Capítulo 1

 

E

l sábado vio a Robert hacerlo con cuatro mujeres. Ella lo hizo con dos hombres. Y ahora era martes y estaba conduciendo por la autopista con su hija de siete años. Sexo con extraños un sábado por la noche, conduciendo con su hija en la furgoneta familiar un martes por la mañana. ¿Serían éstos los dos polos de su existencia? Ya no. Janine McQuarrie había tomado medidas al respecto.

—¿Estamos llegando? —preguntó Georgia con su voz chillona.

Otra constante en una vida repleta de ellas.

—Todavía no, cielo. Falta un poco.

Necesitaba concentrarse. El débil sol invernal proyectaba sombras que la confundían pero, sobre todo, necesitaba girar a la derecha varias veces al cabo de un momento. Un giro a la derecha desde la autopista, otro desde la autovía de Península y otro desde la carretera de la playa de Penzance, que la llevaría a un empinado y vertiginoso camino elevándose por encima del nivel del mar. Frenó al aproximarse a un cruce. El semáforo estaba en verde. Debería girar a la derecha ya, pero eso significaba atravesar el tráfico que venía de frente; todos esos coches que rodaban con indiferencia hacia ella, y ¿qué pasaría si algún maníaco no paraba antes de que ella acabara de dar la vuelta?

Intentó tragar saliva. Tenía la boca muy seca. Sonó un claxon. Siguió recto por el cruce sin girar.

Toda esa gente allí, el sábado pasado. Lo más juntos que pueden estar unos cuerpos entre sí. Y, sin embargo, Janine no había esperado, buscado o encontrado ninguna forma de unión. Sabía, por experiencias pasadas, que las otras parejas se buscarían entre ellas. Las mujeres cuidando de sus maridos, siempre con una sonrisa, un beso, una caricia amorosa o reconfortante, del tipo: «Sólo quería saber que estabas bien». Y los maridos comprobando qué tal les iba a sus mujeres, susurrando: «¿Estás bien? Te quiero». Incluso demorándose para hacer el amor con ellas antes de marcharse a otra zona de juegos. Pero ese no era el estilo de Robert. Él ni siquiera se molestaba en decir «disfruta», sino que se limitaba a perseguir a las solteras o a las casadas más jovencitas, con un destello rapaz en sus ojos. El sábado anterior no había sido una excepción. Y la mantuvo allí hasta las tres de la mañana, mucho después de que la mayoría de la gente se hubiera ido.

—¿Mamá?

—¿Qué?

—¿Puedo pedir una Cajita Feliz en la comida?

—Ya veremos.

Georgia empezó a cantar.

Su marido había tardado cerca de dos meses en romper sus defensas. Cuando le propuso por primera vez asistir a una de esas fiestas, a finales del año anterior, Janine pensó que estaba bromeando, pero pronto se dio cuenta de que no era una broma. Sintió una vaga desazón, más por la vulgaridad y el riesgo de sentirse vulnerable que implicaba, que por comprender que, probablemente, ya no la deseaba sexualmente.

—¿Por qué quieres acostarte con otras mujeres aparte de mí? —preguntó con cierto temblor en la voz.

—Pero tú también puedes acostarte con otros hombres —argumentó él con lógica—. Con todos los que quieras.

—¿Vas a convertirte en mi chulo, Robert?

—No, claro que no, pero puede servirnos de estímulo.

Debía admitir que entre ellos la cosa había pasado de sosa a inexistente. Y que así seguía. Al menos con Robert.

Durante tres meses le había dejado pensar que su solicitud y sus zalamerías la estaban engatusando.

—Conocerás a gente estupenda —dijo un día—. Muy abierta de miras.

Eso lo confirmaba: ya lo había experimentado. Hizo una pequeña pausa y dijo en un tono muy bajito:

—¿Me estás diciendo que ya has estado en una de esas fiestas?

—Sí —dijo, intentando no sonar avergonzado ni evasivo, sino abierto, sincero, un poco provocador y valiente. Janine sintió una oleada de ira, pero la mantuvo a raya. Era tan plausible, tan pequeño. Simulando una mezcla de timidez y celos preguntó:

—¿Así que dejan entrar a hombres solos?

—En algunas fiestas sí —dijo —. Es más caro, y te expulsan enseguida si eres un guarro.

Robert no era un guarro, al menos en apariencia. Si acaso, anodino. Sus valores, en cambio, sí que eran guarros.

—No tienes por qué sentirte amenazada ni celosa —añadió suavemente, mientras acariciaba su brazo, su cuello, sus pechos, y ella daba un respingo, dejando que su cuerpo la traicionara—. Crea un lazo muy profundo entre las parejas —prosiguió—. No es sólo físico, es también espiritual. Refuerza la confianza. Eso es muy importante.

Dale que te dale. Durante tres meses.

—No quiero acostarme con un fabricante de cazuelas —le espetó finalmente, sabiendo exactamente lo que tenía que decir.

Él negó con la cabeza, la estampa misma de un auténtico caballero:

—En teoría, puede ir toda clase de gente —dijo—. Pero me aseguraré de que vayamos sólo a las mejores fiestas.

«Sí, las que admiten a los ejecutivos fachas, hijos de superintendentes de policía», pensó ahora, en el siguiente cruce, mientras se le encogía el estómago. Finalmente se atrevió a girar a la derecha atravesando el tráfico. Casi inmediatamente, su coche estaba subiendo por una escarpada cuesta que llevaba de la costa hacia el interior y cruzando la Península por carreteras estrechas bordeadas de pinos y eucaliptos, sombríos, húmedos y empapados, a esa temprana hora de la mañana invernal.

Finalmente le hizo saber a Robert que había podido con ella. Y en febrero dejó que la llevara a sus banales orgías de urbanización. Acudió en parte porque sentía curiosidad, y en parte por tener algo que poder reprocharle. Las tres primeras veces insistió en que quería que fueran sólo de observadores. Con Robert muriéndose de ganas de participar, por supuesto.

Durante la cuarta fiesta bebió mucho, para dar la sensación de que necesitaba el valor que proporciona el alcohol. Sólo para comprobar más tarde con irritación que realmente lo necesitaba. «Muy bien, cariño», dijo Robert.

Ante su gran asombro, todo resultó ser bastante excitante. Una casa en Mornington con una gran profusión de falsos plátanos bordeando la calle y setos altos protegiéndola de paseantes o vecinos ruidosos. Robert se la señaló y aparcó después en la calle siguiente. «Lo que estamos haciendo no es ilegal —dijo—, pero tampoco es bueno llamar la atención.» Caminaron hacia la casa, vestidos como si fueran a una fiesta normal, y alguien los recibió en el vestíbulo. Las diez de la noche, casi todo el mundo había llegado ya. Cerca de veinte parejas y una docena de mujeres solas. Janine reconoció a algunas personas de sus anteriores sesiones de observadora. Pulularon entre la gente, bebida en mano, hablando de fútbol, de la bolsa, de quién cuidaba a los niños esa noche: en el caso de Janine y Robert, Meg, la hermana de Janine.

Alrededor de las diez y media todo el mundo se había relajado. Se quitaron las chaquetas, bajaron las luces, empezaron a besarse, mientras una película pornográfica centelleaba desde una enorme pantalla de televisión en una esquina del salón.

Muy pronto, hombres y mujeres estaban en los «vestuarios»; colgando pantalones, vaqueros, vestidos y camisas. Y saliendo de ellos: los hombres en calzoncillos, las mujeres en combinaciones negras, transparentes, corpiños y bragas. Janine ya estaba acostumbrada a esto, después de sus tres visitas preparatorias. Tenías que «vestir informal» si querías observar.

Bebió otro vodka, después se quedó en bragas y se dirigió con los pechos al aire a uno de los dormitorios, una habitación amplia donde se habían juntado dos camas dobles. Sábanas de raso negro, velas colocadas hábilmente para lograr una luz sugestiva sin tropezarte con ellas, un cuenco lleno de condones y un dispensador de lubricante en la mesilla de noche. Dos parejas estaban practicando sexo, otras miraban desde las sombras, magreándose y aproximándose de vez en cuando para poder escudriñar todos esos coitos húmedos. Deslizándose grácilmente por entre la gente, ahora, después de los vodkas, Janine sintió cómo el deseo, caliente y asqueroso, la golpeaba en la boca del estómago. Se sentó en el extremo de una cama y tocó el pecho de una mujer, el pene de un hombre, diciendo: «¿Os importa?».

Era importante preguntar y no limitarse a irrumpir bruscamente. Sonrieron. No, no les importaba: «Apúntate, claro que sí».

No acababa de estar segura. La mayor parte de ella quería pero otra parte suya no quería. Quizá si se tumbara en la cama... el tiempo pasaba. La gente se paraba a mirar, se dirigía a otras zonas de juego o se unía a ellos. «¿Te gusta esto?», preguntaban, o: «¿Te gusta esto otro?». «¿Aquí o allí?» «¿Qué es lo que quieres que haga?» «¿Te importa si hago esto?» «¿Qué es lo que te excita?» Hacia la medianoche, esa primera vez, Janine se había acostado con tres hombres.

Ése había sido su despertar —aunque no en la forma que pretendía Robert— ya que, unas semanas atrás, había encontrado amor y deseo en los brazos de un hombre que no formaba parte de esas reuniones.

Apartó ese recuerdo de su mente y se concentró en conducir, sintiéndose más segura ahora tras llegar a Penzance Beach Road. Estaba atravesando una región de carreteras en desuso y caminos de barro, entre bodegas, granjas de bayas, tiendas de artesanía y más coches de los que hubiera deseado. Una niebla densa se había cernido desde la zona de Westemport de la Península. Intentó dibujar el mapa mentalmente pero nunca había conducido por esa carretera. Robert era el conductor de la familia.

Robert y sus tonterías sobre una forma más elevada de libertad sexual. Desde el principio, Janine había sabido que Robert y los otros intentaban adornarlo todo para sentirse mejor con respecto a lo que realmente estaban haciendo. «La suspensión de los celos» lo llamaban. «Auténtica generosidad» y «La forma más elevada de libertad sexual». Janine, mirando un par de páginas web, había encontrado más de lo mismo: «Todo a la vez, diversión y erotismo», decía un sitio que colgaba anuncios personales para juntar parejas que estuvieran en esa sintonía.

El mismo tono permeaba las reglas. Por supuesto, no lo llamaban reglas, sino «etiqueta»: Dúchate antes de ir, practica sexo seguro; prohibido el sexo anal; respeta los deseos ajenos; no significa no; pregunta primero y elige el momento adecuado para ello; puedes mirar siempre que quieras pero, por favor, lleva atuendo erótico en las zonas de juego; por supuesto, puedes tomar una copa para relajarte, pero nadie quiere una pareja de cama borracha.

A pesar de las sandeces, había resultado excitante esa primera vez y lo había seguido siendo durante un tiempo. A veces, todos los elementos —los olores, los sonidos, las imágenes— conspiraban para que se sintiera realmente excitada. Pero nunca se sintió liberada, viva o dulcemente perversa, por citar algunas de las bobadas que los otros mencionaban de vez en cuando. Y nada había servido para mejorar su relación con Robert, aunque eso no fuera algo que ella deseara entonces y mucho menos ahora que tenía a un auténtico hombre, a un auténtico amor, en la trastienda. A Janine todo le parecía muy forzado y sentía desprecio. Todo el mundo tan amable, tan atento a la hora de asegurarse de que todos tuvieran la oportunidad de entrar en aquello, tocar lo otro, chupar esto, acariciar lo otro; haz esto, por favor; haz aquello otra vez, por favor. Su profesión era la de psicóloga pero no hacía falta tener un título universitario para darse cuenta de que todo el rollo de las fiestas sexuales satisfacía las necesidades de los hombres, que no las de las mujeres, y que era un síntoma de ansiedades muy básicas, como el aferrarse desesperadamente a la juventud, la búsqueda de la autoestima o el sentirse deseado.

Se trataba, sobre todo, de la necesidad de ser amado y eso era patético e ilusorio. Robert y sus compañeros necesitaban una buena dosis de realidad. Y los medios para lograrlo habían caído en el regazo de Janine. Hacía una semana exacta, el Progress de Waterloo había publicado un detallado artículo sobre ese tipo de orgías. Por lo visto, el articulista había asistido a una fiesta en algún lugar de la Península y lo había escrito con la bendición de los organizadores y de los participantes. Causó un gran revuelo entre los buenos y los decentes que secretamente deseaban algo de picante en sus vidas. No había fotos ni se utilizaban nombres reales, y eso le había dado una idea a Janine. El día anterior, Robert y cuatro amigotes habrían abierto su correo y habrían encontrado fotos de ellos en todo su esplendor, practicando sexo con mujeres que no eran sus esposas, delante de otras personas desnudas.

Le hubiera resultado imposible usar una cámara normal, ni siquiera una pequeña de espías. Pero un teléfono móvil con cámara y vídeo era otra historia. Podías tener un móvil a mano en esas fiestas, metido en tu toalla, tus bragas o tu corpiño, para el caso de que hubiera una llamada de emergencia de la canguro.

Unas cuantas instantáneas rápidas, unos pocos segundos de vídeo: médicos de familia, hombres de negocios, maestras, abogados y contables tirándose a extraños en algún sórdido dormitorio de las afueras. Incluso había varias instantáneas de Robert. Janine tembló de júbilo. ¿Qué pasaría si se las enseñara a su padre, el superintendente de policía, el custodio del orden?

No, quizá en otra ocasión.

Envío una foto a cada uno de los cuatro hombres cuyas caras eran lo suficientemente reconocibles como para poder ser identificados. Sin peticiones de dinero ni ninguna clase de nota. Quería infectar el mundo de las orgías con un cuadro agudo de ataque de nervios. Eso era todo. Sonrió ahora como un tiburón. «El miedo a encontrarse colgados en Internet no puede estar muy alejado de la superficie de sus pequeños cerebros», pensó.

Era obvio que el día anterior Robert había abierto su sobre en el trabajo. Se divirtió bastante cuando él llegó a casa y ella se le acercó, se frotó contra él, le acarició la polla y le dijo:

—¿Podemos ir a otra fiesta el próximo fin de semana? No puedo dejar de pensar en ello. Tenías razón, es muy liberador.

Él se apartó bruscamente de ella, con la boca contraída por el pánico y el asco:

—No creo que sea una buena idea —dijo con voz ahogada, antes de volverse muy desagradable y estar a un tris de golpearla. Ella siempre había sospechado que él tenía propensión a la violencia. Robert era el tipo de hombre que podía matar a su mujer y alegar en su defensa que ésta le había provocado. Y Janine sabía que había una enorme cantidad de hombres, jueces y abogados, que le dejarían salirse con la suya. Al final se acabó encerrando en su estudio toda la velada. Y a las seis de la mañana voló hacia Sídney.

En ese momento la voz de su hija interrumpió sus ensoñaciones:

—¿Puedo poner la calefacción?

—Por supuesto.

Hacía frío para estar a primeros de julio, lo que significaba un largo y miserable invierno, supuso Janine. Observó cómo Georgia ajustaba con mano de experta la calefacción del Volvo y los mandos de los ventiladores, con una intensa concentración dibujada en su rostro dulce enmarcado por una aureola de rizos rubios. «¿Cómo es posible que la fabricáramos entre Robert y yo?», se preguntó.

Siguieron conduciendo a través de la niebla y finalmente Georgia se sentó muy tiesa en el borde de su asiento con expresión alerta mientras preguntaba:

—Mamá, ¿falta mucho?

—No creo —dijo Janine con más seguridad en la voz de la que sentía realmente.

Estaban en una carretera empinada, con buzones para cartones de leche cada doscientos metros, señales de «Abono de caballo», árboles frondosos y helechos ocultando caminos que llevaban hacia casas y terrazas resguardadas por la colina.

—Creo que es ésta —prosiguió Janine, señalando unas columnas de ladrillo y una verja abierta de madera. Frenó con prudencia para no alarmar al conductor que iba detrás de ella. Puso el intermitente, se salió de la carretera y giró suavemente hacia un camino de gravilla que daba a un aparcamiento circular, detrás de una casa de tablones de madera.

—Mira, cielo —dijo señalando el horizonte. La niebla se había levantado por unos instantes ofreciendo una vista maravillosa del imponente valle, el mar, y Phillip Island un poco más lejos. Pero a Georgia no la engatusaba:

—Es siniestra —soltó, refiriéndose a la vieja y desvencijada casa—. ¿Tengo que esperar en el coche?

—Seguro que te dejan ver la tele o algo —dijo Janine.

Estaba comprobando la dirección en el callejero, que se caía a trozos, y se alegró cuando escuchó el sonido del coche que entró detrás de ella con un chirrido de ruedas.