo y tráfico de droga. Cada vez que la veía, éste la provocaba hablándole soezmente, mientras que Serena, movida por su inquebrantable fe en su moral y en su deber evangélico, le preguntaba con dulzura de qué servía todo eso, a lo que él, sistemáticamente, le respondía que serviría para que, tarde o temprano, terminaran acostándose juntos.

Serena tomaba estas palabras como una provocación más, que, sin embargo, la desconcertaba bastante. Un desconcierto que se acentuaba por el imponente físico de Youssouf.

Una noche, mientras Serena volvía de su cita habitual con la parroquia, se encontró con el joven, que conducía su flamante coche con los altavoces a todo volumen, y se ofreció a llevarla a casa.

En un primer momento, ella se negó, pero luego, ante su insistencia, aceptó y se montó en el coche.

Sin embargo, el joven, en lugar de acompañarla a casa, le dio una vuelta sometiéndola a su conducción temeraria y a su música estridente.

Lo raro fue que, tras un primer momento de tensión, esta situación completamente nueva empezó a provocarle una sensación inaudita. Así, el rugido del motor, las bruscas aceleraciones, las curvas a alta velocidad y el vibrante ritmo de la música empezaron a provocarle escalofríos desconocidos.

Los dos comenzaron a verse, y los escalofríos iniciales se hicieron cada vez más intensos, hasta que ocurrió lo que Youssouf había previsto.

En el transcurso de una noche, la devota vestal vivió su némesis. El descubrimiento de los placeres de la carne fue tan arrebatador para ella que se convirtió en una especie de droga de uso cotidiano.

La relación entre Serena y Youssouf se hizo pública, y este hecho inesperado explotó en la parroquia y en la comunidad como una segunda bomba aún más potente que la que había supuesto el comportamiento del padre unos años antes.

La pecadora fue expulsada inmediatamente de la comunidad y los más benévolos la consideraron una poseída del demonio. Pero, para ella, que ahora había descubierto su universo femenino, todo esto no tenía la menor importancia.

La relación con su madre también sufrió una ruptura dramática y, como cabía esperar, se produjo un acercamiento entre su padre y ella, ahora unidos por la culpa y por la excomunión de la comunidad religiosa.

Hasta ahora, por muy repentina y sorprendente que pueda parecer la evolución personal de Serena, no había ocurrido nada realmente trágico. Pero, a quien no está acostumbrado a vivir ciertas situaciones, la naturaleza siempre le tiene preparada una trampa.

La mujer se quedó embarazada y la idea del aborto no pasó en ningún momento por la cabeza de los pecadores.

Ambos, de ser novios, pasaron a vivir bajo el mismo techo y, para facilitar que él se quedase en Italia, regularizaron la relación casándose por lo civil. Las cosas se precipitaron cuando los estilos de vida de Serena y de Youssouf chocaron. Ella pretendía que el novato marido, que seguía viviendo del cuento, asumiese responsabilidades, mientras que él, a espaldas de su compañera, había vuelto a frecuentar la mala vida con sus amigos durante juergas nocturnas.

Serena hizo de todo para devolverlo a su deber de marido y de padre, pero comenzaron las furiosas discusiones que, continuamente, culminaban en agresiones contra Serena. De esta manera, la mujer se vio en la tesitura de tener que afrontar sola, entre la rabia y la desesperación, todos los problemas del recién nacido y de la organización familiar, incluidas las estrecheces económicas, pues ella era la única que aportaba dinero. En mitad de estos problemas, sucedió algo inesperado y, sobre todo, imprevisto por ingenuidad: otro embarazo.

Así, Serena se encontró con un hijo que aún no había cumplido 1 año y con otro en camino. Ante esta circunstancia, sumida en una profunda desesperación, pidió ayuda a su madre.

Ésta, en un principio inflexible, se ablandó y aceptó ayudarla, pero a cambio de que Serena volviese a casa tras dejar al marido y de que se sometiera a un proceso de penitencia religiosa.

En esa situación, Serena, con las fuerzas mermadas y muy necesitada de ayuda como para rechazarla, volvió a la casa materna con un subterfugio, y denunció a su pareja por malos tratos.

Tras unos meses de gestación, y penitencia, tuvo lugar el nuevo feliz acontecimiento.

Actualmente, Serena divide su tiempo entre el trabajo, los cuidados maternos, la labor de integración de los dos niños de color en las actividades infantiles y su dedicación espiritual, que ha resurgido con más fuerza tras su penitencia.

Ahora, Serena representa un ejemplo de la caridad de Dios, que ha sabido perdonar y volver a acoger en su casa a la pecadora arrepentida.