Capítulo 22
U
na hora más tarde, Ellen ocupó su sitio a la mesa de la sala de incidencias y contempló a Challis mientras éste se ponía de pie y anunciaba:
—Antes de venir al trabajo esta mañana, me visitaron dos oficiales del Witsec.
Witsec era el programa de protección de testigos federal. Ella observó cómo Scobie Sutton y los otros aguzaban el oído muy intrigados. Intentó imitar sus expresiones, divertida por el hecho de que Challis no dijera que ella había estado con él, pero comprendiendo al mismo tiempo su punto de vista: las lenguas se desatarían.
—El año pasado —prosiguió— le otorgaron protección y más tarde una nueva identidad a esta mujer, Christina Traynor.
Dio unos golpecitos a una fotografía pinchada en la pizarra que tenía detrás.
—Christina Traynor resulta también ser la ahijada de la señora Humphreys, que vive en el 283 de Lofty Ridge Road, donde asesinaron a Janine McQuarrie. De hecho estuvo visitando a la señora Humphreys durante tres semanas en abril.
Se oyó una exclamación por toda la sala.
—Así que hemos vuelto al punto de partida —dijo uno de los detectives prestados de Mornington.
—¿Dónde está ahora Traynor? —preguntó Scobie.
—En Londres, según la señora Humphreys. Se tuvo que ir a toda prisa, por lo visto.
Todo el mundo miró otra vez la foto de la pizarra. La imagen de Christina Traynor que los agentes del Witsec les habían entregado mostraba sólo un parecido lejano con Janine McQuarrie. Las dos mujeres tenían el pelo claro cortado a la altura de los hombros, pero el de Christina era rizado y abundante, mientras que el de Janine era liso, fino y brillante. La figura de Christina era corpulenta; la de Janine, delgada. La cara de Christina era vivaracha y risueña; la de Janine, cerrada, casi recelosa.
—No se parecen mucho —dijo Challis, como si estuviera leyendo sus pensamientos — , pero lo suficiente si actúas en base a una descripción. Lo que probablemente le cuadró al asesino es que él esperaba ver a Traynor, así que asumió que cualquiera que se le pareciese era ella.
—Pero se plantó allí con dos meses de retraso —dijo Scobie—. Eso es estirar un poco el tiempo, jefe.
Challis se encogió de hombros.
—Hay que recordar que estamos hablando del programa de protección de testigos federal, así que nuestro hombre fue bastante eficiente al localizar a Traynor tan lejos. Y en cuanto a la razón por la que alguien quisiera matarla —prosiguió—, por lo visto se codeó con la gente equivocada y luego la delató, por lo que necesitaba protección y una nueva identidad.
—Debe de ser alguien importante si los agentes del Witsec aparecen sin avisar.
—Lo es, o lo era. —Challis echó un vistazo a sus notas y después las parafraseó—: Christina Traynor se crio en Melbourne y se trasladó a Sídney con sus padres cuando tenía dieciséis años. Estudió Derecho en la Universidad de Sídney. Sus padres viven ahora en Gold Coast. Entretanto, a Cristina le iba muy bien, trabajaba de pasante en un bufete que se ocupaba de muchos casos criminales, era dueña de un piso y de un coche, no bebía ni se drogaba, y tampoco tenía deudas, sólo un par de multas por exceso de velocidad. Pero entonces se lió con Avery Blight.
Blight [2] de nombre y de naturaleza. Ellen ya había escuchado todo esto antes en la cocina de Challis así que se entretuvo mirándolos a todos. Y vio cómo caían en la cuenta por la expresión de sus caras. Avery Blight tenía su base en Sídney, pero las fuerzas policiales de cada estado —y de Nueva Zelanda— sabían quién era. Blight estaba especializado en robos a mano armada, y con violencia, a bancos y a furgonetas de nóminas, y estaba implicado en dos asesinatos, incluyendo el de un policía de tráfico en la autopista entre Sídney y Newcastle.
—Blight está casado —dijo Challis—, pero pasaba mucho tiempo en el piso de Christina, que utilizaba como una especie de cuartel general cada vez que tenía un trabajo: planificación, encuentros con otros delincuentes, almacenaje de armas, e incluso utilizaba las dos plazas que Christina tenía asignadas en el aparcamiento para esconder los coches robados con los que escapaban. A Blight normalmente no se le escapa una, pero se volvió vanidoso, asumiendo que Christina estaba colgada por él y que, por lo tanto, nunca iba a delatarle.
Ellen sabía que no era nada inhabitual que jóvenes abogadas se enamoraran de criminales guapos. Miró a su alrededor y vio una expresión agria reflejada en todas las caras: los abogados eran, a menudo, el enemigo y las acciones de Christina Traynor confirmaban viejos prejuicios.
—Luego, Blight fue demasiado lejos —continuó Challis —. Mataron a tiros a un guardia de seguridad cuando estaban robando una furgoneta de nóminas. Según Christina, fue Blight el que lo hizo, mofándose y pavoneándose luego a costa del incidente. De manera que ella avisó a la policía y él fue arrestado.
—Pero ya era demasiado tarde para el pobre vigilante de seguridad —murmuró el detective de Mornington.
—A Christina la colocaron en protección de testigos de inmediato —prosiguió Challis—, y se mudó a una casa de Melbourne donde tenía guardas armados las veinticuatro horas del día. A Blight lo juzgaron y condenaron, casi gracias a su testimonio, y, una vez que fue encarcelado, a ella se le asignó una nueva identidad y se trasladó a un lugar secreto. Luego, en abril, vino a visitar a su madrina y más tarde voló a Londres.
Se quedó mirándolos.
—Ni siquiera sus padres sabían dónde estaba. Ella los llamaba de vez en cuando y sonaba desesperada, en palabras de su madre, pero no pensaban que nada fuera mal hasta que hace poco la notaron especialmente nerviosa.
Ellen pensó que sería mejor decir algo:
—¿Así que Christina se enteró de que Blight iba a por ella?
—Eso parece. Ha huido presa del pánico.
—¿Y cómo es que los del Witsec no la vigilaron mejor?
—Una vez condenado Blight y con Christina poseyendo una nueva identidad, bajaron por completo la guardia. La contactaban regularmente y le dieron números para llamar en caso de emergencia, pero no había una vigilancia propiamente dicha.
Todas las cabezas de la sala empezaron a moverse. Christina Traynor había cometido una inmensa tontería al liarse con un criminal como Blight, pero luego hizo lo correcto y ahora tenía que pasarse el resto de su vida vigilando la retaguardia por encima de su hombro.
—Si el Witsec le había dado ya el carpetazo —dijo Scobie—, ¿por qué andan husmeando por aquí?
Challis se encogió de hombros.
—Supongo que no quieren perder a una testigo, aunque sea, en realidad, una ex testigo. Quizá pensaran también que Blight tenía policías en su nómina dispuestos a hacer el trabajo sucio por él en el exterior. Y también reconocieron que había muchas meteduras de pata que querían enmendar. La fecha de nacimiento del pasaporte nuevo de Christina no se corresponde con la de su carné de conducir, por ejemplo, lo que significa que tuvo problemas a la hora de presentar sus documentos para identificarse en los bancos y en otros organismos. Se quejó en numerosas ocasiones, pero no se hizo nada.
Ellen se removió en su asiento:
—No necesita su carné de conducir para volar fuera del país.
—Han dado ya la voz de alerta para buscarla.
—¿Nos sería útil hablar con Blight?
Challis la miró con aire cansado y sardónico.
—Asumiendo que el súper nos diera permiso y asignara fondos que cubrieran el coste del viaje a Sídney, es obvio que Blight lo iba a negar todo. —Movió la cabeza—. Por ahora vamos a mantener la investigación local, y vamos a mantener también la mente muy abierta. Para empezar, si Janine era la víctima que buscaban, necesitamos saber con quién había quedado.
Scobie Sutton dudaba.
—Si a mí me gustara hacer apuestas —anunció—, apostaría mi dinero por Christina Traynor, y eso significa que necesitamos averiguar todo lo que podamos sobre Blight: a quién ha podido contactar en el exterior, quién lo visitó en prisión, con quién ha compartido celda, cualquier cosa en ese sentido.
—Sí, guay —dijo Ellen, dándose cuenta demasiado tarde de que estaba imitando la expresión favorita de su hija—, la policía y el servicio de prisiones de Nueva Gales del Sur van a dejar todo de lado para ayudarnos.
Challis sonrió.
—En un mundo ideal.
Ella le devolvió la sonrisa.
—¿Qué es lo que hay que hacer ahora? —preguntó Scobie.
—Ellen y yo vamos a visitar a la señora Humphreys. Vosotros seguid rastreando todo lo que concierne a Janine McQuarrie. Scobie, me gustaría que hablases con la mujer del súper si puedes.