WHISTLE STOP
(ALABAMA)
7 DE NOVIEMBRE DE 1967
Hank Roberts había cumplido apenas los veintisiete años y ya tenía una empresa constructora. Aquella mañana, él y su compañero Travis, que llevaba el pelo largo, habían empezado un nuevo encargo. La enorme y amarilla pala mecánica atronaba el vacío solar contiguo a la vieja casa de los Threadgoode, en la calle principal. Se disponían a levantar un anexo de ladrillo visto en la Iglesia Baptista.
Travis, que ya se había fumado dos porros aquella mañana, andaba por allí dándole a los desniveles con la puntera de la bota y murmurando para sí: «Jo, tú, qué mierda… Pero… ¡Qué coño…!».
Al poco, Hank paró para almorzar, y Travis le gritó desde lejos.
—¡Eh, tú, mira cuánta mierda hay aquí!
Hank se acercó a mirar la parte del solar que había estado removiendo. Estaba llena de cabezas de pescado, casi todo espinas y dientes, cráneos de cochinillos y huesos de pollo que habrían servido de cena a gente que seguro que ya habría pasado a mejor vida.
Hank era un chico de campo y acostumbrado a ver esas cosas, así que se limitó a mirar.
—Vaya, fíjate en eso —dijo no obstante.
Pero volvió sobre sus pasos a sentarse, abrió su fiambrera de aluminio, en la que llevaba el almuerzo, y empezó a comer uno de los cuatro sandwiches. Travis aún estaba impresionado por lo que acababan de descubrir, y siguió removiendo tierra, pisando huesos, cráneos y dientes.
—¡Cristo! —exclamó—; ¡debe de haber la tira! ¿Y qué hacen aquí?
—¡Y yo qué coño sé!
—Mierda, tío, ¿no irás a decirme que no es raro?
—¡No son más que cabezas de cerdo, leche! —exclamó Hank, con expresión de asco—. ¡No me vengas con cosas raras!
Travis le dio con la puntera a algo y se detuvo en seco.
—Eh, Hank —dijo, con una extraña voz, al cabo de unos instantes.
—¿Qué?
—¿Sabes de algún cerdo con un ojo de vidrio?
Hank se levantó y se acercó a mirar.
—Pues, ni idea, chico, ni idea —dijo.