EN LAS AFUERAS
DE ROANOKE
(VIRGINIA).
COCHE-CAMA N.° 16
23 DE DICIEMBRE DE 1958
Jasper Peavey iba tranquilamente sentado, durante la calma nocturna, mientras el tren se deslizaba por el nevado paisaje y la luna proyectaba su resplandor por la blanca campiña.
El frío era intenso al otro lado de la helada ventana, pero el vagón era acogedor y cálido. A aquella hora era cuando se sentía más a gusto y a sus anchas, sin tener que estar sonriendo continuamente como durante el día…; allí, tan tranquilo.
Veía cambiar los semáforos a cada parada y, al amanecer, cómo iban encendiéndose, una a una, las luces de las pequeñas ciudades.
Le faltaba un mes para retirarse, con una buena pensión de la Southern Railroad. Jasper se había instalado en Birmingham un año después que su hermano Artis y, aunque eran gemelos y la legalidad vigente los clasificase como negros, habían tenido una vida muy distinta.
Jasper quería a su hermano, pero apenas le veía.
Artis se hizo en seguida con un sitio en la bulliciosa 4.a Avenida Norte, donde el jazz era de lo más ardiente y los dados no paraban ni de día ni de noche. Jasper había ido a vivir a una residencia cristiana, que estaba a cuatro manzanas de la Avenida, y fue a la Iglesia Baptista de la calle 16 el primer domingo que pasó en Birmingham. Allí fue donde Miss Blanch Maybury le echó el ojo y los tejos a aquel morenito pecoso. Blanch era hija única de Mr. Charles Maybury, respetado ciudadano, prestigioso educador y director del Instituto de Enseñanza Media para negros. A través de Blanch, Jasper fue automáticamente aceptado en la distinguida clase media-alta de los negros.
El matrimonio, que en cierto modo pudo disgustar al padre de Blanch por la escasa cultura de Jasper y por el poco lustre de su linaje, le satisfizo en cambio por el color de su piel y por su buena educación.
Jasper empezó a trabajar con ahínco después de casarse; y, mientras Artis gastaba todo su dinero en ropa y mujeres, Jasper se conformaba viviendo en los fríos barracones infestados de ratas en los que la empresa alojaba a los mozos cuando tenían que pernoctar fuera de la ciudad. Ahorró hasta que él y Blanch pudieron ir a la casa de pianos y comprarse uno al contado. Tener un piano en casa tenía su importancia. Le daba el diez por ciento de su sueldo a la Iglesia, y abrió una cuenta de ahorro en el Penny Saving Bank destinada a la educación de sus hijas. Jamás probó una gota de alcohol, ni pidió prestado un centavo, ni contrajo deuda alguna. Fue uno de los primeros negros de Birmingham en ir a vivir al barrio blanco de Enon Ridge, conocido después como Dynamite Hill. Cuando el Ku Klux Klan hizo saltar por los aires las casas de ladrillo visto de Jasper y otros vecinos, algunos optaron por marcharse, pero él se quedó. Había soportado muchos años de «eh, Sambo», «eh, chico», «eh, tú»; de vaciar escupideras, limpiar retretes, lustrar zapatos, y cargar con tantas maletas que ya no podía dormir del dolor en la espalda y en los hombros. Incluso había llorado de humillación al ver que, cuando le robaban a alguien en el tren, los inspectores-vigilantes de los Ferrocarriles registraban a los mozos de los coches-cama antes que a nadie.
Se había pasado la vida diciendo «sí, señor» y «sí, señora», sonriendo y yendo por una copa para algún viajante bocazas en plena noche; se había tenido que morder la lengua ante la arrogancia de las mujeres blancas y de los niños que se referían a él despectivamente. Había tenido que soportar que algunos conductores blancos lo tratasen como si fuera una mierda y que otros mozos le robasen las propinas. Había tenido que limpiar vómitos de extraños, y había pasado centenares de veces por Cullman County, bajo aquel letrero que decía: GUÁRDATE, NEGRO, DE ESTAR AQUÍ AL PONERSE EL SOL.
Había soportado todo eso. Pero…
La póliza que cubría los gastos para las honras fúnebres de su familia estaba más que pagada. Les había dado una carrera a sus hijas, y ninguna de ellas tendría que vivir nunca de propinas. Conseguir todo eso era lo que le había dado fuerzas para deslomarse trabajando durante todos aquellos años.
Eso y los trenes. Si su hermano Artis se había enamorado de una ciudad, Jasper se había enamorado de los trenes. Los trenes, con su brillante mobiliario de caoba y sus asientos tapizados de terciopelo rojo. Los poéticos nombres de los trenes… The Sunset Limited… The Royal Palm… The City of New Orleans… The Dixie Flyer… The Fire Fly… The Twilight Limited… The Palmetto… The Black Diamond… The Southern B'elle… The Silver Star…
Y aquella noche iba en el The Great Silver Comet, tan aerodinámico como un plateado avión… de Nueva Orleans a Nueva York, ida y vuelta; uno de los últimos grandes expresos que todavía quedaban en servicio. Había guardado luto por todos aquellos grandes trenes que, uno tras otro, habían sido retirados del servicio y dejados oxidar en alguna cochera, como los antiguos aristócratas, languideciendo; como reliquias de otros tiempos. Y aquella noche se sintió como uno de aquellos viejos trenes… anticuado… decadente… inútil… desechado.
Justo el día anterior, oyó de pasada que su nieto Mohammed Abdul Peavey le decía a su madre que no quería ir a ninguna parte con su abuelo, porque le ponía en evidencia con sus zalamerías con los blancos, y por su manera de comportarse en la iglesia, cantando todavía aquella ragtime gospel music propia de la negritud de otros tiempos.
Para Jasper estaba claro que su tiempo había pasado, igual que sus viejos amigos los trenes, oxidándose en las cocheras. Habría querido que las cosas hubiesen sido distintas. Había salido adelante de la única manera que sabía. Pero había salido adelante.