II
Dios y microbio son el mismo sistema, la única diferencia está en el número de centros.
(Prieuré, 3 de abril, 1923).
Nuestro desarrollo es como el de una mariposa. Debemos «morir y renacer», como el huevo muere y se vuelve oruga; la oruga muere y se vuelve una crisálida; la crisálida muere y recién nace la mariposa. Es un proceso largo y la mariposa vive solamente un día o dos. Pero se ha cumplido el propósito cósmico. Igual sucede con el hombre: debemos destruir nuestros topes. Los niños no tienen ninguno. Por lo tanto, debemos volver a ser como niños pequeños…
(Prieuré, 2 de junio, 1922).
A alguien que preguntó por qué nacimos y por qué morimos, Gurdjieff respondió: ¿Quiere saber? Para realmente saber hay que sufrir. ¿Puede usted sufrir? Usted no puede sufrir. No puede sufrir por un franco, y para saber un poco necesita sufrir por un millón de francos…
(Prieuré, 12 de agosto, 1924).
Cuando estamos aprendiendo, escuchamos nuestros propios pensamientos, por lo tanto no podemos oír pensamientos nuevos, sino tan solo por nuevos métodos de escuchar y estudiar…
(Londres, 13 de febrero, 1922).
Essentuki, cerca de 1918
Al hablar sobre diferentes temas, he notado lo difícil que es el transmitir, aunque sea a una persona bien conocida, la comprensión que se tiene hasta del tema más ordinario. Nuestro idioma es demasiado pobre para descripciones completas y exactas. Más tarde, encontré que esta falta de comprensión entre un hombre y otro es un fenómeno matemáticamente ordenado, tan preciso como las tablas de multiplicar. En general, depende de la así llamada «psique» de la gente de que se trata y, en particular, del estado de su psique en un momento dado.
La verdad de esta ley puede verificarse a cada paso. Para ser comprendido por otro hombre, no solo es necesario para el que habla saber cómo hablar, sino también para el que escucha saber cómo escuchar. Y es por esto que puedo decir que si yo hablara del modo que considero exacto, todos aquí, con muy pocas excepciones, pensarían que estoy loco. Pero como ahora tengo que hablar para mi auditorio tal cual es, y mi auditorio tendrá que escucharme, primero debemos establecer la posibilidad de un entendimiento común.
Mientras hablamos, debemos señalar gradualmente los hitos de una conversación productiva. Todo lo que quiero sugerir en este momento es que traten de mirar los fenómenos y cosas que les rodean, especialmente a ustedes mismos, desde un punto de vista, desde un ángulo, que puede ser diferente a lo que es usual o natural para ustedes. Solo mirar, porque el hacer más solo es posible con el deseo y la cooperación del que escucha, cuando el que escucha deja de escuchar pasivamente y empieza a hacer, es decir, cuando se mueve hacia un estado activo. Muy a menudo, al conversar con la gente, se oye la opinión directa o implícita de que al hombre, tal como lo encontramos en la vida ordinaria, se lo podría considerar casi el centro del universo, el «ápice de la creación» o, en cualquier caso, una entidad grande e importante, cuyas posibilidades son casi ilimitadas, sus poderes casi infinitos. Pero aun con tales puntos de vista hay ciertas reservas; dicen que para esto se necesitan condiciones excepcionales, circunstancias especiales, inspiración, revelación, etc. Sin embargo, si examinamos esta concepción del «hombre», vemos de inmediato que está formada por características que pertenecen no a un hombre, sino a varios individuos conocidos o supuestamente diferentes. En la vida real, nunca encontramos a tal hombre, ni en el presente, ni como personaje histórico en el pasado, ya que cada hombre tiene sus propias debilidades y si se mira más de cerca, se desintegra el espejismo de grandeza y de poder.
Pero la cosa más interesante no es que la gente disfrace a los demás con este espejismo, sino que, debido a una característica peculiar de su propia psique, lo transfiera a sí misma, si no en su totalidad, por lo menos en parte, como un reflejo. Y así, aunque las personas son casi nulidades, se imaginan ser ellas mismas este tipo colectivo o algo muy parecido.
Más si un hombre sabe cómo ser sincero consigo mismo —no sincero como usualmente se entiende esa palabra, sino despiadadamente sincero— entonces a la pregunta: «¿Qué es usted?», no esperará una contestación reconfortante. Por lo tanto, sin esperar que ustedes se aproximen a experimentar por sí mismos sobre lo que estoy hablando, sugiero que para comprender mejor lo que quiero decir, cada uno de ustedes ahora debería hacerse a sí mismo la pregunta: «¿Qué soy yo?». Estoy seguro que el 95 por ciento de ustedes se quedará perplejo con esta pregunta y contestará con otra: «¿Qué quiere usted decir?».
Y esto probará que un hombre ha vivido durante toda su vida sin hacerse esta pregunta, que ha dado por sentado, axiomáticamente, que él es «algo», hasta algo muy valioso, algo que nunca ha puesto en duda. Al mismo tiempo, es incapaz de explicar a otra persona lo que es este «algo», incapaz de transmitir ni siquiera una idea de ello, ya que él mismo no sabe lo que es. ¿Y no sería que no lo sabe, porque de hecho este «algo» no existe, sino que su existencia es mera presunción? ¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de sí? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son y gastan sus vidas en la plácida convicción de que representan algo valioso? Dejan de ver la irritante vacuidad escondida detrás de la fachada demasiado pintada creada por su propio engaño y no se dan cuenta de que su valor es puramente convencional.
En verdad, esto no es siempre así. No toda la gente se ve a sí misma tan superficialmente. Sí, existen las mentes inquisitivas que anhelan la verdad del corazón, la buscan, se esfuerzan por resolver los problemas planteados por la vida, tratan de penetrar en la esencia de las cosas y de los fenómenos, y de penetrar dentro de sí mismos. Si un hombre razona y piensa sanamente, no importa qué camino siga al resolver estos problemas, inevitablemente debe regresar a sí mismo y empezar a solucionar el problema de lo que él mismo es y cuál es su lugar en el mundo que lo rodea. Porque sin este conocimiento no tendrá ningún punto de enfoque en su búsqueda. Las palabras de Sócrates, «Conócete a ti mismo», persisten para todos aquéllos que buscan el verdadero conocimiento y el ser.
Acabo de usar una nueva palabra: «ser». Para estar seguro que por ella todos entendemos la misma cosa, tendré que decir algunas palabras como explicación.
Acabamos de preguntarnos si lo que un hombre piensa de sí mismo corresponde a lo que es en realidad, y ustedes se preguntaron a sí mismos qué son. He aquí un médico, allá un ingeniero y allí un artista. ¿Son realmente lo que pensamos que son? ¿Podemos considerar la personalidad de cada uno de ellos como idéntica a su profesión, a la experiencia que esa profesión, o su preparación para ella, le ha dado? Cada hombre llega al mundo como una hoja de papel en blanco; luego la gente y las circunstancias a su alrededor empiezan a rivalizar entre sí para ensuciar esta hoja y cubrirla con escritos. Entran aquí la educación, la formación de la moralidad, la información que llamamos conocimiento: todos los sentimientos de deber, honor, conciencia, etc. Y todos pretenden que los métodos adoptados para injertar al tronco estos retoños conocidos como la «personalidad del hombre» son inmutables e infalibles. Gradualmente se ensucia la hoja y mientras más se ensucia con el así llamado «conocimiento», más listo se considera al hombre. Cuanto más hay escrito en el espacio llamado «deber», más honesto se dice que es el poseedor; y así es con todo. Y la misma hoja sucia, al ver que la gente considera su suciedad como un mérito, cree que es valiosa. Éste es un ejemplo de lo que llamamos «hombre», al cual aun agregamos frecuentemente términos tales como talento y genio. Sin embargo, el humor de nuestro «genio», cuando se despierta en la mañana, se arruina para todo el día si no encuentra sus pantuflas junto a la cama.
El hombre no es libre ni en sus manifestaciones ni en su vida. No puede ser lo que desea ser ni lo que cree que es. No se asemeja al retrato de sí mismo y las palabras «hombre, el ápice de la creación» no son aplicables a él.
«Hombre», éste es un término para enorgullecerse, pero tenemos que preguntarnos ¿qué clase de hombre? No el hombre, por cierto, que se irrita por trivialidades, que presta atención a pequeñeces y se enreda en todo lo que lo rodea. Para tener derecho a llamarse hombre, se debe ser un hombre; y este «ser» se obtiene solo a través del conocimiento de sí y del trabajo sobre uno mismo en las direcciones que llegan a ser claras a través del conocimiento de sí.
¿Han tratado ustedes alguna vez de observarse mentalmente cuando su atención no está concentrada en algún problema determinado? Supongo que la mayoría de ustedes están familiarizados con esto, aunque tal vez solo unos pocos lo han vigilado sistemáticamente en sí mismos. Sin duda, ustedes se han dado cuenta de nuestro modo de pensar por asociaciones casuales, cuando nuestro pensamiento ensarta escenas y memorias desconectadas, cuando cada cosa que cae dentro del campo de nuestra conciencia o apenas la toca ligeramente, hace surgir en nuestro pensamiento estas asociaciones casuales. La cadena de pensamientos parece continuar sin interrupción, entretejiendo fragmentos de representaciones de percepciones anteriores, tomadas de diferentes grabaciones en nuestra memoria. Y estas grabaciones giran y se desenvuelven mientras nuestro aparato pensante teje hábil y continuamente los hilos del pensamiento de este material. Las grabaciones de nuestros sentimientos giran del mismo modo; agradable y desagradable, alegría y tristeza, risa e irritación, placer y dolor, simpatía y antipatía. Al ser alabado usted está contento; alguien lo regaña y su humor se echa a perder. Algo nuevo capta su interés e instantáneamente le hace olvidar lo que tanto le interesaba el momento anterior. Gradualmente su interés lo amarra a esta nueva cosa, hasta que se hunde de pies a cabeza; de repente ya no la posee, usted ha desaparecido, está amarrado y disuelto en esta cosa; de hecho ella lo posee, lo ha cautivado; y esta infatuación, esta capacidad para ser cautivado, bajo muchos diferentes modos, es una característica de cada uno de nosotros. Esto nos amarra y nos impide ser libres. Por lo mismo nos quita nuestra fuerza y nuestro tiempo, dejándonos sin posibilidad de ser objetivos y libres: dos cualidades esenciales para quien decide seguir el camino del conocimiento de sí.
Debemos esforzarnos por la libertad si nos esforzamos por el conocimiento de sí. La tarea de un más amplio conocimiento y desarrollo de sí es de tal importancia y seriedad, demanda tal intensidad de esfuerzo, que es imposible intentarla descuidadamente y en medio de otras cosas. La persona que emprende esta tarea debe darle preeminencia en su vida, la que no es tan larga para permitirle el malgastarla en trivialidades.
¿Qué podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?
Libertad y seriedad. No la clase de seriedad que se asoma bajo cejas fruncidas y labios arrugados, ademanes cuidadosamente reprimidos y palabras filtradas entre los dientes, sino la clase de seriedad que significa determinación y persistencia en la búsqueda, intensidad y constancia en ella tal, que un hombre, aun cuando descansa, continúa con su tarea principal. Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar «sí» si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata solo de condiciones exteriores?
Digamos que usted tiene mucho dinero. Vive lujosamente y goza del respeto y estima general.
La gente que está al frente de su bien organizado negocio es absolutamente honesta y le es fiel. En una palabra, usted tiene una muy buena vida. Tal vez usted piensa igual y se considera a sí mismo absolutamente libre, porque dispone de su tiempo como le place. Es patrón de las artes, arregla los problemas mundiales tomando una taza de café y hasta puede estar interesado en el desarrollo de ocultos poderes espirituales. Los problemas del espíritu no le son desconocidos, y es versado en cuestiones filosóficas.
Es educado y culto. Siendo un poco erudito en muchos campos a usted se le considera como un hombre inteligente, porque encuentra fácilmente el camino en toda clase de actividades; usted es un ejemplo del hombre culto. En breve, usted es envidiable.
Por la mañana despierta bajo la influencia de un sueño desagradable. El humor ligeramente deprimido desapareció, pero ha dejado su huella en una especie de laxitud y vacilación en sus movimientos. Se aproxima al espejo para peinarse y por accidente se le cae su cepillo. Lo recoge, y justamente cuando acaba de sacudirlo, se le cae otra vez. Esta vez lo levanta con algo de impaciencia y, en consecuencia, se cae por tercera vez. Trata de cogerlo en el aire, pero en cambio vuela hacia el espejo. En vano salta para cogerlo. ¡Crac!… un racimo estrellado de grietas aparece en el antiguo espejo del que estaba usted tan orgulloso. ¡Al demonio! Las grabaciones de descontento empiezan a girar y usted necesita descargar su disgusto en alguien. Al encontrar que el sirviente se ha olvidado de colocar el periódico al lado del café del desayuno, se desborda el vaso de su paciencia y usted decide que ya no puede soportar más a este desdichado hombre en la casa.
Ya es hora de que usted salga. Aprovechando el buen tiempo y en vista de que no tiene que ir lejos, decide caminar, mientras su coche le sigue lentamente. El brillante sol lo apacigua un poco. Su atención es atraída hacia un grupo de gente que rodea a un hombre que yace inconsciente en el pavimento. Con la ayuda de los espectadores, el portero lo pone en un taxi y se lo llevan a un hospital. Fíjese cómo la cara extrañamente familiar del chófer está conectada en sus asociaciones y le recuerda el accidente que tuvo el año pasado. Usted regresaba a su casa, de una alegre fiesta de cumpleaños. ¡Qué delicioso pastel tenían! Este sirviente suyo que olvidó traerle el periódico, arruinó su desayuno. ¿Por qué no compensarlo ahora? Después de todo ¡el pastel y el café son sumamente importantes! Ahí está el café de moda al que algunas veces va con sus amigos. Pero ¿por qué se ha acordado del accidente? Seguramente ya casi se había olvidado del desagrado de esta mañana… Y ahora ¿realmente están tan sabrosos su pastel y su café?
Usted ve las dos damas en la mesa de al lado. ¡Qué encantadora rubia! Ella le echa una mirada y susurra a su compañera, «Ése es el tipo de hombre que me gusta».
Seguramente ninguna de sus dificultades merece perder el tiempo o molestarse por ellas.
¿Hace falta que le haga ver cómo cambió su humor desde el momento en que encontró a la rubia y lo que duró mientras estaba con ella? Usted regresa a su casa tarareando una alegre melodía y hasta el espejo roto solo le provoca una sonrisa. Pero ¿qué hay del asunto por el cual salió esta mañana? Recién acaba usted de recordarlo… ¡Eso es ser listo! Aunque no importa. Usted puede telefonear. Levanta el auricular y la operadora le da un número equivocado. Llama de nuevo y contesta el mismo número. Un hombre dice con voz cortante que ya está cansado de usted; usted dice que no es culpa suya, sigue un altercado y se sorprende de saber que usted es un tonto y un idiota y que si vuelve a llamar… La alfombra arrugada debajo de su pie lo irrita, y debiera oír su tono de voz al regañar al sirviente que le está entregando una carta. La carta es de un hombre que usted respeta, y cuya buena opinión valora. El contenido de la carta es tan halagador para usted que su irritación desaparece gradualmente y es reemplazada por la agradablemente embarazosa sensación que el elogio hace surgir. Termina de leerla en el más amable de los humores.
Podría continuar esta descripción de su día, del de usted, hombre libre. Quizá crea que he estado exagerando. No, éste es un verdadero cuadro tomado de la vida.
Éste fue un día en la vida de un hombre muy conocido tanto en su país, como en el extranjero; un día reconstruido y descrito por él mismo, la misma noche, como un vívido ejemplo del pensar y sentir asociativos. Díganme ¿dónde está la libertad cuando la gente y las cosas se posesionan de un hombre en tal grado que olvida su estado de ánimo, sus negocios y a sí mismo? En un hombre que está sujeto a tales variaciones ¿puede haber alguna actitud seria hacia su búsqueda?
Ahora ustedes comprenderán mejor que no es menester que un hombre sea necesariamente lo que parece ser, que no se trata de las circunstancias ni de los hechos externos, sino de la estructura interna del hombre y de su actitud hacia estos hechos. Pero tal vez esto solo sea verdad en cuanto a sus asociaciones; con respecto a las cosas que él «conoce» quizá la situación sea diferente.
Pero les pregunto, si por alguna razón cada uno de ustedes no pudo poner su conocimiento en práctica durante varios años, ¿cuánto quedaría? ¿No sería esto como tener materiales que con el tiempo se secan y evaporan? Recuerden la comparación con una hoja de papel en blanco. Y efectivamente en el curso de nuestra vida estamos aprendiendo algo todo el tiempo, y a los resultados de este aprender llamamos «conocimiento». Y a pesar de este conocimiento ¿no damos pruebas a menudo de ser ignorantes, alejados de la vida real y por lo tanto mal adaptados a ella? Se nos educa a medias, como renacuajos, o más a menudo simplemente somos gente «educada» con un poco de información sobre muchas cosas, pero toda enmarañada e inadecuada. De hecho es mera información. No la podemos llamar conocimiento, puesto que el conocimiento es una propiedad inalienable de un hombre; no puede ser más y no puede ser menos. Porque un hombre «conoce» solamente cuando él mismo «es» ese conocimiento. En cuanto a sus convicciones ¿no se han fijado nunca que cambian? ¿No están también sujetas a fluctuación como todo lo demás en nosotros? ¿No sería más exacto llamarlas opiniones en vez de convicciones, si dependen tanto de nuestro estado de ánimo, como de nuestra información, o quizá simplemente del estado de nuestra digestión en un momento dado?
Cada uno de ustedes es un ejemplo no muy interesante de un autómata animado. Piensan que se necesita un «alma» y hasta un «espíritu» para hacer lo que hacen y vivir como viven. Pero quizá baste con tener una llave para darle cuerda a sus mecanismos. Sus diarias porciones de alimento los ayudan a darse cuerda y a renovar una y otra vez las cabriolas sin propósito de sus asociaciones. De este conjunto de materiales se selecciona pensamientos separados y ustedes intentan conectarlos como un todo y pasarlos como valiosos y como propios. También escogemos sentimientos y sensaciones, estados de ánimo y experiencias, y de todo esto creamos el espejismo de una vida interior, nos llamamos a nosotros mismos seres conscientes y razonables, hablamos de Dios, de la eternidad, de la vida eterna y otros temas más elevados; hablamos acerca de todo lo imaginable, juzgamos y discutimos, definimos y evaluamos, pero omitimos hablar sobre nosotros mismos y sobre nuestro propio y verdadero valor objetivo, porque estamos todos convencidos de que si algo nos hace falta, lo podemos adquirir.
Si en lo dicho he podido aclarar aunque sea en pequeño grado el caos en que se encuentra el ser que llamamos hombre, les será posible contestar por sí mismos a la pregunta de lo que le falta y de lo que puede obtener si permanece como está, y qué de valor puede agregar al valor que él mismo representa.
Ya he dicho que hay gente hambrienta y sedienta de la verdad. Si examina los problemas de la vida, y es sincera consigo misma, pronto se convencerá de que no es posible vivir como ha vivido y ser lo que ha sido hasta ahora; que es esencial una salida de esta situación y que un hombre solo puede desarrollar sus capacidades y poderes ocultos limpiando su máquina de la suciedad que la ha obstruido en el curso de su vida. Pero para llevar a cabo esta limpieza en forma racional, él tiene que ver lo que necesita limpiarse, dónde y cómo; pero ver esto por sí mismo es casi imposible. Para poder ver cualquiera de estas cosas uno tiene que ver desde el exterior; y para esto se necesita de la ayuda mutua.
Si recuerdan el ejemplo que di de la identificación, se darán cuenta cuan ciego es el hombre cuando se identifica con sus estados de ánimo, sentimientos y pensamientos, Pero nuestra dependencia de las cosas ¿está limitada solo a lo que se puede observar a primera vista? Estas cosas se destacan tanto que no se puede evitar que llamen nuestra atención. ¿Recuerdan ustedes cómo hablamos acerca de los caracteres de las personas, dividiéndolos a grosso modo en buenos y malos? Una vez que un hombre ha empezado a conocerse, encuentra continuamente nuevas áreas de su mecanicidad —llamémoslo automatismo— dominios donde su voluntad, su «yo quiero», no tiene poder, áreas no sujetas a él, tan confusas y sutiles que le es imposible encontrar su camino dentro de ellas sin la ayuda y la guía autoritaria de alguien que sabe.
Brevemente, éste es el estado de cosas en el campo del conocimiento de sí:
- Para hacer, uno debe conocer.
- Pero para conocer, uno debe descubrir cómo conocer.
- No podemos descubrir esto por nosotros mismos.
Además del conocimiento de sí, hay otro aspecto de la búsqueda: el desarrollo de sí. Veamos cómo andan las cosas por ahí. Es claro que un hombre abandonado a sus propios medios no puede exprimir de su dedo meñique el conocimiento de cómo desarrollarse y, aún menos, qué exactamente desarrollar en sí mismo.
Gradualmente, al conocer a personas que están buscando, hablando con ellas y leyendo libros apropiados, un hombre es atraído hacia la esfera de preguntas concernientes al desarrollo de sí.
¿Pero qué puede encontrar aquí? Antes que nada un abismo del más imperdonable charlatanismo, basado enteramente en la avidez de hacer dinero al engañar a gente crédula que está buscando una salida a su impotencia espiritual. Pero antes que un hombre aprenda a separar el trigo de la cizaña, debe transcurrir un largo tiempo, y posiblemente el impulso mismo de encontrar la verdad, vacilará y se apagará en él, o se volverá mórbidamente pervertido y su embotado olfato lo puede conducir a tal laberinto que el camino de salida, figurativamente hablando, lo llevará directamente al diablo. Si un hombre logra salir de este primer pantano, puede caer en un nuevo cenagal de seudoconocimiento. En ese caso la verdad será presentada en una forma tan indigerible y vaga que producirá la impresión de un delirio patológico. Se le mostrará caminos y medios para desarrollar poderes y capacidades ocultas, las cuales se le promete, que si es persistente, le darán sin mucho esfuerzo poder y dominio sobre todas las cosas, incluyendo criaturas animadas, materia inerte y los elementos. Todos estos sistemas basados en una variedad de teorías, son extraordinariamente seductivos, sin duda precisamente por su vaguedad. Tienen una atracción particular para los semieducados, aquéllos que son semiinstruidos en el conocimiento positivista.
En vista de que la mayoría de los asuntos estudiados desde el punto de vista de teorías esotéricas y ocultas, a menudo van más allá de los límites de datos accesibles a la ciencia moderna, muchas veces estas teorías los desprecian. Aunque por un lado le den a la ciencia positivista su mérito, por el otro minimizan su importancia y nos dejan la impresión de que la ciencia no es solo un fracaso, sino algo aún peor.
¿Para qué sirve entonces ir a la universidad, estudiar y esforzarse con los libros de texto oficiales, si las teorías de esta clase lo capacitan a uno para despreciar todos los otros aprendizajes y para juzgar las cuestiones científicas?
Sin embargo hay una cosa importante que el estudio de tales teorías no da; no engendra objetividad en cuestiones de conocimiento, menos aún de lo que lo hace la ciencia. Efectivamente, tiende a embotar el cerebro del hombre y a disminuir su capacidad para razonar y pensar sanamente, llevándolo hacia la psicopatía. Éste es el efecto de tales teorías en los semieducados que las toman como una auténtica revelación. Pero su efecto no es muy diferente en los científicos mismos, quienes podían haber sido afectados, aunque ligeramente, por el veneno del descontento con las cosas existentes. Nuestra máquina pensante tiene capacidad para ser convencida de cualquier cosa, siempre y cuando sea influenciada repetida y persistentemente en la dirección requerida. Una cosa que puede parecer absurda al principio, al final llegará a racionalizarse, siempre y cuando se repita con suficiente frecuencia y con suficiente convicción. Y así como un tipo de gente repetirá palabras hechas que se le han pegado en la mente, así un segundo tipo de gente encontrará pruebas intrincadas y paradojas para explicar lo que dice. Pero ambos son igualmente dignos de lástima. Todas estas teorías ofrecen aseveraciones que, como los dogmas, usualmente no pueden ser verificadas. O en cualquier caso no pueden ser verificadas por los medios a nuestro alcance.
Luego se sugieren métodos y caminos del desarrollo de sí que se dice lo llevan a uno a un estado en el cual sus aseveraciones pueden ser verificadas. En principio, no puede haber objeción a esto. Pero la práctica continua de estos métodos puede llevar al buscador demasiado apasionado a resultados altamente indeseables. Un hombre que acepta teorías ocultas, y se cree conocedor en esta esfera, no podrá resistir la tentación de poner en práctica el conocimiento de los métodos que ha adquirido en su investigación, esto es, pasará del conocimiento a la acción. Quizás actuará con circunspección, evitando los métodos que desde su punto de vista son riesgosos, y aplicando aquéllos que son más confiables y auténticos; quizás observará con el mayor cuidado. A pesar de todo, la tentación de aplicarlos y la insistencia en la necesidad de hacerlo, así como el énfasis puesto en la naturaleza milagrosa de los resultados y el encubrimiento de sus lados oscuros, conducirá a un hombre a probarlos. Quizás al probarlos un hombre encontrará métodos que son inofensivos para él. Quizás al aplicarlos hasta sacará algo de ellos. En general todos los métodos que se ofrecen para el desarrollo de sí —ya sea para verificación, o como un medio, o como un fin— a menudo son contradictorios e incomprensibles. Tratando como lo hacen con una máquina tan intrincada y poco conocida como es el organismo humano, y con ese lado de nuestra vida muy conectada con el que llamamos nuestra psique, la menor equivocación al llevarlos a cabo, el más mínimo error o exceso de presión, puede dar por resultado un daño irreparable a la máquina.
Es realmente una suerte si el hombre escapa más o menos indemne de ese cenagal. Desafortunadamente, un gran número de los que están dedicados al desarrollo de poderes y capacidades espirituales terminan su carrera en un manicomio o arruinan su salud y psique a tal grado que se convierten en completos inválidos, incapaces de adaptarse a la vida. Sus filas se engruesan con los que son atraídos por el seudoocultismo, debido a un anhelo por cualquier cosa milagrosa y misteriosa. Existen también esos individuos excepcionalmente faltos de voluntad, que son fracasos en la vida y que, tomando en cuenta solo la ganancia personal, sueñan con desarrollar en ellos el poder y la habilidad de subyugar a otros. Y finalmente hay gente que está simplemente buscando variedad en la vida, modos de olvidarse de sus penas, tratando de encontrar distracción del aburrimiento de la diaria rutina y de escapar de los conflictos que acarrea.
Cuando las esperanzas de adquirir las cualidades con las que contaban empiezan a menguar, es fácil para ellos caer en un charlatanismo intencional. Recuerdo un ejemplo clásico. Cierto buscador de poderes psíquicos, un hombre de buena posición, muy leído, que había viajado mucho en busca de cualquier cosa milagrosa, terminó en bancarrota y al mismo tiempo se desilusionó de todas sus investigaciones.
Al buscar otro medio de subsistencia, le vino la idea de hacer uso de su seudoconocimiento en el cual había gastado tanto dinero y energía. Puso manos a la obra. Escribió un libro, luciendo uno de esos títulos que adornan las cubiertas de los libros de ocultismo, algo así como Un Curso sobre el Desarrollo de las Fuerzas Ocultas en el Hombre.
Este curso estaba dividido en siete conferencias y hacía las veces de una pequeña enciclopedia de métodos secretos para desarrollar magnetismo, hipnotismo, telepatía, clarividencia, clariaudiencia, escape hacia el reino astral, levitación, y otras seductoras capacidades. El curso fue bien anunciado y puesto en venta a un precio altísimo, aunque al final se ofrecía un descuento apreciable (hasta del 95%) a los clientes más persistentes y parsimoniosos, a condición de que lo recomendaran a sus amigos.
Debido al interés general en tales terrenos, el éxito del curso excedió todas las esperanzas de su compilador. Pronto empezó a recibir cartas de compradores en tonos entusiastas, reverentes y deferentes, dirigiéndose a él como «querido maestro» y «sabio mentor», y expresando la más profunda gratitud por la maravillosa exposición y la muy valiosa instrucción que les dio la posibilidad de desarrollar varias capacidades ocultas en un tiempo notoriamente corto.
Estas cartas formaron una considerable colección, y cada una de ellas lo sorprendía, hasta que por fin llegó una carta informándole que con la ayuda de su curso, alguien en menos de un mes había sido capaz de levitar. Esto desde luego desbordó la copa de su asombro.
Ésas son literalmente sus palabras: «Estoy asombrado del absurdo de las cosas que suceden. Yo que escribí el curso, no tengo una idea muy clara de la naturaleza de los fenómenos que estoy enseñando. Sin embargo, estos idiotas no solo encuentran cómo manejarse en este galimatías, sino que aun aprenden algo de él, y ahora un superidiota hasta aprendió a volar. Esto es por supuesto pura tontería. Se puede ir al diablo… Pronto le pondrán camisa de fuerza. Es lo que se merece. Estamos mucho mejor sin tales tontos».
Señores ocultistas, ¿aprecian ustedes el argumento de este autor de uno de los libros de texto sobre el desarrollo psíquico? En este caso es posible que alguien accidentalmente pueda aprender algo, porque a menudo un hombre, aunque ignorante él mismo, puede hablar con extraña actitud acerca de varias cosas, sin saber cómo lo hace. Al mismo tiempo, por supuesto, dice también tantos disparates que cualquiera de las verdades que haya podido expresar, está completamente enterrada, siendo absolutamente imposible el extraer la perla de la verdad de este basural de toda clase de absurdos.
«¿Por qué esta extraña capacidad?», pueden preguntar. La razón es muy simple. Como ya he dicho, no tenemos conocimiento propio, esto es, conocimiento dado por la vida misma, que no se nos puede quitar. Todo nuestro conocimiento que es mera información, puede ser valioso o sin valor. Al absorberlo como una esponja, fácilmente podemos repetirlo y hablar acerca de él lógica y convincentemente, aun cuando no comprendamos nada de ello. Nos es igualmente fácil perderlo porque no es nuestro, sino que ha sido vertido dentro de nosotros como un líquido en un recipiente. Migajas de verdad están esparcidas por doquier; y aquéllos que saben y comprenden pueden ver y maravillarse de cuan cerca de la verdad vive la gente y, sin embargo, cuan ciega está y cuan impotente es para penetrarla. Pero al buscarla, es mucho mejor no aventurarse en absoluto en los oscuros laberintos de la estupidez e ignorancia humanas que ir ahí solo. Porque sin la guía y las explicaciones de alguien que sabe, un hombre, sin percatarse, puede sufrir una lesión, una dislocación de su máquina, a cada paso que da, después de lo cual tendría que gastar en su reparación mucho más de lo que gastó en dañarla, ¿qué podemos pensar de un individuo de cierto peso, que dice de sí mismo, «que es un hombre de perfecta mansedumbre, y que su comportamiento no está bajo la jurisdicción de aquéllos que lo rodean, puesto que él vive en un plano mental al cual no se pueden aplicar las normas de la vida física»? De hecho, su comportamiento debería haber sido hace mucho tiempo tema de estudio de un psiquiatra. Es el comportamiento de un hombre que concienzuda y persistentemente «trabaja» sobre sí mismo durante horas diariamente; esto es, aplica todos sus esfuerzos a profundizar y fortalecer aún más la deformación psicológica, de por sí ya tan grave que estoy convencido que pronto estará en un manicomio.
Podría citar cientos de ejemplos de búsquedas mal dirigidas y de a dónde conducen. Podría darles los nombres de personas muy conocidas en la vida pública que han quedado trastornadas por el ocultismo y que viven entre nosotros y nos asombran por sus excentricidades. Les podría señalar el método exacto que causó su trastorno, en qué ámbito «trabajaron» y se «desarrollaron», y cómo éstos afectaron su constitución psicológica y por qué.
Pero esta cuestión podría ser tema de una conversación larga y separada, así que por falta de tiempo, no voy a permitirme tratarla ahora.
Cuanto más estudia el hombre los obstáculos y engaños que le esperan a cada paso en este terreno, más se convence que es imposible recorrer el camino del desarrollo de sí siguiendo las instrucciones casuales de gente encontrada por azar, o la clase de información entresacada de la lectura y de las conversaciones fortuitas.
Al mismo tiempo, gradualmente ve con más claridad, primero un débil destello, y luego la clara luz de la verdad que ha iluminado a la humanidad a través de los siglos. Los principios de la iniciación se pierden en la obscuridad del tiempo, donde desaparece la larga cadena de épocas. Grandes culturas y civilizaciones se asoman, surgiendo veladamente de cultos y misterios, siempre cambiando, desapareciendo y reapareciendo.
El Gran Conocimiento se transmite sucesivamente de época en época, de pueblo a pueblo, de raza a raza. Los grandes centros iniciáticos en la India, Asiria, Egipto y Grecia iluminan al mundo con brillante luz. Los venerados nombres de los grandes iniciados, los portadores vivientes de la verdad, son pasados reverentemente de generación en generación. La verdad se establece por medio de escritos simbólicos y leyendas y se transmite a las masas para su preservación, en forma de costumbres y ceremonias, en tradiciones orales, en monumentos conmemorativos, en el arte sagrado, a través de las cualidades invisibles de la danza, música, escultura y varios rituales. Se comunica abiertamente, después de una determinada prueba, a aquéllos que la buscan y se preserva por transmisión oral en la cadena de aquéllos que saben. Después de haber transcurrido cierto tiempo, los centros de iniciación mueren uno tras otro, y el antiguo conocimiento se va por canales subterráneos a las profundidades, escondiéndose a los ojos de los buscadores.
Los poseedores de este conocimiento también se ocultan, tornándose desconocidos para aquéllos que los rodean; sin embargo, no cesan de existir. De cuando en cuando corrientes aisladas se abren paso a la superficie, evidenciando que en algún lugar muy profundo en el interior, aun en nuestros días, fluye la poderosa corriente antigua del verdadero conocimiento del ser.
El abrirse paso hacia esta corriente, el encontrarla, es la tarea y la meta de la búsqueda; porque al haberla encontrado, un hombre puede entregarse osadamente al camino por el cual tiene la intención de ir: entonces solo resta «saber» para llegar a «ser» y poder «hacer». En este camino un hombre no estará enteramente solo; en momentos difíciles recibirá apoyo y guía, porque todos los que siguen este camino están conectados por una cadena ininterrumpida. Posiblemente el único resultado positivo de todo este deambular en los sinuosos senderos y pistas de la investigación oculta, será que, si un hombre preserva la capacidad de un juicio y pensamiento sanos, desarrollará esa capacidad especial de discriminación que puede llamarse olfato. Descartará los caminos de la psicopatía y del error, y buscará persistentemente los caminos verdaderos. Y aquí, como en el conocimiento de sí, es aplicable el principio que ya he citado: «Para poder hacer, es necesario saber; pero para saber, es necesario encontrar cómo saber».
A un hombre que está buscando con todo su ser, con todo el interior de sí mismo, le llega la indefectible convicción de que el descubrir cómo saber a fin de hacer, solo le es posible encontrando un guía con experiencia y conocimiento, que lo tome bajo su custodia, convirtiéndose en su maestro.
Y aquí es donde el olfato de un hombre es más importante que en cualquier otra parte. Escoge un guía para sí mismo. Por supuesto es condición indispensable que escoja como guía a un hombre que sabe, de otro modo se pierde todo el sentido de la elección. ¿Quién puede decir a dónde llevará a un hombre un guía que no sabe?
Todo buscador sueña con un guía que sabe, sueña con él, pero rara vez se pregunta a sí mismo objetiva y sinceramente:
¿Merece él ser guiado? ¿Está preparado para seguir el camino?
Salga usted en una clara y estrellada noche a un lugar abierto y mire al cielo, a aquellos millones de mundos sobre su cabeza. Recuerde que quizás en cada uno de ellos hormiguean billones de seres semejantes o quizá superiores a usted en su organización. Mire la Vía Láctea. La Tierra ni siquiera puede ser llamada un grano de arena en este infinito. Se disuelve y desaparece, y con ella usted. ¿Dónde está usted? Y lo que usted quiere ¿no será simplemente locura?
Ante todos esos mundos, pregúntese cuáles son sus metas y esperanzas, sus intenciones y medios para cumplirlas, cuáles serán las exigencias que le podrán hacer y cuál su preparación para enfrentarlas.
- Un largo y difícil viaje está ante usted, se está preparando para un extraño y desconocido territorio. El camino es infinitamente largo. No sabe si será posible descansar en el camino, ni dónde será posible. Debe estar preparado para lo peor. Lleve todo lo necesario para el viaje. Trate de no olvidar nada, porque después será demasiado tarde y no habrá tiempo para regresar por lo que se ha olvidado, para rectificar el error. Mida su fuerza; ¿es suficiente para todo el viaje? ¿Cuán pronto puede partir?
- Recuerde que si tarda más en el camino, necesitará llevar proporcionalmente más provisiones, y esto lo hará demorar más, tanto en el camino como en los preparativos. Sin embargo, cada minuto cuenta. Una vez que ha decidido ir, es inútil perder tiempo.
- No cuente con tratar de regresar. Este experimento le puede costar muy caro. El guía se compromete solo a llevarlo allá y si quiere regresar, él no está obligado a regresar con usted. Será abandonado a sí mismo, y desdichado aquél que se debilita u olvida el camino: nunca regresará. Y aún si recuerda el camino, siempre queda la pregunta: ¿regresará sano y salvo? Porque hay muchas molestias que esperan al viajero solitario que no conoce el camino y las costumbres que ahí prevalecen. Tenga en cuenta que su vista tiene la facultad de presentar objetos distantes como si estuvieran cerca. Engañado por la cercanía de la meta, hacia la cual se esfuerza, cegado por su belleza e ignorante de la medida de su propia fuerza, no verá los obstáculos en el camino; no verá las numerosas zanjas que cruzan el camino. En una verde pradera cubierta de exuberantes flores, en el tupido pasto, se esconde un profundo precipicio. Es muy fácil tropezar y caer si sus ojos no están concentrados en el paso que está dando.
- No olvide concentrar toda su atención en el sector más cercano del camino; no se preocupe por metas lejanas, si no quiere caer en el precipicio.
- Sin embargo, no olvide su meta. Recuérdela todo el tiempo y mantenga en sí mismo un activo empeño hacia ella, para no perder la dirección correcta. Y una vez que haya empezado, sea vigilante; lo que ha pasado queda atrás y no reaparecerá; de modo que si deja de verlo en el momento preciso, nunca lo notará.
- No sea demasiado curioso ni pierda tiempo en cosas que atraen su atención, pero que no la merecen. El tiempo es precioso, y no debería gastarse en cosas que no tienen relación directa con su meta.
- Recuerde dónde está y por qué está aquí. No se proteja y recuerde que ningún esfuerzo se hace en vano.
Y ahora puede emprender el camino.
Nueva york, febrero, 1924
Para un estudio preciso se requiere un lenguaje también preciso. Pero nuestro lenguaje ordinario con el cual en la vida ordinaria hablamos, exponemos lo que sabemos y comprendemos, y escribimos libros, no sirve ni siquiera para una pequeña cantidad de habla precisa. Un hablar impreciso no puede servir a un conocimiento preciso. Las palabras que componen nuestro lenguaje son demasiado amplias, demasiado brumosas e indefinidas, mientras que el significado que se les presta es demasiado arbitrario y variable. Cada hombre al pronunciar cualquier palabra, por su imaginación, siempre le atribuye éste o aquel matiz de significado, exagera o destaca éste o aquel aspecto de ella, algunas veces concentrando todo el significado de la palabra sobre un solo rasgo del objeto, es decir, designando con esta palabra no todos los atributos sino aquellos externos, casuales, que llaman primero su atención. Otro hombre, hablando con el primero, atribuye a la misma palabra otro matiz de significado, toma esta palabra en otro sentido que es a menudo exactamente el opuesto. Si un tercer hombre se une a la conversación, de nuevo pone en la misma palabra su propia interpretación. Y si diez personas hablan, cada una de ellas de nuevo darán su propio significado, y la misma palabra tendrá diez significados. Y los hombres, hablando de esta manera, creen que pueden entenderse unos con otros, que pueden transmitir sus pensamientos unos a otros.
Se puede decir con toda confianza que el lenguaje que hablan los hombres contemporáneos es tan imperfecto, cualquiera que sea aquello a lo cual se refieren, especialmente las materias científicas, que nunca podrán estar seguros de que expresan las mismas ideas con las mismas palabras.
Por el contrario, se puede decir casi con certeza, que entienden cada palabra de manera diferente y mientras aparentan hablar sobre el mismo tema, en la práctica hablan sobre cosas muy diferentes. Además para cada hombre, el significado de sus propias palabras y el sentido que les da, cambia de acuerdo a sus propios pensamientos y humores y a las imágenes que asocia en ese momento con las palabras, así como de qué y de qué manera habla su interlocutor, porque por una imitación o contradicción involuntaria, puede cambiar involuntariamente el significado de sus palabras. Por añadidura, nadie es capaz de definir exactamente lo que él quiere decir por ésta o aquella palabra, o si este significado es constante, o sujeto a cambio, cómo, por qué y por qué razón.
Si varios hombres hablan, cada uno habla en su propia manera y ninguno comprende al otro. Un profesor lee una conferencia, un hombre de letras escribe un libro y sus oyentes y lectores escuchan y leen, no a ellos, sino a combinaciones de las palabras de los autores con sus propios pensamientos, nociones, humores y emociones de un momento dado.
La gente de hoy en día es hasta cierto grado consciente de la inestabilidad de su lenguaje. Entre las diversas ramas de la ciencia, cada una de ellas desarrolla su propia terminología, su propia nomenclatura y lenguaje. En filosofía se hacen intentos, antes de usar cualquier palabra, de aclarar en qué sentido está tomada; pero por mucho que hoy la gente trate de establecer un significado constante de las palabras, hasta ahora ha fracasado. Cada escritor establece su propia terminología, cambia la terminología de sus predecesores, contradice su propia terminología; en breve, cada uno contribuye con su parte a la confusión general.
Esta enseñanza señala la causa de esto. Nuestras palabras no tienen y no pueden tener ningún significado constante, y para indicar en cada palabra el significado y el matiz particular que le damos, es decir, las relaciones en que la tomamos, no tenemos en primer lugar medios y en segundo lugar no lo intentamos; al contrario, invariablemente deseamos establecer un significado constante para una palabra dada y tomarla siempre en ese sentido, lo cual es obviamente imposible, ya que una y la misma palabra usada en ocasiones diferentes y en diversas relaciones tiene significados distintos.
Nuestro uso erróneo de las palabras y las cualidades de las palabras mismas, les han hecho instrumentos no confiables para un hablar preciso y un conocimiento preciso, sin mencionar el hecho de que para muchas nociones accesibles a nuestra razón, no tenemos ni palabras ni expresiones.
Solo el lenguaje de los números puede servir para una expresión exacta del pensamiento y del conocimiento; pero el lenguaje de los números puede aplicarse únicamente para designar y comparar cantidades. Sin embargo, las cosas no difieren solo en tamaño, y su definición desde el punto de vista cuantitativo no es suficiente para un conocimiento y análisis exactos. No sabemos cómo aplicar el lenguaje de los números a los atributos de las cosas. Si supiéramos cómo hacerlo y pudiéramos designar todas las cualidades de las cosas por números en relación con algún número inmutable, esto sería un lenguaje exacto.
La enseñanza cuyos principios vamos a exponer aquí, tiene como una de sus tareas la de acercar más nuestro pensar a una precisa designación matemática de las cosas y eventos, y darle a los hombres la posibilidad de comprenderse a sí mismos y entre sí.
Si tomamos cualquiera de las palabras más comúnmente usadas y tratamos de ver cuán variado significado tienen según quien las usa y con qué se conectan, veremos por qué los hombres no tienen el poder de expresar sus pensamientos con exactitud y por qué todo lo que los hombres dicen y piensan es tan inestable y contradictorio. Aparte de la variedad de significados que cada palabra puede tener, esta confusión y contradicción son causadas por el hecho de que los hombres nunca prestan atención ni dan importancia al sentido en el cual toman ésta o aquella palabra, y solo se preguntan por qué otros no la comprenden a pesar de ser tan clara para ellos. Por ejemplo, si decimos la palabra «mundo» ante diez oyentes, cada uno de ellos comprenderá la palabra a su propio modo. Si los hombres supieran cómo captar y anotar sus pensamientos, verían que no tienen ideas conectadas con la palabra «mundo», sino simplemente que una palabra muy conocida y un sonido acostumbrado fue pronunciado, el significado del cual se supone conocido. Es como si todos al oír esta palabra se dijeran a sí mismos: «Ah, el mundo, yo sé lo que es». De hecho, realmente de ningún modo lo saben. Pero la palabra es familiar, y por lo tanto no se les ocurre esa pregunta y respuesta. Solo son sobreentendidas. Una pregunta surge solamente con respecto a nuevas palabras desconocidas y entonces el hombre tiende a sustituir la palabra desconocida con una conocida. A esto le llama él «comprensión».
Si ahora le preguntamos al hombre lo que comprende por la palabra «mundo», se sentirá perplejo ante tal pregunta. Usualmente cuando oye o usa la palabra «mundo» en la conversación, de ningún modo piensa sobre lo que significa, habiendo decidido de una vez por todas que lo sabe y que todos lo saben. Ahora ve por primera vez que no sabe y que nunca ha pensado en ello; pero no podrá y no sabrá cómo estar tranquilo con la idea de su ignorancia. Los hombres no son suficientemente capaces de observar, y no son suficientemente sinceros consigo mismos para hacerlo. Pronto se recuperará, es decir, muy pronto se engañará; y recordando o componiendo de prisa una definición de la palabra «mundo» partiendo de una fuente familiar de conocimiento o pensamiento, o de la primera definición de alguna otra persona que le pasa por la cabeza, la expresará como su propia comprensión del significado de la palabra, a pesar del hecho de que nunca ha pensado acerca de la palabra «mundo» de esta manera y no sabe de qué modo ha pensado.
El hombre interesado en astronomía dirá que el «mundo» consiste en un enorme número de soles rodeados por planetas, colocados a distancias inconmensurables el uno del otro, y constituyendo lo que llamamos la Vía Láctea, más allá de la cual hay todavía distancias más lejanas y que más allá de los límites de la investigación se puede suponer existan otras estrellas y otros mundos.
Quien esté interesado en la física hablará acerca del mundo de vibraciones y descargas eléctricas, de la teoría de la energía o quizá de la semejanza del mundo de los átomos y los electrones con el mundo de los soles y los planetas.
La persona inclinada a la filosofía empezará a hablar acerca de la irrealidad y carácter ilusorio de todo el mundo visible, creado en el tiempo y el espacio por nuestro sentimiento y nuestros sentidos. Dirá que el mundo de los átomos y electrones, la tierra con sus montañas y mares, su vida vegetal y animal, hombres y ciudades, el sol, las estrellas, y la Vía Láctea, que todo esto es el mundo de los fenómenos, un mundo engañoso, falso e ilusorio, creado por nuestra propia concepción. Más allá de este mundo, más allá de los límites de nuestro conocimiento hay un mundo incomprensible para nosotros, de noúmenos: una sombra, de lo cual es un reflejo el mundo fenoménico.
El hombre familiarizado con la teoría moderna del espacio multidimensional, dirá que el mundo es generalmente considerado como una esfera infinita, tridimensional, pero que en realidad el mundo tridimensional, como tal, no puede existir y no representa sino una sección imaginaria de otro mundo, cuatridimensional, de donde vienen y a donde van todos nuestros acontecimientos.
Un hombre cuyo concepto del mundo está construido sobre el dogma de la religión, dirá que el mundo es la creación de Dios y depende de la voluntad de Dios, que más allá del mundo visible en el cual nuestra vida es corta y dependiente de circunstancias o accidentes, existe un mundo invisible en el cual la vida es eterna y donde el hombre recibirá una recompensa o castigo por todo lo que ha hecho en esta vida.
Un teósofo dirá que el mundo astral no abarca al mundo visible como un todo, sino que existen siete mundos interpenetrándose entre sí y compuestos de materia más o menos sutil.
Un campesino ruso, o un campesino de algunos países orientales dirá que el mundo es la comunidad rural a la cual él pertenece. Éste es el mundo más cercano a él. Hasta se dirige a sus paisanos en las reuniones generales, llamándoles el «mundo».
Todas estas definiciones de la palabra «mundo» tienen sus méritos y sus defectos: su defecto principal consiste en que cada una de ellas excluye a su opuesto, todas representan solamente un lado del mundo y lo examinan desde un solo punto de vista. La correcta definición sería aquélla que combinara todas las comprensiones separadas, mostrando el sitio de cada una y, al mismo tiempo, dando en cada caso la posibilidad de indicar de qué lado del mundo uno habla, desde qué punto de vista y en qué relación.
Esta enseñanza afirma que si nos aproximáramos de manera correcta a la pregunta de lo que es el mundo, podríamos establecer con toda precisión lo que comprendemos por esta palabra. Y esta definición de una correcta comprensión incluiría en sí misma todos los puntos de vista sobre el mundo y todas las formas de acercarse a la pregunta. Estando así de acuerdo sobre tal definición, los hombres podrían entenderse entre sí al hablar acerca del mundo. Solamente partiendo de tal definición puede uno hablar acerca del mundo.
Pero ¿cómo encontrar esta definición? La enseñanza indica que la primera cosa es acercarse a la pregunta tan sencillamente como sea posible, es decir, tomar las expresiones más corrientes que usamos para hablar del mundo y considerar de qué mundo hablamos. En otras palabras, mirar nuestra propia relación con el mundo, y tomar al mundo en su relación con nosotros. Veremos que, hablando de éste, nos referiremos en la mayoría de los casos a la tierra, al globo terrestre o más bien a la superficie de la esfera terrestre, es decir, justamente al mundo en el cual vivimos.
Si ahora consideramos la relación de la tierra con el universo, veremos que por un lado el satélite de la tierra está incluido en la esfera de su influencia, mientras que, por otro lado, la tierra entra como parte componente en el mundo planetario de nuestro sistema solar. La tierra es uno de los pequeños planetas que giran alrededor del sol. La masa de la tierra forma una fracción casi insignificante comparada con toda la masa de los planetas del sistema solar, y los planetas ejercen una influencia muy grande sobre la vida de la tierra y sobre todos los organismos vivientes que existen, influencia mucho mayor de lo que nuestra ciencia imagina. La vida del hombre individual, de grupos colectivos, de la humanidad, depende de las influencias planetarias en muchas cosas. Los planetas también viven, como nosotros vivimos en la tierra. Pero el mundo planetario a su vez entra en el sistema solar y entra como una parte muy poco importante, porque la masa de todos los planetas juntos es varias veces menor que la masa del sol.
El mundo del sol es también un mundo en el cual vivimos. El sol a su vez entra en el mundo de las estrellas, en la enorme acumulación de soles que forman la Vía Láctea.
El mundo de las estrellas también es un mundo en el cual vivimos. Tomado como un todo, aun de acuerdo con la definición de los astrónomos modernos, el mundo de las estrellas parece representar una entidad separada, de forma definida, rodeada por el espacio, más allá de los límites del cual no puede penetrar la investigación científica. Pero la astronomía supone que a inconmensurables distancias de nuestro mundo de estrellas, pueden existir otras acumulaciones. Si aceptamos esta suposición, diremos que nuestro mundo de estrellas entra como una parte componente en la cantidad total de estos mundos. Esta acumulación de mundos de «Todos los Mundos», es también un mundo en el cual vivimos.
La ciencia no puede ver más lejos, pero el pensamiento filosófico verá el principio último, que yace más allá de todos los mundos, es decir, el Absoluto, conocido en terminología Hindú como Brahma.
Todo lo que ha sido dicho acerca del mundo, puede representarse en un sencillo diagrama. Designemos la tierra por un pequeño círculo y señalémoslo con la letra A. Dentro del círculo A, coloquemos un circulo más pequeño representando a la luna, y señalémoslo con la letra B. Alrededor del círculo de la tierra, dibujemos un círculo más grande, indicando el mundo en el cual entra la tierra y señalémoslo con la letra C. Alrededor de éste, dibujemos el círculo representando al sol, y señalémoslo con la letra D. Después, alrededor de este círculo, de nuevo otro círculo representando el mundo de las estrellas, al cual lo señalaremos con la letra E y después el círculo de todos los mundos que señalaremos con la letra F. El círculo F lo encerraremos en el círculo G que designa el principio filosófico de todas las cosas, el Absoluto.
El diagrama se verá como siete círculos concéntricos. Tomando este diagrama en consideración, un hombre al pronunciar la palabra «mundo» siempre será capaz de definir exactamente de qué mundo está hablando, y cuál es su relación con ese mundo.
Como explicaremos más tarde, el mismo diagrama nos ayudará a comprender y combinar tanto la definición astronómica del mundo como la filosófica, física, y físicoquímica, así como también la matemática (en el mundo de muchas dimensiones), la teosófica (mundos interpenetrándose uno al otro) y otras.
Esto también aclara por qué los hombres cuando hablan acerca del mundo nunca pueden entenderse. Vivimos al mismo tiempo en seis mundos, así como vivimos en un piso de tal y tal casa, de tal y tal calle, de tal y tal ciudad, tal y tal estado, y tal y tal parte del mundo.
Si un hombre habla sobre el lugar donde vive, sin indicar si se refiere al piso, a la ciudad o a la parte del mundo, ciertamente no será comprendido por sus interlocutores. Pero los hombres siempre hablan de esta manera acerca de cualquier cosa que no tenga importancia práctica; y como lo vimos en el ejemplo sobre «el mundo», están muy prestos a designar con una sola palabra una serie de nociones que están relacionadas una con otra del mismo modo en que una parte insignificante está relacionada a un enorme todo, y así sucesivamente. Pero un lenguaje exacto debería señalar siempre y muy exactamente, en qué relación es tomada cada noción y qué incluye en sí misma. Es decir, de qué partes consiste y en qué entra como parte componente.
Lógicamente es inteligible e inevitable; pero desgraciadamente nunca ocurre esto, aunque solo sea por el hecho de que los hombres muy a menudo no conocen, y no saben cómo encontrar, las diferentes partes y las relaciones de la noción dada.
El aclarar la relatividad de cada noción es una parte importante de los fundamentos de esta enseñanza, tomando esta relatividad no en el sentido de la idea abstracta general de que todo en el mundo es relativo, sino indicando exactamente en qué y cómo se relaciona con el resto. Si ahora tomamos la noción «hombre», veremos de nuevo lo malentendida que está esta palabra, veremos que se le atribuye las mismas contradicciones. Todo el mundo usa esta palabra y piensa que comprende lo que significa «hombre»: pero de hecho cada uno lo comprende a su modo, y todos en modos diferentes.
El experto naturalista ve en el hombre una descendencia perfeccionada del mono y define al hombre por la construcción de sus dientes y así sucesivamente.
El hombre religioso que cree en Dios y en la vida futura, ve en el hombre su alma inmortal confinada en una envoltura terrestre perecedera, la cual está rodeada de tentaciones y que conduce al hombre al peligro.
El economista político considera al hombre como una entidad productora y consumidora. Todos estos puntos de vista parecen totalmente opuestos uno al otro, contradiciéndose y no teniendo puntos de contacto entre sí. Además, la cuestión se complica más aún por el hecho de que vemos entre los hombres muchas diferencias, tan grandes y tan claramente definidas, que a menudo parece extraño usar el término general «hombre» para estos seres de tan diferentes categorías.
Y si tomando todo esto en cuenta, nos preguntamos qué es el hombre, veremos que no podemos contestar la pregunta; no sabemos qué es el hombre.
Ni anatómica, fisiológica, psicológica ni económicamente bastan estas definiciones, puesto que se relacionan con todos los hombres por igual, sin permitirnos distinguir las diferencias que vemos en el hombre.
Nuestra enseñanza señala que nuestro acopio de información acerca del hombre sería completamente suficiente para poder determinar lo que él es. Pero no sabemos cómo acercarnos al asunto con simplicidad. Nosotros mismos complicamos y enmarañamos demasiado el tema.
El hombre es el ser que puede «hacer», dice esta enseñanza. «Hacer» significa actuar conscientemente y de acuerdo con la propia voluntad. Y debemos reconocer que no podemos encontrar ninguna definición más completa del hombre.
Los animales difieren de las plantas por su poder de locomoción. Y aunque un molusco adherido a una roca y también ciertas algas marinas capaces de moverse en contra de la corriente parecen violar esta ley, sin embargo la ley es completamente cierta: una planta no puede buscar alimento, ni evitar un shock, ni esconderse de su perseguidor.
El hombre se diferencia del animal por su capacidad de acción consciente, su capacidad de hacer. No podemos negar esto y vemos que esta definición satisface todos los requerimientos. Hace posible distinguir al hombre de una serie de otros seres que no poseen el poder de acción consciente y, al mismo tiempo, hace posible distinguirlo de acuerdo al grado de conciencia en sus acciones.
Sin ninguna exageración podemos decir que todas las diferencias que nos impresionan entre los hombres, pueden reducirse a las diferencias en la conciencia de sus acciones. Los hombres nos parecen tan variados simplemente porque las acciones de algunos de ellos son, según nuestra opinión, profundamente conscientes, mientras que las acciones de otros son tan inconscientes que hasta parecen sobrepasar la inconsciencia de las piedras, las que por lo menos reaccionan correctamente a los fenómenos externos. El asunto se complica por el mero hecho de que a menudo uno y el mismo hombre nos muestra junto con lo que nos parecen acciones completamente conscientes de la voluntad, otras reacciones animal mecánicas completamente inconscientes. En virtud de esto, el hombre nos parece un ser extraordinariamente complicado. Esta enseñanza niega esa complicación y nos presenta una tarea muy difícil en relación con el hombre. Hombre es aquél que puede «hacer», pero entre los hombres ordinarios, así como entre aquéllos que son considerados extraordinarios, no hay ninguno que pueda «hacer». En el caso de ellos todo, desde el principio al fin, es «hecho», no hay nada que puedan «hacer».
En la vida personal, familiar y social, en política, ciencia, arte, filosofía y religión, todo desde el principio al fin está «hecho», nadie puede «hacer» nada. Si dos personas al empezar una conversación acerca del hombre están de acuerdo en llamarlo un ser capaz de acción, capaz de «hacer», siempre se comprenderán mutuamente. Por cierto aclararán suficientemente qué significa «hacer». Para poder «hacer» se necesita un grado muy elevado de ser y de conocimiento. Los hombres ordinarios ni siquiera comprenden lo que significa «hacer» porque en su propio caso y en todo a su alrededor, todo es siempre «hecho» y siempre ha sido «hecho». Y sin embargo, el hombre puede «hacer».
El hombre que duerme no puede «hacer». En su caso, todo está hecho en el sueño. Aquí entendemos el sueño no en el sentido literal de nuestro sueño orgánico, sino en el sentido de un estado de existencia asociativa. Ante todo el hombre debe despertar. Habiendo despertado, verá que tal como es, no puede «hacer». Tendrá que morir voluntariamente. Una vez muerto, puede nacer. Pero el ser que acaba de nacer, debe crecer y aprender. Cuando haya crecido y sepa, entonces podrá «hacer».
Si analizamos lo que se ha dicho acerca del hombre, vemos que la primera mitad de lo que se ha dicho, es decir, que el hombre no puede «hacer» nada y que todo «se hace» en él, coincide con lo que la ciencia positiva dice acerca del hombre. De acuerdo al punto de vista positivista, el hombre es un organismo muy complicado, que se ha desarrollado a través de la evolución desde el organismo más simple, y que es capaz de reaccionar de una manera muy complicada a las impresiones externas. Esta capacidad de reaccionar es tan complicada y los movimientos de respuesta pueden ser tan remotos de las causas que los provocaron y condicionaron, que las acciones del hombre, o por lo menos parte de ellas, para un observador ingenuo, parecen ser muy espontáneas e independientes.
En realidad, el hombre ni siquiera es capaz de la más mínima acción independiente o espontánea. La totalidad de él no es otra cosa que el resultado de influencias externas. El hombre es un proceso, una estación transmisora de fuerzas.
Si lo imaginamos privado de toda impresión desde su nacimiento, y que por algún milagro haya preservado su vida, tal hombre no sería capaz de una sola acción o movimiento. De hecho no podría vivir, dado que no podría respirar ni alimentarse. La vida es una serie muy complicada de acciones: respiración, alimentación, intercambio de materias, crecimiento de células y tejidos, reflejos, impulsos nerviosos, etcétera. Un hombre que carece de impresiones externas no podría tener ninguna de estas cosas y, por supuesto, no podría mostrar las manifestaciones y acciones que generalmente se consideran como provenientes de la voluntad y de la conciencia.
Así, desde el punto de vista positivista, el hombre difiere de los animales solamente por la mayor complejidad de sus reacciones a impresiones externas y por un intervalo más largo entre la impresión y la reacción. Pero tanto el hombre como el animal, carecen de acciones independientes, nacidas dentro de ellos mismos, y lo que se puede llamar voluntad en el hombre, no es otra cosa que la resultante de sus deseos.
Tal es claramente un punto de vista positivista. Pero hay muy pocos que sincera y consistentemente mantienen este punto de vista. La mayoría, al mismo tiempo que se aseguran, a ellos mismos y a otros, que sostienen un concepto del mundo estrictamente científico positivista, en realidad dan cabida a una mezcla de teorías, es decir, reconocen el punto de vista positivista de las cosas solo hasta cierto grado, hasta que empieza a ser demasiado austero, y a ofrecer muy poco consuelo. Reconociendo por un lado que todos los procesos físicos y psíquicos en el hombre son de carácter reflejo, admiten al mismo tiempo cierta conciencia independiente, cierto principio espiritual y libre albedrío.
La voluntad, desde este punto de vista, es una cierta combinación derivada de algunas cualidades especialmente desarrolladas, que existen en el hombre capaz de hacer. La voluntad es indicio del ser de un orden muy elevado de existencia, comparado con el ser de un hombre ordinario. Solo los hombres que poseen tal ser pueden hacer. Todos los demás hombres son meramente autómatas, puestos en movimiento por fuerzas externas, como máquinas o juguetes de cuerda que actúan tanto como les dura la cuerda, incapaces de añadir algo a su fuerza. De manera que la enseñanza de la que hablo, reconoce grandes posibilidades en el hombre, mucho más grandes que las que ve la ciencia positiva, pero niega al hombre, tal como él es ahora, todo valor como entidad con independencia y voluntad.
El hombre, tal como lo conocemos, es una máquina. Esta idea de la mecanicidad del hombre debe ser comprendida muy claramente, y ser bien visualizada por uno mismo, para poder ver toda su importancia y todas las consecuencias y resultados que surgen de ella.
Ante todo cada uno debería comprender su propia mecanicidad. Esta comprensión puede venir solamente como resultado de una observación de sí correctamente formulada. En cuanto a la observación de sí, no es una cosa tan sencilla como puede parecer a primera vista. Por lo tanto, la enseñanza pone como piedra angular el estudio de los principios de la autoobservación correcta. Pero antes de pasar al estudio de estos principios, el hombre debe tomar la decisión de que será absolutamente sincero consigo mismo, que no cerrará sus ojos a nada, que no rehuirá ningún resultado, sin importar a dónde lo conduzca, que no temerá ninguna deducción, y que no se limitará por muros previamente erigidos. Para un hombre desacostumbrado a pensar en esta dirección, se requiere mucho valor para aceptar sinceramente los resultados y conclusiones a que se llegue. Éstos desbaratan toda su línea de pensamiento, y lo privan de sus más agradables y queridas ilusiones. Ante todo, ve su total impotencia y desamparo, ante literalmente todo lo que le rodea. Es poseído por todo y gobernado por todo. Él no posee y tampoco gobierna nada. Las cosas lo atraen o repelen. Toda su vida no es más que un ciego dejarse llevar por estas atracciones y repulsiones. Además, si no teme a las conclusiones, puede ver cómo se forman lo que él llama su carácter, gustos y hábitos: en una palabra, cómo están construidas su personalidad e individualidad. Pero la observación de sí, por muy seria y sinceramente que se haya llevado a cabo, por sí misma no puede darle una imagen absolutamente veraz de su mecanismo interno.
La enseñanza que se está exponiendo, da principios generales de la construcción del mecanismo, y con la ayuda de la observación de sí el hombre verifica estos principios. El primer principio de esta enseñanza es que nada debe ser tomado como dogma de fe. El esquema de la construcción de la máquina humana que el hombre estudia, debe servirle solo como un plan para su propio trabajo, y es en este último que se apoya el centro de gravedad.
Se dice que el hombre nace con un mecanismo apto para recibir muchas clases de impresiones. La percepción de algunas de estas impresiones empieza antes del nacimiento; y durante su crecimiento surgen más y más aparatos receptores, los cuales se van perfeccionando.
La construcción de estos aparatos receptores se parece a la de los discos de cera limpios, de los cuales se hacen los discos fonográficos. En estos rollos y carretes están registradas todas las impresiones recibidas, desde el primer día de vida, y aun de antes. Amén de esto, el mecanismo tiene un ajuste más, que actúa automáticamente, gracias al cual todas las nuevas impresiones recibidas se conectan con las grabadas previamente.
Además, se guarda un registro cronológico. De esta manera, cada impresión que ha sido experimentada está impresa en varios lugares de varios rollos. En estos rollos se conservan sin cambio alguno. Lo que llamamos memoria es una adaptación muy imperfecta, por medio de la cual podemos guardar registrada solo una pequeña parte de nuestro acopio de impresiones; pero las impresiones, una vez experimentadas, nunca desaparecen; se preservan en rollos, donde están impresas. Se han hecho muchos experimentos en hipnosis, y se ha confirmado con ejemplos irrefutables que el hombre recuerda todo lo que ha vivido, hasta el más mínimo detalle. Recuerda todos los detalles de su medio ambiente, hasta las caras y voces de la gente que lo rodeaba en su infancia, cuando parecía un ser enteramente inconsciente.
A través de la hipnosis es posible mover todos los rollos aun hasta las profundidades más hondas del mecanismo. Pero, puede suceder que estos rollos empiecen a desenrollarse por sí mismos, como resultado de algún shock visible o escondido, y escenas, imágenes o caras aparentemente olvidadas desde hace mucho tiempo, repentinamente surjan a la superficie. Toda la vida psíquica interna del hombre, no es sino un despliegue de estos rollos con su registro de impresiones, ante la visión mental. Todas las peculiaridades del concepto del mundo de un hombre, y los rasgos característicos de su individualidad, dependen del orden en que aparecen estos registros, y de la calidad de los rollos que existen en él.
Supongamos que una impresión fue experimentada y registrada en conexión con otra que no tenía nada en común con la primera; por ejemplo, un hombre escuchó una melodía de danza muy alegre en un momento de shock psíquico intenso, desgracia o dolor. Luego esta melodía siempre evocará en él la misma emoción negativa; y correspondientemente el sentimiento de desgracia le recordará a él esta alegre melodía de danza. La ciencia llama a esto pensamiento y sentimiento asociativos; pero la ciencia no se da cuenta cuan atado está un hombre por estas asociaciones, y cómo no puede liberarse de ellas. El concepto del mundo de un hombre está completamente definido por el carácter y la cantidad de estas asociaciones.
Vemos ahora hasta cierto punto, por qué los hombres no pueden comprenderse mutuamente cuando hablan acerca del hombre. Para hablar acerca del hombre, de una manera seria, es necesario saber mucho; de otro modo, el concepto hombre se vuelve demasiado enredado y difuso. Solo cuando uno conoce los primeros principios del mecanismo humano se puede indicar los lados y las cualidades acerca de los cuales quiere hablar. Un hombre que no sabe, se enredará a sí mismo y a sus oyentes. Una conversación entre varias personas que hablan acerca del hombre, sin definir e indicar de cuál hombre están hablando, nunca será una conversación seria, sino simplemente palabras vacías sin contenido. Consecuentemente, para comprender lo que es el hombre, primero debemos comprender qué clases de hombres pueden existir, y de qué maneras difieren uno del otro. Mientras tanto, debemos darnos cuenta que no sabemos.
Londres, 1922
El hombre es un ser plural. Cuando hablamos de nosotros mismos ordinariamente, hablamos de «yo». Decimos «yo hice esto», «yo pienso esto», «yo quiero hacer esto», pero todo esto es un error.
No hay tal «yo», o más bien hay cientos, miles de pequeños «yoes» en cada uno de nosotros. Estamos divididos interiormente, pero no podemos reconocer la pluralidad de nuestro ser, sino a través de la observación y del estudio. En cierto momento es un «yo» el que actúa, al momento siguiente es otro «yo». No funcionamos armoniosamente debido a que nuestros «yoes» son contradictorios.
Ordinariamente vivimos con solo una parte mínima de nuestras funciones y de nuestra fuerza, porque no reconocemos que somos máquinas, y no conocemos la naturaleza y funcionamiento de nuestro mecanismo. Somos máquinas.
Las circunstancias externas nos gobiernan enteramente. Todas nuestras acciones siguen la línea de menor resistencia ante la presión de circunstancias exteriores.
Traten por sí mismos: ¿Pueden controlar sus emociones? No. Pueden tratar de suprimirlas o sustituir una emoción por otra, pero no pueden controlarlas. Ellas los controlan a ustedes. O ustedes pueden decidir hacer algo; su «yo» intelectual puede tomar tal decisión. Pero cuando llega el momento de llevarlo a cabo, pueden encontrarse haciendo exactamente lo contrario.
Si las circunstancias son favorables a su decisión, quizá la lleven a cabo, pero si son desfavorables, ustedes harán todo lo que ellas les indiquen. Ustedes no controlan sus acciones. Ustedes son máquinas y las circunstancias exteriores gobiernan sus acciones sin tomar en cuenta sus deseos.
No digo que nadie pueda controlar sus acciones. Digo que ustedes no pueden, porque están divididos. Existen dos partes dentro de ustedes, una parte fuerte y una débil. Si su fuerza crece, su debilidad crecerá también y se convertirá en una fuerza negativa, a menos que ustedes aprendan a detenerla.
Si aprendiéramos a controlar nuestras acciones, eso sería otra cosa. Cuando se ha alcanzado cierto nivel de ser, podemos realmente controlar cada parte nuestra; pero, tal como somos ahora, ni siquiera podemos hacer lo que decidimos.
(Aquí un teósofo hizo una pregunta, afirmando que podríamos cambiar las condiciones).
Respuesta: Las condiciones nunca cambian, siempre son las mismas. No hay cambio, solamente modificación de circunstancias.
Pregunta: ¿No es un cambio si un hombre mejora?
Respuesta: Un hombre no significa nada para la humanidad. Un hombre mejora, otro empeora; siempre es lo mismo.
Pregunta: ¿Pero para un mentiroso, no es una mejora el volverse veraz?
Respuesta: No, es la misma cosa. Al principio dice mentiras mecánicamente porque no puede decir la verdad; después dirá la verdad mecánicamente porque ahora le es más fácil para él. La verdad y las mentiras solo tienen valor en relación con nosotros mismos, si podemos controlarlas. Tal como somos no podemos ser morales, porque somos mecánicos. La moralidad es relativa, subjetiva, contradictoria y mecánica. Es lo mismo con nosotros: el hombre físico, el hombre emocional, el hombre intelectual, cada uno tiene diferentes normas morales de acuerdo con su naturaleza. En cada hombre la máquina está dividida en tres partes básicas, en tres centros.
Mírese usted en cualquier momento y pregúntese: ¿Qué tipo de «yo» es el que está trabajando en este momento? ¿Pertenece a mi centro intelectual, a mi centro emocional, o a mi centro motor?
Probablemente encontrará que es bastante diferente de lo que se imagina, pero será uno de ellos.
Pregunta: ¿No hay un código absoluto de moralidad que debiera aplicarse por igual a todos los hombres?
Respuesta: Sí. Si pudiéramos usar todas las fuerzas que controlan nuestros centros, entonces podríamos ser morales. Pero hasta entonces, mientras usemos solo una parte de nuestras funciones, no podemos ser morales. Actuamos mecánicamente en todo lo que hacemos y las máquinas no pueden ser morales.
Pregunta: ¿Parece una situación sin esperanza?
Respuesta: Exactamente. Es sin esperanza.
Pregunta: Entonces, ¿cómo podemos cambiar y usar todas nuestras fuerzas?
Respuesta: Ése es otro asunto. La causa principal de nuestra debilidad es nuestra incapacidad para aplicar ‘la voluntad’ a cada uno de nuestros tres centros, simultáneamente.
Pregunta: ¿Podemos aplicar nuestra voluntad a cualquiera de ellos?
Respuesta: Por supuesto, algunas veces lo hacemos. A veces hasta somos capaces de controlar uno de ellos durante un instante con resultados extraordinarios. (Relata la historia de un prisionero, que lanza una bola de papel a través de una ventana alta y difícil, con un mensaje para su esposa). Éste es su único medio de llegar a ser libre. Si falla la primera vez nunca tendrá otra oportunidad. Por el momento tuvo éxito en lograr un control absoluto sobre su centro físico, de modo que logró hacer lo que de otra manera nunca hubiera podido.
Pregunta: ¿Conoce usted a alguien que haya llegado a este plano más elevado de ser?
Respuesta: No significa nada si digo sí o no. Si digo sí, no puede usted verificarlo; y si digo no, no le sirve de nada. No tiene por qué creerme. Le pido no creer nada que no pueda verificar por sí mismo.
Pregunta: Si somos completamente mecánicos, ¿cómo podremos alcanzar el control de nosotros mismos? ¿Puede una máquina controlarse?
Respuesta: Tiene razón; claro que no. No podemos cambiarnos. Solo podemos modificarnos un poco. Pero podemos ser cambiados con ayuda de afuera.
La teoría del esoterismo es que la humanidad consiste de dos círculos: uno grande, exterior, abarcando a todos los seres humanos, y un círculo pequeño en el centro de personas instruidas y con comprensión. La instrucción verdadera, la única que puede cambiarnos, solo puede venir de este centro, y la meta de esta enseñanza es ayudarnos a prepararnos para recibir tal instrucción.
Por nosotros mismos no podemos cambiarnos; esto solo puede venir de afuera.
Cada religión señala la existencia de un centro común de conocimiento. En cada libro sagrado el conocimiento está allí, pero la gente no quiere saberlo.
Pregunta: ¿Pero no tenemos ya un gran acopio de conocimiento?
Respuesta: Sí, demasiados tipos de conocimiento. Nuestro conocimiento actual está basado en percepciones sensoriales, como las de los niños. Si queremos adquirir el tipo correcto de conocimiento, debemos cambiarnos. Con el desarrollo de nuestro ser, podemos encontrar un estado más elevado de conciencia. El cambio del conocimiento proviene del cambio del ser. El conocimiento en sí mismo no es nada. En primer lugar debemos tener el conocimiento de sí, y con su ayuda aprenderemos cómo cambiarnos, si es que queremos cambiar.
Pregunta: ¿Y este cambio debe venir también de afuera?
Respuesta: Sí. Cuando estemos listos para un nuevo conocimiento, éste nos llegará.
Pregunta: ¿Puede uno cambiar sus emociones por medio de juicios?
Respuesta: Un centro de nuestra máquina no puede cambiar a otro. Por ejemplo: en Londres soy irritable, el tiempo y el clima me deprimen y me ponen de mal humor, mientras que en la India estoy de buen humor. Por eso mi juicio me aconseja ir a la India y me desharé de la emoción de irritabilidad. Pero en Londres, encuentro que puedo trabajar; en el trópico no puedo hacerlo tan fácilmente. Por lo tanto allí estaré irritado por otra razón. No ve usted, las emociones existen independientemente del juicio y no se puede cambiar una emoción mediante un juicio.
Pregunta: ¿Qué es un estado de ser más elevado?
Respuesta: Hay varios estados de conciencia:
- El sueño, en el cual nuestra máquina sigue funcionando, pero a presión muy baja.
- El estado despierto, en el cual estamos en este momento. Estos dos estados son los únicos que conoce el hombre común y corriente.
- Lo que se llama conciencia de sí. Es el momento en que un hombre se da cuenta tanto de sí mismo, como de su máquina. Lo tenemos por destellos, pero solamente por destellos. Hay momentos en los que se da cuenta usted no solo de lo que está haciendo sino también de usted mismo haciéndolo. Usted puede ver tanto el «yo» como el «aquí» del «yo estoy aquí», tanto el enojo como el «yo» que está enojado. Llame a esto recuerdo de sí, si gusta.
Ahora cuando usted se da cuenta completa y constantemente del «yo» y de lo que está haciendo, y de cuál «yo» se trata, usted se vuelve consciente de sí mismo. La conciencia de sí es el tercer estado.
Pregunta: ¿No es esto más fácil cuando uno está pasivo?
Respuesta: Sí, pero inútil. Usted debe observar la máquina cuando está trabajando. Hay estados más allá del tercer estado de conciencia, pero no hay necesidad de hablar de ellos ahora. Solo un hombre en el más alto estado de ser es un hombre completo. Todos los otros son meras fracciones de hombre. La ayuda exterior necesaria vendrá de maestros o del sistema que estoy siguiendo. Los puntos de partida de esta observación de sí son:
- Que no somos uno.
- Que no tenemos control sobre nosotros mismos. No controlamos nuestro propio mecanismo.
- No nos recordamos a nosotros mismos. Si digo: «Yo estoy leyendo un libro» y no me doy cuenta que «yo» estoy leyendo, eso es una cosa, pero cuando estoy consciente que «yo» estoy leyendo, eso es recuerdo de sí.
Pregunta: ¿No se llegaría al cinismo?
Respuesta: Muy cierto. Si usted no va más allá de ver que usted y todos los hombres son máquinas, simplemente se volverá cínico. Pero si continúa su trabajo, dejará de ser cínico.
Pregunta: ¿Por qué?
Respuesta: Porque tendrá que hacer una elección, tomar una decisión: el tratar de volverse o completamente mecánico o completamente consciente. Ésta es la bifurcación de los caminos de la cual hablan todas las enseñanzas místicas.
Pregunta: ¿No hay otra manera de hacer lo que quiero hacer?
Respuesta: En Inglaterra no. En el Oriente es diferente. Hay métodos diferentes para diferentes hombres. Pero usted debe encontrar un maestro. Solo usted puede decidir qué es lo que desea hacer. Busque en su corazón lo que más desea y si es capaz de hacerlo, sabrá qué hacer.
Medítelo bien y después siga adelante.
París, agosto, 1922
Desarrollo unilateral
En cada uno de los aquí presentes, una de sus máquinas interiores está más desarrollada que las otras. No hay conexión entre ellas. Solamente se le puede llamar hombre sin comillas, a quien tenga estas tres máquinas desarrolladas. El desarrollo unilateral solo es perjudicial. Si un hombre posee conocimiento e incluso sabe todo lo que debe hacer, este conocimiento es inútil y puede aun ser dañino. Todos ustedes están deformados. Si solamente la personalidad está desarrollada, esto es una deformación; tal hombre de ninguna manera puede ser llamado un hombre completo; es un cuarto, un tercio de hombre. Lo mismo se aplica a un hombre con la esencia desarrollada o a un hombre con músculos desarrollados. Tampoco se puede llamar un hombre completo aquél en el que está combinada una personalidad más o menos desarrollada con un cuerpo desarrollado, mientras su esencia permanece totalmente sin desarrollo. En suma, un hombre en el que solamente dos de las tres máquinas están desarrolladas, no puede ser llamado un hombre. Un hombre con tal desarrollo unilateral tiene más deseos en una esfera dada, deseos que no puede satisfacer y a los cuales, al mismo tiempo, no puede renunciar. La vida se vuelve desdichada para él. Para este estado de deseos infructuosos, satisfechos a medias, no puede encontrar una palabra más apropiada que onanismo. Desde el punto de vista del ideal de un pleno y armonioso desarrollo, tal hombre unilateral no vale nada.
La recepción de impresiones externas depende del ritmo de los estimulantes exteriores de impresiones y del ritmo de los sentidos. Solo es posible la recepción correcta de impresiones si estos ritmos corresponden entre sí. Si yo o cualquier otra persona dijera dos palabras, una de ellas sería dicha con una comprensión, la otra con otra comprensión. Cada una de mis palabras tiene un ritmo definido. Si digo doce palabras, en cada uno de mis oyentes algunas palabras —digamos tres— serían recibidas por el cuerpo, siete por la personalidad y dos por la esencia. Como las máquinas no están conectadas entre sí, cada parte del que escucha ha grabado solamente una parte de lo que fue dicho y, al recordar, se pierde la impresión general y no se puede reproducir. Lo mismo ocurre cuando un hombre quiere expresar algo a otro. Debido a la ausencia de conexión entre las máquinas, solo es capaz de expresar una fracción de sí mismo.
Todo hombre quiere algo, pero primero debe descubrir y verificar todo lo que está equivocado o que le falta en sí mismo, y debe tener presente que un hombre nunca puede ser un hombre, si no tiene ritmos correctos en sí mismo.
Tomemos la recepción del sonido. Un sonido llega a los aparatos de recepción de las tres máquinas simultáneamente, pero debido al hecho de que los ritmos de las máquinas son diferentes, solamente una de ellas tiene tiempo de recibir la impresión, ya que la facultad receptora de las otras queda rezagada. Si un hombre oye el sonido con su facultad intelectual, y es demasiado lento para pasárselo al cuerpo, para el cual está destinado, entonces el sonido siguiente que oye, igualmente destinado para el cuerpo, desplaza completamente al primero y no se obtiene el resultado requerido. Si un hombre decide hacer algo, por ejemplo golpear algo o a alguien, y en el momento de la decisión el cuerpo no la cumple, ya que no era suficientemente rápido para recibirla a tiempo, la fuerza del golpe será mucho más débil o no habrá golpe alguno.
Así como en el caso de la recepción, las manifestaciones de un hombre tampoco pueden ser completas. Tristeza, alegría, hambre, frío, envidia y otros sentimientos y sensaciones son experimentadas únicamente por una parte del ser del hombre ordinario, en vez de por todo su ser.
Nueva york, 13 de febrero, 1924
Pregunta: ¿Cuál es el método del Instituto?
Respuesta: El método es un método subjetivo, esto es, depende de las peculiaridades individuales de cada persona. Solo hay una regla general que se puede aplicar a todos: la observación. Esto es indispensable para todos. Sin embargo, esta observación no es para cambiar, sino para verse a sí mismo. Cada uno tiene sus propias peculiaridades, sus propios hábitos, que el hombre usualmente no ve. Uno debe ver esas peculiaridades. De esta manera puede «descubrir muchas Américas». Cada pequeño hecho tiene su propia causa básica. Cuando hayan coleccionado material sobre ustedes mismos, será posible hablar; por el momento, la conversación es solamente teórica.
Si ponemos peso en un lado, debemos equilibrarlo de algún modo. El tratar de observarnos a nosotros mismos nos da práctica en la concentración, lo que será útil aun en la vida ordinaria.
Pregunta: ¿Cuál es el papel del sufrimiento en el desarrollo de sí?
Respuesta: Hay dos clases de sufrimiento: consciente e inconsciente. Solo un tonto sufre inconscientemente.
En la vida hay dos ríos, dos direcciones. En el primer río la ley es para el río mismo, y no para las gotas de agua. Nosotros somos gotas. En un momento una gota está en la superficie, en otro momento está en el fondo. El sufrimiento depende de su posición. En el primer río, el sufrimiento es completamente inútil porque es accidental e inconsciente.
Paralelo a este río hay otro río. En este otro río hay otra clase de sufrimiento. La gota del primer río tiene la posibilidad de pasar al segundo. Hoy la gota sufre porque ayer no sufrió lo suficiente. Aquí opera la ley de retribución. La gota también puede sufrir por adelantado. Tarde o temprano todo se paga. Para el Cosmos el tiempo no existe. El sufrimiento puede ser voluntario, y solo el sufrimiento voluntario tiene valor. Uno puede sufrir simplemente porque se siente infeliz. O puede sufrir por el ayer y para prepararse para el mañana.
Repito, solo el sufrimiento voluntario tiene valor.
Pregunta: ¿Fue Cristo un maestro con preparación de escuela, o fue un genio accidental?
Respuesta: Sin tener conocimiento, no hubiera podido ser lo que fue, ni podría haber hecho lo que hizo. Es sabido que donde él estaba, había conocimiento.
Pregunta: Si solamente somos mecánicos, ¿qué sentido tiene la religión?
Respuesta: Para algunos la religión es una ley, una guía, una dirección; para otros, un policía.
Pregunta: ¿En qué sentido se dijo en una conversación anterior que la tierra está viva?
Respuesta: No somos nosotros los únicos que estamos vivos. Si una parte está viva, entonces el todo está vivo. Todo el universo es como una cadena, y la tierra es un eslabón en esta cadena. Donde hay movimiento, hay vida.
Pregunta: ¿En qué sentido se dijo que aquél que no ha muerto, no puede nacer?
Respuesta: Todas las religiones hablan de la muerte durante esta vida en la tierra. La muerte debe ocurrir antes del renacer. Pero ¿qué es lo que debe morir? La falsa confianza en nuestros conocimientos, el amor propio y el egoísmo. Nuestro egoísmo debe ser roto. Debemos darnos cuenta que somos máquinas muy complicadas, y, por lo tanto, este proceso de rompimiento resulta una larga y dificultosa tarea. Antes de que sea posible un crecimiento real, nuestra personalidad debe morir.
Pregunta: ¿Enseñaba Cristo danzas?
Respuesta: Yo no estaba ahí para verlo. Es necesario distinguir entre danzas y gimnasia; son cosas diferentes. No sabemos si sus discípulos danzaban, pero sí sabemos que donde Cristo recibió su entrenamiento, ciertamente enseñaban «gimnasia sagrada».
Pregunta: ¿Hay algún valor en las ceremonias y ritos católicos?
Respuesta: No he estudiado el ritual católico, pero conozco los rituales de la Iglesia Griega, y allí, detrás de la forma y ceremonia, hay un verdadero significado. Cada ceremonia, si continúa siendo practicada sin cambio, tiene valor. El ritual es como las danzas antiguas, que eran libros de guía, donde la verdad estaba escrita. Pero para comprender, se debe tener una clave.
Las viejas danzas folclóricas también tienen significado; algunas hasta contienen cosas como recetas para hacer jalea.
Una ceremonia es un libro en el que mucho está escrito. Cualquiera que comprenda lo puede leer. Hay más contenido en una sola ceremonia que en cien libros. Generalmente, todo cambia, pero las costumbres y ceremonias pueden permanecer sin cambio.
Pregunta: ¿Existe la reencarnación de las almas?
Respuesta: El alma es un lujo. Aún no ha nacido nadie con un alma completamente desarrollada. Antes de poder hablar de reencarnación, debemos saber de qué clase de hombre estamos hablando, de qué clase de alma, y de qué clase de reencarnación. Un alma se puede desintegrar inmediatamente después de la muerte, o puede desintegrarse después de cierto tiempo. Por ejemplo, un alma puede estar cristalizada dentro de los límites de la tierra y permanecer ahí, y sin embargo no estar cristalizada para el sol.
Pregunta: ¿Pueden las mujeres trabajar igual que los hombres?
Respuesta: En hombres y mujeres, diferentes partes están más altamente desarrolladas. En los hombres es la parte intelectual, que llamaremos A; en las mujeres, es la parte emocional, o B. En el Instituto, algunas veces se trabaja más sobre la línea A, en cuyo caso es muy difícil para B; otras veces, más sobre la línea B, en cuyo caso es más duro para A. Pero lo que es esencial para una comprensión verdadera, es la fusión de A y B. Esto produce una fuerza que llamaremos C.
Sí, hay iguales posibilidades para hombres y mujeres.
Nueva york, 15 de marzo, 1924
- La observación de sí es muy difícil. Mientras más traten, más claramente lo verán.
- Por ahora deberían practicarla no para obtener resultados, sino para comprender que no pueden observarse a sí mismos. En el pasado se imaginaban que se veían y se conocían.
- Hablo de la observación objetiva de sí mismos. Objetivamente ustedes no pueden verse a sí mismos ni por un solo minuto, porque es una función diferente, la función del amo.
- Si les parece que pueden observarse durante cinco minutos, es falso; por veinte minutos o por un minuto, es igualmente falso. Si ustedes simplemente se dan cuenta que no pueden, esto será correcto. Llegar a esto es su meta.
- Para alcanzar esta meta, deben tratar y tratar.
- Cuando traten, el resultado no será, en el verdadero sentido, observación de sí; pero el intentarlo reforzará su atención y aprenderán a concentrarse mejor. Todo esto será útil más tarde. Solo entonces puede uno empezar a recordarse a sí mismo.
- Si trabajan concienzudamente, no se recordarán a sí mismos más, sino menos, porque el recuerdo de sí requiere muchas cosas. No es tan fácil, cuesta mucho.
- El ejercicio de observación de sí es suficiente para varios años. No intenten ninguna otra cosa. Si trabajan concienzudamente, verán lo que necesitan.
- Por ahora ustedes no tienen sino una sola atención, ya sea en el cuerpo o en el sentimiento.
Nueva york, 9 de diciembre, 1930
Pregunta: ¿Cómo podemos ganar atención?
Respuesta: No hay atención en la gente. Adquirirla debe ser su meta. La observación de sí solo es posible después de adquirir atención. Empiecen por cosas pequeñas.
Pregunta: ¿Con qué cosas pequeñas podemos empezar? ¿Qué deberíamos hacer?
Respuesta: Sus movimientos nerviosos e inquietos hacen que todos sepan, consciente o inconscientemente, que usted no tiene autoridad y que es un bobo. Con estos movimientos inquietos usted no puede ser nada. La primera cosa que tiene que hacer es detener estos movimientos. Haga de esto su meta, su Dios. Inclusive, haga que su familia lo ayude. Solamente después de esto, puede usted quizás ganar atención. Éste es un ejemplo de hacer. Otro ejemplo: un aspirante a pianista nunca puede aprender excepto poco a poco. Si usted quiere tocar melodías sin practicar antes, nunca podrá tocar verdaderas melodías. Las melodías que usted tocará serán cacofónicas y harán que la gente sufra y que lo odien. Lo mismo pasa con las ideas psicológicas. Para ganar algo, se necesita una larga práctica. Trate primero de lograr cosas muy pequeñas. Si al principio usted intenta grandes cosas, nunca será nada. Y sus manifestaciones actuarán como melodías cacofónicas y harán que la gente lo odie.
Pregunta: ¿Qué debo hacer?
Respuesta: Hay dos clases de hacer:
- Hacer automático.
- Y hacer de acuerdo con la meta.
- Tome una pequeña cosa que usted es incapaz de hacer ahora, y haga de ésta una meta, su Dios.
- No deje que nada interfiera.
- Solamente intente esto.
- Entonces, si logra hacerlo, podré darle una tarea más grande.
- Ahora tiene apetito para hacer cosas demasiado grandes para usted. Éste es un apetito anormal. Usted nunca podrá hacer estas cosas, y este apetito le impide hacer las cosas pequeñas que sí podría hacer.
- Destruya este apetito, olvide las cosas grandes. Haga su meta el rompimiento de un pequeño hábito.
Pregunta: Creo que mi peor falta es hablar demasiado. ¿El tratar de no hablar tanto, sería una buena tarea?
Respuesta: Para usted ésta es una meta muy buena. Usted echa a perder todo con su hablar. Este hablar obstaculiza hasta sus negocios. Cuando usted habla mucho, sus palabras no tienen peso. Trate de superar esto. Muchas bendiciones le vendrán si tiene éxito. Verdaderamente, ésta es una muy buena tarea, pero es algo grande, no pequeño. Le prometo que si logra esto, aun si no estoy aquí, sabré de su logro y mandaré ayuda para que sepa qué hacer después.
Pregunta: ¿Sería una buena tarea el tolerar las manifestaciones de los demás?
Respuesta: El soportar las manifestaciones de los demás es una gran cosa. La última cosa para un hombre. Únicamente un hombre perfecto puede hacer esto. Empiece por hacer que su meta o su Dios sea la capacidad para tolerar en una sola persona una sola manifestación que usted no puede tolerar ahora sin nerviosismo. Si usted «quiere» usted «puede». Sin «querer» usted nunca «puede». El querer es la cosa más poderosa en el mundo. Con un querer consciente todo llega.
Pregunta: Frecuentemente recuerdo mi meta, pero no tengo la energía para hacer lo que siento que debería hacer.
Respuesta: El hombre no tiene la energía para llevar a cabo metas voluntarias, porque toda su fuerza adquirida por la noche durante su estado pasivo, se gasta en manifestaciones negativas. Éstas son sus manifestaciones automáticas, lo opuesto a sus positivas y voluntarias manifestaciones.
Para aquéllos de ustedes que ya son capaces de recordar su meta automáticamente, pero que no tienen fuerza para cumplirla:
- Siéntense en soledad por lo menos una hora.
- Relajen todos sus músculos.
- Permitan que sus asociaciones prosigan, pero no sean absorbidos por ellas. Díganles: «Si ustedes me permiten seguir lo que deseo ahora, más tarde yo les concederé sus deseos». Vean sus asociaciones como si fueran de otra persona, para evitar que ustedes se identifiquen con ellas.
- Al término de una hora, tomen un pedazo de papel y escriban su meta.
- Hagan de ese papel su Dios. Todo lo demás no es nada.
- Sáquenlo del bolsillo y léanlo constantemente, todos los días. De este modo se transforma en parte de ustedes, al principio, teóricamente; después, de hecho.
Para ganar energía practiquen este ejercicio de sentarse quietos, dejando muertos los músculos. Solamente cuando todo en ustedes esté quieto después de una hora, tomen su decisión sobre su meta. No dejen que las asociaciones los absorban.
Emprender una meta voluntaria y lograrla, da magnetismo y la capacidad para «hacer».
Pregunta: ¿Qué es magnetismo?
Respuesta: El hombre tiene dos substancias en él: la substancia de elementos activos del cuerpo físico y la substancia formada por elementos activos de la materia astral. Estas dos substancias forman una tercera, mezclándose. Esta substancia mixta se reúne en ciertas partes del hombre y también forma una atmósfera alrededor de él como la atmósfera alrededor de un planeta. Las atmósferas planetarias continuamente ganan o pierden substancias, por causa de otros planetas. El hombre está rodeado por otros hombres, así como los planetas están rodeados por otros planetas. Dentro de ciertos límites, cuando dos atmósferas se encuentran, y si las atmósferas son «simpáticas», una conexión se establece entre las dos, y se producen resultados de acuerdo con las leyes. Algo fluye. La cantidad de atmósfera permanece la misma, pero la calidad cambia. El hombre puede controlar su atmósfera. Es como la electricidad, teniendo partes positivas y negativas. Una parte puede ser aumentada y puesta en movimiento como una corriente. Todo tiene electricidad positiva y negativa. En el hombre, deseos y no deseos pueden ser positivos y negativos. El material astral siempre se opone al material físico.
En tiempos antiguos, los sacerdotes eran capaces de curar enfermedades por medio de la bendición. Algunos sacerdotes tenían que imponer sus manos sobre la persona enferma. Algunos podían curar a corta distancia, otros a gran distancia. Un «sacerdote» era un hombre que tenía substancias mixtas y podía curar a otros. Un sacerdote era un magnetizador. Las personas enfermas no tienen suficientes substancias mixtas, ni suficiente magnetismo, ni suficiente «vida». Esta «substancia mixta» puede verse si es concentrada, un aura o halo era algo real, y puede algunas veces ser visto en lugares sagrados o en iglesias. Mesmer redescubrió el uso de esta substancia.
Para poder usarla, usted debe adquirirla primero. Pasa lo mismo con la atención. Se obtiene únicamente por medio de labor consciente y sufrimiento intencional, al hacer pequeñas cosas voluntariamente. Haga de una pequeña meta su Dios, y usted estará en camino hacia la obtención del magnetismo. El magnetismo puede estar concentrado y puede hacerse fluir, como la electricidad. En un verdadero grupo, se podría dar una respuesta verdadera a esta pregunta.
Nueva york, 22 de febrero, 1924
Todo el mundo tiene gran necesidad de un ejercicio especial, tanto si uno quiere continuar trabajando, como para la vida externa.
Tenemos dos vidas, la interior y la exterior, y por lo tanto también tenemos dos clases de consideración. Consideramos constantemente.
Cuando ella me mira, interiormente siento disgusto por ella, estoy enojado con ella, pero exteriormente soy cortés porque debo ser muy cortés debido a que la necesito. Internamente soy lo que soy, pero externamente soy diferente. Esto es consideración externa. Ella dice que soy un tonto, y esto me enoja. El hecho de que estoy enojado es el resultado, pero lo que ocurre en mí es consideración interna.
Estas consideraciones interna y externa son diferentes. Debemos aprender a ser capaces de controlar separadamente ambas clases de consideración: la interna y la externa. Queremos cambiar no solo interna sino también externamente.
Ayer cuando ella me miró poco amistosamente, estuve enojado. Pero hoy comprendo que quizás, la razón por la que me miró de ese modo es que es una tonta; o quizás, se ha enterado o ha oído algo acerca de mí. Hoy quiero permanecer en calma. Es una esclava y yo no debería enojarme interiormente con ella. A partir de hoy quiero estar interiormente en calma. Exteriormente, hoy quiero ser cortés, pero si fuera necesario puedo aparentar estar enojado. Externamente, debe ser lo que es mejor para ella y para mí. Debo considerar. La consideración interna y externa deben ser diferentes. En un hombre ordinario la actitud externa es el resultado de la interna.
Si ella es cortés, yo también lo soy. Pero estas actitudes deberían ser separadas.
Internamente, uno debería estar libre de la consideración, pero externamente debería hacer más de lo que ha hecho hasta ahora. Un hombre ordinario vive de acuerdo a lo que le es dictado desde el interior.
Cuando hablamos de cambio suponemos la necesidad de un cambio interior. Externamente no hay necesidad de cambio si todo está bien. Si no lo está, quizás tampoco haya necesidad de cambiar, ya que puede ser una originalidad. Lo que se necesita es un cambio interior.
Hasta ahora no hemos cambiado nada, pero de ahora en adelante queremos cambiar. Más, ¿cómo cambiar?:
- Primero tenemos que separar y luego seleccionar.
- Descartar lo que es inútil y construir algo nuevo.
- El hombre tiene mucho que es bueno y mucho que es malo. Si descartamos todo, más tarde será necesario volverlo a recoger.
- Si el hombre no tiene suficiente en el lado externo, tendrá que llenar los vacíos. Quien no es bien educado, debería educarse mejor. Pero esto se refiere a la vida.
- El trabajo no necesita nada externo. Solo es necesario lo interno.
- Externamente, se debe representar un papel en todo. Externamente, un hombre debería ser un actor, pues de otro modo no respondería a los requerimientos de la vida. A un hombre le agrada una cosa, a otro, otra cosa; si quiere ser amigo de ambos y se comporta de una manera, a uno de ellos no le agradará; si lo hace de otra manera, al otro no le agradará. Usted debería conducirse con uno tal como a éste le agrada, y con el otro tal como a aquél le agrada. Entonces la vida le será más fácil.
- Sin embargo, interiormente debe ser diferente: diferente con respecto a uno y a otro.
- Tal como están las cosas ahora, especialmente en nuestros tiempos, todo hombre considera muy mecánicamente. Reaccionamos a todo cuanto nos afecta desde el exterior. Obedecemos órdenes. Ella es buena y yo soy bueno; ella es mala y yo soy malo. Soy tal como ella quiere que yo sea; soy un títere. Pero ella también es un títere mecánico. También ella obedece órdenes mecánicamente y hace lo que otro quiere que haga.
- Tenemos que dejar de reaccionar interiormente. Si alguien es rudo, no debemos reaccionar interiormente. Quien logre hacer esto será más libre. Es muy difícil.
- Dentro de nosotros tenemos un caballo que obedece órdenes del exterior. Y nuestra mente es demasiado débil para hacer nada interiormente. Aun si la mente da la orden de detenerse, nada se detendrá interiormente.
- Lo único que educamos es nuestra mente. Sabemos cómo comportarnos con Fulano y Zutano. «Adiós», «¿Cómo está usted?». Pero solo el cochero sabe esto. Sentado en su pescante ha leído al respecto; pero el caballo no tiene educación alguna. Ni siquiera se le ha enseñado el alfabeto, no conoce ningún idioma, y jamás fue a la escuela. Al caballo también se le hubiera podido enseñar, pero lo olvidamos por completo… Y de ese modo creció como un huérfano descuidado. Solo conoce dos palabras: derecha e izquierda.
- Lo que dije respecto al cambio interior se refiere solo a la necesidad de cambio en el caballo. Si el caballo cambia, podemos cambiar aun exteriormente. Si el caballo no cambia, todo permanecerá lo mismo, sin importar por cuánto tiempo estudiemos.
- Es fácil decidir cambiar cuando se está sentado tranquilamente en una habitación. Pero tan pronto como encontramos a alguien, el caballo cocea. Interiormente tenemos un caballo.
- El caballo debe cambiar.
- Si alguien cree que el estudio de sí mismo lo ayudará y que será capaz de cambiar, está muy equivocado. Aunque leyera todos los libros, estudiara durante cien años, dominara todo conocimiento, todos los misterios, nada resultaría de ello.
- Porque todo este conocimiento le pertenecería al cochero. Y éste, aunque supiera, no podría tirar el carruaje sin el caballo; es demasiado pesado.
- Ante todo usted debe comprender que no es usted; tenga la seguridad de esto, créame. Usted es el caballo, y si quiere comenzar a trabajar, se le deberá enseñar al caballo un lenguaje en el cual usted pueda hablarle, decirle lo que sabe y probarle, digamos, la necesidad de cambiar su disposición. Si tiene éxito en esto, entonces, con su ayuda también el caballo comenzará a aprender.
- Pero solo interiormente es posible el cambio. En lo que respecta al carruaje, su existencia fue completamente olvidada. Sin embargo también es una parte, y una parte importante del equipo. Tiene su vida propia que es la base de nuestra vida. Tiene su propia psicología. También piensa, tiene hambre, tiene deseos, toma parte en el trabajo común. También él debería haber sido educado, enviado a la escuela, pero ni a los padres ni a ninguna otra persona les importó. Solo se enseñó al cochero. Este conoce idiomas y sabe dónde está tal o cual calle. Pero no puede conducir ahí solo.
- Nuestro carruaje fue construido originalmente para una ciudad común y corriente; todas las partes mecánicas fueron diseñadas de acuerdo al camino. El carruaje tiene muchas ruedas pequeñas. La idea era que las irregularidades del camino distribuyeran la lubricación por igual y lo aceitaran de ese modo. Pero todo esto se calculó para cierta ciudad cuyos caminos no son muy suaves. Ahora la ciudad ha cambiado, pero la construcción del carruaje ha permanecido la misma. Fue construido para llevar equipaje, pero ahora lleva pasajeros. Y siempre transita por la misma e idéntica calle, la «Avenida Principal». Algunas partes han enmohecido por el largo desuso. Si de vez en cuando necesita transitar por una calle diferente, casi siempre se descompone, requiriendo luego una compostura general más o menos seria. Mal que bien, todavía puede recorrer la «Avenida Principal» pero para otra calle primero se debe modificar. Cada carruaje tiene su propio momentum, pero en cierto sentido nuestro carruaje lo ha perdido; y no puede funcionar sin momentum.
- Más aún, el caballo puede tirar, digamos, solo cincuenta kilos, mientras el carruaje puede cargar unos cien kilos. Así que, aunque lo deseen, no pueden trabajar juntos.
- Algunas máquinas están tan dañadas que nada puede hacerse con ellas, solo se les puede vender. A otras todavía se les puede reparar; pero esto requiere mucho tiempo, ya que algunas de las piezas están demasiado dañadas. La máquina tiene que ser desarmada, todas las piezas metálicas deben ser puestas en aceite y limpiadas; luego hay que volverlas a armar. Algunas tendrán que ser reemplazadas. Ciertas piezas son baratas y se pueden comprar, pero otras son caras y no pueden ser reemplazadas; el costo sería demasiado alto. Algunas veces es más barato comprar un nuevo carruaje que reparar uno viejo.
- Muy posiblemente todos los que están aquí sentados quieren, y solo pueden querer, con una parte de sí mismos. Nuevamente se trata solo del cochero, ya que ha leído algo, ha oído algo. Tiene muchas fantasías, y hasta vuela a la luna en sus sueños.
- Quienes creen que pueden hacer algo consigo mismo, están muy equivocados. El cambiar algo dentro de uno mismo es muy difícil. Lo que usted sabe, es el cochero quien lo sabe. Todo su conocimiento es solo manipulaciones. El cambio real es una cosa muy difícil, más difícil que hallar varios cientos de miles de dólares en la calle.
Pregunta: ¿Por qué no se educó al caballo?
Respuesta: El abuelo y la abuela lo olvidaron gradualmente y también todos los parientes. La educación necesita tiempo, necesita sufrimiento; la vida llega a ser menos tranquila. Al principio no lo educaron por pereza, y luego lo olvidaron por completo.
Aquí, una vez más, opera la Ley de Tres. Entre los principios positivo y negativo debe haber fricción, sufrimiento. El sufrimiento conduce al tercer principio. Es cien veces más fácil ser pasivo, de modo que el sufrimiento y el resultado sucedan afuera y no dentro de usted. El resultado interior se logra cuando todo tiene lugar adentro.
Algunas veces estamos activos y otras pasivos. Durante una hora estamos activos y en otra pasivos.
Cuando estamos activos estamos gastándonos; cuando estamos pasivos descansamos. Pero cuando todo se halla dentro de usted, no puede descansar, pues la ley actúa siempre. Aun si usted no sufre no estará tranquilo.
A todos les disgusta sufrir y todos quieren estar tranquilos. Todos eligen lo que es más fácil, menos perturbador y tratan de no pensar demasiado. Poco a poco nuestro abuelo y nuestra abuela descansaron más y más. El primer día cinco minutos de descanso; el siguiente, diez minutos; y así sucesivamente. Llegó el momento en que la mitad del tiempo se empleaba en descansar. Y la ley es tal que si una cosa aumenta en una unidad, otra disminuye en una unidad. Donde hay más, se agrega, donde hay menos se reduce. Gradualmente nuestro abuelo y nuestra abuela se olvidaron de la educación del caballo. Y ahora ya nadie se acuerda.
Pregunta: ¿Cómo comenzar el cambio interior?
Respuesta: Mi consejo: lo que dije con respecto a la consideración. Usted debe comenzar por enseñar al caballo un nuevo lenguaje, prepararlo para el deseo de cambiar.
El carruaje y el caballo están conectados. El caballo y el conductor también están conectados por las riendas. El caballo solo conoce dos palabras: derecha e izquierda. Algunas veces el cochero no puede dar órdenes al caballo porque nuestras riendas en un momento tienen la capacidad para engrosarse y, en otro, para adelgazarse. No están hechas de cuero. Cuando nuestras riendas se adelgazan el cochero no puede controlar al caballo. El caballo solo conoce el lenguaje de las riendas. No importa cuánto grite el cochero: «Por favor, a la derecha», el caballo no se moverá en absoluto. Si el cochero tira de las riendas, el caballo comprende. Quizás el caballo conoce algún lenguaje, pero no el del cochero. Quizás es árabe.
Entre el caballo y el carruaje existe la misma situación en cuanto a las varas. Esto requiere otra explicación.
Tenemos en nosotros algo semejante al magnetismo, que se compone no solo de una sustancia sino de varias. Es una parte importante de nosotros que se forma cuando la máquina está trabajando.
Al hablar sobre el alimento solo hablamos de una octava; pero allí hay tres octavas. Una octava produce una substancia, las otras producen diferentes substancias. Si es el resultado de la primera octava. Cuando la máquina trabaja mecánicamente se produce la substancia N.º 1. Cuando trabajamos subconscientemente se produce otra clase de substancia. Si no hay trabajo subconsciente de esta clase no se produce esta substancia. Cuando trabajamos conscientemente se produce una tercera clase de substancia.
Examinemos estas tres. La primera corresponde a las varas, la segunda a las riendas, la tercera a la substancia que permite al cochero oír al pasajero. Usted sabe que el sonido no puede transmitirse en el vacío; allí tiene que haber alguna substancia.
Debemos comprender la diferencia entre un pasajero ocasional y el amo del carruaje. «Yo» es el amo, si es que tenemos un «Yo». Si no lo tenemos siempre hay alguien sentado en el carruaje dando órdenes al cochero. Entre el pasajero y el cochero hay una substancia que permite al cochero oír. El que la substancia esté allí o no, depende de muchas cosas accidentales. Puede estar ausente. Si la substancia se ha acumulado, el pasajero puede darle órdenes al cochero, pero éste no puede ordenar al caballo, y así sucesivamente. Algunas veces usted puede, en otras no, depende de la cantidad de substancia que haya. Mañana usted puede, hoy no. Esta substancia es el resultado de muchas cosas.
Una de estas substancias se forma cuando sufrimos. Sufrimos cada vez que no estamos mecánicamente tranquilos. Hay diferentes clases de sufrimiento. Por ejemplo, quiero decirle algo a usted, pero siento que es mejor no decir nada. Una parte quiere decir, la otra quiere guardar silencio. La lucha produce una substancia que gradualmente se concentra en cierto lugar.
Pregunta: ¿Qué es inspiración?
Respuesta: La inspiración es una asociación. Es el trabajo de un centro. La inspiración es barata, puede estar seguro de esto. Solo el conflicto, la controversia, puede producir un resultado.
Siempre que haya un elemento activo existe uno pasivo. Si usted cree en Dios también cree en el Diablo. Todo esto no tiene valor. El que sea usted bueno o malo, esto no tiene ningún valor. Solo tiene valor un conflicto entre dos lados. Solo cuando se ha acumulado mucho, algo nuevo puede manifestarse.
En todo momento puede haber un conflicto en usted. Jamás se ve a sí mismo. Usted creerá lo que le digo solo cuando comience a mirarse interiormente; entonces verá. Si trata de hacer algo que no quiere hacer, sufrirá. Si quiere hacer algo y no lo hace, también sufrirá.
Lo que a usted le gusta, bueno o malo, tiene el mismo valor. Lo bueno es un concepto relativo. Solo si comienza a trabajar, su bueno y su malo comienzan a existir.
Pregunta: El conflicto de dos deseos conduce al sufrimiento. Sin embargo, cierto sufrimiento conduce al manicomio.
Respuesta: El sufrimiento puede ser de diferentes clases. Para comenzar lo dividiremos en dos clases: el primero, inconsciente; el segundo, consciente.
La primera clase no produce ningún resultado. Por ejemplo, usted sufre hambre porque no tiene dinero para comprar pan. Si tiene pan y no lo come y sufre, es mejor.
Si sufre con un centro, sea del pensamiento o del sentimiento, termina en un asilo de lunáticos.
El sufrimiento debe ser armonioso. Debe haber correspondencia entre lo fino y lo grosero. De otro modo algo se puede romper. Usted tiene muchos centros; no tres, ni cinco, ni seis, sino más. Entre ellos hay un lugar donde puede ocurrir la controversia. Pero se puede trastornar el equilibrio. Usted ha construido una casa, pero si se trastorna el equilibrio, la casa se derrumba y todo se arruina.
Ahora estoy explicando las cosas teóricamente a fin de proveer material para una mutua comprensión.
El hacer algo, por más pequeño que sea, es un gran riesgo. El sufrimiento puede tener un grave resultado. Ahora hablo teóricamente sobre el sufrimiento para comprender. Pero solo ahora lo hago así. En el Instituto no piensan sobre la vida futura, piensan solo acerca del mañana. El hombre no puede ver ni creer. Solo cuando se conoce a sí mismo, conoce su estructura interior, solo entonces puede ver. Ahora estudiamos de un modo externo.
Es posible estudiar el sol, la luna. Pero el hombre tiene todo dentro de sí. Yo tengo dentro de mí al sol, a la luna, a Dios. Yo soy —toda la vida en su totalidad—.
Para comprender uno debe conocerse a sí mismo.
Prieuré, 17 de enero, 1923
Todo animal trabaja de acuerdo con su constitución. Un animal trabaja más, otro menos, pero todos trabajan tanto como le es natural a cada uno. Nosotros también trabajamos; entre nosotros, unos son más capaces para trabajar, otros menos. Quienquiera que trabaje como buey es inútil y quienquiera que no trabaje es igualmente inútil. El valor del trabajo no reside en la cantidad sino en la calidad. Por desgracia, debo decir que no toda nuestra gente trabaja lo suficientemente bien en lo que respecta a calidad. Sin embargo, ojalá que el trabajo que han hecho hasta ahora les sirva como fuente de remordimiento. Si sirve como causa de remordimiento, será útil; si no, no sirve para nada.
Todo animal, como ya se ha dicho, trabaja de acuerdo con la clase de animal que es. Cierto animal —digamos, un gusano— trabaja solo mecánicamente; no se puede esperar más de él. No tiene otro cerebro que el mecánico. Otro animal trabaja y se mueve únicamente por el sentimiento; tal es la estructura de su cerebro. Un tercero percibe el movimiento, que es llamado trabajo, solo a través del intelecto y no se puede exigir nada más de él, ya que no tiene otro cerebro; no puede esperarse nada más, puesto que la naturaleza lo creó con esta clase de cerebro.
Así pues, la calidad del trabajo depende del cerebro que haya en él. Cuando consideramos las diferentes clases de animales, encontramos que hay animales unicerebrales, bicerebrales y tricerebrales. El hombre es un animal tricerebral. Pero a menudo sucede que aquél que tiene tres cerebros debe trabajar, digamos, cinco veces más que el que tiene dos cerebros. El hombre ha sido creado de tal manera que se exige más trabajo de él de lo que puede producir según su constitución. No es culpa del hombre, sino culpa de la naturaleza. El trabajo tendrá valor solo cuando un hombre dé hasta el límite de su posibilidad. Normalmente, en el trabajo del hombre se necesita la participación del sentimiento y del pensamiento. Si falta una de estas funciones, la calidad de su trabajo estará en el mismo nivel de quien trabaja con dos cerebros. Si un hombre quiere trabajar como hombre, debe aprender a trabajar como hombre. Es fácil precisar esto —tan fácil como distinguir entre un animal y un hombre— y pronto aprenderemos a verlo. Hasta entonces, tienen que confiar en mi palabra. Todo lo que necesitan es discernir con su mente.
Digo que hasta ahora ustedes no han estado trabajando como hombres; pero existe una posibilidad de aprender a trabajar como hombres. Trabajar como un hombre significa:
- Que un hombre siente lo que hace.
- Y piensa por qué y para qué lo hace.
- Cómo lo está haciendo ahora.
- Cómo debería haberlo hecho ayer y cómo hoy.
- Cómo tendría que hacerlo mañana.
- Y cómo en general es mejor hacerlo —y si hay una forma mejor—.
Si un hombre trabaja correctamente logrará hacer su trabajo cada vez mejor. Pero cuando una criatura bicerebral trabaja, no hay diferencia alguna entre su trabajo de ayer, de hoy y de mañana.
Mientras estábamos trabajando, ni un solo hombre trabajó como hombre. Pero para el Instituto es esencial trabajar de un modo diferente. Cada uno debe trabajar para sí mismo, ya que otros no pueden hacer nada por él. Si uno puede hacer, digamos, un cigarro como un hombre, uno ya sabe cómo hacer una alfombra. Al hombre le es dado todo el aparato necesario para hacer cualquier cosa. Todo hombre puede hacer cualquier cosa que otros pueden hacer. Si uno puede, todos pueden. El genio, el talento, todo eso es un disparate. El secreto es sencillo: hacer las cosas como un hombre.
Quien puede pensar y hacer las cosas como un hombre, puede, de inmediato, hacer igualmente bien una cosa como otro que la ha estado haciendo durante toda su vida, pero no como un hombre. Lo que uno ha tenido que aprender durante diez años, otro lo aprende en dos o tres días y, entonces, lo hace mejor que aquél que pasó su vida haciéndolo. He conocido gente que, antes de aprender, trabajaron toda su vida pero no como hombres; pero, cuando aprendieron, fácilmente podían hacer tanto el trabajo más fino como el más burdo, trabajo que nunca antes habían visto siquiera. El secreto es pequeño y muy fácil: uno debe aprender a trabajar como un hombre. Y eso sucede cuando un hombre hace una cosa y, al mismo tiempo, piensa en lo que está haciendo y estudia cómo debiera hacerse y mientras lo hace, se olvida de todo; de su abuela, su abuelo y de su cena.
Al principio, es muy difícil. Les daré indicaciones teóricas de cómo trabajar, el resto dependerá de cada individuo. Pero les advierto que les diré solamente tanto como pongan en práctica. Mientras más sea puesto en práctica, más les diré. Aun cuando la gente trabaje de este modo por solo una hora, hablaré con ellos tanto como sea necesario, hasta veinticuatro horas, si es necesario. Pero aquéllos que continúen trabajando como antes, ¡al diablo con ellos!
Como dije, la esencia del trabajo correcto de un hombre consiste en el trabajo al unísono de los tres centros: motor, emocional e intelectual. Cuando los tres trabajan juntos y producen una acción, esto es el trabajo de un hombre. Hay mil veces más valor aun en lustrar el piso como debiera hacerse que en escribir veinticinco libros. Pero antes de empezar a trabajar con los tres centros y de concentrarlos en el trabajo, es necesario preparar cada centro por separado, de manera que cada uno pueda concentrarse.
Es necesario entrenar el centro motor para que trabaje con los otros. Y uno tiene que recordar que cada centro consiste de tres partes.
Nuestro centro motor está más o menos adaptado.
El segundo centro, en lo referente a dificultades, es el centro intelectual y el más difícil es el emocional. Nosotros ya empezamos a lograr algo en las cosas pequeñas con nuestro centro motor. Pero ni el centro intelectual ni el emocional pueden concentrarse en modo alguno. Lograr reunir los pensamientos en una dirección deseada no es lo que se quiere. Cuando lo logramos, se trata de una concentración mecánica, la cual todos pueden tener, y no de la concentración de un hombre. Es importante saber cómo no depender de las asociaciones y, por tanto, empezaremos con el centro intelectual. Ejercitaremos el centro motor prosiguiendo con los mismos ejercicios que hemos hecho hasta ahora.
Antes de seguir adelante, sería útil aprender a pensar según un orden definido. Que cada uno tome un objeto. Que cada uno de ustedes se haga preguntas relacionadas con tal objeto y las responda de acuerdo con su conocimiento y con su material:
- Su origen.
- La causa de su origen.
- Su historia.
- Sus cualidades y atributos.
- Objetos conectados y relacionados con él.
- Su uso y aplicación.
- Sus resultados y efectos.
- Lo que el objeto explica y prueba.
- Su fin o su futuro.
- La opinión de usted y la causa y motivos de ésta.
Prieuré, 21 de agosto, 1923
Para un sector de personas presentes, su estada aquí se ha convertido en algo completamente inútil. Si se les preguntara a estas personas por qué se encuentran aquí, serían completamente incapaces de contestar, o contestarían algo enteramente sin sentido, soltarían toda una filosofía sin que ellos mismos creyeran en lo que estaban diciendo. Unos cuantos pueden haber sabido al principio por qué vinieron, pero ya lo olvidaron. Doy por descontado que todo el que viene aquí se ha dado cuenta de la necesidad de hacer algo, que ya ha intentado algo por sí mismo, y que sus intentos lo han llevado a la conclusión de que dentro de las condiciones de la vida ordinaria, no es posible lograr nada. De manera que empieza a hacer indagaciones, ir en busca de lugares donde debido a condiciones arregladas de antemano, es posible el trabajo sobre sí mismo. Al fin encuentra; se entera de que aquí es posible este tipo de trabajo. Y ciertamente, un lugar como éste ha sido creado y organizado aquí de tal manera que el buscador se encuentre dentro de las condiciones que estaba buscando.
Pero el sector de personas de las cuales estoy hablando, no aprovecha estas condiciones; podría hasta decir que no las ve. Y el hecho de que no las vea, prueba en realidad que estas personas no las estaban buscando, y que en su vida diaria no han intentado obtener lo que se supone estaban buscando. Quienquiera que no haga uso de las condiciones de aquí para el trabajo sobre sí mismo y no las vea, está fuera de lugar. Está perdiendo su tiempo al permanecer aquí, obstaculizando a otros y tomando el lugar de otro. Nuestro espacio es limitado y hay muchos candidatos que tengo que rechazar por falta de espacio. O deben hacer uso de este lugar o partir y no perder su tiempo, ni tomar el lugar de otro.
Repito, parto del punto de que se supone que aquellos aquí presentes ya han realizado algún trabajo preparatorio, han asistido a conferencias, han hecho intentos de trabajar sobre sí mismos, y así sucesivamente.
A mi manera de ver, los aquí presentes ya han comprendido la necesidad de trabajar sobre sí mismos y casi saben cómo debería hacerse, pero no pueden hacerlo, debido a causas más allá de su control. Por lo tanto no hay necesidad de volver a repetir por qué se encuentra aquí cada uno de ustedes.
Solamente puedo proseguir con mi trabajo en este lugar si lo que ha sido recibido se transmuta en vida práctica. Desafortunadamente nada de esto ocurre puesto que la gente vive aquí, pero no trabaja; solo trabajan bajo coerción, exteriormente, como peones en la vida ordinaria. Por ello propongo a este sector de personas que trabajen ahora de la manera en que una vez comprendieron el trabajo, que despierten de nuevo las ideas que una vez tuvieron y se pongan a trabajar seriamente, o que comprendan de inmediato que su presencia aquí es inútil. Así como están las cosas, si siguen así durante diez años, nada resultará.
No soy responsable de nada. Que las personas traten. De otra manera podrían presentar un reclamo por el tiempo perdido. Que hagan resurgir en ellos mismos sus intenciones anteriores, y hacer así útil su estada aquí para ellos mismos y para los que los rodean.
Aquél que aquí puede ser un egoísta consciente puede no serlo en la vida. Ser un egoísta aquí significa no dar un comino por nadie, incluyéndome a mí mismo; considerar a todos y a todo como algo para ayudarse a sí mismo. No debe haber ninguna consideración interna con nada ni con nadie. Quien sea loco o quien sea inteligente, no importa. Un loco es también un buen objeto de estudio para el trabajo. Y también lo es un hombre inteligente. En otras palabras, se necesita tanto las personas locas como las inteligentes. Tanto el grosero, como el hombre decente, se necesitan; porque el tonto y el hombre inteligente, el grosero y el hombre decente, pueden igualmente servir de espejo y de shock para ver, estudiar y trabajar en uno mismo. Además ustedes deberían comprender para su propia orientación un fenómeno particular. Nuestro Instituto es como el taller de reparaciones de un ferrocarril, o como un garaje donde se efectúan reparaciones. Cuando una máquina o un auto se hallan en el taller, y un recién llegado entra allí, ve máquinas que nunca ha visto antes. Y efectivamente, todos los autos que ve afuera están cubiertos y pintados, y el hombre de la calle nunca ha visto sus partes interiores. Los ojos del hombre de la calle solo están habituados a ver la carrocería. No ve los autos sin la carrocería, como en el taller de reparaciones, donde se desarman las piezas, y todas están limpias y expuestas a la vista, no teniendo nada en común con la apariencia que le es familiar al ojo. Y así es aquí. Cuando una persona nueva llega con su equipaje, es desvestida de inmediato. Y entonces todos sus peores aspectos, todas sus «bellezas» interiores se vuelven evidentes.
Es por eso que aquél entre ustedes que no sabe acerca de este fenómeno, recibe la impresión de que efectivamente hemos reunido aquí solo a personas que son estúpidas, perezosas, densas; en una palabra, la chusma. Pero olvida algo muy importante: que no es él quien descubre esto, sino que alguien las ha puesto en evidencia. Pero él ve y se atribuye todo a sí mismo. Sí es un necio, no ve que él mismo es un necio y no comprende que es otro hombre el que las ha expuesto. Si otro no las hubiera expuesto, quizás estaría doblando la rodilla ante uno de estos necios. Lo ve desvestido, pero olvida que él también está desvestido. Imagina que así como en la vida podría usar una máscara, aquí también puede ponerse una. Pero tan pronto pasó por estas rejas, el portero le quitó la máscara. Aquí él está desnudo, todo el mundo siente directamente qué clase de persona es.
Es por esto que nadie debe considerar internamente a nadie aquí. Si una persona ha hecho algo malo, no se indignen, porque ustedes han hecho lo mismo. Por el contrario, deberían estar muy agradecidos y considerarse afortunados de que nadie les ha dado una bofetada en el rostro, puesto que a cada paso, ustedes actúan equivocadamente frente a otro. Por ello, cuan buenas han de ser estas personas que no los consideran internamente a ustedes. Mientras que si alguien les hace a ustedes el más mínimo mal, ya quieren darle una bofetada en el rostro. Deben entender esto claramente y conducirse de manera correspondiente y tratar de hacer uso de todos los aspectos, buenos y malos, de otras personas; y deben también ayudar a otros aprovechando de todos los aspectos propios a ustedes, cualesquiera que sean. Ya sea que el otro hombre sea listo, tonto, bondadoso, despreciable; tengan la seguridad de que en diferentes momentos ustedes también son inteligentes y tontos, despreciables o concienzudos. Toda la gente es igual, solo que se manifiesta diferentemente en diferentes momentos, tal como ustedes son diferentes en diferentes momentos. Del mismo modo que ustedes necesitan ayuda en momentos diferentes, así otros necesitan su ayuda; pero deben ayudar a los otros no por el bien de ellos, sino por el propio bien. En primer lugar, si los ayudan, ellos les ayudarán y, en segundo lugar, a través de ellos, ustedes aprenderán para beneficio de aquéllos más cercanos a ustedes.
Deben saber una cosa más. Muchos estados de muchas personas son producidos artificialmente y producidos artificialmente no por ellos sino por el Instituto. Consecuentemente algunas veces al perturbar este estado en otro, se estorba el trabajo del Instituto. Solo hay una salvación: recordar día y noche que ustedes están aquí solamente para sí mismos; y todo y todos a su alrededor no deben estorbarlos, o ustedes deberán actuar de manera que no los estorben. Ustedes deben aprovecharlos como un medio para obtener sus fines.
Sin embargo, aquí se hace todo excepto esto. Este lugar ha sido convertido en algo peor que la vida ordinaria. Mucho peor. Todo el día la gente está ocupada o en difamarse, o se enlodan unos a otros, o piensan cosas internamente, juzgan y consideran uno al otro, encontrando a algunos simpáticos, a otros antipáticos; entablan amistades colectivas o individuales; se hacen jugarretas mezquinas entre sí y se concentran en el lado malo de cada uno.
No sirve de nada pensar que aquí hay algunos que son mejores que otros. Aquí no hay otros. Aquí las personas no son ni listas ni estúpidas, ni ingleses ni rusos, ni buenas ni malas. Solo hay automóviles estropeados al igual que ustedes. Es solo gracias a estos automóviles estropeados que ustedes pueden alcanzar lo que deseaban cuando llegaron aquí. Todos se dieron cuenta de esto cuando vinieron, pero lo han olvidado. Ahora es necesario despertar a esta comprensión y volver a su idea anterior.
Todo lo que he dicho puede formularse en dos preguntas:
- ¿Por qué estoy aquí?
- Y ¿Vale la pena permanecer?