La historia de Carla

Con 44 años, Carla salía de un matrimonio fracasado que le había costado mucho a nivel emocional y económico.

Carla es la más pequeña de una familia muy rica. Cuando decidió divorciarse, para evitar más sufrimientos y acortar el proceso, acordó una alta suma para el cónyuge.

Se había visto obligada a tomar esta decisión porque su marido, mediante un detective privado, había conseguido unas fotos de ella en actitud cariñosa con otro hombre. De modo que, para evitar escándalos, cedió al chantaje, a pesar de que aquella relación extramatrimonial y ocasional había sido la única reacción a las continuas infidelidades de su marido, de origen humilde y, por ello, hostigado por su familia, que, después del opulento matrimonio, se lo estaba pasando de fábula. Carla, enamorada del sinvergüenza, había intentado sin éxito salvar su relación.

Del matrimonio había nacido un hijo, que tenía 7 años cuando se produjo la separación. Durante varios años, Carla ejerció sola de madre atenta y cuidadosa, sin ninguna relación sentimental.

Un día, en la clase de natación de su hijo, conoció al nuevo monitor: un físico escultural y una sonrisa cautivadora acompañada de una mirada penetrante. Carla se quedó deslumbrada. Presa de un inesperado despertar de los sentidos, como una adolescente en el primer arrebato de pasión, consiguió resistirse a besarlo a duras penas. Estaba demorando la satisfacción de ese formidable impulso erótico, ya que en ella se había encendido un deseo incontenible tras años de letargo, y sólo las circunstancias y las apariencias la frenaron durante un tiempo.

Había un problema: el joven apenas tenía 19 años, mientras que ella iba a cumplir 44 a la semana siguiente. Sin embargo, como sabemos, el sentido del deber y de culpa ceden gustosos el paso al placer.

En efecto, Carla, después de algunas dilaciones, llegó a encontrar una justificación legítima para merecerse, tras tanto sufrimiento y abstinencia, algo bueno aunque prohibido a primera vista.

Con esta idea, cuando llegó el verano, invitó al joven Adonis a dar clases particulares de natación a precio de oro en su chalé con piscina, «obviamente, para mi hijo».

Pronto, la madre también empezó a dar lecciones, pero en el salón o en su dormitorio, y cuando el hijo se ausentaba unas horas, también en la piscina, pero con los papeles cambiados: el alumno era el apuesto joven inexperto en juegos eróticos y Carla era la monitora.

Fue un bonito verano para ambos, pero con el otoño la flor de su amor también se secó. El joven, iniciado en los muchos pequeños misterios de Eros, comenzó a salir con otra monitora de natación y se fue alejando de ella educadamente.

En un principio, Carla lo pasó mal, pero el guión que había interpretado le gustó tanto que decidió escribir otros: el aprendiz de peluquería, primero el gogó y luego el joven relaciones públicas de la discoteca que ella inauguró en primavera con la intención oculta de tener un coto de caza.

Pese a la reprobación, incluso manifiesta, de su familia, Carla modificó su aspecto y lo adaptó al de las chicas que veía en la discoteca y comenzó a vestirse con ropa ceñida para resaltar sus formas procaces, endurecidas y potenciadas con intervenciones quirúrgicas en labios, pechos y glúteos. Por desgracia, para seguir el ritmo de los jóvenes, hay que adquirir ciertos hábitos y vicios: trasnochar, abusar del alcohol y, a veces, consumir estupefacientes.

De este modo, con 44 años, Carla terminó ingresada de urgencia por culpa de un cóctel explosivo de drogas y alcohol.

Su hijo, que desde hacía tiempo se había alejado por vergüenza ajena y decepcionado por los nuevos hábitos de su madre, siguiendo los consejos de médicos y psicoterapeutas, se responsabilizó de su desintoxicación.

Carla decidió cambiar de vida gracias a su hijo y al hecho de haber recuperado su relación. Sin embargo, no deja de afirmar que no se arrepiente de nada y que, en todo caso, tiene algún remordimiento por su hijo. No se lamenta de las numerosas experiencias vividas a raíz de su matrimonio fracasado: ha disfrutado de pasiones juveniles que la han revitalizado «y gracias a la inexperiencia de mis parejas, a los que siempre tenía que iniciar, ha sido como revivir el candor y la embriaguez del primer amor».