LA IGLESIA BAPTISTA

MARTIN LUTHER KING

MEMORIAL

1049,4.a AVENIDA NORTE,

BIRMINGHAM (ALABAMA)

21 DE SETIEMBRE DE 1986

Evelyn le había prometido a Mrs. Threadgoode que confiaría su desazón al Señor, y que le pediría al Señor que la ayudase a superar aquella mala racha. Desgraciadamente, Evelyn no sabía dónde estaba el Señor. Ni ella ni Ed habían pisado la iglesia desde que sus hijos eran pequeños, pero, aquel día, necesitaba desesperadamente ayuda, algo a lo que asirse. Así que se vistió y fue en el coche a la iglesia presbiteriana de la avenida Highland, que era a la que solían ir.

Al llegar, se pasó de largo sin saber por qué, y se encontró al otro lado de la ciudad, sentada en el parking de la Iglesia Baptista Martin Luther King Memorial —la iglesia más importante que tenían los negros en Birmingham—, preguntándose qué demonios estaba haciendo allí. Puede que hubiesen sido todos aquellos meses oyendo hablar de Sipsey y de Onzell. No sabía en realidad por qué.

Toda su vida se había considerado una persona liberal. Nunca había utilizado la palabra nigger, con la que despectivamente se referían a los negros. Pero su contacto con los negros había sido el mismo que el de la mayoría de los blancos de clase media antes de los 60: el que pudiera derivarse de tener una criada negra o de conocer a las criadas negras de los amigos.

Cuando era pequeña, iba a veces con su padre a acompañar con el coche a su criada a la parte sur de la ciudad, que es donde ella vivía. Estaba a sólo diez minutos, pero a ella le parecía como si fuese otro país: la música, la indumentaria, las casas… todo era distinto.

El Domingo de Resurrección iban a la parte sur de la ciudad a ver los vestidos nuevos que se ponían ese día: rosas, púrpuras y amarillos, con emplumados sombreros haciendo juego.

Por supuesto, todo el servicio que ayudaba en las casas era femenino. Y, en cuanto veía rondar un negro por las inmediaciones, su madre se ponía histérica y le gritaba que corriese a ponerse una bata, diciéndole: «¡He visto a un negro por aquí!». Y, pese a todo el tiempo transcurrido, Evelyn se sentía incómoda si había negros alrededor.

Por lo demás, la actitud de sus padres hacia los negros había sido como la de la mayoría de la gente de por entonces: en general, consideraban a los negros como gente divertida, sorprendente y algo infantil que había que proteger. Todo el mundo tenía siempre a punto alguna anécdota sobre lo que decía o hacía su criada; y todos meneaban la cabeza divertidos al comentar la gran cantidad de hijos que seguían teniendo. La mayoría les daba ropa usada y sobrantes de comida para su casa, y les ayudaban si tenían algún problema. Pero, al hacerse Evelyn un poco mayor, ya no volvió a ir a la parte sur de la ciudad, ni volvió a pensar en los negros, demasiado ocupada con su propia vida.

Así las cosas, al empezar los problemas en los años 60, tanto ella como la mayoría de los blancos de Birmingham se vieron sorprendidos por los acontecimientos. Y todos coincidían en lo mismo: «No son nuestros negros» los que provocan los disturbios. Lo achacaban a agitadores externos enviados desde el norte.

También solían dar por sentado que sus negros «eran felices tal como estaban». Años después, Evelyn se decía en qué habría estado pensando ella para no percatarse de lo que estaba sucediendo justo al otro lado de la ciudad.

Al ser Birmingham tan duramente atacada por la prensa y por la televisión, la gente se sintió confusa e irritada. Del sinfín de aspectos positivos que habían presidido el trato entre ambas razas, nada decían.

Pero veinticinco años después, Birmingham tendría un alcalde negro y, en 1975, Birmingham, otrora conocida como La Ciudad del Odio y el Miedo, fue calificada de Ciudad de Todos los Americanos por la revista Look. Que se habían tendido muchos puentes, decían; y que los negros que tiempo atrás se habían marchado al norte, habían vuelto a su lugar de origen; que todos habían andado mucho trecho para acortar las distancias.

Evelyn era consciente de ello pero, pese a todo, mientras estaba allí sentada en el parking, se quedó de piedra ante la gran cantidad de Cadillacs y Mercedes que salían y entraban en él. Naturalmente, había oído que en Birmingham había negros millonarios, pero nunca los había visto.

Mientras observaba cómo iban llegando los feligreses, la asaltó de pronto aquel antiguo temor a los nombres de color.

Echó una ojeada por el interior del coche para cerciorarse de que todas las puertas tenían puesto el seguro, e iba ya a arrancar para marcharse cuando un matrimonio y sus dos hijos pasaron junto al coche riendo entre sí. Aquello la hizo volver a la realidad y se calmó. Y, al cabo de unos minutos, se armó de valor y entró en la iglesia.

Pero incluso después de que el ujier, con el clavel en la solapa, le sonriese y le diese los buenos días, mostrándole el camino hacia un asiento libre pasillo adelante, aún estaba temblando. Le latía el corazón aceleradamente y sentía como si las piernas no la sostuviesen. Había pensado sentarse atrás, pero el ujier la había acomodado justo en el centro.

Al cabo de unos instantes, Evelyn empezó a sudar a mares y a quedarse sin aliento. No parecía atraer muchas miradas. Algunos niños ladearon la cabeza y la miraron. Ella les sonrió, pero ellos no le devolvieron la sonrisa. Ya había decidido marcharse cuando un hombre y una mujer se sentaron uno a cada lado de donde ella estaba. Así que ya estaba otra vez, atrapada en el medio, como siempre. Era la primera vez en su vida que se veía rodeada sólo por gente de color.

De pronto, se sintió muy poquita cosa, menos que la cola de un ratón, como una imagen sin color en un libro de cuentos para colorear, como una mustia flor en un jardín.

La joven esposa que se sentaba a su lado era despampanante, vestida de una manera que Evelyn sólo había visto en las revistas. Habría podido ser perfectamente una modelo de alta costura de Nueva York, con su vestido de seda cruda color gris perla, y zapatos y bolso de piel de serpiente. Al pasear la vista por la nave, Evelyn se percató de que nunca había visto tanta gente bien vestida en ninguna parte, en todos los años de su vida. Seguía inquieta por la presencia de los hombres —con unos pantalones demasiado ajustados—, así que se concentró en las mujeres.

Siempre las había admirado; había admirado su fortaleza y su compasión. Siempre le había maravillado que pudiesen querer y desvivirse por los niños blancos, y cuidar de ancianos y ancianas blancos con tanto mimo y dedicación; mucho mejor de lo que ella se creía capaz.

Se fijó en la manera que tenían de saludarse, en su maravillosa y total desinhibición; en la gracilidad de sus movimientos, incluso de las más gruesas. No habría querido tenérselas que ver con ninguna de ellas, desde luego, pero sí le hubiese encantado que alguien se hubiese atrevido a llamarlas vacas.

Cayó en la cuenta de que había visto a muchas negras en toda su vida sin fijarse realmente en ellas. Allí había mujeres realmente guapas, estilizadas morenitas con pómulos como reinas egipcias; y las más robustas tenían un aspecto magnífico, con un pecho opulento.

Y pensar que había tantos que, antiguamente, querían parecer blancos; debían de desternillarse en la tumba ante todos esos cantantes blancos, tan del gusto de la clase media, empeñados en cantar como los negros; y ante tanta chica blanca con trenzas y peinados a lo «afro». Se habían vuelto las tornas…

Evelyn empezó a relajarse y a sentirse un poco más cómoda. No sabía por qué, pero había imaginado el interior de aquella iglesia muy distinto. Al mirar en derredor, Evelyn se dijo que habría podido ser cualquiera de las docenas de iglesias de Birmingham a las que iban los blancos. Y entonces, de pronto, sonó el órgano y los 250 miembros del coro, con túnicas de vivos colores, rojo y marrón, se levantaron y empezaron a cantar con una fuerza e intensidad que la dejó casi sin aliento:

Oh happy day

Oh happy day

When Jesús washed my sins away

He taught me how to sing andpray

And Uve rejoicing every day

Oh happy day

Oh happy day

When Jesús washed my sins away

Oh happy, happy day

Después volvieron todos a sentarse y el reverendo Portor, un hombre alto y fornido con un vozarrón que atronaba en la iglesia, se levantó de su silla y empezó su sermón, titulado La dicha de amar a Dios. Y lo dijo con total convicción. Evelyn sintió como si aquellas palabras impregnasen toda la iglesia. El reverendo acompañaba su sermón moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, con exclamaciones o risas de felicidad. Y sus feligreses lo secundaban acompañados al órgano.

Evelyn se dijo que había estado en un error: no es que aquella iglesia fuese como cualquier iglesia frecuentada por blancos; es que no tenía nada que ver con los secos y desangelados sermones a los que estaba acostumbrada.

El entusiasmo que ponía el reverendo al hablar del Señor era contagioso y prendía como una llama por toda la nave. Les decía, les aseguraba, con patente y poderosa autoridad, que su Dios no era un Dios vengativo, sino un Dios de amor… Y de bien… Y de perdón… Y de gozo. Y empezó a bailar y a sacar pecho y a cantar, conmovido como estaba, con el sudor humedeciéndole el rostro que, de vez en cuando, se enjugaba con un pañuelo blanco que llevaba en la mano derecha.

A cada frase que cantaba, toda la iglesia le contestaba:

—NO PODRÉIS SER DICHOSOS SI NO AMÁIS A VUESTROS SEMEJANTES…

Verdad es, Señor.

—AMAD A VUESTROS ENEMIGOS…

Les amaremos, Señor.

—OLVIDAD LOS VIEJOS AGRAVIOS…

Los olvidaremos, Señor.

—ALEJAD DE VOSOTROS AL VIEJO DEMONIO DE LA ENVIDIA…

Lo alejaremos, Señor.

—¿ACASO NO NOS PERDONÓ EL SEÑOR?

Sí, nos perdonó.

—¿Y NO VAMOS A PERDONAR NOSOTROS?

—Perdonaremos, Señor.

—ERRAR ES HUMANO… PERDONAR, DIVINO…

Así es, Señor.

—NO HABRÁ RESURRECCIÓN PARA LOS CUERPOS CORROÍDOS POR LOS GUSANOS DEL PECADO…

No la habrá, Señor.

—PERO DIOS PUEDE REFORMARNOS…

Verdad es, Señor.

—DIOS ES BUENO.

Nuestro Señor bondadoso.

—¡QUÉ BONDADOSO ES NUESTRO DIOS!

Verdad es, Señor.

—JESÚS ES NUESTRO GRAN AMIGO.

Verdad es, Señor.

—POR MÁS QUE NOS BAUTICEN O NOS CIRCUNCIDEN, NADA SIGNIFICA SI NO SOMOS CIUDADANOS DE LA GLORIA…

Verdad es, Señor.

—¡GRACIAS, JESÚS! ¡GRACIAS, JESÚS! ¡NUESTRO BUEN DIOS TODOPODEROSO! ¡ALABAMOS TU NOMBRE ESTA MAÑANA Y TE DAMOS LAS GRACIAS,JESÚS! ¡ALELUYA! ¡ALELUYA,JESÚS!

Cuando el reverendo hubo terminado, toda la iglesia estalló en «¡aleluyas!» y «amenes», y el coro empezó de nuevo hasta que toda la iglesia vibró con él…

—LA BENDITA SANGRE DEL CORDERO… QUE REDIMIÓ NUESTROS PECADOS… DECIDME, OH, CRIATURAS DE DIOS…. ¿CONOCÉIS UN SACRIFICIO MAYOR?

Evelyn no había sido nunca una persona religiosa, pero, aquel día, se sintió como transportada desde su asiento, más allá de los temores que la lastraban y cohibían.

Sintió abrirse su corazón y llenarse del prodigio de estar viva y consciente de ello.

Se sintió flotar hacia el altar, donde un blanco Jesús, pálido y delgado, con una corona de espinas, la miraba desde el crucifijo diciendo: «Perdónalos, hija mía, porque no saben lo que hacen…».

Mrs. Threadgoode tenía razón. Había confiado su desazón al Señor, y Él la había aliviado.

Evelyn respiró profundamente y, con su aliento, despidió toda la carga de resentimiento y odio, y a la propia Towanda. ¡Al fin era libre! Y, en aquel mismo momento, perdonó al joven del supermercado, al médico de su madre, y a las chicas del parking… y se perdonó a sí misma. Era libre. Libre; igual que todas aquellas personas que estaban allí con ella y que, pese a haber sufrido tanto, no habían dejado que el odio y el temor aniquilasen su capacidad de amar.

El reverendo Portor pidió entonces que todos los feligreses allí presentes estrechasen la mano de quienes tuviesen a su lado. La hermosa joven que se sentaba junto a Evelyn se la estrechó y le dijo: «Que Dios la bendiga». Evelyn se la estrechó a su vez fuertemente y le dijo emocionada: «Gracias. Muchísimas gracias».

Al salir de la iglesia, volvió la cabeza mirando hacia la puerta a modo de despedida. Puede que hubiese entrado allí aquel día tratando de comprender cómo era ser negro. Y comprendió entonces que ni ella ni aquellos en cuya compañía acababa de estar, nunca comprenderían cómo era ser blanco. Sabía que nunca iba a volver allí. Aquel lugar era de ellos. Pero, por primera vez en su vida, había sentido alegría. Verdadera alegría. Era alegría lo que ella veía en los ojos de Mrs. Threadgoode, pero no había sabido reconocerla. Se dijo que acaso nunca volviese a sentirla. Pero, por lo menos, la había sentido una vez, y no olvidaría aquella sensación por más años que viviese. Habría sido maravilloso poderles decir a todos los que estaban en la iglesia cuánto había significado aquel día para ella También habría sido maravilloso que Evelyn hubiese sabido que la joven cuya mano estrechó era la hija mayor de Jasper Peavey, mozo de los coches-cama que, al igual que ella, había conseguido también superarse.

Tomates verdes fritos
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