Capítulo 25

 

A

l otro lado de la Península, John Tankard estaba diciendo: 

—Escucha, sobre lo que pasó ayer... No debí haberte tocado, perdona.

Pam Murphy, profundamente aburrida, contestó:

—Olvídalo.

Estaban dentro del pequeño Mazda, patrullando la zona que había entre Mount Martha y Rosebud. Era la «Semana Dos» de la campaña «Conduzca con Seguridad», y eso quería decir una eternidad. Pam había agotado ya todos los temas de conversación con Tankard, el coche deportivo de última generación tampoco era especialmente emocionante a la hora de conducirlo, y los automovilistas prudentes y corteses eran muy escasos y muy espaciados. Le hubiera gustado infinitamente más andar por ahí atrapando malos. Entretanto, después del incidente de la víspera, tenía que ponerse en alerta roja por si a Tank le daba por magrearla de nuevo o, peor todavía, quería un abrazo cariñoso en señal de perdón. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Podría confiar en él en caso de que se encontraran a un malo de verdad? Lo miró por el rabillo del ojo mientras él retorcía su corpulento tronco y rollizas piernas para acomodarse en el asiento del copiloto. Era demasiado corpulento para un coche tan pequeño, y esa mañana todavía más porque tenía agujetas y rigidez en los músculos tras su entrenamiento futbolístico.

No zanjaba el tema:

—Se me fue la olla. De verdad que lo siento.

—¿Tank? Cierra la boca —soltó ella con un gruñido.

—Sólo quería decir...

—Pues no lo digas.

Afortunadamente, unos instantes después pasaron por delante de unas obras, un complejo urbanístico frente al mar, donde un puñado de hombres formaba un piquete contra los esquiroles. Tankard pareció sacudirse su apatía y empezaron a aflorar retazos de su antigua intolerancia, cuando, removiéndose en su estrechísimo asiento, dijo:

—Mira a esos gilipollas.

Pam no pudo por menos que reírse. Tanto su empleo y estatus como su origen eran de clase trabajadora pura y dura y, sin embargo, él siempre votaba a la coalición conservadora, aprobando su severidad tanto en los temas jurídicos como en los de inmigración y terrorismo o cualquier otro tema que amenazara a la Australia blanca de clase media. Quizá el primer ministro, el fiscal general o el ministro de Inmigración representaran al padre estricto que nunca tuvo.

Su propia posición era más complicada. Su padre, al igual que sus hermanos, era profesor de universidad, intelectual, lo que significaba que las conversaciones en la comida de Navidad de la familia de Pam eran ingeniosas, elípticas, cultas y de amplio espectro, dejándola a ella en la cuneta. Ella era la pequeña de la casa, muy buena para los deportes, con aprobados raspados en los exámenes y se había alistado en la policía, de manera que...

—Haz los deberes de matemáticas —murmuró ella ahora, dejando la autopista para adentrarse en Rosebud.

—¿Qué?

—Nada. —No tenía ninguna intención de explicarle a John Tankard el amor lejano y condescendiente que su padre y sus hermanos le profesaban.

Transcurrieron dos horas de tedio. Decidieron cruzar al otro lado de la Península donde estaba Waterloo, pero en la avenida Dunns Creek se encontraron a un Falcon blanco circulando pesadamente a 80 cuando era una zona de 100. La sinuosa carretera le daba a Pam muy pocas oportunidades de adelantarlo y soltó una palabrota.

—Deberían quitar puntos por conducir lentamente —dijo ella.

Tankard, manteniendo aparentemente su humor festivo, soltó:

—Hagas lo que hagas, ponte bragas.

Lo dejó pasar. La palabra «bragas» siempre había disparado la imaginación del antiguo John Tankard, así que no quería arriesgarse más de la cuenta.

—Anota la matrícula.

—¿Por qué? No está cometiendo ninguna falta de tráfico.

—Olvídalo —dijo Pam, y siguió al Falcon durante toda la trayectoria hasta Waterloo, decidiendo cuando llegaron que el conductor se había ganado una bolsa de premio.

Tankard estuvo de acuerdo, colocó el faro portátil en el capó e hizo sonar la sirena.

—Mira que eres bobo —dijo Pam, mientras intentaba silenciarla a toda prisa.

Vyner, al ver a policías uniformados en el pequeño Mazda deportivo que iba detrás, se concentró mentalmente en el último par de horas preguntándose dónde y cuándo se había equivocado.

No había registrado nada en su radar personal cuando había abandonado su piso para dirigirse a su cita con la señora Plowman. Vivía en una urbanización de yuppies solteros en Southbank, y, aunque estuviera rodeado de estudiantes asiáticos y mujeres con vaqueros tan bajos por delante que podías verles la línea de vello, el lugar era anónimo y estaba cerca de todo. Cada vez que dejaba la ciudad, se sentía fuera de su elemento. Por eso contrató la víspera a Gent. Pero ya había aprendido la lección, no iba a cometer ese error de nuevo.

Nadie lo había seguido desde casa de la señora Plowman, o cuando fue o volvió del aeropuerto, o cuando bajó a la Península a la puta casa del puto Gent en Dromana. Nadie lo vio cuando entró por la puerta trasera, mató a ese capullo y lo metió luego en el maletero del coche. Entonces, ¿por qué lo perseguían los maderos? Y ¿por qué coño estaban conduciendo un coche deportivo? Y ¿por qué coño llevaban uniforme si querían pasar desapercibidos?

Había estado dudando entre deshacerse del cadáver primero o montar unas pistas falsas. Eligió esto último y quizá ésa fuera su equivocación. Se había pasado treinta minutos cruciales en la casa de Gent, arrojando el ordenador del muy cretino en el maletero junto con el cuerpo, vaciando la nevera y dejando la puerta abierta; llenando una bolsa de basura con comida que se podía poner mala y tirándola a un contenedor de la calle; haciendo una maleta, como si Gent fuera a ausentarse durante un mes; cerrando las persianas y las cortinas y apagando los pilotos del horno y de la calefacción, abandonando finalmente la ratonera de Gent y rellenando un impreso de solicitud para que le guardaran las cartas en la oficina de correos local.

Luego se deshizo de la pistola. Dos excelentes Browning automáticas. En dos días. Enterró la que había empleado el día anterior con la mujer en un bloque de cemento húmedo, marcando la punta del bloque cuando estaba seco, y desmontó en cambio la que usó con Gent —echando mano convenientemente de su entrenamiento en la Marina— aserrando las piezas y arrojando los trozos junto con el ordenador y la maleta de Gent en contenedores de obras a lo largo de un área que iba desde Rosebud a Mount Martha.

Y ahora tocaba deshacerse del cadáver y estaba dirigiéndose al nordeste cruzando la Península hasta Waterloo, respetando todas las señales y límites de velocidad, y de repente tenía a unos maderos detrás. La carretera de Dunns Creek iba serpenteando alrededor de un bonito barranco antes de volverse recta y recorrer una elevada cadena de montañas llena de granjas de caballos e invernaderos situados detrás de avenidas bordeadas por inmensos pinos viejos. Había más tráfico del que esperaba, en Penzance Beach Road y de nuevo en Waterloo Road, había tenido que ceder el paso al tráfico del cruce, pararse ante un koala perplejo e intentar no llevarse por delante un autobús de la comunidad lleno de ancianos pensionistas.

El pequeño MX5 iba detrás suyo todo el rato.

Y cuando llegó a Myers Reserve, densamente poblado de pitosporos, helechos y eucaliptus moribundos, el Mazda seguía ahí, así que empezó a bajar en dirección a Waterloo. Paró en el ceda el paso de Coolan Road, aminoró la marcha a 70, y luego a 60 al pasar por el siguiente pueblo, puso el intermitente a la izquierda en el cruce en forma de T, hizo todo lo correcto que había que hacer, y el Mazda se quedó tras él, sin variar nunca la velocidad ni la posición relativa y eso, junto con las gorras de visera que llevaban el conductor y el pasajero, hizo que Vyner empezara a cavilar muy en serio.

De manera que paró el Falcon robado en la calle principal de Waterloo y salió del coche, procurando que su lenguaje corporal dijera «chico inocente y apañado comprando un paquete de clavos y una lata de pintura». Pero entonces se puso a sonar la sirena y el Mazda ronroneó al lado suyo, con los polis saliendo de dentro, un maromo y una mujer, vestidos como si pertenecieran a un comando del SWAT, con botas, chaquetas de cuero con cinturón y gorras de visera.

—Perdone, señor.

Vyner se quedó congelado con los ojos fuera de las órbitas. Qué espanto de lugar. Salón de tatuajes al otro lado de la calle; MacDonald’s en un lateral del aparcamiento; vías de tren en el otro. Y más arriba, una rotonda y la comisaría de Waterloo. Dijo inocentemente:

—¿Iba demasiado rápido?

La mujer movió la cabeza.

—Todo lo contrario, en realidad. Soy la agente de primera Murphy y éste es el agente Tankard.

«Tankard»,[3] pensó Vyner. El hombre tenía la figura de un tonel, redondo y rechoncho.

—No pudimos por menos que darnos cuenta, señor.

«¿Darse cuenta de qué? ¿De que tengo un cadáver y una pala en el maletero de mi coche?»

Murphy abrió su cuaderno.

—Se topó con límites de velocidad que variaban constantemente en los últimos kilómetros y los respetó todos. Respetó también las señales de stop y los ceda el paso, fue cortés con los otros automovilistas y tomó decisiones prudentes cuando tuvo que enfrentarse con obstáculos inesperados como el de ese koala que intentaba cruzar la carretera.

Vyner movió la cabeza. Estaba esperando el «Sin embargo...».

—En nombre de la policía de Victoria y de la DGT, nos gustaría recompensarlo —dijo la mujer.

Vyner tuvo ganas de reírse a carcajadas. Les regaló una sonrisa franca y abierta.

—Bueno, pues muchas gracias.

La poli se metió dentro del Mazda y volvió a salir con una bolsa de plástico muy abultada.

—En señal de nuestro reconocimiento, señor.

Vyner ojeó el contenido.

—Fantástico. Muchas gracias.

Durante unos instantes se lo creyó de verdad. Siempre había conducido con prudencia. Nunca le habían puesto una multa y ahora estaba siendo recompensado.

—De nada, señor. Que tenga un buen día —murmuró el maromo Tankard.

Vaya muermo de tío. ¿Quién dijo que los gordos eran alegres?

Vyner se metió en Mitre 10 y compró hojas de sierra para reemplazar las que había roto o desafilado mientras aserraba la Browning.

De nuevo en el aparcamiento vio que el Mazda se había esfumado. Respetó todos los límites de velocidad y reglas de tráfico desde Waterloo hasta Myers Reserve, donde cometió varias fechorías empezando por romper el candado de la verja en la que ponía: «Aparcamiento exclusivo para vehículos de Victoria».