Capítulo 9
S
cobie conducía con las manos apoyadas en el salpicadero y el pie en un pedal de freno fantasma. Ellen iba muy tensa a su lado, en el asiento del copiloto. La manera de conducir de Sutton estaba plagada de empellones, giros de cabeza y gesticulación de manos, aderezados por ocasionales sorbos a una botella de agua mineral. Y mientras hacía todas esas cosas, no paraba de hablar.
—¿Conoces a la familia Cobb? —preguntó Scobie—. ¿De una de las barriadas?
—Uno de los niños llevó una planta de marihuana al colegio para jugar al juego de la verdad —dijo Ellen con el poco aliento que le quedaba.
—Correcto.
—¿Y qué les pasa?
—Mi mujer suele tratarlos mucho.
Ellen sabía que Scobie iba a llegar tarde o temprano al meollo de la cuestión. Había coincidido con Beth Sutton en algunas ocasiones, en picnics de la policía o en fiestas navideñas. Era una buena mujer, anodina y religiosa, que trabajaba en el área de salud de la comunidad, y cuyo trabajo consistía en ayudar a los más desfavorecidos de la Península. No había nada de malo en eso, salvo que la gente que se dedicaba a las buenas obras desprendía a menudo un tufillo de piedad y satisfacción que a veces irritaba a Ellen. Esperó y luego dijo: «¿De verdad»?, para que Scobie siguiera hablando.
—Cuando he estado en el juzgado esta mañana, me he ido un poco de la lengua y he contado que estaba casado con Beth. Ahora, Natalie va a desconfiar de ella.
—Scobie, el desconfiar de la policía es algo innato para la gente de esas barriadas.
—Ya lo sé, pero no tendría que ser así. Beth mantiene su trabajo completamente separado del mío.
Se hizo un silencio. La carretera se había ensanchado y allanado, y Ellen se relajó un poquito. Su mente empezó a divagar. Había una posibilidad de que uno de los clientes de Janine McQuarrie fuera el asesino, pero el lograr acceder a sus archivos iba a ser un dolor de cabeza. Al mismo tiempo, todas las circunstancias del asesinato indicaban un cierto grado de planificación y de profesionalidad, como si los asesinos hubieran sido contratados.
Las finanzas de la mujer tendrían que ser examinadas al dedillo. «¿Al final se reducía todo a dinero?», se preguntó Ellen, pensando en los fútiles desvaríos económicos de su propio marido. Estaban con el agua al cuello, a pesar de sumar dos salarios —uno de sus coches era digno de un desguace y el alquiler del piso de su hija y las facturas de la universidad los tenían asfixiados—, pero el resentimiento de Alan a veces discurría por extraños vericuetos. Sin ir más lejos, la noche anterior, había dicho con una mirada oblicua:
—¿No crees que es interesante que quienes se ocupan siempre de cargos de robo o corrupción sean los policías sin uniforme?
Policías sin uniforme como ella misma, quería decir.
—¿Adonde quieres llegar?
—Pues que arruinan la reputación de los policías honestos.
Refiriéndose a los hombres como él, claro. Cuando sólo en contadísimas ocasiones el Departamento Anticorrupción de la policía había tenido que investigar a los que trabajan en las secciones de Tráfico e Investigación de Accidentes.
Alan estaba lleno de resentimientos ocultos. Lo más probable es que estuviera deprimido. Pero lo que Ellen temía ante todo era que la descubriera. Alguna que otra vez, a lo largo de los años, ella se había embolsado dinero en las escenas de los crímenes, 50 dólares aquí, 500 dólares allá. Probablemente no habría superado los 2.000 dólares en total, durante un período de diez años, e incluso había metido un botín de 500 dólares en un buzón para pobres de la iglesia. Pero la patología estaba dentro de ella y eso la asustaba. Todo había empezado años atrás, con los chicles de la tienda del barrio, cuando tenía ocho años, y, aunque ahora más o menos había parado, el impulso seguía ahí. Quizá tendría que acudir a un psicólogo. Quizá tendría que pedirle una cita a Dominic O’Brien.
Dios mío, ¿qué pensaría Challis de ella si lo averiguase alguna vez? Se puso mala sólo de pensarlo, y las palmas de las manos se le humedecieron. Empezó a secárselas en los muslos, dejando que Scobie Sutton deambulara por todo el ancho de la carretera mientras hablaba y hablaba.
Cuando llegaron, vieron que Challis se había traído a dos detectives de Mornington y, con su ayuda, había transformado la sala de juntas del primer piso en un taller de incidencias: ordenadores extra, teléfonos, aparatos de fax, pizarras blancas, fotocopiadoras, escáneres y una televisión. Pero lo más importante, desde el punto de vista de Ellen, era que también había preparado café y colocado una bandeja de galletas en el centro de la mesa de conferencias. Bebió y mordisqueó, mientras él les presentaba a los detectives de Mornington y hacía una somera descripción del caso, leyéndolo en su portátil.
Finalmente se volvió hacia ella.
—¿Ellen?
Se sacudió las migas de galletas de sus solapas e hizo un resumen de los resultados de las entrevistas del Gabinete de Psicología Bayside.
—Necesitamos comprobar esos archivos —dijo Challis—. Mientras tanto he buscado al marido a través de Google. Es alguien muy conocido en el mundo de las finanzas y muy duro de pelar. Uno de sus fuertes es despedir a gente y reducir las plantillas, así que lo más seguro es que no le falten enemigos. Cuando Ellen y yo acabemos de hablar con su hija, iremos a la ciudad para ver de qué pie cojea.
Scobie Sutton se había zampado ya las galletas y estaba pelando y partiendo meticulosamente una manzana.
—¿La hija nos servirá como testigo, jefe?
Challis se encogió de hombros.
—No lo sabremos hasta que no hablemos con ella, aunque sí que les dijo a los primeros agentes que aparecieron en la escena del crimen que los asesinos habían llegado en un coche viejo con una puerta amarilla. Ésa será tu misión —le dijo a uno de los detectives de Mornington—. He tramitado ya una solicitud para obtener una lista de coches robados, abandonados o quemados, así que vete poniéndola al día, y comprueba, asimismo, con los de Tráfico las multas por exceso de velocidad, en fin, lo habitual.
—Señor.
—El coche podía ser de fuera —dijo Scobie—, o quizá eran lo suficientemente tontos como para utilizar su propio coche.
—O Georgia se equivocó de medio a medio con el coche. De todas formas les pasaremos los detalles a los periodistas — dijo Challis —. Alguien podría reconocerlo por la descripción.
Todos adoptaron un aire escéptico. Coches con puertas, cubiertas de maleteros, capós o salpicaderos postizos, eran moneda corriente en un país donde los pobres cada vez eran más pobres.
Challis miró al otro detective de Mornington.
—Vuelve a Lofty Ridge Road y habla con cualquier vecino que no estuviera en su casa esta mañana. Averigua quién entrega el correo, los periódicos o la compra, lo de siempre.
—De acuerdo, jefe.
—Scobie, quiero que compruebes los horarios de los vuelos de Robert McQuarrie, y que averigües lo que puedas sobre la señora Humphreys y quienquiera que haya vivido también en esa dirección. Y ve a interrogarla cuando se recupere de su operación de cadera. Tenemos que saber si conoce a Janine McQuarrie o si ella misma tiene enemigos.
—De acuerdo, jefe.
—Ellen, el superintendente nos está esperando.
—Vaya planazo —dijo Ellen, lamentándolo de inmediato, ya que lo más probable era que el comisario estuviera de duelo.