Bogatchevsky
BOGATCHEVSKY, o Padre Evlissi, vive todavía. Tiene la dicha de ser el asistente del superior en un monasterio de los Hermanos Esenios, no lejos de las orillas del mar Muerto.
Según ciertas conjeturas, esta orden fue fundada mil doscientos años antes de Jesucristo. Es en esa cofradía, según se dice, donde Jesús recibió su primera iniciación.
Cuando conocí a Bogatchevsky, o Padre Evlissi, él era todavía muy joven. Acababa de terminar sus estudios en la academia rusa de teología, y en espera de su ordenación, era chantre en la catedral de la fortaleza de Kars.
A pedido de mi primer maestro, el Padre Borsh, consintió apenas llegado en reemplazar a uno de mis profesores, Krestovsky, joven seminarista también, que había sido nombrado algunas semanas antes para un puesto de capellán en Polonia, y de quien Bogatchevsky había tomado la sucesión en la catedral.
Bogatchevsky demostró ser un hombre sociable y bueno; muy rápidamente se ganó la simpatía de todo el clero, hasta la del candidato a sacerdote Ponomerenko, hombre rudo y mal hablado, que no se entendía con nadie. Bogatchevsky se entendió tan bien con él que terminaron por vivir en el mismo apartamento al lado del jardín público, cerca del cuartel de los bomberos.
Aunque yo era aún muy joven en ese tiempo, muy pronto se establecieron entre Bogatchevsky y yo relaciones cercanas a la camaradería.
Iba a su casa en mis horas de libertad. También lo hacía para recibir mis lecciones por la noche después de cenar, y a menudo, terminada la lección, me quedaba para hacer mis deberes o para escuchar las conversaciones que tenía con Ponomerenko y los numerosos amigos que venían a visitarlos. Hasta los ayudaba a veces en livianas tareas domésticas.
Entre los más familiares había un ingeniero militar, un tal Vseslavsky, compatriota de Bogatchevsky, y el oficial de artillería Kuzmin, mecánico-pirotécnico. Sentados en torno al samovar, discutían sobre toda clase de cosas.
Yo seguía siempre con mucha atención las conversaciones de Bogatchevsky y sus amigos, porque como leía en ese período una cantidad de libros sobre temas muy variados, en griego, en armenio y en ruso, me interesaba en muchos asuntos; pero claro está, a causa de mi poca edad, nunca me inmiscuía en la conversación.
La opinión de esos hombres era de peso para mí, porque entonces sentía mucho respeto por los que habían hecho estudios superiores.
Además, bajo el impulso de todas esas conversaciones y discusiones de los que se reunían en casa de mi maestro Bogatchevsky para matar el tiempo, y llenar la monótona vida de esa lejana y aburrida ciudad de Kars, se despertó mi interés por los asuntos abstractos.
Como ese interés desempeñó un gran papel en mi vida, y marcó toda mi existencia ulterior, y como los acontecimientos que lo estimularon tuvieron lugar en la época a que se refieren mis recuerdos de Bogatchevsky, me detendré un poco más largamente sobre este punto.
Empezó un día, en el curso de una conversación. Hablaban animadamente de espiritismo y de mesas giratorias, cuestiones que en ese tiempo apasionaban a todo el mundo.
El ingeniero militar afirmaba que estos fenómenos eran obra de los espíritus. Los otros lo ponían en duda, explicando el hecho con otras fuerzas de la Naturaleza: el magnetismo, la fuerza de atracción, la autosugestión, y así sucesivamente; pero nadie negaba la evidencia del hecho.
Como de costumbre, yo seguía atentamente la discusión; cada opinión me interesaba en sumo grado.
Ya había leído cantidad de libros «sobre todo y cualquier cosa», pero por primera vez oía hablar de este asunto.
Dicha conversación sobre el espiritismo produjo en mí una impresión tanto más fuerte cuanto que mi hermana predilecta había muerto recientemente, y mi dolor aún no había perdido su agudeza.
Pensaba en ella con mucha frecuencia, y tanto el problema de la muerte como el de la vida más allá de la tumba se imponía, lo quisiera o no, a mi mente. Por esto, todo lo que se decía esa noche parecía responder a los pensamientos y a las preguntas que inconscientemente habían germinado en mí y exigían una solución.
El resultado de su discusión fue que decidieron realizar una experiencia con una mesa.
Se necesitaba para eso una mesa de tres patas. Había una en un rincón, pero el ingeniero militar, especialista en la materia, la rechazó porque estaba armada con clavos y, como nos explicó, la mesa no debía tener ni trazas de hierro. Me enviaron a casa del vecino, un fotógrafo, a preguntarle si no tenía una de ese tipo.
Tenía una y la traje.
Era de noche. Después de cerrar las puertas y bajar la luz, nos sentamos todos y, tras haber puesto de cierta manera las manos sobre la mesa, nos quedamos esperando.
Al cabo de veinte minutos, nuestra mesa empezó realmente a moverse, y a la pregunta del ingeniero: «¿Qué edad tiene tal persona?» contestó dando golpes cierto número de veces con una pata.
Cómo y por qué daba golpes, yo no lo comprendía, ni tampoco intentaba explicármelo, tan grande era la impresión de que un inmenso dominio desconocido se abría ante mí.
Lo que oí y lo que vi me trastornó tan profundamente que, de regreso a casa, reflexioné toda la noche y toda la mañana del día siguiente. Hasta resolví hablar con el Padre durante la clase, y le conté la conversación y la experiencia de la víspera.
Todo eso es absurdo —respondió mi primer maestro—, tú no debes pensar en esas cosas ni ocuparte de ellas, sino estudiar lo que es indispensable que sepas para llevar una existencia soportable.
Y no pudo abstenerse de añadir:
Pero cabecita de ajo —tal era su expresión favorita—, reflexiona un instante: si los espíritus pudieran realmente dar golpes sirviéndose de la pata de una mesa, eso querría decir que poseen alguna fuerza física, y si así fuera ¿por qué habrían de recurrir a un medio tan estúpido y al mismo tiempo tan complicado para comunicarse con los hombres? Podrían muy bien transmitir lo que quieren decir con un toque, o por cualquier otro medio…
Aunque yo apreciara la opinión de mi viejo maestro, no podía aceptar sin crítica su categórica respuesta, tanto más cuanto que me parecía que mi joven profesor y sus amigos, que salían de la Academia y otras escuelas superiores, podían conocer ciertos hechos mejor que este anciano, cuyos estudios se remontaban a una época en la que la ciencia estaba mucho menos desarrollada.
Así, a pesar de todo el respeto que sentía por el anciano, guardé alguna duda en cuanto a su manera de encarar problemas referentes a estas materias.
De esta suerte la pregunta quedó para mí sin respuesta. Traté de resolverla con la ayuda de los libros que me prestaban Bogatchevsky, el Padre Borsh y otros.
Pero como mis estudios no me permitían detenerme mucho tiempo en una materia que les era extraña, terminé por olvidar este asunto y dejé de pensar en él.
El tiempo pasaba. Mi trabajo con mis diferentes maestros se hacía más intenso. Ya no iba sino de vez en cuando, en los días de fiesta, a visitar a mi tío en Alexandropol, donde tenía muchos compañeros. Iba también allí para ganar algún dinero, porque siempre lo necesitaba, tanto para mis gastos personales, ropa, libros, etc., como para ayudar ocasionalmente a tal o cual miembro de mi familia que se encontrara en apuros.
Si iba a trabajar a Alexandropol, era porque allí todo el mundo me conocía como «graduado en el arte de hacer de todo», y a veces uno, y a veces otro, me llamaban para fabricar o reparar algo: para éste debía reparar una cerradura, para aquél un reloj, labrar para un tercero, en una piedra del país, una estufa de forma particular, bordar un cojín destinado a un ajuar o para la decoración de un salón —en resumen— tenía una vasta clientela y siempre encontraba suficiente trabajo, bastante bien pagado para la época. En Kars, al contrario, yo frecuentaba gente que con mi joven comprensión consideraba «hombres de ciencia» o miembros de la «alta sociedad», y no quería que me considerasen un artesano, ni tampoco dejar sospechar que mi familia vivía en aprietos, y que me veía forzado a ganarme la vida como un simple obrero. Todo eso hería entonces profundamente mi amor propio.
Así pues, ese año, fui como de costumbre en las Pascuas de Resurrección a Alexandropol, a un centenar de kilómetros de Kars, a la casa de la familia de mi tío, con quien estaba muy ligado y de quien siempre había sido el favorito.
Al día siguiente de mi llegada, durante el desayuno, mi tía me dijo: Oye, ten mucho cuidado de que no te suceda nada. Me sorprendí:
¿qué podía pasarme?, y le pregunté qué quería decir.
Yo —me respondió— no creo en eso sino a medias, pero como algo que me habían predicho acerca de ti sucedió, temo que el resto también suceda.
Y me contó lo siguiente:
Al principio del invierno, pasó como todos los años por Alexandropol, Eung Ashoj Mardiross el inocente. A mi tía se le ocurrió llamarlo, y pedirle que predijera mi porvenir. Él le anunció muchas cosas que me sucederían; mi tía pensaba que algunas ya se habían realizado y, de hecho, me indicó varias que se habían producido entre tanto.
»Pero a Dios gracias —prosiguió—, hay todavía dos cosas que no te han ocurrido. Predijo que tendrías una herida en el costado derecho y que pronto serías víctima de un grave accidente debido a un arma de fuego. Por lo tanto, pon mucho cuidado donde quiera que se dispare —concluyó mi tía—, afirmándome que no creía en ese loco, pero que sería preferible, a pesar de todo, ser muy prudente.
En cuanto a mí, me sorprendió lo que me contaba, porque dos meses antes había en verdad sufrido un furúnculo en el costado derecho, que tuve que tratarme durante varias semanas yendo casi todos los días a hacérmelo curar en el hospital militar. Pero no había hablado de eso con nadie, ni siquiera con los míos y, por consiguiente, mi tía, que vivía lejos, no había podido saberlo.
Sin embargo, no daba ninguna importancia particular a este relato, porque no creía en lo más mínimo en esos adivinos, y no tardé en olvidar la predicción.
Tenía en Alexandropol un amigo apellidado Fatinov. Éste tenía un compañero, un tal Gobarkun, hijo del comandante de un regimiento de Bakú establecido en el barrio griego de la ciudad.
Alrededor de una semana después del relato de mi tía, ese Fatinov me vino a ver y me propuso acompañarlo, así como a su compañero, a cazar patos salvajes.
Pensaban ir al lago Alagheuz, situado sobre una de las vertientes de la montaña del mismo nombre.
Consentí en ello, pensando que era una buena ocasión para descansar, porque realmente me había cansado mucho en los últimos tiempos estudiando unos libros de patología nerviosa que me apasionaban.
Además, desde mi temprana edad, me gustaba mucho la caza. Solo tenía seis años cuando un día, sin pedir permiso, tomé el fusil de mi padre y me fui a cazar gorriones.
El primer disparo me tumbó; eso no me enfrió sino que, al contrario, no hizo sino aumentar mi ardor.
Claro está, me quitaron al punto el fusil y lo colgaron de tal manera que no pudiera alcanzarlo. Pero no tardé en fabricarme uno con viejos cartuchos a los que adapté los cilindros de cartón de mi pequeña carabina.
Con este fusil cargado con granalla de plomo, daba en el blanco como con uno verdadero. Tuvo tal éxito entre mis compañeros que todos me encargaron fusiles semejantes, y a la vez que pasaba por un famoso armero conseguí unas buenas entraditas.
Así, pues, dos días más tarde, Fatinov y su amigo vinieron a buscarme y salimos de cacería.
Debíamos recorrer a pie unos veinte kilómetros; tuvimos que ponernos en camino al alba, a fin de llegar al sitio la noche misma sin apresurarnos y poder acechar al día siguiente, temprano, el primer vuelo de los patos.
Éramos cuatro, porque un soldado, ordenanza del comandante Gobarkun se había unido a nosotros. Todos teníamos armas y Gobarkun hasta tenía un fusil del ejército.
Cuando llegamos cerca del lago hicimos fuego y, después de cenar, construimos una choza y nos acostamos.
En pie antes del alba, escogimos cada uno nuestro sector en la orilla del lago y nos pusimos a esperar.
A mi izquierda estaba Gobarkun; disparó sobre el primer pato cuando todavía volaba muy bajo, y la bala me alcanzó de lleno en la pierna. Por suerte, atravesó las carnes sin tocar el hueso.
Naturalmente, toda la cacería se echó a perder. Mi pierna sangraba mucho, empezaba a dolerme y mis compañeros tuvieron que llevarme a todo lo largo del camino sobre una camilla hecha con nuestros fusiles, pues no me era posible caminar.
En casa, la herida cerró rápidamente, ya que solo los músculos habían sido tocados. Pero cojeé durante largo tiempo.
La coincidencia de este accidente con la predicción del oráculo local me dio mucho que pensar, y en otra estancia en casa de mi tío, al haber oído decir que Eung-Ashoj-Mardiross se encontraba de nuevo en los parajes, pedí a mi tía que lo invitara, a lo cual accedió.
El adivino era un individuo flaco, de gran talla, de ojos apagados, cuyos movimientos nerviosos y desordenados eran los de un ser simple. A veces era presa de temblores, y no paraba de fumar. Sin duda alguna era un hombre muy enfermo.
La sesión se desarrollaba así:
Sentado entre dos velas encendidas, colocaba el pulgar frente a sus ojos y se miraba la uña hasta caer en una especie de somnolencia. Entonces se ponía a decir lo que veía en la uña, hablaba primero de la ropa que llevaba la persona y luego anunciaba lo que le aguardaba en el porvenir.
Si predecía el porvenir de un ausente, preguntaba primero su nombre, pedía que se le describiera en detalle la cara y se le indicara más o menos la dirección del lugar donde vivía y si era posible, la edad.
Esta vez volvió a leer mi porvenir:
Contaré algún día cómo sus predicciones se realizaron.
Ese verano fui testigo, en Alexandropol, de otro acontecimiento que no pude explicarme en absoluto.
Frente a la casa de mi tío había un terreno baldío, en medio del cual se levantaba un bosquecillo de álamos. Me gustaba el lugar e iba a menudo a sentarme allí con un libro o un trabajo cualquiera. Siempre se veían jugar allí pilluelos que venían de todos los barrios circundantes. Formaban una horda heteróclita y abigarrada: había armenios, griegos, kurdos y tártaros, los cuales hacían una algarabía increíble; pero eso nunca me impedía trabajar.
Ese día, estaba sentado bajo los álamos, con un trabajo que me había encargado un vecino. Se trataba de dibujar sobre un escudo, que quería colgar al día siguiente sobre la puerta de su casa con motivo del matrimonio de su sobrina, las iniciales entrelazadas de los jóvenes esposos. Además de las iniciales, tenía que inscribir en el escudo el día y el año.
Ciertas impresiones fuertes se graban profundamente en la memoria. Todavía recuerdo cuánto me costaba disponer lo mejor posible las cifras del año 1888.
Estaba sumergido en mi trabajo cuando de repente resonó un grito espantoso. Salté sobre mis pies, convencido de que a alguno de los niños le había ocurrido un accidente.
Corrí, y vi el cuadro siguiente:
En el centro de un círculo trazado en el suelo, un niño sollozaba haciendo extraños movimientos, mientras los demás se mantenían a cierta distancia, se reían y se burlaban de él.
Como no comprendía nada, pregunté qué pasaba. Me dijeron que el niño pertenecía a la secta de los yezidas, que habían trazado un círculo alrededor de él y que no podría salir de allí mientras no lo borraran.
El niño intentaba verdaderamente con todas sus fuerzas salir del círculo encantado, pero por más que se debatía, no podía lograrlo.
Corrí hacia él y borré rápidamente una parte del círculo. Inmediatamente el chiquillo brincó y huyó a pierna suelta.
Estaba tan aturdido que me quedé helado en el sitio, en la misma posición, como hechizado, hasta que al fin recobré mi capacidad normal de pensar.
Ya había oído hablar de los yezidas, pero mi pensamiento nunca se había detenido en eso. El suceso que acababa de desarrollarse ante mis ojos, y que tanto me había sorprendido, me forzaba ahora a reflexionar seriamente en ello.
Miré alrededor de mí y vi que los muchachos habían vuelto a sus juegos. Regresé a mi lugar, lleno de pensamientos, y me puse otra vez a dibujar las iniciales. El trabajo ya no marchaba nada bien, y sin embargo tenía que terminarlo a toda costa.
Los yezidas constituyen una secta que vive en Transcaucasia, principalmente en los alrededores del Ararat. Se los llama a veces Adoradores del Diablo.
Muchos años después del incidente del que había sido testigo, pude verificar esta clase de fenómeno y comprobar que, efectivamente, si se traza un círculo alrededor de un yezida, éste no puede salir de él por su propia voluntad.
Dentro del círculo puede moverse libremente. Cuanto mayor sea el círculo, más grande es la superficie en que puede desplazarse, pero en lo que se refiere a franquear la línea, no es capaz de hacerlo: una extraña fuerza, fuera de proporción con su fuerza normal, lo mantiene prisionero.
Yo mismo, que soy fuerte, no podía hacer salir del círculo a una débil mujer; requería todavía la ayuda de otro hombre tan vigoroso como yo.
Si se obliga a un yezida a franquear esta línea, cae de inmediato en el estado que se llama de catalepsia, que cesa en el instante mismo en que se le vuelve a introducir en el círculo.
Una vez caído en catalepsia, un yezida que ha sido sacado fuera del círculo no recobra su estado normal sino al cabo de trece o veintiuna horas.
No existe ningún otro medio de recobrar el estado normal; en todo caso ni yo ni mis compañeros lo lográbamos, aunque entonces ya poseíamos a fondo todos los métodos conocidos de la ciencia hipnótica contemporánea para hacer salir a un hombre del estado de catalepsia. Solo sus sacerdotes podían hacerlo, por medio de breves encantamientos.
Esa misma noche, después de haber mal que bien terminado las iniciales y entregado el escudo a mi cliente, fui al barrio ruso, donde moraban la mayoría de mis amigos y conocidos, con la esperanza de que pudieran ayudarme a descifrar ese extraño fenómeno. En ese barrio ruso de la ciudad de Alexandropol vivía toda la intelligentsia local. Debo decir que desde la edad de ocho años, tanto en Alexandropol como en Kars, las circunstancias me habían llevado a frecuentar compañeros de mucha más edad que yo, pertenecientes a familias cuya situación social era considerada superior a la de mis padres.
En el barrio griego de Alexandropol donde primero había vivido mi familia no tenía ningún compañero. Todos mis amigos vivían al otro lado de la ciudad, en la parte rusa; eran hijos de oficiales, de funcionarios y de eclesiásticos.
Iba a verlos a menudo, y una vez presentado a sus familias, tuve entrada en casi todas las casas de ese barrio.
Recuerdo que el primer amigo a quien hablé de ese fenómeno que me había dejado tan estupefacto fue un tal Ananiev, buen compañero, también mucho mayor que yo.
Ni siquiera escuchó hasta el fin, y declaró con autoridad:
Esos muchachos se han burlado sencillamente de tu estupidez, te tomaron el pelo, y eso es todo. Mira más bien esta maravilla…
Corrió a su cuarto y regresó al instante, poniéndose mientras caminaba la chaqueta de su nuevo uniforme: acababa de ser aceptado como empleado de correos y telégrafos. Luego me invitó a acompañarle al jardín público.
Rehusé, pretextando falta de tiempo, y lo dejé rápidamente para ir a casa de Pavlov, que vivía en la misma calle.
Era un buen muchacho, pero gran borracho. Estaba empleado en el Tesoro. Encontré en su casa al Padre Máximo, diácono de la iglesia de la fortaleza, un funcionario de la fábrica de pólvora, Artemin, el capitán Terentiev, el maestro de escuela Stolmaj y otros dos a quienes yo conocía poco. Estaban tomando vodka y apenas entré me hicieron sentar y me invitaron a beber.
Hay que decir que ese año ya había empezado a beber, no mucho en verdad, pero nunca rechazaba un trago cuando me lo ofrecían.
Eso había empezado en Kars, en las circunstancias siguientes: una mañana en me caía de cansancio por haber pasado toda la noche estudiando mis lecciones, estaba a punto de acostarme cuando un soldado vino a buscarme para ir a la Catedral.
No recuerdo en honor de qué, ese día se celebraría un servicio religioso en uno de los fuertes. En el último minuto se había decidido celebrarlo con coros, se habían enviado estafetas y ordenanzas por toda la ciudad en busca de cantores.
Como no había dormido en toda la noche, la dura cuesta para llegar hasta el fuerte y el servicio mismo me fatigó tanto, que apenas si podía sostenerme sobre mis piernas.
Terminado el oficio, se había servido una comida en el fuerte para los invitados, y se había reservado una mesa a los coristas. El sochantre, sólido bebedor, al ver lo débil que estaba, me persuadió de que tomara un vasito de vodka.
Después de beberlo me sentí realmente mejor, y al segundo vaso toda mi debilidad había desaparecido.
Desde entonces muy a menudo, cuando estaba cansado o nervioso bebía uno o dos y a veces hasta tres vasitos.
Esa noche tampoco rehusé un vaso de vodka. Pero a pesar de su insistencia no repetí. El grupito aún no estaba ebrio, porque acababan de empezar. Yo sabía en qué orden ocurría eso: el primer achispado era siempre el diácono. Cuando estaba ligeramente ebrio, se ponía a entonar la plegaria litúrgica para el descanso del alma del augusto y venerado Alejandro I pero al ver que aún tenía su aire tristón no pude evitar referirle lo que había visto ese mismo día; sin embargo, me cuidé de no parecer tan serio como con Ananiev y hablé esta vez en tono de broma.
Me escucharon todos muy atentamente y con el mayor interés. Cuando terminé mi relato, me dieron su opinión:
El primero en hablar fue el capitán. Dijo que había observado recientemente un caso semejante; unos soldados habían trazado un círculo en el suelo alrededor de un kurdo; éste, casi llorando, les había suplicado que lo borrasen y no se había movido de allí hasta que, por orden suya, como capitán, un soldado hizo una brecha por la que el kurdo había huido.
Pienso —observó el capitán—, que han debido de hacer voto de no salir jamás de un círculo cerrado, y que si no salen de él, no es porque no puedan, sino porque no quieren violar su juramento.
Entonces dijo el diácono:
Son Adoradores del Diablo, y en las circunstancias ordinarias el Diablo no los toca, porque se trata de los suyos. Pero como el mismo Diablo no es sino un subalterno, y sus funciones lo obligan a hacer pesar su yugo sobre todos, ha limitado la independencia de los yezidas para salvar las apariencias, de tal manera que los demás no puedan adivinar que aquéllos son sus servidores. Exactamente como Felipe… —Felipe era el policía del lugar—. Esta alegre pandilla, como no tenía a nadie a su disposición, lo mandaba a veces a comprar cigarrillos o bebidas porque el servicio local de policía era apenas bueno… para hacer reír a las gallinas.
Por ejemplo —prosiguió el diácono—, si hago escándalo en la calle, Felipe se ve forzado a llevarme a la comandancia, pero simplemente por la forma, a fin de que los demás no tengan nada que decir. Apenas hemos dado la vuelta a la esquina, me suelta y no deja de decirme: ¡no se olvide del regalito, Vuestra Merced!
»Pues bien, el Maldito hace lo mismo con los suyos —los yezidas—».
Ignoro si inventó ese cuento en el mismo momento, o si era verdadero.
El empleado del Tesoro dijo que nunca había oído hablar del asunto, que según él nada semejante podía existir y que lamentaba mucho que personas inteligentes como nosotros pudieran creer en tales prodigios, y que además se rompieran la cabeza a propósito de ellos.
El maestro de escuela Stolmaj dijo que, por el contrario, creía en la realidad de los fenómenos sobrenaturales, y que si la ciencia positiva no podía aún descifrarlos todos, estaba perfectamente convencido de que con los rápidos progresos de la civilización contemporánea, la ciencia pronto probaría que todas las singularidades del mundo metafísico podían explicarse enteramente por causas físicas.
En cuanto al hecho del que hablamos —prosiguió—, pienso que se trata aquí de uno de esos fenómenos magnéticos sobre los cuales las luces de la ciencia trabajan actualmente en Nancy.
Quería agregar algo, pero Pavlov lo interrumpió exclamando:
¡Que el Diablo se lleve a todos los Adoradores de Diablo! Que se les dé a todos media botella de vodka y ningún círculo los retendrá más… Bebamos más bien a la salud de Isakov; Isakov era el propietario de la destilería local.
Estas conversaciones no calmaban mis pensamientos, sino todo lo contrario. Después de dejar a Pavlov, seguí pensando aún más en todo eso. Al mismo tiempo me asaltaban dudas sobre las personas que hasta entonces había considerado como instruidas.
En la mañana siguiente me encontré por azar con el médico jefe de la 39a división, el doctor Ivanov, de visita en la casa de un vecino armenio que me había llamado para servirle de intérprete.
Ivanov gozaba de mucha fama en la ciudad. Tenía una vasta clientela y yo lo conocía muy bien, porque a menudo venía a casa de mi tío.
Después de la consulta, le pregunté:
¡Vuestra Excelencia! —Tenía el grado de general—. ¿Tendría usted la bondad de explicarme por qué un yezida no puede salir de un círculo?
¡Ah! ¿Usted se refiere a los Adoradores del Diablo? —dijo—. Es sencillamente histeria.
¿Histeria? —pregunté—.
Sí, histeria. —Y se puso a deshilvanar un cuento interminable— pero de todo lo que me dijo, solo comprendí que la histeria era… la histeria. Y eso yo ya lo sabía, por la sencilla razón de que en la biblioteca del hospital militar de Kars no había un solo libro de patología nerviosa o de psicología que no hubiese leído. Y lo había hecho muy atentamente, parándome casi en cada línea, tanto deseaba hallar en estas ramas de la ciencia una explicación a las mesas giratorias.
De manera que comprendía ya perfectamente que la histeria era la histeria. Pero quería saber más.
Cuanto más advertía la dificultad de encontrar una respuesta, más me roía la curiosidad. Durante unos días no fui el mismo de siempre. No quería hacer nada. Solo pensaba en una cosa: «¿Dónde está la verdad? ¿En lo que está escrito en los libros y en lo que me enseñan mis maestros? ¿O bien en los hechos con los cuales me tropiezo?».
De pronto sobrevino un nuevo acontecimiento que acabó de desconcertarme.
Cinco o seis días después de la historia del yezida, iba temprano a lavarme en la fuente. Era costumbre lavarse allí todas las mañanas con agua de manantial. Divisé en la esquina de la calle un grupo de mujeres que hablaban animadamente. Me acerqué y supe lo siguiente:
Esa noche, en el barrio tártaro, había aparecido un gormaj. El pueblo llama así a un espíritu maligno que se introduce en el cuerpo de un hombre que acaba de morir y aparece bajo sus rasgos para cometer toda clase de malas pasadas a los vivientes, y sobre todo a los antiguos enemigos del difunto.
Uno de esos espíritus, pues, había aparecido en el cuerpo de un tártaro enterrado la víspera, el hijo de Mariam Batchi.
Me había enterado de la muerte y funeral de ese hombre porque su casa era vecina de la antigua casa de mi padre, donde vivíamos todos antes de mudarnos a Kars. Había ido allí la víspera a cobrar el alquiler de los inquilinos. Aprovechando la ocasión fui a casa de unos vecinos tártaros, y había visto llevar al muerto.
Lo conocí muy bien, porque nos visitaba con frecuencia. Era un hombre joven que acababa de ser nombrado agente del orden público. Algunos días antes, durante una dyiguitovka se había caído del caballo, y se decía que se le habían «anudado los intestinos». A pesar de que un médico militar llamado Kultchevsky le hizo tragar todo un vaso de mercurio «para enderezárselos», el pobre diablo había muerto, y según la costumbre tártara se le había enterrado con toda rapidez. Fue entonces, al parecer, cuando el espíritu maligno se introdujo en su cuerpo y trató de llevarlo de nuevo a la casa; pero alguien que se dio cuenta por casualidad dio la alarma y tocó a rebato, y los buenos vecinos para no permitir a ese espíritu cometer grandes desgracias habían degollado al tártaro en el acto y lo habían llevado de regreso al cementerio.
Allí, los adeptos de la religión cristiana hasta creen que esos espíritus no se introducen sino en los tártaros, por tener estos la costumbre, en vez de sellar inmediatamente la tumba, de echarle un poco de tierra, y a menudo hasta depositar allí alimentos. Sacar el cuerpo de un cristiano profundamente hundido en la tierra es difícil para los espíritus, por lo cual prefieren a los tártaros.
Este incidente acabó por dejarme estupefacto. «¿Cómo explicármelo? ¿Qué sabía yo de todo eso?».
Estoy mirando. En la esquina de la calle, aparece mi tío, el venerable Gueorgui Mercurov con su hijo liceísta de secundaria, que hablan de todo aquello con un funcionario de la policía, a quien todo el mundo considera como un hombre muy honorable. Han vivido todos muchísimo más que yo, saben muchas cosas sobre las cuales ni he soñado: ¿es que se ve en sus rostros indignación, tristeza o sorpresa? No, hasta se diría que se alegran de que siquiera una vez se haya podido castigar a ese espíritu y frustrar sus maniobras.
Me sumergí de nuevo en los libros con la esperanza de satisfacer por fin al gusano que me roía.
Bogatchevsky me ayudó mucho. Desgraciadamente tuvo que marcharse pronto ya que dos años después de su llegada a Kars fue nombrado capellán en una ciudad transcaspiana.
Mientras fue mi maestro en Kars, había sometido nuestras relaciones a una regla particular: aunque todavía no era sacerdote me confesaba todas las semanas.
Al partir, me ordenó escribir mi confesión semanal y enviársela, prometiéndome contestar de vez en cuando.
Convinimos que me enviaría sus cartas a casa de mi tío, quien me las remitiría o me las haría llegar.
Pero un año después de haberse radicado en Transcaspiana, Bogatchevsky abandonó el clero secular para hacerse monje.
De dar crédito a ciertos rumores, había sido llevado a esta decisión por la conducta de su joven mujer, que había tenido un romance con un oficial. Bogatchevsky la echó de su casa y en adelante no quiso quedarse en la ciudad ni seguir siendo capellán.
Poco tiempo después de su partida, yo también salí de Kars para Tbilisi.
En ese período, recibí de mi tío dos cartas de Bogatchevsky; luego estuve varios años sin tener noticias de él.
Mucho más tarde lo encontré por la más grande de las casualidades en la ciudad de Samara, cuando salía de la casa del obispo. Llevaba los hábitos de los monjes de un célebre monasterio.
No me reconoció en seguida, tanto había yo crecido y madurado pero cuando me identifiqué se mostró muy contento de verme y durante algunos días tuvimos frecuentes charlas, que duraron hasta que ambos partimos de Samara.
Después de este encuentro, nunca lo volví a ver.
Supe más tarde que no quiso quedarse en su monasterio, en Rusia, sino que pronto se fue a Turquía y luego al Monte Athos donde, sin embargo, tampoco permaneció mucho tiempo. Había renunciado entonces a la vida monástica y se había marchado a Jerusalén.
Allí, Bogatchevsky trabó amistad con un vendedor que comerciaba con rosarios cerca del Templo del Señor.
Este vendedor era un monje de la Orden de los Esenios. Tras haberlo preparado largo tiempo hizo entrar a Bogatchevsky en su cofradía.
A causa de su vida ejemplar, éste fue nombrado ecónomo, y al cabo de algunos años, superior de uno de los monasterios de la Orden, en Egipto. En fin, después de la muerte de uno de los asistentes del superior del monasterio principal, Bogatchevsky fue llamado a reemplazarlo.
Supe muchas cosas sobre la vida extraordinaria que había llevado en ese período, gracias a los relatos de uno de mis amigos, un derviche turco, que lo veía a menudo, y a quien yo encontraba en Brusa. Mientras tanto mi tío me había enviado otra carta de Bogatchevsky. Ésta contenía, además de algunas palabras de bendición, una pequeña fotografía suya en hábitos de monje griego, y varias vistas de lugares santos de las cercanías de Jerusalén.
Cuando se hallaba todavía en Kars, esperando su ordenación, Bogatchevsky me había expuesto un concepto muy original de la moral.
Me enseñó que existían en la tierra dos morales: una objetiva, establecida por la vida desde hace miles de años, y la otra subjetiva, particular a individuos aislados como a naciones enteras, imperios, familias, categorías sociales, etc.
La moral objetiva —me dijo un día—, se funda bien sobre la vida, bien sobre los mandamientos que Dios mismo nos ha dado por la voz de sus profetas. Llegó a ser poco a poco en el hombre el principio constitutivo de lo que se llama la conciencia; y esta conciencia, a su vez, sostiene la moral objetiva. La moral objetiva nunca cambia, solo puede cobrar amplitud con el tiempo. En cuanto a la moral subjetiva, invención humana, es un concepto relativo, diferente para cada hombre, diferente en cada lugar y fundado en la comprensión particular del bien y del mal que prevalece en la época dada.
Por ejemplo, aquí en Transcaucasia, si una mujer no se cubre el rostro, si habla con los invitados, todo el mundo la considera inmoral, perversa, sin educación. En Rusia, por lo contrario, si a una mujer se le antojara cubrirse la cara, no recibir a sus invitados y no conversar ellos, todo el mundo la tildaría de mal educada, grosera, poco amable y así sucesivamente.
»Otro ejemplo: aquí en Kars, si alguien no va al hammam una vez por semana, o por lo menos cada quince días, quienes lo rodean lo detestarán, tendrán por él un sentimiento de asco, y hasta encontrarán que huele mal —lo que quizá no sea cierto—. Pero en San Petersburgo, hoy, es lo opuesto; si alguien había de ir al baño turco será tachado de mal educado, atrasado, campesino, etc. Y si acaso quiere ir de todas maneras, tendrá que hacerlo a escondidas, para que no se le reproche su falta de savoir-vivre.
»Para que comprendas mejor la relatividad de las nociones de moral y de honor, tomaré dos acontecimientos ocurridos la semana pasada en Kars entre los oficiales y que tuvieron cierta resonancia.
»El primero es el juicio del teniente K…; el segundo, el suicidio del teniente Makarov.
»El teniente K… fue llevado ante el tribunal militar por haber abofeteado al zapatero Ivanov con tal violencia que éste perdió el ojo izquierdo. El tribunal lo absolvió porque la encuesta probó que el zapatero Ivanov importunaba al teniente K… y difundía a su respecto juicios ofensivos.
»Muy interesado por esta historia, decidí, sin tener en cuenta los resultados de la encuesta, ir yo mismo a ver a la familia del desdichado e interrogar a sus amigos, con el fin de aclarar las verdaderas razones de la conducta del teniente K…
»Supe que éste había encargado al zapatero Ivanov un par de botas, luego un segundo par, luego un tercero, prometiendo pagarle el veinte del mes, cuando recibiera su sueldo. Al no haberle traído el dinero el veinte, Ivanov fue a reclamarle su deuda. El oficial prometió pagarle al día siguiente. Al día siguiente lo aplazó para el día siguiente. En suma, durante largo tiempo alimentó a Ivanov con días siguientes. Ivanov volvía una y otra vez, porque el dinero que se le debía representaba para él una suma enorme. Era casi todo lo que poseía: las economías que su mujer, lavandera, había hecho, centavo a centavo, durante años, y que habían servido para la compra de los materiales necesarios para las botas del oficial.
»Por otra parte, si el zapatero Ivanov persistía en reclamar el pago, era porque tenía seis hijos que alimentar.
»La insistencia de Ivanov terminó por cansar al oficial. Primero le hizo decir por su ordenanza que no estaba en casa; luego lo echó; simplemente, y hasta llegó a amenazarlo con hacerlo apresar.
»En fin, el teniente había mandado a su ordenanza que si osaba volver le diera una buena paliza.
»Cuando Ivanov se presentó, el ordenanza, que era hombre compasivo, en vez de molerlo a golpes como se le había ordenado, quiso persuadirlo, como amigo, de que no importunara más a Su Grandeza. Lo invitó pues a la cocina para hablarle.
«Mientras Ivanov se sentaba en un taburete se puso a desplumar un ganso para asarlo.
»A lo cual Ivanov no pudo menos que observar: Y así es, esos señores se regalan cada día con gansos asados pero no pagan sus deudas; y mientras tanto mis hijos se quedan con hambre.
»Pues bien, en ese preciso instante el teniente K… entraba por casualidad en la cocina. Al sorprender estas palabras tuvo tal arrebato de furor que tomó de la mesa una pesada remolacha y golpeó con ella en pleno rostro a Ivanov, tan brutalmente que le hizo saltar un ojo.
»El segundo acontecimiento es por decirlo así el inverso del primero: el teniente Makarov se suicidó porque no podía pagar una deuda a un tal capitán Machvélov.
»Es menester decir que este Machvélov, jugador de naipes inveterado, es reputado en todas partes como un verdadero tiburón. No pasa día en que no arruine a alguien en el juego; para todos es evidente que hace trampas.
»Hace algunos días, en el casino, el teniente Makarov jugó una partida con varios oficiales entre los cuales se hallaba Machvélov, y no solo perdió todo su dinero sino que además pidió prestado a ese Machvélov, prometiéndole devolvérselo a los tres días.
»Como la suma era crecida, el teniente Makarov no pudo procurársela a tiempo. Y en la imposibilidad de cumplir su palabra, pensó que más valía darse muerte que manchar su honor de oficial.
»Estos sucesos tienen el mismo origen: las deudas. Pero uno de los oficiales deja tuerto a su acreedor, mientras que, por la misma razón, el otro se suicida. ¿Por qué? Simplemente porque los íntimos de Makarov lo hubieran censurado por no haber pagado su deuda al tramposo Machvélov. En cuanto al zapatero Ivanov, aunque todos sus hijos hubieran muerto de hambre, eso hubiera estado en el orden de las cosas. ¡Al fin y al cabo, el código de honor de un oficial no incluye el deber de pagar sus deudas a un zapatero!
»En general, lo repito, si tales incidentes se producen entre los adultos, es porque durante su infancia, a la edad en que el hombre futuro aún está en formación, se les atiborró el cráneo de convenciones diversas, impidiendo así que la Naturaleza desarrollara progresivamente en ellos la conciencia moral que a nuestros antepasados les llevó miles de años constituir luchando precisamente contra esta clase de convenciones».
Bogatchevsky me exhortaba a menudo a no aceptar ninguna de las convenciones del medio en que vivía, ni tampoco las de ningún otro.
Decía:
Son las convenciones, de las que se está repleto, las que constituyen la moral subjetiva. Pero una vida verdadera exige la moral objetiva, que solo puede provenir de la conciencia.
»La conciencia es en todas partes la misma: es aquí tal como es en San Petersburgo, en América, en Kamchatka o en las Islas Salomón. Y hoy tú estás aquí, pero mañana puedes estar en América. Si tienes una verdadera conciencia y conformas tu vida a ella, dondequiera que estés, todo irá bien.
»Eres todavía muy joven. Ni siquiera has entrado en la vida. No importa si se dice que eres mal educado; poco importa que no sepas hacer reverencias, ni hablar de las cosas como suele hacerse, con tal de que a la edad adulta, cuando empieces realmente a vivir, tengas una verdadera conciencia, es decir, la base misma de una moral objetiva.
»La moral subjetiva es un concepto relativo; si estás lleno de conceptos relativos, cuando seas grande siempre y en todo actuarás y juzgarás a los demás según los puntos de vista y las nociones convencionales que hayas adquirido.
»Tienes que aprender no a conformarte a lo que las personas que te rodean consideren bueno o malo, sino actuar en la vida según lo que te dicte tu conciencia.
»Una conciencia que se haya desarrollado libremente sabrá siempre mucho más que todos los libros y todos los maestros juntos. Pero mientras tu propia conciencia no esté enteramente formada aún, vive según el mandamiento de nuestro maestro Jesucristo: No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti.».
El Padre Evlissi, que ahora es muy anciano, es uno de los poquísimos hombres sobre la tierra que han logrado vivir como lo desearía para todos nosotros nuestro Divino Maestro Jesucristo.
¡Que sus plegarias vengan en ayuda de todos aquellos que quieren llegar a ser capaces de vivir según la Verdad!