Piotr Karpenko
PIOTR Karpenko, que fue mi amigo de infancia y, más tarde, llegó a ser, por su propio valer y no solo en virtud de un diploma, un eminente geólogo, ya no pertenece a este mundo… ¡Que Dios tenga su alma!
Para dar una idea de las principales características de la individualidad de Piotr Karpenko, y para cumplir con la meta que me fijé en esta serie de mis obras —es decir, para que el lector pueda obtener de este capítulo un conjunto de informaciones que le sean realmente provechosas— bastará, creo yo, describir detalladamente las circunstancias que nos hicieron amigos, y contar luego algunas peripecias de la expedición en cuyo curso sobrevino, por voluntad del destino, el desgraciado incidente que debía acarrear su prematuro fin.
Nuestra amistad empezó en la época en que aún éramos pilluelos. Por otra parte me propongo hablar largo y tendido de todo cuanto ocurrió entre nosotros, porque podría aclarar muy bien algunos aspectos del psiquismo de esos «jóvenes holgazanes», que más tarde, a veces, se convierten en hombres notables.
Vivíamos entonces en la ciudad de Kars, donde yo participaba en el coro de los pequeños cantores de la catedral y de la ciudadela.
Ante todo debo decir que a partir del momento en que mi maestro Bogatchevsky partió de Kars, mientras que mi primer maestro, el Padre Borsh, estaba de licencia por enfermedad, me sentí privado de los dos hombres que tenían sobre mí una autoridad real, y no quise permanecer más en Kars. Como, por otra parte, mi familia hablaba de regresar dentro de poco a Alexandropol, soñaba con ir a Tbilisi para ser admitido en el Coro del Obispado, proposición que me habían hecho a menudo y que parecía muy tentadora y lisonjera a mi joven amor propio. Mientras tales sueños seguían formando el centro de gravedad de mi pensar, que apenas empezaba a desarrollarse, una mañana muy temprano vi llegar corriendo a uno de los coristas de la catedral, soldado de la intendencia, que se había hecho amigo mío gracias a los buenos cigarrillos que le llevaba de vez en cuando y que, lo confieso, había sacado subrepticiamente del estuche de mi tío. Jadeante, me dijo que había sorprendido por casualidad una conversación entre el comandante de la fortaleza, el general Fadeiev, y el jefe de la policía montada, en cuyo curso hablaron de arrestar a varias personas y de interrogarlas respecto de un asunto concerniente al campo de tiro; y mi nombre fue citado entre los de los sospechosos.
Me sentí muy alarmado por esa noticia, pues tenía bastante que reprocharme acerca del campo de tiro, hasta tal punto que, deseando evitar cualquier incidente desagradable, resolví no demorar más mi salida, y dejé Kars muy deprisa, a la mañana siguiente.
Ahora bien, precisamente ese incidente del campo de tiro —por cuya causa me vi obligado a huir a toda prisa de la ciudad— había dado origen a mi amistad con Piotr Karpenko.
En esa época tenía tanto en Kars como en Alexandropol a numerosos amigos, algunos de mi edad, otros que me llevaban varios años.
Entre los primeros se hallaba un muchacho muy simpático, hijo de un fabricante de vodka. Se llamaba Riauzov, o Riaizov, no recuerdo muy bien. Me invitaba a menudo a su casa, y a veces iba yo a visitarlo de improviso.
Sus padres lo mimaban mucho. Tenía su propio cuarto, donde podíamos hacer cómodamente nuestros deberes, y sobre su escritorio casi siempre nos esperaba un plato repleto de milhojas, recién salidas del horno, que entonces me gustaban muchísimo. Pero quizá lo más importante era su hermana de doce o trece años, que solía entrar muchas veces en el cuarto cuando estaba yo.
Surgió entre nosotros mucha amistad y, sin darme cuenta, me enamoré de ella. Al parecer, ella no me miraba con indiferencia… Un idilio silencioso empezó.
Otro compañero mío, hijo de un oficial de artillería, también frecuentaba esa familia. Al igual que nosotros estudiaba en casa, preparándose para entrar en no sé qué escuela, porque al hallarlo ligeramente sordo de un oído, no pudieron admitirlo en el cuerpo de cadetes.
Era Piotr Karpenko. Estaba también enamorado de la joven Riauzov, que a su vez parecía estar bien dispuesta hacia él. Se mostraba gentil con él porque le traía a menudo dulces y flores, y conmigo, porque yo tocaba bien la guitarra y era hábil para ejecutar, en los pañuelos que gustaba bordar, unos dibujos que luego hacía pasar como suyos. Así, los dos estábamos enamorados de esa niña, y poco a poco la llama de los celos se encendió en nuestros corazones rivales.
Una noche, después del servicio en la catedral al que esa «devoradora de corazones» asistió, inventé una excusa plausible y obtuve del maestro de capilla permiso para salir un poco más temprano, a fin de encontrarla a la salida y acompañarla hasta su casa.
A la puerta de la catedral tropecé con mi rival.
Los dos, con rabia en el corazón, acompañamos empero a nuestra dama hasta su casa, como perfectos caballeros.
Pero en el camino de regreso, no pude contenerme por más tiempo y con un pretexto cualquiera, le administré una soberana tunda.
A la noche siguiente, como de costumbre, fui con algunos compañeros al campanil de la catedral.
Aún no había campanario en el recinto de la catedral. Estaban justamente construyéndolo y las campanas colgaban de un armazón temporal hecho de madera, de forma octogonal, que con su techo elevado se parecía algo a un quiosco.
El espacio que mediaba entre el techo y las vigas de las que colgaban las campanas era solo lo suficientemente ancho para cobijar nuestro «club»; celebrábamos reuniones casi todos los días, y sentados a horcajadas sobre las vigas, o sobre el estrecho reborde de los muros por encima del techo, fumábamos, nos contábamos anécdotas y, a veces, preparábamos nuestros deberes.
Más tarde, cuando el campanario de piedra quedó terminado y las campanas colocadas en su lugar, el campanario provisional fue ofrecido por el gobierno ruso a la nueva iglesia griega que estaban levantando y, desde entonces, sirvió de campanario a esa iglesia.
Esa noche, encontré en el club, además de los diez miembros permanentes a mi amigo Petia de Alexandropol, de paso por Kars —era hijo del inspector de los correos Kerensky, que más tarde se halló entre los oficiales muertos en la guerra ruso-japonesa— y un muchacho del barrio griego de Kars, apodado Fekhi, pero cuyo nombre verdadero era Khorkanidi, y que con el tiempo llegó a ser autor de muchos libros de clase. Había traído el jalvá griego preparado en casa, regalo que su tía mandaba a los jóvenes cantores, cuyos cantos tantas veces le habían «conmovido hasta el fondo del alma».
Estábamos comiendo el jalvá, fumando y charlando, cuando apareció Piotr Karpenko, con una venda sobre el ojo, acompañado de otros dos muchachos rusos, que no pertenecían al club. Se dirigió hacia mí para exigirme una «explicación» por la ofensa de la víspera. Y como era uno de esos adolescentes nutridos de poesía que gustan expresarse en lenguaje noble, terminó bruscamente su largo y ampuloso preámbulo con esta categórica declaración: «La tierra es demasiado pequeña para contenernos a los dos; por consiguiente, uno de los dos debe morir».
Esa grandilocuente diatriba me dio ganas de darle de puñetazos hasta que todas esas pamplinas le salieran de la cabeza. Pero mis otros amigos trataron de hacerme entrar en razón y declararon que solo la gente que aún no había sido tocada por la cultura contemporánea, los kurdos por ejemplo, arreglan sus disputas de esa manera, y que las personas respetables recurren a modos más civilizados. Estas palabras fustigaron mi orgullo y, para que no me llamaran salvaje, ni tampoco cobarde, emprendí una seria discusión sobre el incidente.
Después de mucho palabrerío, que entonces llamábamos debates, resultó que algunos muchachos tomaron mi partido, y los otros, el de mi rival. Estos debates no tardaron en degenerar en ensordecedores clamores que a veces amenazaban con tornarse en drama, y poco faltó para que nos arrojáramos mutuamente desde lo alto del campanario.
Para terminar se resolvió que nos enfrentaríamos en un duelo.
Entonces surgió una pregunta: ¿cómo conseguir las armas?
Era imposible encontrar, en ningún lugar, pistolas o espadas. Desde ese momento todas nuestras emociones y nuestra excitación, que ya había llegado al paroxismo, se concentraron en buscar una solución a este nuevo problema.
Había entre nosotros un tal Turtchaninov, dotado de una voz chillona, al que todos hallábamos sumamente cómico.
Mientras reflexionábamos sobre lo que haríamos, exclamó de repente con voz aguda: «¡Si es tan difícil hallar unas pistolas, nada más sencillo que procurarse unos cañones!».
Todo el mundo se echó a reír, como todas las veces que abría la boca.
¿Por qué se ríen, pandilla de demonios? —replicó—. Para este asunto se puede muy bien emplear cañones. No hay inconveniente alguno. Ya resolvieron ustedes que uno de los dos debe morirse, pero en un duelo con cañones hay muchas probabilidades de que los dos perezcan. Si aceptan correr este riesgo, mi sugerencia será el colmo de la simplicidad.
Propuso entonces que los dos fuéramos al campo de tiro, donde se realizaban los ejercicios de artillería y que, sin dejarnos ver, nos acostáramos en algún lugar entre los cañones y los blancos, esperando allí nuestra sentencia. Aquel de los dos que muriese por una esquirla, habría sido condenado por la suerte.
Conocíamos muy bien el campo de tiro.
Se hallaba a corta distancia, justo al pie de las montañas que rodean la ciudad. Era un terreno bastante extenso y ondulado, de quince a veinte kilómetros cuadrados que, durante los períodos de tiro, en algunas épocas del año, estaba estrictamente prohibido y lo vigilaban por todos lados.
Íbamos allí a menudo, sobre todo de noche, instigados por dos grandes rufianes llamados Aivazov y Denisenko, que ejercían sobre nosotros cierta autoridad, con el fin de recoger o, mejor dicho, de robar trozos de cobre de los obuses y metralla de plomo diseminados por el terreno después de las explosiones, y que vendíamos luego al peso, a buen precio.
Pese a la absoluta prohibición de recoger los trozos de obuses y, por supuesto, venderlos, siempre nos las arreglábamos para trabajar al claro de luna, aprovechando los momentos en que los guardias del cordón de seguridad relajaban la vigilancia.
Después de nuevos debates debidos a la proposición de Turtchaninov, resolvimos categóricamente poner en ejecución ese proyecto al día siguiente.
De acuerdo con las condiciones fijadas por los testigos Chemuranvo, Kerensky y Jorkanidi por mi parte, y por parte de mi rival, Omitopulo y los dos extraños muchachos que él había traído consigo debíamos ir al terreno al alba, antes de que hubiera empezado el tiro y, a más o menos cien metros de los blancos, acostarnos a cierta distancia uno del otro, en algún pozo de obús donde nadie pudiera vernos y quedarnos allí hasta el crepúsculo. Aquel que sobreviviese entonces podría salir e irse a donde quisiera.
Los testigos también decidieron quedarse todo el día en las vecindades del campo de artillería, en la orilla del río Kars-Chai, y al anochecer venir a buscarnos a nuestros hoyos a fin de conocer el resultado del duelo. En caso de herida sencilla de cualquiera de los dos, o de los dos a la vez, harían lo necesario; y si los dos moríamos, dirían a todo el mundo que habíamos ido a recoger cobre y plomo, ignorando que ese día se realizaban ejercicios de tiro, y nos habían «liquidado» a los dos.
A la mañana siguiente, al despuntar el día, toda nuestra tropa, provista de víveres, se dirigió al río Kars-Chai. Al llegar los testigos nos dieron a cada uno nuestra parte de provisiones y luego dos de ellos nos acompañaron al terreno, y nos acostamos en nuestros respectivos hoyos. Regresaron luego para unirse a los demás, y pasaron el tiempo pescando en el río.
Hasta entonces todo parecía más bien una broma, pero cuando empezó el tiroteo ya no era cosa de risa. Yo no sé en qué forma y orden se desenvolvieron las experiencias subjetivas interiores y las asociaciones mentales de mi rival, pero sé muy bien lo que ocurrió dentro de mí desde el comienzo de los disparos. Lo que experimenté y sentí cuando los obuses empezaron a volar y estallar sobre mi cabeza lo recuerdo hoy como si fuese ayer.
En el primer momento me sentí muy aturdido, pero muy pronto la intensidad de las emociones que confluían en mí y la potencia de confrontación lógica de mi pensamiento crecieron hasta tal punto que a cada instante tenía la impresión de pensar y vivir más que en el curso de un año entero.
Al mismo tiempo, experimentaba por primera vez una sensación completa de mí mismo que iba creciendo sin cesar, mientras me daba cuenta claramente de que, debido a mi ligereza, me había puesto ese día en una situación en la cual tenía muchas probabilidades de ser aniquilado, pues, en ese momento, mi muerte me parecía cierta.
Un temor instintivo ante lo inevitable se apoderó de todo mi ser, hasta tal punto que la realidad que me rodeaba parecía desaparecer para no dejar sino ese invencible terror animal.
Recuerdo que hubiera querido volverme tan pequeño como fuera posible y guarecerme en algún repliegue del terreno, con el fin de no oír más ni pensar más.
El temblor que se apoderó de todo mi cuerpo cobró poco a poco una espantosa intensidad, como si cada una de mis células vibrase independientemente; a pesar del estrépito de los cañones, oía latir mi corazón de forma muy irregular y mis dientes castañetear con tanta fuerza que a cada instante temía que se rompieran todos.
A propósito, señalaré aquí que precisamente ese incidente de mi juventud es el que hizo aparecer por primera vez en mí ciertos datos —que luego tomarían una forma más definida gracias a las influencias conscientes ejercidas sobre mí por algunos hombres con quienes entré en contacto—, datos que siempre impidieron a mi naturaleza que se dejase atormentar por los problemas en los cuales entraba en juego únicamente mi provecho personal, y me permitieron no sentir ni admitir más que temores auténticos, al mismo tiempo que me capacitaron para ponerme en el lugar del prójimo y comprender con todo mi ser, sin que nunca me dejase arrastrar ni engañar, el temor que él pudiera sentir.
No recuerdo cuánto tiempo me quedé en ese estado, acostado en el hoyo. Solo puedo decir que también en esto, como siempre y en todo, el Tiempo, nuestro grandísimo, implacable e invisible Maestro, no dejó de recobrar sus derechos, y terminé por acostumbrarme a esa prueba interior, como también al tronar de los cañones y al estallido de los obuses a mi alrededor.
Poco a poco los pensamientos que al comienzo me habían atormentado sobre la posibilidad de mi trágico fin también desaparecieron.
Como de costumbre, el tiro incluía varias series de salvas cortadas por intervalos; sin embargo, me era imposible huir en esos momentos de tregua, aunque solo fuera por el riesgo de caer en las manos de los guardias.
No podía hacer otra cosa que quedarme tranquilo donde estaba. Después de comer, me dormí sin siquiera darme cuenta. Evidentemente, mi sistema nervioso, después del trabajo intensivo al que había sido sometido, exigía imperiosamente descanso.
No sé cuánto tiempo duró mi sueño, pero cuando desperté todo estaba tranquilo a mi alrededor, y la noche estaba cayendo.
Cuando desperté por completo y me representé claramente las razones de mi presencia en ese lugar, comprendí con ilimitada alegría que había salido indemne.
Solo cuando esa egoísta alegría se apaciguó recordé a mi compañero de desgracia y me inquieté por su suerte. Salí silenciosamente de mi hoyo, miré en torno a mí, no vi a nadie y me arrastré en busca de mi amigo al lugar donde debía de hallarse.
Al verlo extendido sin movimiento tuve mucho miedo y, sin embargo, pensé, hasta estaba muy seguro, que sencillamente dormía.
Pero, de repente, al notar que había sangre en su pierna, perdí la cabeza y todo mi odio del día anterior se transformó en piedad.
El terror que sentía ahora no era menor que el que había experimentado algunas horas antes, cuando temía por mi propia vida. Quedé petrificado, en cuclillas, buscando todavía instintivamente pasar inadvertido.
Me hallaba aún en esa postura cuando los testigos se acercaron arrastrándose a cuatro patas.
Al verme observar a Karpenko yacente en forma tan extraña, al notar a su vez la sangre de su pierna, fueron presa de la misma angustia y, como yo, sentados petrificados sobre sus talones, se pusieron a mirarlo fijamente.
Como me lo confesaron más tarde, estaban también por completo convencidos de que estaba muerto.
Nuestro grupo, inmóvil y como hipnotizado, volvió a la vida cuando Kerensky, que había permanecido demasiado tiempo observando a Karpenko en esa postura incómoda, sintió de repente un violento dolor en un callo del pie; adelantándose para cambiar de postura, observó que el borde del abrigo de Karpenko se levantaba a intervalos regulares. Para mayor seguridad, se acercó más, y convencido esta vez de que Karpenko respiraba, lo anunció con un grito. Recobrándonos, nos aproximamos arrastrándonos.
Tranquilizados sobre su suerte, nosotros, que un momento antes permanecíamos mudos y como paralizados, recobramos por fin el juicio y, en torno a Karpenko, inmóvil en el hoyo, inmediatamente nos pusimos a deliberar para saber qué hacer, interrumpiéndonos constantemente. Luego, de común acuerdo, levantamos a Karpenko sobre nuestros brazos entrecruzados y lo transportamos hacia el río Kars-Chai.
Nos detuvimos en las ruinas de una fábrica de ladrillos y, después de confeccionar con mucha prisa una especie de camilla con nuestra ropa, acostamos a Karpenko para examinar su herida. Al parecer, solo la pierna había sido rozada por una esquirla, y la herida no presentaba peligro.
Como Karpenko seguía aún inconsciente y no sabíamos qué hacer, uno de nosotros corrió a la ciudad para buscar a uno de nuestros amigos, enfermero, miembro también del coro de la catedral, mientras los demás lavaban y vendaban la herida.
Pronto llegó el enfermero en un coche, y le explicamos que el accidente había ocurrido mientras recogíamos cobre, sin habernos enterado que tendrían lugar ejercicios de tiro.
Después de examinar la herida, declaró que no era peligrosa y que el desmayo se debía a la pérdida de sangre. Apenas el herido hubo respirado sales volvió en sí.
Claro está, suplicamos al enfermero que no dijera a nadie las circunstancias del accidente, porque corríamos el riesgo de tener un serio disgusto, dada la formal prohibición de entrar en el campo de tiro.
Una vez que Karpenko volvió en sí, levantó la vista hacia los que lo rodeaban y, deteniendo la mirada en mí más tiempo que en los demás, se sonrió; y entonces algo se estremeció en mí y me invadieron el remordimiento y la piedad. A partir de ese momento, tuve por él los mismos sentimientos que hacia un hermano.
Llevamos al herido a su casa y explicamos a su familia que, al atravesar un arroyo para ir a pescar, una roca se había desprendido y le había herido la pierna.
Los padres creyeron el cuento y obtuve de ellos permiso para pasar todas las noches a su cabecera, hasta su restablecimiento.
Mientras él estaba demasiado débil para levantarse, hice de enfermero, y en ese período hablamos de muchas cosas. Así empezó nuestra estrecha amistad.
En cuanto a nuestro amor por la dama de nuestros pensamientos, tanto en uno como en el otro, se había volatilizado bruscamente.
Apenas curado Karpenko, sus padres lo llevaron a Rusia, donde, más tarde, pasó unos exámenes y entró en una gran escuela técnica.
No lo volví a ver durante varios años, pero regularmente, con motivo de mi santo y de mi cumpleaños, recibía una larga carta de él, en la que siempre empezaba dándome detalles sobre su vida interior y exterior, y siempre me pedía mi opinión sobre una serie de asuntos que le interesaban; sobre todo temas religiosos.
Su primer entusiasmo verdadero por nuestras ideas comunes se manifestó siete años después del duelo que narré.
Un verano que iba a Kars en diligencia —en esa época no había aún ferrocarril en la región— supo que yo estaba en Alexandropol, y se detuvo a fin de visitarme.
Había ido allá con la intención de proseguir, en la soledad y sin que me molestaran, ciertas experiencias prácticas relativas al problema que en ese entonces me interesaba particularmente, el de la influencia que ejercen las vibraciones del sonido tanto sobre los seres humanos como sobre todas las demás formas de vida.
El día de su llegada, después de comer juntos, le propuse que me acompañara a nuestra gran caballeriza, que había convertido en laboratorio y donde pasaba casi todo mi tiempo. Mirándome trabajar, fue presa de tal interés por todo cuanto yo hacía, que se apresuró a salir el mismo día para visitar a su familia a fin de regresar a mi lado tres días más tarde.
Permanecimos juntos casi todo el verano; de vez en cuando me abandonaba un día o dos para ir a ver a su familia en Kars.
Al final del verano, varios miembros de nuestro grupo de Buscadores de la Verdad, recientemente organizado, se reunieron conmigo en Alexandropol; habíamos decidido visitar las ruinas de Ani, antigua capital de Armenia, para hacer excavaciones.
Karpenko, por primera vez, se unió a nosotros en esta expedición, y gracias a los intercambios que tuvo durante varias semanas con diferentes miembros de ese grupo, gradualmente se sintió arrastrado por la corriente de ideas que nos apasionaba a todos.
Terminadas las excavaciones, regresó a Rusia, donde no tardó en obtener su diploma de ingeniero de minas. No lo volví a ver durante tres años, pero seguíamos en contacto, escribiéndonos de vez en cuando. En ese período Karpenko también intercambió cartas con varios otros miembros del grupo de Buscadores de la Verdad, con quienes había trabado amistad.
Al cabo de esos tres años, fue admitido como miembro permanente de nuestra original sociedad, y desde entonces tomó parte conmigo y mis otros compañeros en varias grandes expediciones a Asia y África.
En el curso de una de esas expediciones, cuya meta era ir del Pamir a las Indias, atravesando el Himalaya, sobrevino el trágico incidente al que ya aludí y que causó su prematuro fin.
Desde el comienzo habíamos hallado grandes dificultades.
Al llegar a las primeras estribaciones al noroeste del Himalaya, mientras pasábamos por una garganta escarpada, un fuerte alud nos sepultó bajo la nieve.
Tuvimos muchas dificultades para salir del paso. Por desdicha, dos de los nuestros faltaban; con toda prisa los sacamos, pero lamentablemente ya habían muerto.
Uno de ellos era el barón F…, especialista en ocultismo, y el otro nuestro guía Karakir-Yainu.
Así nos hallamos privados no solo de un verdadero amigo en la persona del barón F…, sino también de un guía que conocía admirablemente el país.
Debo decir, al respecto, que la región donde se produjo el accidente, situada entre los montes del Hindu-Kuch y la gran cadena del Himalaya, está por entero constituida por una caótica maraña de estrechos valles; y nunca en las formaciones de ese tipo, surgidas de algún cataclismo, exploramos unas tan inextricables.
Era de creer que las Potencias superiores quisieron hacer esas regiones complicadas y desconcertantes para que ningún ser humano tuviera la osadía de aventurarse en ellas.
Después de ese accidente, que nos privaba de un guía considerado hasta entre los suyos como el mejor conocedor de todos los rincones y recovecos de la región, erramos varios días, buscando salir de ese inhospitalario lugar.
«¿No tenían acaso mapas y brújulas?», se preguntará sin duda el lector. Desde luego los teníamos, y aun más de los que necesitábamos, pero en realidad sería un beneficio para aquel que se aventurase en esos parajes si esos «mapas» nunca hubieran existido.
Un mapa, como decía nuestro amigo Ielov, se llama en la tribu de los S… jormanupca, lo que significa «sabiduría», y la palabra «sabiduría» en su idioma se define así: Prueba mental de que dos por dos son siete y medio, menos tres y algo.
Para utilizar en forma útil los mapas contemporáneos, no hay medio mejor que poner en práctica un juicioso dicho que nos llegó de los tiempos más remotos: Si quieres tener éxito en cualquier negocio, pide la opinión de una mujer, y haz exactamente lo contrario.
Así ocurre con esos mapas: si quiere usted seguir el buen camino, consulte un mapa y tome la dirección opuesta; tendrá la seguridad de llegar a donde quiere.
Esos mapas son excelentes para aquellos de nuestros contemporáneos que, siempre sentados a su escritorio, sin tiempo ni posibilidad de ir a ninguna parte, tienen empero que escribir muchos libros de viajes y aventuras. Para ellos estos mapas son preciosos, porque gracias al tiempo que ahorran, quedan en libertad de fabricar sus fantásticas historias.
Quizá existan buenos mapas de algunas regiones, pero yo, que tuve muchos en las manos en el curso de mi vida, desde los antiguos mapas chinos hasta los modernos mapas de estado mayor, nunca pude encontrar ni uno solo que fuera útil, en el momento en que lo necesitaba verdaderamente.
Algunos mapas pueden a veces ayudar a los viajeros para orientarse mal que bien, pero solo en los lugares superpoblados; en cuanto a los mapas de las regiones inhabitadas, es decir, de los lugares donde más necesarios son, por ejemplo en Asia Central, como acabo de decirlo, más valdría que no existieran en absoluto. Puesto que deforman la realidad hasta el punto de ser cómicos.
Supongamos, por ejemplo, que de acuerdo con las indicaciones del mapa, tenga usted que franquear al día siguiente un paraje elevado donde, por supuesto, prevé que hará frío. En la noche, al hacer el equipaje, saca la ropa abrigada y cuanto necesita para protegerse del frío. Embala todo lo que queda y carga los sacos sobre los animales, poniendo al alcance de la mano la ropa abrigada.
Pues bien, casi siempre y a pesar de las indicaciones del mapa, usted atravesará valles y zonas bajas, y en lugar del frío tendrá que aguantar un calor tal que mandaría al diablo hasta su propia camisa. Como, por otra parte, la ropa abrigada no fue bien embalada ni tampoco sólidamente fijada al lomo de los animales, resbala y se mueve a cada paso e incomoda tanto a los animales como a los viajeros. En cuanto a rehacer el equipaje en el camino, solo los que lo han experimentado, aunque sea una sola vez en el curso de un largo día de marcha, pueden comprender lo que esto significa.
Claro está que cuando se trata de viajes emprendidos por cuenta de algún gobierno con fines políticos para los que asignan importantes sumas, o bien de una expedición financiada por alguna viuda de banquero, ardiente teósofa, entonces se pueden tomar a muchos portadores para embalar y desembalar el equipaje; pero un verdadero viajero debe hacerlo todo por sí mismo, y hasta si tuviera criados le sería imposible no ayudarlos, porque es penoso para un hombre normal, en medio de las dificultades del viaje, asistir con los brazos cruzados a los esfuerzos que hacen los demás.
Esos mapas contemporáneos son lo que son porque con toda evidencia fueron confeccionados según unos procedimientos que una vez presencié.
Viajaba entonces con varios miembros del grupo de los Buscadores de la Verdad a través de las montañas del Pamir, más allá del pico Alejandro III.
En aquella época, en un valle próximo a ese pico, se encontraba el cuartel general de los prospectores del servicio topográfico del ejército del Turquestán.
El jefe prospector era cierto coronel, muy amigo de uno de nuestros compañeros de viaje, e hicimos un rodeo para pasar especialmente por ese valle para ir a verlo.
El coronel tenía como asistentes a algunos jóvenes oficiales del Estado Mayor, que nos recibieron con mucho placer, ya que hacía varios meses que vivían en esos parajes donde hubiera sido imposible encontrar un alma a cien kilómetros a la redonda.
Nos quedamos en sus tiendas tres días, resueltos a descansar bien.
Cuando estábamos a punto de salir, uno de los jóvenes oficiales nos pidió permiso para unirse a nosotros, ya que debía ir en la misma dirección para levantar el mapa de una región situada a dos días del camino. Se llevó dos soldados topógrafos.
En un valle, tropezamos con un campamento de Kara Kirguises nómadas y entablamos conversación con ellos. El oficial que nos acompañaba hablaba también su idioma.
Uno de los kara kirguises era un hombre de edad y, sin duda, de mucha experiencia. El oficial, uno de mis amigos y yo le pedimos que comiera con nosotros, con la esperanza de aprovechar sus conocimientos del lugar para sonsacarle todas las informaciones posibles.
Hablábamos mientras comíamos un excelente javurma de cordero relleno; el oficial también tenía vodka que había traído de Tashkent y que esos nómadas aprecian mucho. Sobre todo cuando ninguno de los suyos los ve beber.
Después de algunos tragos de vodka, el viejo kara kirguis nos dio varias informaciones sobre esas regiones y nos indicó algunas curiosidades dignas de verse.
Señalándonos una montaña cuya cumbre cubierta de nieve eterna ya habíamos notado, declaró: «¿Ven ustedes allá ese pico? Pues justo detrás de él, hay tal y tal cosa, y tal otra todavía, y también la famosa tumba de Iskandes».
Nuestro oficial dibujaba cuidadosamente todo cuanto le era descrito; además, era muy bueno dibujando.
Cuando terminamos de comer y el kara kirguis volvió a su campamento, miré el dibujo del oficial y comprobé que había dibujado todo lo descrito por el anciano, pero no detrás de la montaña, como le habían indicado, sino delante.
Se lo hice notar y comprendí por su respuesta que había confundido «delante» y «atrás», ya que en ese idioma las palabras «delante» y «atrás», bu-ty y pu-ty, parecen casi las mismas, sobre todo cuando se dicen rápidamente en medio de una frase. Al oído de una persona que no conoce ese idioma a fondo, ambas palabras suenan casi iguales.
Cuando el oficial comprendió su error, se contentó con exclamar «¡Que se vaya al diablo!», y cerró ruidosamente su libreta. Hacía casi dos horas que dibujaba y, por cierto, no tenía ningún deseo de empezar todo de nuevo, tanto más cuanto que nos preparábamos para seguir nuestro camino.
Tengo la seguridad de que después el croquis fue copiado en un mapa exactamente como lo había dibujado el oficial. Más tarde el editor —que nunca ha ido a esos lugares, desde luego— habrá puesto esos detalles no del buen lado de la montaña, sino del otro, y es ahí donde nuestros hermanos viajeros en adelante esperarán hallarlos. Los mapas, con muy raras excepciones, se confeccionan de esa manera. Por lo tanto, no hay que extrañarse si el mapa indica un río muy cercano, de encontrar en su lugar una de las opulentas hijas de Su Majestad el Himalaya.
Así seguimos nuestro camino a la ventura durante varios días, sin guías, tomando las mayores precauciones para evitar el encuentro con alguna banda de salteadores que, especialmente en ese tiempo, gustaban de convertir ceremoniosamente en cautivos a los europeos que caían en sus manos para luego canjearlos, no menos ceremoniosamente, por un buen caballo, con cualquier otra tribu que viviese en esa parte de nuestro querido planeta, o sencillamente por una joven, también cautiva desde luego.
De etapa en etapa llegamos a un pequeño torrente que decidimos seguir, suponiendo que finalmente nos llevaría a algún lugar. Ni siquiera sabíamos si estaría situado al norte o al sur, ya que la región donde nos hallábamos era una línea divisoria de las aguas.
Caminamos a lo largo de las orillas tanto tiempo como nos fue posible, pero de pronto algunos lugares se volvieron demasiado escarpados y casi inaccesibles, y tuvimos que entrar en el lecho mismo del torrente.
Solo habíamos andado escasos kilómetros, cuando el río, aumentado por numerosos pequeños afluentes, se volvió demasiado hondo para poder seguir su cauce. Tuvimos que detenernos y deliberar seriamente acerca de cómo continuar el viaje.
Finalmente decidimos matar todas las cabras que habían servido para acarrear nuestro equipaje y asegurar nuestro abastecimiento, y confeccionar con sus pieles algunos burdiuks para construir una balsa en la que bajaríamos por el río.
Para llevar a cabo lo resuelto, elegimos no lejos de allí un lugar cómodo donde pudiéramos fácilmente defendernos de todo peligro y establecer nuestro campamento.
Ya era demasiado tarde para emprender algo ese mismo día; después de levantar las tiendas, comer, encender las fogatas según las reglas y, desde luego, designar a la guardia que debía relevarse en el curso de la noche, nos fuimos a dormir.
El día siguiente lo dedicamos a matar las cabras que, aún la víspera, considerábamos sinceramente como amigas y asociadas a nuestros esfuerzos por superar la dificultad del viaje.
Después de esta bella manifestación cristiano musulmana, mientras uno de nosotros se ocupaba de cortar la carne en trozos pequeños para asarla y llenar algunos odres, otros preparaban los burdiuks y los inflaban, otros más retorcían las tripas de las cabras para hacer unas cuerdas destinadas a reforzar la balsa y fijar los burdiuks. Un último grupo, al cual pertenecía yo, salió del campamento, armado con hachas con el fin de procurarse la madera dura, necesaria para la construcción de la balsa.
En nuestra búsqueda nos alejamos bastante del campamento. Necesitábamos una especie de plátano, llamado allá karagatch, y también abedul fibroso. Solo esas dos clases de madera nos parecían lo suficientemente sólidas como para resistir los golpes contra las rocas en los pasos estrechos y en los rápidos.
En las vecindades del campamento se veían sobre todo higueras y otras especies de madera blanda.
Avanzábamos examinando los árboles, cuando divisamos a alguna distancia a un hombre que pertenecía a una de las tribus locales, sentado en el suelo. Después de ponernos de acuerdo, resolvimos preguntarle dónde podríamos encontrar los árboles que necesitábamos.
Al aproximarnos vimos que estaba vestido de harapos y reconocimos, por su cara, que era una especie de ez-ezunavurán, es decir, uno de esos hombres que trabajan sobre sí mismos para la salvación de su alma o, como los llaman los europeos, faquires.
Ya que empleo aquí la expresión faquir, no considero superfluo hacer una pequeña digresión a fin de proyectar alguna luz sobre esa famosa palabra. De hecho, es una de esas muchas palabras vacías que, por habérsele atribuido un significado erróneo, ejercen una acción automática en todos los europeos actuales y constituyen una de las principales causas de la creciente degeneración de su pensar.
El sentido de la palabra faquir, tal como lo entienden los europeos, es desconocido en los pueblos de Asia y, sin embargo, esa palabra se emplea allá por doquier. Faquir, o más correctamente, fakhr, deriva de una palabra turcomana que significa «mendigo», y en casi todas las poblaciones del continente asiático cuyos idiomas obtuvieron sus raíces del antiguo turcomano, esa palabra llegó a significar en nuestros días «embustero» o «tramposo».
Para expresar el concepto «embustero» o «tramposo», esos pueblos disponen de dos palabras, provenientes las dos del antiguo turcomano. Una de esas palabras es faquir, la otra es luri.
La primera designa más especialmente a aquel que por su astucia saca provecho de los demás explotando su religiosidad, mientras que la segunda se aplica a aquel que explota simplemente su estupidez.
El nombre luri, entre otras aplicaciones, se da a los gitanos, a la vez como pueblo y como individuos.
En general los gitanos llevan en todas partes una vida nómada entre las demás poblaciones. Se ocupan principalmente del tráfico de caballos y de menudencias, cantan en los festines, predicen la buenaventura y otras cosas por el estilo. Acampan por lo común en la orilla de los centros más poblados, y con toda clase de astucias abusan de la ingenuidad de los ciudadanos y de los campesinos. Por esa razón el nombre luri se usa desde hace mucho tiempo en Asia para calificar a todo individuo que es un tramposo o un fullero, sea cual sea su raza.
El «faquir», tal como lo imaginan los europeos, entre los asiáticos se designa más a menudo con la palabra ez-ezunavurán, que deriva del turcomano y significa «el que se castiga a sí mismo».
En Europa he oído hablar mucho de los supuestos faquires, y he leído muchos libros sobre ellos. La mayoría de esos relatos y escritos afirman que sus «destrezas» son sobrenaturales o milagrosas, cuando en realidad se trata de artificios ejecutados por trapaceros sin escrúpulos y embaucadores de primera.
Para comprender a qué confusión llegan los europeos, creo que basta decir que, cuando viajé por todos esos lugares donde, según el concepto europeo, deberían hallarse esos faquires nacidos de su imaginación, no encontré ni a uno solo.
Sin embargo, tuve la suerte de encontrar muy recientemente a un verdadero faquir, tal como lo conciben los pueblos del continente asiático, y no lo hallé en ninguno de los países donde los europeos creen que viven los faquires, como por ejemplo la India o cualquier otro país de Asia, sino en el mismo corazón de Europa, en la ciudad de Berlín.
Un día caminaba a lo largo de la Kurfürsten Damm, en dirección a la entrada principal del Jardín Zoológico, cuando vi en la acera a un hombre sin piernas sentado en un carrito, que hacía girar la manivela de una caja de música antediluviana.
En Berlín, capital de Alemania, como en las otras poblaciones que representan, por así decir, la quintaesencia de la civilización contemporánea, todo llamado directo a la caridad está prohibido, aun cuando se autoriza a mendigar de cualquier otro modo. Por esa causa algunos dan vuelta a la manivela de un viejo organillo, otros venden cajas vacías de cerillas, y otros tarjetas postales indecentes como también literatura del mismo estilo; y en esa forma la policía los deja más o menos tranquilos.
Ese mendigo, pues, hacía andar su caja de música, a la que le faltaba la mitad de las notas. Llevaba el uniforme de soldado alemán.
Al pasar le di una moneda y, al mirarlo por casualidad, su cara me pareció familiar.
No le pregunté nada, porque nunca me arriesgaba a hablar con desconocidos en mi alemán chapurreado, pero traté de recordar dónde había visto esa cara.
Después de terminar mis asuntos, regresé por la misma calle. El lisiado aún estaba allí. Me aproximé muy lentamente, mirándole con atención, tratando de recordar por qué esa fisonomía me era tan familiar, pero en ese momento no logré hacerlo. Solo al llegar al Romanisches Café, recordé de repente: ese hombre era el marido de una dama que me había enviado unos años antes en Constantinopla un médico amigo mío, con una carta de presentación, con el fin de que le prestara atención médica.
El esposo de esa dama era un exoficial ruso que había sido evacuado de Rusia a Constantinopla con el ejército de Wrangel.
Y ahora recordaba que la joven dama había venido a verme con un hombro dislocado y el cuerpo cubierto de equimosis.
Mientras le examinaba el brazo, me contó que su marido la había golpeado porque no quiso venderse a buen precio a un judío español.
Con la ayuda de los médicos Victorov y Maximovich, puse el hombro como pude en su sitio, y ella se fue.
Dos semanas después yo estaba en un restaurante ruso llamado La Rosa Negra cuando vi a esa joven dama que se me acercaba. Señalándome con un movimiento de cabeza un hombre sentado a la mesa que acaba de dejar, me dijo precipitadamente: «Es él, es mi marido», y añadió:
«Me he reconciliado de nuevo con él. Al fin y al cabo es un buen hombre, aunque a veces tiene arrebatos». Luego, salió precipitadamente, y entonces comprendí a qué tipo de mujer pertenecía. Luego miré detenidamente la cara de ese oficial, que me interesaba por la rareza de sus rasgos.
Y resulta que hoy, en Berlín, encontraba al mismo oficial, lisiado, llevando el uniforme alemán, dando vuelta a la manivela de un organillo, y recogiendo unas monedas. En el curso del día, los transeúntes apiadados arrojaban muchas monedas a esas pobres víctimas de la guerra.
Según mi parecer, ese hombre era un verdadero faquir, en el sentido en que lo entienden todos los pueblos de Asia; y en cuanto a sus piernas, ¡qué Dios me conceda el tenerlas tan sanas y tan robustas!
Pero basta de este asunto. Volvamos al tema principal de este capítulo…
Así, nos acercamos a ese ez-ezunavurán, y después de las salutaciones usuales, nos sentamos a su lado. Antes de pedirle lo que deseábamos, empezamos a conversar sobre cualquier tema a fin de observar las formas de cortesía en uso en esos países.
Interesa señalar aquí que el psiquismo de los pueblos que viven en esas regiones difiere totalmente del de los europeos. Estos, casi siempre, lo que tienen dentro de la cabeza, lo tienen también en la lengua. En los asiáticos no ocurre lo mismo, la dualidad del psiquismo está fuertemente desarrollada.
Cualquiera de ellos puede mostrarse educado y cortés, al mismo tiempo que lo odia a uno con todo su corazón y maquina toda clase de maldades.
Muchos europeos que vivieron con ellos decenas de años sin comprender esa peculiaridad y que los juzgan comparándolos consigo mismos no observan nada y provocan constantemente equívocos que hubieran podido evitar. No se dan cuenta de que los asiáticos tienen mucho amor propio y soberbia, y que cada uno de ellos, cualquiera que sea su situación, exige de todos cierta actitud hacia él como individuo.
En algunos puntos son muy estrictos. Así, al abordar a ese hombre no le preguntamos en seguida lo que queríamos saber, ya que ¡Dios nos libre de hacerlo antes de haber observado las reglas acostumbradas de cortesía!
Entre ellos las cosas importantes se reservan para el final, y es preciso llegar a ellas poco a poco, como por casualidad; de otro modo, y en el mejor de los casos, lo dirigirán muy cortésmente hacia la izquierda cuando el camino que buscaba está a la derecha. Por el contrario, si usted cumple todas las reglas, no solo le dirán lo que quiere saber, sino que se afanarán por ayudarle, en la medida de lo posible, a llegar a su destino.
Conociendo esta particularidad, una vez sentados a su lado, empezamos a hablar de la belleza del paisaje, diciéndole que estábamos allí por primera vez, preguntándole cómo se sentía, si las condiciones le convenían, y así sucesivamente. Y solo después de largo rato le dije de paso: «Necesitamos tal y cual madera para nuestras balsas, pero no la hallamos en ningún lugar de los alrededores».
Nos contestó que sentía mucho no poder informarnos al respecto, pues hacía poco que estaba en la región, pero que su Maestro, que vivía allí desde hacía mucho tiempo y conocía bien los alrededores, tal vez lo supiera. Era un venerable anciano, que vivía en una gruta, exactamente detrás de la colina.
Se levantó para ir allá en seguida, pero el doctor Sari Oglé lo detuvo y le preguntó si podíamos ver a su honorable Maestro y preguntarle nosotros mismos dónde podríamos encontrar la madera que necesitábamos: «Por supuesto», contestó, «iremos juntos. Mi Maestro es casi un santo, y siempre está dispuesto a ayudar a todo el mundo».
Divisamos a lo lejos a un hombre que estaba sentado en una pradera, a la sombra de un grupo de árboles. Sin esperarnos, nuestro guía corrió para decirle algunas palabras, y nos hizo seña de acercarnos. Después del intercambio de las salutaciones usuales, nos sentamos a su lado. En ese momento, otro habitante de ese lugar apareció y vino a sentarse con nosotros. Supimos más tarde que era también un discípulo de ese venerable ez-ezunavurán.
El rostro del anciano nos pareció tan lleno de bondad y tan diferente del de un hombre ordinario que, sin ninguna maniobra preliminar y sin ocultarle absolutamente nada, le contamos lo que nos había sucedido y cómo pensábamos salir de esa situación.
Nos escuchó con la mayor atención, y después de reflexionar unos instantes, nos dijo que el río a cuya orilla nos habíamos detenido era un afluente del Chitral, el que a su vez era afluente del río Kabul, que desembocaba en el Indo.
Añadió que para salir de esa región había numerosas carreteras pero que todas eran largas y difíciles. Si éramos capaces de realizar el viaje como lo habíamos proyectado, evitando, con suerte, las orillas habitadas por hordas poco acogedoras para los extranjeros, entonces nuestro plan era el mejor que se podía imaginar. En cuanto a la clase de madera que buscábamos, pensaba que no valía nada y que nos convendría más emplear madera de cornizo. Y precisó que a la izquierda del camino por donde habíamos venido había un valle en el que ese arbusto crecía en tupidos matorrales.
Iba a añadir algo más, pero en ese momento oímos un ruido muy cercano, uno de esos ruidos que hacen estremecer a un viajero de pies a cabeza. El ez-ezunavurán se volvió tranquilamente en la dirección de donde venía el ruido. Con su voz de anciano lanzó un grito particular, y algunos instantes después surgió de los matorrales, en toda su belleza y fuerza, un enorme oso gris, llevando algo en la boca.
Como el animal se dirigía hacia nosotros, el anciano gritó otra vez.
El oso, mirándonos con ojos centelleantes, se acercó sin prisa, depositó a los pies del anciano lo que llevaba, y dando media vuelta desapareció en los matorrales.
Nos quedamos petrificados, y el temor instintivo que se había apoderado de nosotros era tan fuerte que nos castañeteaban los dientes.
El anciano nos explicó con benevolencia que el oso era uno de sus buenos amigos y que a veces le traía tchungari[17].
Aun después de estas tranquilizadoras palabras nos era difícil recobrarnos por completo; nos mirábamos unos a otros desconcertados, y nuestros rostros mostraban nuestra intensa perplejidad.
El anciano, levantándose pesadamente, nos sacó de nuestro estupor; nos dijo que esa era la hora de su paseo cotidiano y que, si así lo deseábamos, nos acompañaría al valle donde crecían los cornizos.
Luego recitó una plegaria y encabezó la marcha. Lo seguimos con sus discípulos hasta el valle que, en efecto, estaba cubierto de matorrales de cornizos, y todos, incluso el anciano, empezamos a cortar los arbustos que necesitábamos, eligiendo los más gruesos.
Cuando recogimos dos enormes pilas, juzgando que nuestra tarea había terminado, preguntamos al anciano si aceptaría venir con nosotros hasta nuestro campamento, que no estaba muy lejos, para permitir a uno de nuestros amigos, que tenía una maquinita especial, sacar su retrato con gran exactitud, lo que no demoraría mucho.
El anciano al principio se negó, pero sus discípulos nos ayudaron a persuadirlo y, cargados con nuestros fardos, fuimos a la orilla del río, donde habíamos dejado a nuestros compañeros trabajando.
En pocas palabras pusimos a los demás al corriente del asunto. El profesor Skridlov tomó una fotografía del anciano e inmediatamente se la reveló.
Mientras tanto, a la sombra de una higuera, nos sentamos en círculo en torno al ez-ezunavurán. Vitvitskaia estaba con nosotros, con el cuello vendado, ya que un mes antes había cogido una desagradable enfermedad de la garganta, bastante común en esas montañas, que le daba el aspecto de tener bocio.
Al observar su venda, el anciano le preguntó qué tenía.
Después de oír nuestras explicaciones, le pidió que se acercase, la examinó cuidadosamente, le tocó el cuello con cuidado, la hizo acostarse de espaldas y empezó a darle masajes en la hinchazón de diversas maneras, murmurando ciertas palabras.
Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, después de unos veinte minutos de masaje, la enorme hinchazón empezó a desaparecer ante nuestros ojos. Unos veinte minutos después, no quedaba absolutamente nada.
En ese mismo momento el profesor Skridlov regresaba con una copia de la fotografía.
Estupefacto a su vez, se prosternó ante el anciano y, con una humildad que no le era habitual, le suplicó que le curase unos dolores de cintura que lo hacían sufrir atrozmente en los últimos días.
El anciano le pidió algunos detalles sobre su enfermedad, y mandó en seguida a uno de sus discípulos para que arrancara la raíz de un arbusto que le señaló.
Luego dio esa raíz al profesor diciéndole: «Tome una parte de esta raíz con dos partes de corteza de higuera, que encontrará casi en todos los lugares. Póngalas a hervir juntas y, cada dos días, durante dos meses, beba un vaso de esa infusión, como si fuera té, antes de dormir».
Entonces pidió que le mostrasen la fotografía, que todos se pusieron a examinar, y que maravilló a sus discípulos.
Luego invitamos al anciano a comer con nosotros javurma de cabra, con pasteles de pokhand[18], a lo cual no se negó.
Supimos en el curso de la conversación que otrora había sido top bashi del emir de Afganistán, abuelo del emir actual, y que a la edad de sesenta años, después de ser herido durante un conato de rebelión de los belutchís, fomentado por alguna potencia europea, había regresado a su Jorasán natal.
Cuando sus heridas estuvieron por completo curadas, no quiso reintegrarse a su puesto, ya que empezaba a sentir el peso de los años y decidió consagrar el resto de su vida a la salvación de su alma.
Ante todo se relacionó con unos derviches persas, luego se hizo admitir entre los bautistas, pero no tardó en abandonarlos con el fin de regresar a Afganistán donde entró en un monasterio, cerca de Kabul. Cuando hubo comprendido todo cuanto le era necesario y tuvo la convicción de que ya no necesitaba a nadie, se puso a buscar un retiro, lejos de los hombres.
Después de hallarlo en ese lugar, se afincó allí, en compañía de algunos hombres deseosos de vivir según sus indicaciones. Ahora esperaba la muerte, puesto que tenía noventa y ocho años y es muy raro hoy en día llegar a los cien años.
En el momento en que el anciano se disponía a levantarse, Ielov, a su vez, le pidió que tuviera la bondad de darle un consejo respecto a sus ojos. Varios años antes, en la región transcaspiana, había padecido de tracoma; a pesar de todos los tratamientos, no logró curarse y el mal se hizo crónico: «Mis ojos no me duelen siempre, pero todas las mañanas supuran y están pegados; además cuando se produce un cambio de clima o una tempestad de arena, me suelen doler mucho».
El ez-ezunavurán le aconsejó moler muy finamente un poco de sulfato de cobre y, cada noche antes de dormir, humedecer una aguja con su propia saliva, ponerla en el sulfato de cobre y pasarla por los párpados. Debía repetir esa operación durante algún tiempo. Dicho lo cual, el anciano se levantó e hizo a cada uno de nosotros el gesto que corresponde allá a lo que en Europa se llama bendición, y se dirigió a su gruta; todos, hasta nuestros perros, lo seguimos.
Al acompañarle, habíamos proseguido nuestra conversación con él. De repente Karpenko, sin haber consultado a nadie, le habló en idioma uzbek y le dijo: «¡Santo padre! Usted, a quien por voluntad del destino hemos encontrado en estos parajes en forma tan inesperada, y que es hombre grande por el saber y rico por la experiencia tanto en el plano de la vida ordinaria como en el plano de la preparación de sí mismo, para el ser que debe subsistir después de la muerte, estamos convencidos de todo corazón de que no nos negará su consejo, si usted lo juzga conveniente, sobre la vida que deberíamos llevar y el ideal que deberíamos guardar presente para llegar finalmente a vivir en conformidad con los designios de Lo Alto, de una manera que sea digna del hombre».
El venerable anciano no contestó en seguida a la extraña petición de Karpenko. Se puso a mirar a su alrededor, como si buscase algo, y se acercó a un tronco de árbol caído.
Se sentó, esperó hasta que todos estuviéramos instalados, algunos en el árbol, otros en el suelo, se volvió hacia Karpenko, y empezó a hablar lentamente.
Su respuesta, de sumo interés y de gran profundidad, tomó la forma de un largo sermón.
Lo dicho entonces por el viejo ez-ezunavurán formará parte de la tercera serie de mis escritos; lo transcribiré en un tercer capítulo especial titulado «El cuerpo astral del hombre, sus necesidades y posibilidades de manifestación conformes con las leyes».
Por el momento me limitaré a hablar de los resultados que dieron las curas del venerable anciano, tal como lo verifiqué varios años más tarde. Nunca más tuvo Vitvitskaia el menor dolor ni el menor síntoma de reaparición del mal que había padecido. Por su lado, el profesor Skridlov no sabía cómo expresarle su agradecimiento al anciano que sin duda lo había librado para siempre de los dolores que lo atormentaban desde hacía doce años. En cuanto a Ielov, su tracoma había desaparecido por completo un mes después.
Después de ese evento, rico en significado para todos, necesitamos aún tres días para construir la balsa y terminar todos nuestros preparativos.
El cuarto día, muy temprano por la mañana, la improvisada balsa fue colocada en el agua y empezamos a bajar por el río.
Al comienzo, nuestra original embarcación no tenía siempre suficiente agua para flotar; en algunos lugares debíamos empujarla, hasta a veces acarrearla. Pero a medida que avanzábamos, más hondo se ponía el río, y mejor flotaba la balsa. En algunos momentos, a pesar de su carga, volaba literalmente.
No podíamos decir que nos sentíamos muy seguros, especialmente cuando la balsa navegaba por pasos estrechos y chocábamos con las rocas; pero, luego, cuando estuvimos convencidos de su resistencia, como también de la eficacia del dispositivo ideado por el ingeniero Samsunov, nos sentíamos a nuestras anchas y hasta con ganas de bromear.
La genial idea de Samsunov estribaba en utilizar seis burdiuks sólidamente fijados, dos delante y dos atrás, que servirían de flotadores todas las veces que la balsa tropezara con las rocas.
El segundo día de esta singular navegación, intercambiamos algunos disparos con una banda de indígenas que pertenecían a una tribu ribereña.
Y en ese tiroteo Piotr Karpenko fue gravemente herido.
Debía morir dos años después, aún muy joven, en una ciudad de Rusia central.
¡Paz a tus cenizas, a ti, el mejor y más sincero de los compañeros!