Capítulo 56

 

E

l caso comenzó a esclarecerse un domingo de primeros de agosto, casi cuatro semanas después del asesinato de Janine McQuarrie. Todo empezó cuando Pam Murphy fue a la reserva Myers y aparcó cerca de la carretera. Se quedó un poco helada cuando se dio cuenta de que era el mismo lugar donde la furgoneta Toyota había matado a la jinete, pero esa mañana tocaban tareas de Ratas de la Selva, que andaban limpiando la reserva de nuevos brotes de pitosporos. Cerró el coche y caminó a lo largo de la alambrada que separaba la reserva de los restos de una huerta y de las vecinas tierras de labranza abandonadas. Soplaba un viento cortante con hilachos de nubes agrupándose en un cielo lívido y la tierra esponjosa bajo sus pies. Las diez en punto: las Ratas de la Selva trabajarían hasta las doce y luego se retirarían a su casa para una barbacoa, porque hoy le tocaba a ella invitarlos a todos comer.

Le parecía una experiencia curiosa la de comprometerse con la comunidad local, aunque se tratara de una minoría de sus componentes ligeramente obsesa. La mayoría de los miembros de la policía disfrutaba de sus horas ociosas al abrigo de la mirada del público, o con otros policías, por la sencilla razón de que solían poner nerviosos a los inocentes o atraían el odio de los culpables. Pero Pam se sentía acogida en las Ratas de la Selva. Para ellos no era importante que fuera una oficial de policía. Y era un antídoto poderoso contra la miseria y el sinsentido cotidiano del crimen, ver a gente normal valorando la apertura y la colaboración y beneficiando a la comunidad sin esperar nada a cambio.

El viernes anterior había asistido a una reunión pública, convocada para discutir la suerte de algunos bosquecillos y avenidas de pinos a las afueras de la playa de Penzance. Algunos de esos pinos eran enormes y proyectaban una sombra permanente en las casas vecinas. Otros se habían muerto o tenían muy mal aspecto. Y todos habían impedido el crecimiento de hierbas y de árboles nativos. A varios residentes se les habían saltado las lágrimas de rabia y ultraje, sólo de pensar que alguien quería acabar con los pinos de Penzance, pero Pam se había unido a los que pensaban que había que talar esos pinos y reemplazarlos con plantas indígenas. Una comunidad dividida, no cabía duda, pero en la que las distintas facciones se hablaban y se escuchaban.

Al llegar a una valla de madera, se sentó encima y esperó a que llegaran las otras Ratas de la Selva. Sentía bajo sus muslos la humedad y el verdín de la madera, pero llevaba unos vaqueros viejos y no le importaba. Mientras estaba sentada miró en dirección a la huerta donde el Toyota robado se había parado definitivamente y luego contempló los alrededores de la reserva. El conductor del Toyota había huido hacia allí, pero luego podía haber retrocedido sin problemas escondiéndose entre los viejos manzanos. Su nombre era Andy Asche, según Scobie Sutton. ¿Adonde se dirigía con el material robado?

—¡Hola!

Una voz, hecha ráfagas de sonido por el viento. Pam giró la cabeza. Un compañero de las Ratas de la Selva caminaba trabajosamente por el campo en su dirección. Debía de haber aparcado un poco más allá de la carretera, probablemente tenía miedo de que le robaran, pensó ella. Tenía más de sesenta años y le estaba costando mucho trabajo llegar. En parte por el sobrepeso que arrastraba, y en parte por el terreno irregular, ya que la vieja huerta estaba llena de surcos y canales de riego. Agitó el brazo para saludarla. Ella le devolvió el saludo.

De repente se quedó paralizado. Incluso a una distancia de cincuenta metros, pudo ver cómo su mandíbula se desencajaba y su cara palidecía. Se miró los pies hundidos en hierbas muertas y matojos.

Su voz le falló la primera vez. Lo intentó de nuevo:

—Hay un cadáver en el canal.