Capítulo 36

 

«V

aya putada —pensó Andy—, lo de quedarnos empantanados esta mañana.»

Con el agravante de que podía haberlo evitado si hubiera intuido antes que el día se les iba a torcer. En primer lugar, Nat no tenía la cabeza en su sitio. Había llegado puntual gracias a un raro impulso de eficacia por parte de su madre y estaba incluso vestida con el uniforme del colegio y llevando una tartera para la comida, pero había aparecido colocada.

Y luego, cuando era importante cumplir bien el horario y ser eficientes, no había sido precisamente una gran ayuda.

Andy tenía un remolque especial para los robos en la Península, arrastrado cada vez por un utilitario o una furgoneta, robados en cada ocasión para un trabajo determinado. «Segadoras Andy» igual que «Segadoras Jim», esa franquicia que aparecía en todos los lados últimamente. Bordes altos de malla de acero con los mangos de los rastrillos, palas, tijeras de podar y cortacéspedes sobresaliendo. Y unas cuantas cajas de aluminio cerradas en el fondo del tráiler, que cualquiera pensaría que contenían secadoras, cabezas de aspersores, mangueras enrolladas, pesticidas, bolsas de fertilizantes. No se les ocurriría, en cambio, que había televisiones portátiles, DVD, abrigos de cuero, joyeros, colecciones de CD.

Con todo ese peso dentro, tenía que haberlo pensado dos veces antes de dejar conducir a Natalie, especialmente si tenía en cuenta todo lo que había estado lloviendo durante los últimos días. Y antes de que pudiera pararla, había cruzado el césped para salir y empantanado la furgoneta.

Luego, hubo un momento muy tenso cuando un chico que repartía octavillas en un inmenso cuatro por cuatro se había parado en la puerta principal para meter una octavilla en el buzón y se había dado cuenta del apuro en el que estaban.

—¿Necesitáis que os eche una mano para poder salir?

—Sí, gracias —había dicho Andy, mientras charlaba nerviosamente sobre el poco trabajo que había en invierno para un jardinero y el cuidado que había que tener en esas casas de campo, ya iba tres veces que se había atascado en los últimos meses, teniendo que volver al día siguiente para hacer lo correcto y parchear el césped de los dueños.

—Qué me vas a contar —le dijo el chico mientras le daba una octavilla y anudaba una cuerda en el parachoques de la furgoneta robada de Andy. Andy echó un vistazo a la octavilla mientras el chico lo arrastraba fuera del barro. «Desagües La Granja de Dave», con un móvil al final.

—Gracias, Dave.

—No tiene importancia —dijo Dave, y se marchó, olvidándose de Andy y de Natalie con un poco de suerte.

Después de eso, Andy se hizo cargo de la situación, repescando la octavilla del buzón que había fuera de la puerta y luego sacando las copias de todos los buzones que había en esa calle y finalmente conduciendo hasta su casa. Con la «ayuda» de Natalie mudó todos los objetos robados a la parte trasera de la furgoneta, desenganchó y guardó el remolque. Luego hizo lo que siempre solía hacer con los ordenadores portátiles: transfirió el contenido a su PC de 120 gigas de disco duro. Ya examinaría los archivos más tarde. Te encontrabas todo tipo de cosas: pornografía, datos de cuentas bancarias, documentos reveladores. Nunca se sabía cuándo podían llegar a ser útiles.

Y ahora ya era media tarde y estaban dirigiéndose a las casas de empeño de la ciudad. Nat estaba aburrida e inquieta, así que la dejó jugar con el ordenador robado. A ella siempre le daba un subidón cotillear los aspectos íntimos de algún extraño.

—Aburrido —dijo, mientras sus estilizados dedos apretaban las teclas y movían el ratón—. Espera un momento ¿Qué?

—Qué perversión la nuestra —dijo ella.

—¿Cuál?

Natalie se quedó silenciosa, sus dedos estaban muy atareados.

—Creo —dijo ella con una voz alegre, astuta y cantarina— que le hemos dado el palo a un poli esta mañana.

—¡Joder!

—Un caso en el que está trabajando.

Natalie siguió examinando el contenido del portátil.

—Caray, fotos guarras.

Andy era de la opinión de que un poli tenía tanto derecho a visitar páginas porno como cualquiera.

—¿Y?

—No es lo que tú piensas. Parecen más bien pruebas.

—Pruebas. Mierda, Nat. Esto no me gusta nada.

Andy se puso muy tenso de repente. Si le habían dado el palo a un poli y poseían pruebas relacionadas con un caso, estaban fritos. Quería poner una distancia razonable entre la furgoneta y la Península, y deprisa. Estaban en la calle Stumpy Gully acercándose a la calle Eramosa que los bajaría a la autopista. Podrían estar fuera del distrito y bastante cerca de la subida a la ciudad en menos de treinta minutos. Pero ¿debían conservar los objetos? Giró en la calle Eramosa y bajó en dirección a los Coolstores.

Aminoró la marcha para dejar paso a un tractor con un remolque lleno de heno. No podía pasar, había demasiados coches que venían en dirección opuesta.

—Nat, no me gusta. Tirémoslo todo. Presiento que trae mala suerte.

Lo miró llena de esa clase de empatía que producen las drogas, alargó la mano y le acarició entre las piernas.

—Pobre tesoro —dijo ella.

—Hay un basurero en los Coolstores.

Ella se encogió de hombros.

—Lo que tú digas, me da igual —dijo con su voz risueña mientras la droga cantaba todavía en su interior.

De manera que Andy se metió en el aparcamiento y un minuto después había un absurdo y pequeño descapotable aparcando al lado de ellos con un policía diciendo:

—Un momento, señor.