Capítulo 27
C
hallis había rellenado unos impresos solicitando la ayuda de la policía y el servicio de prisiones de Nueva Gales del Sur después de la sesión informativa de la mañana, pero cuando llegó la hora de la comida y seguía sin respuesta, se hizo con un sándwich en la cantina y comprobó su buzón. La circular que estaba encima decía: «Cuando tanto las circunstancias como el protocolo lo permitan, la policía de Victoria y el personal civil deberán utilizar las dos caras de una hoja de papel en lugar de dos hojas». Estuvo a punto de convertirlo en una bola y tirarlo a la papelera, pero la otra cara de la circular estaba en blanco, así que hizo lo correcto y se la llevó arriba con él para usarla como borrador de notas.
Luego llamaron del taller de Waterloo para decirle que el coche que le prestaban estaba listo. Se embutió en el abrigo y abandonó la comisaría por la puerta de atrás para evitar a los periodistas que estaban acampados delante de la puerta principal. El taller de Waterloo estaba hasta arriba de coches que necesitaban ser revisados, reparados o recogidos por sus dueños. Localizó a toda prisa su coche prestado, un Toyota medio oxidado con ruedas de magnesio, un volante de peluche y las palabras «Waterloo Motors» pegadas por todos lados. Recogió las llaves y lo condujo de vuelta a la comisaría, soportando estoicamente las burlas de varios agentes fanáticos de los coches.
A media tarde había entrado alguna información preliminar de Nueva Gales del Sur. Los visitantes de Blight en la cárcel eran sus padres, su mujer, sus hermanos, y dos hombres que habían conducido vehículos para él. Sólo había compartido la celda en una ocasión con un hombre que seguía encarcelado. Desde entonces tenía una celda propia en un bloque separado.
¿Cuál era el siguiente paso? ¿Volar a Sídney e interrogar a cada uno de los visitantes de Blight, a cada presidiario de esa cárcel? Una absoluta pérdida de tiempo y, además, Challis tampoco se imaginaba a McQuarrie aprobando ese presupuesto.
Entretanto, él seguía sin descartar que Janine McQuarrie fuera la víctima elegida —o no del todo por lo menos— pero fue incitado a cerrar ciertas vías de investigación relacionadas con su caso gracias a una furibunda llamada de Robert McQuarrie.
—¿Cuándo me va a entregar la policía el cadáver de mi esposa?
—Supongo que mañana o pasado mañana —dijo Challis mientras hacía una nota para que no se le olvidase comprobarlo con el patólogo.
—También están el coche y los teléfonos móviles. Supongo que ya habrán acabado de investigarlos.
Un pequeño escalofrío recorrió la piel de Challis. ¿A qué venía tanta prisa? ¿Qué importancia tenían esas posesiones comparadas con el bienestar de su hija?
—Estas cosas llevan su tiempo en una investigación criminal, señor —dijo.
McQuarrie no añadió nada, pero Challis podía percibir la impaciencia y la irritación del hombre.
—¿Ha dicho teléfonos? Tenía entendido que sólo había un teléfono —dijo mientras buscaba el inventario de la escena del crimen entre las carpetas de la mesa de su despacho.
—Dos teléfonos: uno que utiliza, utilizaba, de manos libres en el coche y el que se llevaba con ella a todas partes.
Challis encontró el inventario. Había listado sólo un móvil, prendido en la visera del coche. Supuso que ése era el teléfono que había usado Georgia para llamar al 000. ¿Había utilizado el segundo teléfono en su lugar? Y de ser así, ¿dónde estaba?
—Estará todavía en el almacén de objetos —dijo con seguridad—. Daré orden de que se lo devuelvan a primera hora de la mañana. Lo siento.
—Sólo espero que las manos largas no hayan estado muy ocupadas, señor Challis.
«Que te jodan», pensó Challis ferozmente. E hizo de inmediato dos llamadas telefónicas. Con la primera averiguó que habían analizado las huellas del coche de Janine, pero que ninguna se correspondía con las que había almacenadas en el programa informático nacional. Luego llamó a un número de la sede regional de Frankston y el superintendente McQuarrie lo cogió al primer ring y dijo con irritación:
—Estoy saliendo para una reunión.
—Lo siento, señor. Sólo una pregunta muy rápida. Cuando se llevó a Georgia a casa desde la escena del crimen, ¿tenía un teléfono móvil con ella?
—No que yo recuerde.
—Según su hijo, Janine tenía dos teléfonos y nosotros sólo hemos recuperado uno.
—No te preocupes —dijo McQuarrie—. He visto los registros telefónicos de su oficina, casa y móvil, y no hay nada en ninguno de ellos de lo que tengamos que preocuparnos. Nada raro, sólo llamadas de negocios y llamadas al móvil de mi hijo y a números del trabajo. Voy a mandártelos por fax si todavía no los tienes, aunque debo decir que quedaría muy decepcionado si fuera así, Hal. En una investigación criminal los registros telefónicos son algo básico.
En realidad, Challis había solicitado ya los registros telefónicos de Janine, salvo los de ese segundo móvil cuya existencia desconocía. Le entraron ganas de coger el coche y plantarse en Frankston y abofetear a su jefe en la cara, preguntándole al hombre si se consideraba a sí mismo o no un policía de verdad o incluso sólo un policía o incluso un hombre normal decente y con sentido común.
Se obligó a sí mismo a mantener la calma pero su cabeza se había disparado. McQuarrie no habría perdido un minuto en conseguir esos registros telefónicos y como era un superintendente tenía el triple de recursos que un humilde inspector. Pero ¿a qué estaba jugando? ¿Estaba intentando enterrar pruebas que podían dañar la reputación de su hijo o su propia reputación? ¿Y si hubiera descubierto que Janine había estado llamando veinte veces al día a personajes del crimen organizado o a chicos de alquiler? ¿Les habría contado eso a los oficiales que estaban a cargo de la investigación?
«¿Será él —pensó Challis — nuestro asesino?»—Señor, necesitamos ese segundo teléfono.
—¿Por qué? Tengo el registro de todas las llamadas que ella hizo. Y son todas inocentes.
—Necesito ver el banco de mensajes —insistió Challis con paciencia—, los números listados en la memoria y la lista de llamadas para poder comprobar las llamadas más recientes y las llamadas perdidas.
—Bueno, pues yo no tengo ese maldito chisme —dijo McQuarrie con muy mal humor—, y Georgia no lo tenía. Estoy seguro de eso. Quizá se lo diera a Robert.
—Fue Robert el que me advirtió de su existencia —dijo Challis, intentando insinuar que él pensaba que McQuarrie debía haber hecho lo mismo.
—Pues ahí lo tienes. Lo debieron de recoger en la escena del crimen y ha sido robado o se ha perdido desde entonces. Los oficiales de Rosebud fueron los primeros en llegar. ¿Se lo has preguntado a ellos?
«Vete a la mierda», pensó Challis. Y volvió a comprobar el registro que tenía de las llamadas efectuadas desde el teléfono del coche de Janine McQuarrie. No había registrada ninguna llamada a la policía en la mañana de su asesinato, así que Georgia debió de utilizar un teléfono distinto. Luego se pasó una hora estéril localizando y llamando a los de la UIC y a los policías uniformados de Rosebud. No sabían nada de un teléfono móvil encontrado con o cerca del cadáver.
Finalmente habló con Georgia.
—Utilicé el móvil de mamá —le dijo.
—¿No el que usa en su coche?
La voz de Georgia se volvió débil, incluso asustada:
—No, el que tenía en el bolso. Se supone que no debo hacerlo, pero lo cogí cuando el hombre empezó a perseguirla. Perdón.
—No hay nada que perdonar —dijo Challis suavemente—, ¿Recuerdas lo que hiciste con él después?
Oyó un grito entrecortado y él se la imaginó tapándose la boca aceleradamente con la mano.
—Lo dejé en el suelo.
—¿Dónde?
—En los árboles donde me escondí.
Challis pensó en todas las cosas que habían podido dañar el teléfono desde el asesinato: la lluvia, el rocío, el viento helado, ratas hambrientas, urracas curiosas. En ese momento empezó a sonar la máquina de fax: McQuarrie le estaba enviando, como había prometido, los registros telefónicos de Janine. Challis agarró las hojas y ahí estaba la llamada de Georgia al 000. Apuntó el número del móvil extraviado y luego condujo hasta la casa de la señora Humphreys bajo la luz mortecina del atardecer. El equipo especialista en escenas del crimen lo había recogido todo y se había marchado, así que bajó sin obstáculos por el camino de entrada. Tras comprobar el nivel de cobertura de su propio teléfono, marcó el número de Janine. Unos segundos después y muy en sordina, lo oyó sonar. Una voz que lo invitaba a dejar un mensaje lo interrumpió antes de que pudiera comprobar desde dónde sonaba.
Se acercó a la hilera de chopos, que estaban desnudos y asfixiados por los pitosporos. Estos últimos, supuso, le hubieran proporcionado un grado razonable de protección a Georgia. Apretó «rellamada» y esta vez encontró el teléfono, muy protegido dentro de una bolsa de vinilo y enterrado debajo de una maraña de hierbajos y hojas caídas. Abrió el cierre de velero y dejó que el teléfono se deslizara en la palma de su mano. Era un chisme sofisticado de aspecto muy caro y no tenía ni idea de cómo manejarlo.
Se encontró con Ellen Destry en el aparcamiento de la policía sacando carpetas del asiento trasero de su Falcon de la UIC.
—Nuestro apreciado jefe vuelve —dijo, y giró la cabeza para mirar su coche prestado—. Vaya ruedas más chulas.
—Es una porquería.
Ella se rió y luego dijo con un leve tono de insinuación:
—Deduzco, entonces, que no necesitarás que te lleve a casa.
Challis contempló con ojo crítico el Toyota descuajeringado.
—Es un poco pronto para poderlo asegurar.
Subieron arriba a la UIC.
—¿Estás ocupada, Ells?
—Sabes de sobra que estoy muy ocupada. Más bien lo que quieres decir es: abandona todo inmediatamente y ayúdame con algo tremendamente aburrido.
—No hay nada como una listilla. Mira a ver si puedes arreglártelas para averiguar los números y los mensajes almacenados en este móvil.
—¿De quién es?
—De Janine McQuarrie.
—¿Y qué te hace pensar que yo soy más ducha que tú?
El estado de ánimo de ella era risueño y atractivo.
—Que tienes una hija adolescente —dijo él mientras blandía el móvil delante de sus narices—. Yo renuncio.
—No hay nada como un listillo —soltó Ellen cogiéndole el móvil. Lo giró, pulsó algunos botones y dio su diagnóstico—: Lo último de lo último, se puede usar para llamadas, SMS, correo electrónico, vídeo, fotografía...
Challis vio cómo apretaba más botones y observó el cambio en la expresión de su cara mientras decía:
—La vida secreta de Robert y de Janine McQuarrie.
En lugar de enseñarle la diminuta pantalla, conectó el teléfono con el puerto USB de su ordenador, descargó el contenido en su disco duro e hizo copias en CD.
—Aquí tienes —dijo mientras le daba uno de los CD.
—¿Y qué quieres que haga con esto?
—Vaya dinosaurio estás hecho. No tienes más que copiar el contenido en tu disco duro y luego imprimirlo.
Le mostró cómo debía hacerlo. Lo que vio arrojaba una luz completamente distinta sobre el asesinato de Janine: diez fotografías, de baja resolución, que mostraban a hombres y mujeres copulando; a las mujeres apenas se las distinguía, en cambio, cuatro de los hombres estaban lo suficientemente nítidos como para poder ser identificados. Dos de ellos tenían la cara congestionada y deformada por el esfuerzo, el otro hombre parecía no inmutarse y el cuarto, Robert McQuarrie, enseñaba los dientes en una especie de mueca extasiada.
—Oh, Dios —dijo Challis removiéndose en su silla. Eran un estímulo muy poderoso, las instantáneas, la inaudita eficiencia de Ellen y su proximidad física.
—Probablemente, Janine las descargó en el ordenador de su casa o de su oficina —supuso Ellen—, o se las envió a sí misma por correo electrónico.
Challis se encogió de hombros. La tecnología sobraba en esos momentos. Le dijo que estaba más interesado en averiguar lo que había impulsado a Janine McQuarrie a disparar esas fotos y qué es lo que había hecho con ellas y si habían contribuido o no a su asesinato.
Ellen lo acompañó en cada uno de sus pasos.
—¿Chantaje?
—Es posible. —Dio unos golpecitos a las fotos—. Pero ¿qué es lo que estamos mirando aquí?
Ellen resopló mientras nombraba y describía algunas partes del cuerpo.
—Muy graciosa —dijo él fingiendo severidad. De hecho, la atmósfera entre ellos era eléctrica y primaria.
Volvió a ponerse seria e hizo un esfuerzo.
—Poca iluminación —dijo ella.
—Sí.
—La casa de una urbanización.
—¿Así que no es un estudio fotográfico ni el plato de una película pornográfica?
Ella negó con la cabeza.
—Es la casa de alguien y nadie está haciendo una película ni posando para la cámara.
—Bien, pero ¿es la casa de una urbanización que también hace las veces de burdel?
—Los dos hemos trabajado en la brigada de vicios. Esto no es un burdel.
—¿Por qué no? —preguntó Challis, queriendo que Ellen lo razonase para él.
—El lenguaje corporal —dijo ella—. Estas personas no parecen ser un grupo de profesionales con sus clientes. Parecen estar todos muy conscientes de sí mismos. Mira ahí al fondo: la gente está alrededor mirando y eso parece un bol de condones y eso otro, un bote de lubricante. Los cuadros de la pared, las chucherías, los muebles, todo ello indica que es una casa normal.
—Pienso lo mismo.
—¿Crees que el súper sabía que Robert y Janine iban a orgías?
Challis se encogió de hombros.
—Eso podría explicar el porqué ha actuado de forma tan obtusa e intervencionista.
Hubo una pausa.
—Hal —dijo Ellen—. ¿Te imaginas que esté mirándote un montón de gente mientras te acuestas con alguien?
Challis no podía imaginarse a sí mismo en ningún tipo de situación gregaria.
—No.
—¿No te excita?
—No.
—¿Y sólo mirar?
—¿Sin que nadie me vea?
—No, junto con las otras personas de la habitación.
—No, aun así, me sentiría observado.
Ella pareció balancearse para acercarse más a él.
—Eso se aproxima mucho a lo que yo siento con todo este tema.
Y luego ella misma destruyó el momento.
—Sabes perfectamente lo que tenemos que hacer, ¿no?
Se volvió para mirarla.
—Hablar con Robert.
Ella movió la cabeza con determinación.
—Ir a hablar con Tessa Kane, y yo te acompaño.
—Esa no es una buena idea.
—¿No confías en ella?
Challis no lo hacía, o no del todo.
—Robert puede decirnos dónde pasó esto.
—Y Tessa Kane puede decirnos si se trata de la misma fiesta a la que asistió ella. Por supuesto que no le enseñaremos la cara de nadie, sólo las fotos que identifican el lugar. Si reconoce el sitio, empezamos a escarbar, dejándole claro que la demandaremos por obstrucción a la justicia si escribe un artículo sobre las fotos o intenta contactar a alguien.
—No te gusta mucho ella, ¿verdad?
—No excesivamente.
Se quedaron mirándose.
—Si yo voy, se va a dar cuenta de que esto guarda relación con la investigación McQuarrie —dijo Challis.
—Entonces, deja que la interrogue yo. Diré que alguien encontró en Internet una foto de sí mismo y que estamos investigándolo.
Challis suspiró.
—De acuerdo.