Capítulo 63

 

V

yner había llegado allí hacia las cuatro de la tarde, la hora acordada, en parte curioso y en parte aprensivo, pero también excitado e impaciente por ejecutar su siguiente trabajo y obtener sus 15.000 dólares. Curioso porque Lottie era normalmente muy cauta y evitaba el contacto cara a cara, y aprensivo porque ella estaba loca y era peligrosa y no quería que se enfadara con él.

Una casa muy grande con árboles, amplio vallado y un camino de gravilla. Las ruedas de su Magna robado al chirriar denotaban estatus, aislamiento y éxito. La casa de Brisbane, donde vivía cuando él le podaba las rosas, el día que podía salir de la prisión de su marido —rehabilitación a través de la jardinería— tenía un aspecto mucho más modesto. Era muy ambiciosa la buena de Lottie. Charlie Mead quizá nunca habría pasado de director adjunto de la prisión, si el director no se hubiera encontrado una noche con un «ladrón» armado. Vyner había conseguido cinco billetes de los grandes por ese golpe. Luego no volvió a saber de ella durante tres años y de repente volvió a necesitarlo.

Aparcó el Magna y golpeó con los nudillos la voluminosa puerta, una puerta con un claro sentido, como la gravilla fresca, limpia y pimpante de la entrada. Lottie le abrió, él le dedicó una sonrisa de «por los viejos tiempos» pero ella no se la tragó.

—Has llegado tarde.

—Hay que conducir mucho para llegar hasta aquí. Sin hablar del tráfico.

Miró por encima de la figura de él al Magna, abrió la boca, se lo pensó mejor y lo acompañó dentro.

—No pueden relacionarlo conmigo —le aseguró.

—Trevor, es amarillo chillón.

La siguió hasta un salón, con enormes sofás de cuero enfrentados, encima de una gastada alfombra turca sobre tarima encerada. Había una chimenea encendida que humeaba un poco. Máscaras africanas, escudos, lanzas y cuadros en todas las paredes. Vyner había estado preso la mayor parte de su vida y odió la habitación nada más verla.

—¿Quién es el blanco esta vez?

—Mi marido.

Él se quedó horrorizado.

—¿Charlie?

Vaya, ya la había provocado. Su cara se transformó en un santiamén de ratón tímido a gato feroz, y empezó a caminar y a gruñir con sus pequeños puños bien apretados.

—Después de todo lo que he hecho por él.

—Lo sé —dijo Vyner compasivamente, pero sin tener ni idea de lo que estaba hablando.

Empezó a girar alrededor de él.

—No sería nadie sin mí, ¿y cómo me lo paga? Me dice que va a dejarme por otra.

Las piezas empezaban a encajar ahora.

—¿Janine McQuarrie? —preguntó Vyner para estar seguro.

—¿Quién crees si no? —dijo Lottie—. Y ni siquiera era una buena terapeuta.

—¿Charlie necesitaba terapia? —preguntó Vyner. La sola idea lo dejaba perplejo.

—No seas estúpido. Quería saber cómo era.

—Ah. ¿Y cómo fue que Charlie...?

—La conoció en el Centro de Detención hace un par de meses. Era el relevo de otro terapeuta que había cogido la gripe.

Vyner asintió. El que una pandilla de tipejos con trapos en la cabeza y negratas del desierto necesitara terapia lo dejaba asombrado.

—He vivido veinte años con él. ¡Y me quiere dejar por alguien que ha conocido hace unas semanas! —Hizo una pausa—. Cinco minutos con ella me bastaron para darme cuenta de que era una incompetente, pero el amor es ciego. ¿No es cierto, Trevor?

—Cierto —dijo Vyner con firmeza, mientras miraba a su alrededor para localizar todas las armas potenciales: hurgón, lanzas, jarrones, lámparas y la silla de madera del escritorio.

—Y para colmo ha estado muy apesadumbrado al morir ella, como si no le importara nada que eso me fuera a afectar.

Charlie había traicionado a Lottie. Vyner hasta ahí llegaba.

—¿Y no sospechó de ti?

—Imposible.

Y delante de sus narices volvió a transformarse de nuevo en el pequeño ratoncillo pardo.

—Ya —dijo él, luego, lo más suavemente que pudo, prosiguió—: Podías haberte divorciado de él, haberlo dejado, conseguirte un buen abogado y dejarlo sin blanca para joderlo bien.

—Pero la hubiera tenido a ella y eso no lo podía consentir. Tenía que actuar rápido.

—Ya. —Miró cómo daba vueltas de nuevo—. ¿Cómo quieres que maneje esto? —preguntó con precaución—. ¿Accidente? ¿Allanamiento de morada? ¿Cómo?

Se volvió hacia él hecha una furia:

—¿Accidente? ¿Como hiciste con Tessa Kane?

Volvió a calmarse y se quedó refunfuñando.

Vyner necesitaba saberlo.

—Kane me hizo muchas preguntas —empezó a decir con mucha cautela— del tipo: ¿es algo que he publicado? o ¿para quién trabajas?

—Zorra entrometida.

Vyner esperó. Se sentía inquieto. Una copa no le vendría nada mal.

—Estaba acercándose demasiado —dijo Lottie, pegándose a él, gritándole a la cara y mojándole con su saliva.

—Ya.

—Me llamaron desde Johannesburgo —gritó Lottie—, en plena noche.

Se quedó pensativa con aire sombrío, el maquillaje deshecho, y los puños apretados.

—Vaya —dijo Vyner para animarla a hablar.

Lottie parpadeó.

—Alguien con quien yo solía trabajar. Ahora es detective.

Vyner asintió para que siguiera hablando.

—Quería avisarme. Por lo visto, Tessa Kane lo había contratado para que escarbara en mi pasado, el mío y el de Charlie. Y eso yo no lo podía tolerar.

«Con la de trapos sucios que hay en tu pasado», pensó Vyner, mientras miraba a Lottie.

—Volviendo a Charlie, ¿qué te parece si me pagas por adelantado la mitad de los 15.000 que me debes?

—No creo —dijo Lottie, y, de repente, tenía en la mano una pequeña pistola automática, no mayor que una 25, muy silenciosa. No era muy probable que los vecinos la oyeran, teniendo en cuenta tanto el grosor de las paredes como la manta de árboles que se interponía afuera. Y le disparó en la cara con ella.

Vyner se tambaleó durante unos instantes, agarrándose la mandíbula destrozada y echando espumarajos. Y ella volvió a dispararle de nuevo. Una sensación punzante entre las clavículas. Cayó casi agradecido, encorvado sobre la alfombra, que había sido almacenada con cinta adhesiva no hacía mucho, a no ser que sus sentidos lo estuvieran engañando. Ella disparó otra vez a la pared.

Pasó el tiempo, él se desangraba mientras su corazón y sus pulmones aún trabajaban. Era vagamente consciente de que había alguien —tenía que ser Lottie— rebuscando en los bolsillos de su anorak y encontrando su nueva pistola, que le había costado 650 dólares en una callejuela de detrás de un pub de Collingwood.

Luego, más tarde, mientras él seguía desangrándose, oyó voces. Vyner reconoció la de Charlie Mead discutiendo con Lottie, que parecía estar fuera de sí. ¿Quién disparó a quién entonces? Había habido más de un disparo. El empezó a soñar. Cuando volvió a recuperar la conciencia, de rodillas, tenía su pistola en la mano derecha. ¿Cómo había pasado eso? Giró su dolorida cabeza y vio a Charlie Mead tumbado boca arriba y con un dedo atrapado en el seguro del gatillo de la pequeña pistola de Lottie. Ella se había evaporado.

Vyner se arrastró hasta su coche, emitiendo espantosos sonidos con su boca destrozada y pensando en residuos de pólvora.