Capítulo 47
E
se mismo lunes por la tarde, Pam Murphy estaba sentada alrededor de una mesa de la sala de interrogatorios enfrente de Alan Destry y un sargento del Departamento de Anticorrupción, y se imaginó a sí misma corriendo en un maratón y ganando a los que iban a la cabeza. Se trata de una carrera asesina: debiluchos abstenerse. Uno por uno, los corredores se van retirando agotados. Alcanza a Destry. Está jadeante, sediento, inmovilizado por un calambre, y con tremendas raspaduras de asfalto en rodillas y manos. «Ayúdame», resolla.
Ella sonríe sin ninguna simpatía y sigue corriendo.
—Agente Murphy —dijo él—. ¿Está con nosotros?
Pam parpadeó. Se sentó muy tiesa y esperó.
De repente, él abrió una carpeta y repartió doce fotografías sobre la mesa.
—La escena del accidente —dijo—. El siniestro.
«Dos siniestros —pensó Pam—, si incluyes al caballo.» Se inclinó hacia delante y observó las fotos una por una. Aparte del caballo, la jinete y la furgoneta Toyota volcada, había varias tomas de la carretera y de la franja de hierba que había entre ésta y la alambrada rota. Un montón de marcas de patinazos, rasgaduras de pintura y agujeros en la hierba.
Había una grabadora digital y un reproductor junto al codo de Destry. El dedo de él revoloteaba sobre un botón de forma distraída.
—Tengo aquí una grabación del D24, el centro de control y comunicaciones de la policía —dijo él—. Yo ya la he escuchado.
Parecía estar esperando a que ella se asustara, a que empezara a justificarse por el exceso de velocidad alcanzada o por las tácticas que había empleado en su pequeño Mazda deportivo. Lo miró con expresión neutra. El tipo de Anticorrupción, comprobó ella, no paraba de moverse nerviosamente y tenía el ceño fruncido.
—¿Y bien?
Pam se encogió de hombros.
—No tengo nada que temer. Seguí las reglas al pie de la letra.
«No dejes que te intimide», le había dicho Ellen.
—¿Por qué no me cuentas con tus propias palabras lo que pasó?
—Ya lo hice el jueves.
—Desde entonces —gruñó—, tú y el agente Tankard habéis tenido tiempo de enmendar vuestro relato, tiempo de blanquear lo que pasó.
—No es verdad —dijo Pam tranquilamente, mientras secaba sus manos sudorosas en los muslos. El tipo de Anticorrupción estaba irguiendo la cabeza ante Alan Destry.
Animada por eso, Pam dijo:
—Oigamos la cinta. Yo informé de la velocidad, las condiciones de tráfico y...
—Tu controlador de persecuciones te ordenó que dejaras de perseguirlo. ¿Correcto?
—Sí.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
—Y, sin embargo, te plantaste en la escena en pocos segundos. De hecho, viste cómo pasó. Te repito lo que dice la cinta: «El ha tenido un accidente. Estamos con el vehículo, cerca del punto en el que la carretera de la playa de Penzance pasa por la reserva Myers». ¿Recuerdas haber dicho eso?
—Sí.
—Y seguiste diciendo: «Llamar a una ambu... no pinta bien». ¿Correcto?
—Sí.
—No pinta bien —repitió Alan Destry, mirándola—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Que habías metido la pata?
—No, quiero decir que habíamos sido testigos de un posible siniestro.
—¿Llamaste a una ambulancia y al helicóptero?
—Sí.
—Pero no de inmediato.
—Perseguí primero al conductor del Toyota por el campo.
—Responde a las preguntas que se te hacen, no a las que te gustaría que te hicieran.
—No llamé de inmediato a la ambulancia, no.
—¿Examinaste al caballo o a la jinete antes o después de perseguir al conductor de la furgoneta?
Pam tragó saliva.
—Después.
—¿Cuánto tiempo después? ¿Un minuto? ¿Diez?
Pam no quería derivar la culpa ni meter a John Tankard en problemas innecesarios, pero él había estado allí.
—El agente Tankard se ocupó de la mujer que montaba a caballo, mientras yo intentaba atrapar al conductor a pie. Me di por vencida después de un minuto. El conductor llevaba mucha ventaja y había desaparecido dentro de la reserva natural.
—¿La jinete murió en la escena?
—Sí.
—¿Estabas intentando interceptar al Toyota?
Pam parpadeó ante ese cambio de tornas.
—No. Siempre nos mantuvimos a una distancia prudencial.
—Y, sin embargo, el Toyota golpeó al caballo y a la jinete, lo que hace pensar que el conductor iba a toda velocidad y estaba muerto de pánico.
—Siempre nos mantuvimos a distancia.
El oficial de Anticorrupción se inclinó hacia delante, repentinamente parcial y feroz.
—Tiene idea de lo que el abogado contratado por la familia de la mujer muerta va a alegar en la investigación, y más tarde, cuando le interpongan una demanda a la policía, ¿no? Que usted y el agente Tankard fueron negligentes, si no temerarios, al seguir persiguiendo esa furgoneta.
Pam tragó saliva. Después de todo, ese tío no era un amigo.
—La persecución había sido abandonada formalmente, señor. Nos limitábamos a vigilar la furgoneta, monitorizando sus movimientos, como nos habían ordenado.
—La familia de la mujer muerta ya está presionando para que la oficina del fiscal del estado considere interponer una demanda contra usted y el agente Tankard, además de demandar al cuerpo.
—¿Con qué cargos, si se puede saber?
—Conducción imprudente o conducta temeraria que hace peligrar vidas.
—El controlador de persecuciones abandonó la caza del sospechoso, señor. Nuestra presencia era necesaria en caso de que el vehículo diera la vuelta.
Alan Destry la miró con el labio ligeramente doblado.
—¿Lo consultasteis por radio con el controlador?
—No.
—No. Lo decidisteis vosotros solitos.
—Creí que la policía valoraba a la gente con iniciativa.
—No sea irónica, agente.
—No, señor.
La mirada que le dirigió entonces era personal y traslucía todos sus resentimientos y paranoias. En un nivel estaba cumpliendo con su trabajo, pero la razón principal era ganar puntos. «¿Con respecto a mí? —se preguntó ella—. ¿Con respecto a su mujer?» ¿Qué sabían del Toyota y sus ocupantes? —preguntó el de Anticorrupción.
—El vehículo había sido robado. Lo conducía un hombre joven, pero no sabemos quién más, si es que había alguien, estaba con él.
—Lo conducía un hombre joven. Los jóvenes suelen ser temerarios cuando conducen. ¿Tomasteis esto en consideración antes de empezar a perseguirlo?
—Una persecución muy breve, señor. Después de eso nos limitamos a seguirlo a una distancia prudencial.
—¿Está entrenada en persecuciones a alta velocidad? —preguntó el tipo de Anticorrupción.
—Sí, señor. Cuando estaba destinada en la ciudad.
—¿Ésta no fue su primera persecución a alta velocidad?
—No, señor.
—¿Alguna de las otras persecuciones en las que usted estuvo implicada acabaron en una desgracia?
—No, señor.
—¿Es usted temeraria?
Pam se lo pensó a fondo.
—Sólo hago todo lo que está en mi mano para atrapar a los delincuentes —dijo, mientras se preguntaba si no habría birlado esa frase de alguna película mala.
Luego sucedió algo inaudito después del ambiente que se había mascado en los últimos minutos: el tipo de Anticorrupción le hizo un saludo con la cabeza, le dirigió una breve sonrisa y cerró su carpeta.
—Yo también he escuchado la grabación D24. Creo que no necesitamos arrestar a la agente.
—Estabas persiguiendo al Toyota —le cortó Alan Destry, rojo como un tomate.
Parecía uno de los viejos discos de vinilo de su padre. Atrapado en un surco.
—Sí —dijo ella—, hasta que la persecución fue abandonada formalmente, cuando aminoré la marcha y me limité a conducir en la misma dirección que el Toyota. La cinta demostrará eso.
En todo caso, échele la culpa al conductor del Toyota. No me culpe a mí.
—Lo haríamos si lo pudiéramos encontrar —dijo el tipo de Anticorrupción.
—¿Huellas, señor?
—En abundancia, pero no están archivadas en ninguna parte.
¿Por qué no podía Alan Destry haberle dicho eso? Meditó sobre el asunto, casi olvidándose de que era una testigo en vez de una detective.
—Lamentablemente no pude verle bien la cara —le dijo al hombre de Anticorrupción—. Sin embargo, la sargento Ellen Destry y el detective Scobie Sutton han estado trabajando en una serie de robos de casas en la Península y...
—Bien, gracias, eso va a ser todo —dijo Alan Destry.
Algunas piezas estaban encajando en la cabeza de Scobie Sutton: el equipo informático de primera de Andy Asche, su trabajo con el consejo del condado, el aplomo de Natalie Cobb y, finalmente, su desaparición, después del accidente. Tras comunicarle a Ellen que estaba haciendo un seguimiento de los robos, y en particular del robo del portátil de Challis, condujo hasta el piso de Andy Asche a última hora de la tarde y golpeó la puerta con fuerza. No respondió nadie. Empezó a registrar el contenedor de basura de Asche y se llevó un par de botellas y latas y un trozo de envoltorio de celofán.
Mientras tanto, Vyner estaba escribiendo unas frases en su diario: «He vuelto a nacer inmerso en una luz blanca y una alegría perfecta. Estoy preparado para el momento de la Gran Catástrofe».
Después de seguir al taxi que había recogido a Tessa Kane en su casa esa mañana, estaba ahora aparcado en un lugar desde donde podía ver las oficinas de edición del Progress de Waterloo. Vaya ciudad de caballos. Sí, claro, había coches y edificios y farolas, pero podía sentir el campo abierto detrás. Un poco más de eso y podría sufrir un mono terrible por falta de entorno urbano.
Se revolvió en el asiento para ponerse cómodo. Esta vez estaba en un monovolumen Camry robado. El Camry era perfecto para ese sitio, el aparcamiento del Pizza Hut. Nadie iba a cuestionar su derecho de estar allí, y lo que es más, nadie se iba a fijar.
Se metió el cuaderno en el bolsillo, deseando que la tipa Kane se diera prisa y acabara de trabajar. La había observado salir andando con un hombre mayor esa mañana, la había seguido hasta la comisaría, que ya era el colmo, y luego también cuando regresó, sola en esta ocasión. Normalmente le hubiera gustado seguirla unos pocos días más, hacerse una idea de sus movimientos, pero la orden era muy clara: «Acaba con ella, ya».