Epílogo

Al llegar al final de este libro y con sólo volver a leerlo, he recordado a mis dos grandes amigos y maestros (a uno lo conozco personalmente, mientras que al otro lo he encontrado y amado a través de sus escritos): Paul Watzlawick y Alfred Polgar.

Este último, en sus Kleine Schriften [Pequeñas historias], ha trazado, entre lo trágico y lo cómico, lo dramático y lo grotesco, los acontecimientos humanos de su tiempo en la Mitteleuropa de principios del siglo XX poniendo de relieve toda su común absurdidad.

Me he dado cuenta de que, al contar las historias presentes en este libro, él me ha inspirado de manera inconsciente.

Hace muchos años, Paul Watzlawick, el estudioso más importante del cambio y de la comunicación, me dijo, algo resignado, que, por mucho que pudiésemos desarrollar técnicas terapéuticas evolucionadas, siempre nos encontraríamos ante la desilusión de ver cómo las personas forman parejas no por «afinidades electivas», sino por «complementariedades insanas». Se trata de dinámicas que se repiten sin un tiempo o una justificación aparente.

Tal vez con este intento de formalizar los guiones sentimentales de las mujeres y de ofrecer el modo de afrontar lo que parece inafrontable, esté tratando de responderle.

Volviendo a hacer uso de la analogía con el teatro, me gusta recordar que, en su forma más antigua, la tragedia, había un número limitado de personajes que expresaban las emociones fundamentales. Hoy en día, los personajes y los guiones son más numerosos y complejos, por tanto, los actores, si, por un lado, han de estar mucho más capacitados para evitar encasillarse en su guión, por otro, tienen mayor variedad de papeles que interpretar.

De esto no podemos librarnos, pues, como bien nos ha enseñado el mejor autor teatral de la historia, William Shakespeare, «el mundo entero es un teatro».