Segunda conferencia
Dictada por mí, en el mismo lugar, ante un auditorio mucho más grande.
La última vez, en la segunda mitad de mi conferencia, hablé de las sospechas que se han apoderado de mí, referentes a la aparición, en el psiquismo de los miembros de diferentes grupos, de una particularidad de lo más indeseable, debido a una falsa interpretación de mis ideas. Hoy les daré mis primeras explicaciones al respecto, pero exclusivamente en lo que les concierne a ustedes, ustedes norteamericanos, que desde el comienzo han formado parte del grupo y que, por consiguiente, son también ustedes seguidores de mis ideas. Luego de las observaciones y de las investigaciones detalladas a las cuales me he entregado en estos últimos días, ahora quiero participarles la opinión bien definida que tengo sobre la manera y el orden en que se han establecido las condiciones propicias para la cristalización en su psiquismo de este factor tan pernicioso. Digo pernicioso porque, como muy a mi pesar he descubierto, en vez de datos de un «nivel superior» que obligatoriamente habrían debido constituirse en ustedes —ustedes a quienes les ha sido dado por casualidad entrar prematuramente en contacto con verdades cuyo descubrimiento me había exigido medio siglo de esfuerzos conscientes, casi inconcebibles en nuestros días, verdades que abren a cada quien la posibilidad de adquirir el ser de un hombre real— se formó en la mayoría de ustedes, lo compruebo hoy con toda imparcialidad, algo totalmente opuesto.
Para hablar francamente, casi todos ustedes dan la impresión de reunir todas las condiciones para llegar a ser, de un momento a otro, clientes de uno de esos establecimientos neoyorquinos, organizados a escala norteamericana, que se llaman «manicomios» y que son mantenidos aquí por los discípulos de las sufragistas inglesas.
Para ustedes, norteamericanos, el surgimiento de este mal, que se desarrolló a partir de una falsa comprensión de mis ideas y ha tomado, paulatinamente, una forma definida, se debe a los acontecimientos siguientes:
Al principio del segundo año de existencia del Instituto en Francia, me vi forzado, aun antes de haber logrado preparar el material para las demostraciones, a decidirme, como ya lo he dicho, a dirigirme de inmediato donde ustedes, norteamericanos, cuyo carácter me era todavía extraño, con el fin de no verme reducido, así como todos aquéllos que me eran indispensables para lograr mis intenciones, a vivir de «frijoles en salsa de clavos»; en efecto, para mi infortunio, así como para el de muchos de sus compatriotas llegados a ser luego los objetivos de mi principal especialidad periódica, la cual es de «esquilarle la mitad de su lana a quienquiera que pase cerca», todos mis compañeros estaban contagiados, en esa época, de una enfermedad que, entre otras cosas, suscita en el psiquismo del paciente, la tendencia irresistible a tener en uno de sus bolsillos «un piojo amarrado» y en el otro «una pulga encadenada». Por lo tanto creí necesario, a fin de que se preparase algo en Nueva York para la llegada de un número tan grande de personas, enviar como avanzada, en el barco que nos precedía, a uno de nosotros, escogido entre los que tenían experiencia y en quien pudiese confiar.
Dado que poco antes la mayoría de mis «alumnos de primer rango» —como se llamaban a sí mismos— que habrían estado calificados para ello habían sido enviados por mí (para el bien de todos) a diferentes países de Europa y Asia con el fin de cumplir allí misiones precisas, mi elección, entre aquéllos que estaban cerca de mí y que me parecían más calificados para este viaje preliminar, se dirigió hacia uno de los más antiguos seguidores de mis ideas, que por entonces era el médico principal del Instituto, el Dr. Stjernvall; sin embargo, como en aquella época no tenía el menor conocimiento del inglés, resolví designarle, a título de asistente y de traductor, a uno de mis nuevos alumnos británicos.
Después de una revisión mental de todos ellos y considerar la aptitud de cada uno para este viaje, me decidí precisamente por uno de los alumnos ingleses recientemente ingresados al Instituto que, según la «ficha individual» abierta a su nombre —como se tenía costumbre de hacer con cada uno de ellos— había ejercido la profesión de periodista y que, como tal, debía conocer su propio idioma a la perfección.
Este antiguo periodista inglés, que yo había destinado, en principio, a las funciones de traductor y de asistente del Dr. Stjernvall, primer «mensajero de mis nuevas ideas» en los Estados Unidos y que llegó a ser un poco más tarde el colaborador de mi traductor personal, el señor Ferapontov (alumno del Instituto y participante en las presentaciones de «movimientos rítmicos», que fue luego designado para ser uno de los tres «gerentes», cuya tarea era organizar las presentaciones, las conferencias y todas mis citas de negocios), este periodista, digo, era el hombre que, por circunstancias fortuitas —debidas, en parte, a la catástrofe de la que fui víctima y, en parte, a la singular anomalía cristalizada en la vida familiar de los hombres contemporáneos, especialmente entre ustedes, norteamericanos, y según la cual la dirección del trabajo del hogar recae sobre la mujer— ha llegado a ser luego su guía principal: hablo, como seguramente deben haberlo adivinado, del señor Orage.
He aquí el orden en que se desarrollaron los acontecimientos que siguieron, acarreando los tristes resultados de los que me dispongo a hablarles:
Hacia el final de mi primera estadía en Norteamérica, después de haber llevado a cabo de manera más bien satisfactoria el conjunto de mis planes, estaba listo para volver a Europa, con la intención de regresar seis meses más tarde para abrir en algunas de sus grandes ciudades una rama permanente del Instituto. Un día, poco antes de mi partida, pensaba en voz alta delante de los que me acompañaban y me preguntaba acerca de quién debía dejar para continuar lo que se había iniciado y preparar el terreno para mi próximo regreso; el señor Orage, que se encontraba también allí, repentinamente ofreció sus servicios y, muy excitado, declaró estar seguro de su aptitud para cumplirlo brillantemente.
Estimé que él se adecuaba por completo para llevar a cabo la preparación necesaria, debido, ante todo, a su probado conocimiento del idioma inglés, de lo que me había podido convencer en Nueva York, y también a su buena prestancia, lo que, como es fácil de comprender, desempeña un papel importante en todas las relaciones de negocios, especialmente entre ustedes, norteamericanos; acepté su oferta y comencé de inmediato a explicarle ciertos detalles relativos a la preparación.
Como me enteré más tarde, la causa real de su oferta y de su entusiasmo era que durante nuestra estadía en Nueva York había comenzado un idilio, que en ese momento estaba en su apogeo, con una vendedora de aquella librería que lleva el nombre tan original de Sunwise Turn, donde yo acostumbraba organizar desde el principio y, para un reducido número de sus compatriotas, reuniones en las cuales, contestaba, entre otras, a diferentes preguntas sobre mis ideas.
Ahora bien, como ya lo he dicho, al final de la primera semana después de mi regreso a Europa, fui víctima del accidente automovilístico que, por más de tres meses, me hizo perder toda memoria y todo poder de reflexión y me mantuvo en cama por otros seis meses en un estado de semiconciencia en el que solo controlaba a medias las dos facultades fundamentales en las que reposa la responsabilidad del hombre y que condicionan su individualidad.
Todo esto produjo el desencadenamiento de una gran crisis en mis negocios, crisis que tomó, poco a poco, tales proporciones que hacían temer la catástrofe definitiva y fue entonces cuando, desde mi lecho, a pesar de una gran debilidad física, justo al principio de este segundo período de evolución de mi salud, al darme perfecta cuenta, durante mis momentos de lucidez, de la situación que se había creado, comencé a dar órdenes y a tomar toda clase de medidas para la liquidación acelerada de todo lo que se relacionaba al Instituto, el cual, en ausencia de un hombre de negocios entre las personas que me rodeaban, producía constantemente enormes gastos sin garantizar el menor ingreso. Al mismo tiempo, me fue necesario inventar toda clase de combinaciones para hacer frente a los innumerables malentendidos que esta liquidación hacía surgir, así como a las manifestaciones perniciosas de diversas clases, habituales en ciertos degenerados de los que he hablado.
Entre tanto, durante el período en que el funcionamiento de mi poder habitual de reflexión comenzaba intermitentemente a restablecerse, permitiéndome comprender claramente lo que había pasado e imaginar diferentes modos para salir de la situación, uno de los que me rodeaban, que por entonces actuaba como mi ministro de finanzas, puso en mi conocimiento una enojosa cuestión de dinero cuya solución superaba mis capacidades y me dijo que justamente acababa de recibir de Norteamérica, esa misma mañana, mil dólares del señor Orage, agregando que era la tercera vez que recibía igual suma y que siempre llegaba muy oportunamente.
Durante los meses que siguieron, como mi estado aún no sufría ningún cambio, o casi ninguno, y como apenas durante mis momentos de lucidez podía discutir los asuntos concernientes a la liquidación en marcha e imaginar diferentes soluciones para salir de esta situación desesperada, me olvidé por completo del señor Orage y de la solicitud de que había dado prueba tanto hacia mí como hacia mi obra.
Después de más de un año de esta conversación sobre el dinero enviado de Norteamérica debido a sus atenciones, al haberse mejorado mi estado de salud y habiéndose más o menos neutralizado las amenazas de catástrofe inminente, vine a saber que estos «envíos» del señor Orage, en los que algunos de los compatriotas de ustedes habían participado, aunque disminuidos en amplitud, no habían cesado. Desde entonces modifiqué mi decisión inicial de cerrar las puertas de mi casa a todo el mundo e hice una excepción con ustedes, norteamericanos, que conforman este grupo y, en general, con todos aquéllos de sus compatriotas que habían mostrado interés por mis ideas. A partir de ese momento, no solo mis puertas les estuvieron siempre abiertas, sino que, en lo que concierne a algunos de ustedes cuya verdadera adhesión a mis ideas me había sido garantizada por alguien que ya me había probado su lealtad en este aspecto, me esforzaba siempre, en la medida en que mi intensa concentración sobre las serias cuestiones planteadas por mis escritos me lo permitía, por encontrar el tiempo para concederles entrevistas.
Para volver a la idea fija que sirvió de factor para la cristalización progresiva en el psiquismo de ustedes de la particularidad específica de la que he hablado, es muy probable que haya tenido como única causa —como lo comprendo ahora después de confrontaciones detalladas y de «deducciones estadísticas» basadas en mis encuestas personales entre varios miembros de este grupo y de sus allegados— la siguiente serie de acontecimientos:
El señor Orage, a quien había dejado en Norteamérica —y cuya única ocupación había sido, ante todo, cumplir mis instrucciones con miras al segundo viaje que proyectaba y que seguía tan cautivado por mis ideas, no estando aún enteramente bajo la influencia de su «ángel del hombro izquierdo»— desde que se enteró en todos sus detalles de la catástrofe que yo había sufrido, se dedicó, durante varios meses, a recolectar dinero para enviarme una parte al Prieuré, aprovechándose de la fuerte impresión que yo había hecho sobre los compatriotas de ustedes que se mantenía por inercia.
Al mismo tiempo, al querer dar evidentemente a estas colectas una justificación exterior, comenzó a dirigir, sin mi permiso, las clases de «Movimientos rítmicos» que yo había organizado en Nueva York. Además, comprendiendo tanto la necesidad como la enorme dificultad de procurarse los medios para enviarme dinero y al mismo tiempo hacer frente a los excesivos gastos de su nueva vida de familia —porque su idilio terminó en matrimonio con la vendedora del Sunwise Turn, una joven norteamericana cuyo tren de vida estaba fuera de proporción con su situación— se puso, a fin de aumentar sus recursos, a organizar charlas análogas a las que había oído en el Instituto, sobre temas que había estudiado mientras estuvo allí.
Cuando hubo agotado todo este material, como no recibía de mí nada nuevo, ni aun la menor indicación sobre lo que tenía que hacer al respecto, ni cómo ir más lejos, de buen o mal grado se vio obligado a continuar, sirviéndose de lo poco que había asimilado durante su estadía en el Instituto en calidad de alumno ordinario y, con este saber de lo más limitado, a «manipular a lo largo y a lo ancho».
Como yo me di cuenta de ello recientemente, en el transcurso de mi estadía actual, al interrogar a algunos de sus compañeros que desde el principio habían formado parte del grupo dirigido por el señor Orage, este, como un buen «malabarista», supo cómo entendérselas con solo los datos preliminares —provenientes de la suma total de informaciones que aclaraban el conjunto de mis ideas— que se referían a la cuestión de la que he hablado en la conferencia precedente, aquélla de «la observación de sí», es decir, con una ojeada sumaria de informaciones que, si bien son indispensables para comenzar, a quienquiera que intente luchar por conocer la verdad, no dejan de conducir infaliblemente, si llegan a ser el centro de gravedad de su pensamiento, como ya lo he establecido y verificado desde hace mucho tiempo, a este resultado que muy a mi pesar compruebo hoy en casi todos ustedes.
La situación que se había creado al comienzo de mi actividad de escritor, debido a la catástrofe que había sufrido, se ha prolongado hasta la fecha.
Hoy, después de una interrupción de siete años de la puesta en práctica progresiva del programa detallado del que ya hablé y que había llegado a ser la meta y el sentido de mi vida, habiendo finalmente cumplido la parte más difícil y la más esencial de la tarea que durante todos estos años había exigido toda mi atención y esfuerzo incesantes, decidí, mientras terminaba la parte más fácil de esta tarea, consagrarme de nuevo a la realización de mi programa, pero esta vez apoyándome en los resultados obtenidos en el transcurso de estos últimos años de labor intensa y continua, concretados bajo la forma de diez gruesos volúmenes. En otros términos, tengo la intención de dar una pulida definitiva a mis escritos para hacerlos accesibles a la comprensión de cualquier hombre ordinario y mientras sigo este trabajo en las mismas condiciones de antes, es decir, escribiendo, durante mis viajes, en diversos cafés, restaurantes y otros lugares públicos, aprovechar mis estadías, fortuitas o intencionales, en los diferentes centros de civilización contemporánea, satisfaciendo las condiciones requeridas, para preparar el terreno con miras a la organización de los «clubes» de los que hablé la última vez.
Ahora bien, me encuentro aquí entre ustedes en el momento en que han aparecido condiciones que me dan la posibilidad de emprender la realización de mis planes; así que he decidido, durante mi estadía, consagrar todo el tiempo que me permitirá el cumplimiento de mi tarea fundamental a la organización y apertura del primero de estos clubes.
La apertura aquí en Nueva York, con la participación de miembros de este grupo, de esta sección, la primera no solo para Norteamérica, sino para todo el planeta, de todas las secciones del club principal, cuya sede se encontrará en Francia en el Castillo del Prieuré, será en mi opinión, por todo concepto, legítima, y aun objetivamente justa.
Será legítima y justa, porque ustedes, norteamericanos, y sobre todo los que componen este grupo y han estado largo tiempo en contacto con mis ideas, han sido los únicos en testimoniarme su reconocimiento durante los duros años de crisis; además, después de mi infortunio, mientras me dedicaba por entero a mi nueva profesión de escritor y rompía todo contacto con personas de todo rango y clase que frecuentaba antes en diversos países de Europa, ustedes han sido igualmente los únicos con los que he mantenido relaciones personales —exceptuando, claro está, los mozos y empleados de diversos cafés y restaurantes—. Y bien, ¡mis amigos impuestos por el destino! Tengo ahora que decirles que a pesar de mi más sincero deseo, ustedes bien lo saben, de organizar con ustedes, aquí mismo, la primera sección de la «semilla fundamental» de una institución estrechamente ligada a mis ideas, me doy cuenta, después de haber analizado imparcialmente, a plena conciencia, todo el pasado, y confrontado algunos hechos evidentes, que no puedo cumplir en paz este deseo tan querido por mi naturaleza.
Esta contradicción en mi estado interior viene de haber comprendido claramente que algunos de ustedes —ya sea porque siempre han sido así o debido a diversos malentendidos que en estos últimos años han surgido en la vida interior de su grupo— no corresponden en lo más mínimo a las condiciones que deben ser exigidas a los miembros de esta primera institución, que en mi opinión debe llegar a tener en el futuro una importancia considerable para toda la humanidad.
Durante mi estadía entre ustedes, más de una vez he reflexionado seriamente sobre la situación que se había creado, sin haber llegado jamás a encontrarle una salida, pero hoy, después de haberme dado cuenta de que por un año al menos, si no más, estaré totalmente absorbido por cuestiones relacionadas con mis escritos y que por otra parte estaré obligado a volver a Nueva York el próximo año por un asunto que no tiene ninguna relación con ustedes, he tomado la decisión categórica de retardar por un año la fundación de estos clubes y consagrar todo mi tiempo, hasta terminar mi estadía aquí, a reorganizar yo mismo su grupo. Tengo la intención de introducir en él ciertos principios de vida estrechamente ligados a mis ideas que, cueste lo que cueste, deberán ser puestos en práctica. Estos principios podrán entonces contribuir, en el psiquismo general de algunos de ustedes, a la cristalización acelerada de datos que les permitan, para mi próximo viaje, llegar a ser dignos de ser miembros de la «semilla constitutiva» de esta primera institución; mientras que en el psiquismo general de los otros favorecerán la cristalización de datos que los lleve a reconocer sinceramente su ineptitud para ser miembros de esta primera «institución tipo», de tal manera que, al comprenderlo, se retiren por sí mismos.
En otros términos, he decidido dedicar todo mi tiempo libre, primero, a establecer yo mismo, en el plazo requerido, las bases necesarias que le permitan a la persona que tengo intención de enviarles, el hacerse cargo de todo lo que exigirá, en estrecha concordancia con mis ideas, la estricta realización de los planes fijados; y, segundo, a purificar su grupo de los elementos que no solo no pueden sacar de las condiciones existentes ningún provecho para sí mismos, sino que correrían peligro de mostrarse como muy, pero muy dañinos, en cuanto a la elaboración y a la puesta en marcha del programa general de este nuevo grupo.
La segunda parte de este plan, que consiste en purificar su grupo de estos elementos indeseables, se efectuará por sí misma desde el principio, ya que se pondrán ciertas condiciones bien definidas a todos los miembros, condiciones que no dejarán lugar a ninguna componenda y las cuales, probablemente, no todos ustedes podrán suscribir; de manera que algunos abandonarán espontáneamente.
Para tener derecho a ser miembro de este nuevo grupo, serán puestas por mí desde los primeros meses de su existencia trece condiciones obligatorias, absolutamente necesarias; siete de ellas serán de «carácter objetivo», es decir, que concernirán a todo el grupo y deberán cumplirse por todos sin excepción y las otras seis serán «de carácter subjetivo» y concernirán personalmente a algunos de los miembros del antiguo grupo, para quienes habrán sido establecidas.
A propósito de estas condiciones subjetivas, es necesario decir que su carácter se desprenderá de las observaciones que ya he hecho o que me propongo hacer, sea por mí mismo o por conducto de aquéllos que las tendrán a su cargo, sobre los rasgos específicos de una subjetividad que se ha constituido en cada uno de ustedes a partir de ciertos datos psíquicos que provienen del tipo y de la herencia, o que ustedes han adquirido durante el período en que eran miembros con iguales derechos en el antiguo grupo.
En cuanto al sentido de las trece condiciones y a los motivos que justifican lógicamente su necesidad, le daré una explicación previa de ellas solo a aquéllos que consientan y se comprometan por un juramento especial, cuya forma les voy a dar en parte ahora y en parte más tarde, a cumplir estrictamente la primera de las siete condiciones objetivas que acabo de mencionar.
Habiendo dicho esto, llamé a mi secretario y le dicté el texto siguiente:
«El que suscribe, tras madura y profunda reflexión, sin estar influenciado por nadie más, sino por mi propia voluntad, prometo bajo juramento no tener, salvo por instrucciones del señor Gurdjieff o de una persona que lo represente oficialmente, ninguna especie de relación, hablada o escrita, con ninguno de los miembros del antiguo grupo de los adeptos a las ideas del señor Gurdjieff que existió hasta ahora bajo el nombre de ‘Grupo Orage’ y no tener ninguna relación, sin permiso especial del señor Gurdjieff o de su delegado, con el mismo señor Orage».
«No tendré relaciones sino con aquéllos de los miembros del antiguo grupo cuya lista me será dada durante las reuniones generales del nuevo grupo exotérico».
Habiendo leído en voz alta el texto de este compromiso, continué:
Aquéllos de ustedes que, «tras maduras y profundas reflexiones», como se dice en el texto que acabo de leer, acepten firmar este papel, deberán hacerlo desde ahora hasta el mediodía de mañana, en presencia de mi secretario traductor.
En cuanto al día y lugar en que se celebrará la primera reunión general de este nuevo grupo exotérico, todos los que hayan firmado el documento en el plazo fijado serán avisados a tiempo.