Capítulo 48

 

A

las ocho de la tarde, Ellen estaba sentada sola en la UIC y no se sentía capaz de volver a casa. Había estado repasando algunas averiguaciones recientes sobre el historial del caso, y se había dado cuenta de que las finanzas de Janine McQuarrie no arrojaban deudas ni cantidades anormales que se ingresaran o sacaran en los últimos doce meses. De hecho, Janine había muerto siendo una mujer relativamente rica, con ahorros, acciones y depósitos de seguros por valor de 300.000 dólares. Pero Robert también era rico, así que el asesinato por dinero quedaba descartado. Además no había aparecido nada en sus ordenadores, en sus correos electrónicos o en su correo normal que indicara un amante, o alguien, o algo dudoso o secreto, exceptuando las fotos que había tomado con su móvil, por supuesto.

Finalmente, con la ayuda del marido de la mujer asesinada, de su hermana, sus colegas de trabajo y de la esposa del súper, Ellen había podido identificar a todos los asistentes al funeral de Janine como colegas de trabajo, amigos o parientes. Esto solamente quería decir que no había asistido ningún extraño, no que el asesino no estuviera allí. También le había enseñado fotos de Raymond Lowry a Georgia McQuarrie, que había movido la cabeza diciendo: «No lo he visto en mi vida».

Así que Ellen había aprovechado bien el día, pero a pesar de eso seguía sin querer regresar a casa todavía. Había dos razones para ello y la una, lamentablemente, estaba relacionada con la otra, pero también pesaba mucho más, al menos en su mente.

Primero, antes, ese mismo día, se había encontrado con su marido en la planta baja, acompañado del hombre del Departamento de Anticorrupción. Habían acabado de interrogar a Pam Murphy y a John Tankard, y Alan parecía estar muy ufano. Había tenido que aguantar que le diera un beso en la mejilla y luego la había invitado a un café en la cantina. Para entonces, ella ya había recobrado su compostura y había declinado la invitación, a lo que Alan había respondido: «Hal te ha hecho correr mucho estos días, ¿no?», y la suspicacia y la frustración asomaban tras su aparente sonrisa.

Así que en aquellos momentos no se sentía con fuerzas para volver a verlo.

Segundo, Hal Challis invitaba a cenar esa noche a Tessa Kane.

En principio, se suponía que era para darle las gracias en nombre de la policía por haberles traído a Joe Ovens, pero Ellen veía más allá. Challis y Kane habían sido amantes antes —no había razón por la que no pudieran o quisieran volver a serlo, aunque sólo fuera una vez más, esa noche, por los viejos tiempos, o simplemente por lujuria. Al fin y al cabo, no tenían ninguna atadura. ¿No era cierto?—, «contrariamente a mí», pensó Ellen, mirando el pequeño despliegue de instantáneas familiares sobre su mesa de despacho: Larrayne cuando era un bebé y más tarde de adolescente, Alan cuando era joven y digno de ser amado.

Así que estaba un poco alterada esta noche, con la imaginación disparada. Era como volver a tener dieciocho o diecinueve años de nuevo, muriéndose por saber lo que estaba haciendo su novio en esos momentos. La embargaban sentimientos juveniles, pero también muy fuertes.

Tanto que la impulsaron a guardar la foto de Alan en el último cajón y luego a recorrer en su coche las calles oscuras.

 

 

—¿Qué pasa contigo? —dijo Tessa Kane mientras untaba de mantequilla el panecillo de la cena—. Creí que querías darme las gracias por haberte traído a Joe Ovens. Y en vez de eso pareces igual de agradecido que una semana de lluvia.

Challis había querido darle las gracias a Tessa con esa cena, había querido reequilibrar un poco el universo. Pero eso fue antes de su conversación con McQuarrie aquella tarde. Removió su comida con el tenedor preguntándose por dónde iba a empezar. Estaban en un bistrot de Mornington, uno de los pocos abiertos en aquella invernal y helada noche de lunes. Un puñado de comensales más, una decoración y un menú vagamente mediterráneos. Tessa parecía cansada por la presión de lograr que las pruebas estuvieran listas para la edición del día siguiente. Para Challis, todos los sonidos de la cocina eran irritantes, la tenue iluminación demasiado sombría, y la habitación no lograba resguardarlo de las noticias de McQuarrie, ni tampoco siquiera del viento de aguanieve ni de la oscuridad tras las ventanas.

—Te estás callando algo —dijo él.

Ella se quedó muy quieta.

—¿Quién, yo?

—Según me ha contado McQuarrie —dijo Challis—, posees ciertas fotografías.

—¿Te lo dijo Robert?

—Su padre.

—Ah, ¿y te ha enviado para darme un aviso?

—No se trata de él, se trata de tu relación profesional conmigo en concreto y con mis esforzados oficiales en general.

Ella lo miró ladeando la cabeza.

—Hal, ¡escúchate hablar! —Y luego entrecerró los ojos—. A Robert también le enviaron fotos, ¿no? ¿Una petición de chantaje?

Challis no pensaba confirmarlo ni negarlo.

—Necesito ver las copias que te han enviado. Necesitamos comprobarlas, y el sobre también, por las huellas. ¿Había también una carta?

—Sí, pero quienquiera que lo haya mandado no habrá dejado huellas.

—De todas formas —dijo Challis.

—¿Crees que fue el asesino? Pensé que podía haber sido un policía.

—No.

Tessa suspiró.

—Te haré copias.

—¿Qué decía la carta?

—Mencionaba el artículo de las orgías y añadía que por el precio de 5.000 dólares me enteraría de quiénes eran los hombres de las fotos y de las circunstancias en las que se encontraron éstas. Los otros ya han sido chantajeados, ¿no es cierto? El tipo quiere sacarle a las fotos el máximo partido.

—Normalmente no me importa lo que publicas —dijo Challis—, pero si sacas esas fotos, o incluso si sólo las mencionas, puedes hacer peligrar la investigación.

Tessa removió su comida con el tenedor.

—¿Participaba Janine McQuarrie en las orgías?

—Sabes muy bien que eso no puedo contártelo.

—A la familia no le va a gustar nada lo que he escrito de ella en la edición de mañana.

—¿Como qué?

—Janine era una terapeuta nefasta. No sabía tratar a la gente, le encantaba desafiar a los hombres, acusarlos de maltrato, y redactaba informes poco ortodoxos. En otras palabras, debía de tener enemigos.

Challis se encogió de hombros con aire contrito.

—No hay apenas nada que yo pueda añadir.

—Necesito publicar una buena historia —dijo ella—, antes de marcharme.

—¿Y qué pasa con Mead y el Centro de Detención?

Ella movió la cabeza y enroscó su tenedor en una maraña de tagliatellis.

—Eso me explotó en la cara. —Hizo una pausa—. Me advirtió de que debía darle el carpetazo, ya sabes, porque fui a ver a su mujer.

Challis le dirigió una sonrisa oblicua.

—Conocí a Lottie en una ceremonia hace tiempo. No parecía ser muy dicharachera.

—Correcto.

—Escucha, Tess, ¿vas a publicar las fotos, o vas a mencionarlas?

Ella frunció el ceño y dijo:

—Puede que sí. Cuando todo haya acabado.

Challis quería ayudarla. Pero no podía guiarla todavía en dirección de nadie, ni siquiera de Antón y Laura Wavell, no mientras ellos y los invitados a sus fiestas siguieran potencialmente implicados en el asesinato de Janine McQuarrie. Si Tessa hablara con ellos en aquel momento, lo más probable es que se cerraran en banda, con ella y con la policía, y que se sintieran traicionados. Así que murmuró algo que no quería decir nada, y a la media hora la estaba conduciendo de vuelta a Waterloo. La calefacción del Triumph dejó de funcionar y no se veía nada por el parabrisas, así que tuvo que poner el aire acondicionado para que se fuera la condensación del cristal, obligando a Tessa a refugiarse en su abrigo, su bufanda y sus guantes, y a mantener un silencio aterido.

—¿Qué tendrán las calefacciones de los coches antiguos ingleses que siempre se estropean? —dijo ella cuando llegaron al bordillo de la entrada de su casa.

Lo dijo con ligereza, para ocultar su dolor y liberarlo de todo remordimiento, supuso él. Decidió entonces tomarse la pregunta literalmente.

—Necesitan un tiempo para calentarse.

—Algunas nunca lo hacen —dijo ella con agudeza, saliendo del coche.

Contempló cómo ella cruzaba el camino y se acercaba a la puerta: el abrigo le daba un aspecto voluminoso y su pelo quedaba atrapado en pliegues oscuros por el cuello levantado. Él sabía que, cuando traspasara esa puerta y colgara el abrigo, volvería a ser una mujer estilizada y enérgica, pero ahora mismo parecía una persona congelada, agotada y corpulenta. No la vio entrar, sino que pisó el acelerador y se marchó a toda prisa, con el tubo de escape de su coche atronando la calle.

 

 

Nada de pistolas esta vez, ésas eran las órdenes. Éste tenía que parecer un accidente. Así que Vyner había optado por ahogar a la víctima seleccionada en la ciénaga del manglar que había detrás de su casa. Una verdadera lástima: un tiro es algo rápido y relativamente limpio. Por otro lado, si le pegaba un tiro tendría que conseguir otra pistola y su proveedor de la Marina ya no le servía de nada.

Aunque llevaba consigo por si acaso su tercera y última Browning.

Las ocho y cuarenta y cinco, las nueve. A las nueve y veinte, Tessa Kane apareció bajo la luz exterior de la entrada del restaurante, con el abrigo puesto, el cuello levantado y los hombros encogidos, esperando al novio. Hola, ¿Hay problemas en el paraíso? El lenguaje corporal indicaba tensión. Vyner los observó meterse en la cafetera de coche del novio, y cinco minutos después los estaba siguiendo de vuelta a Waterloo.

Sí, definitivamente hay problemas en el paraíso. En vez de quedarse a pasar la noche, el novio la dejó en su casa y salió pitando. La víctima abrió la puerta de su casa y Vyner estaba allí mismo, detrás de ella.

Detrás de su bonito trasero.