10.a AVENIDA

CHICAGO (ILLINOIS)

20 DE NOVIEMBRE DE 1940

Llovía en Chicago, y Artis O. Peavey iba corriendo calle abajo. Se acercó a una puerta, bajo un letrero que decía MARISQUERÍA / ALMUERZOS. RACIÓN DE PESCADO FRITO: 35 CENTAVOS. Enfrente, en el RKO Alhambra, echaban Ante el delito y El imperio del rufián. Y como un fugitivo se sentía él, allí lejos de su casa, escondiéndose de una morenita llamada Electra Greene.

Se quedó allí, fumando un Chester y viendo pasar la vida, con sus palpitos. Que ya se lo decía su madre: que, siempre que estuviese con la moral por los suelos, el solo hecho de pensar en el dulce Jesús le levantaría el ánimo.

Pero no fue un pensamiento tal lo que le levantó el ánimo a Artis, sino la visión de unas bien torneadas caderas y de los carnosos labios de una negra preciosidad. Y no había sido sólo el ánimo lo que le levantaba una y otra vez, para mejor disfrute de la susodicha preciosidad. Su gran problema en la vida, en aquel momento, es que era un amante tan experto como imprudente.

Siempre había jugado a un peligroso juego con preciosas casaditas, porque para Artis no había barreras. Toda fémina era para él campo abonado y, a causa de esta falta de respeto a los derechos territoriales, había tenido que palparse el cuerpo en múltiples ocasiones, a ver si le habían roto algún hueso o lo habían rajado, comprobando que así había sido. Tras sorprenderlo con la mujer que no debía, en inoportuno momento, una broncínea marimacho le clavó un sacacorchos. Tuvo mucho más cuidado a partir de aquel desdichado incidente, a resultas del cual le quedó una hermosa cicatriz, por así decirlo, y una lógica reserva en cuanto a hacer bromas con ninguna mujer más corpulenta que él. Pero era un rompecorazones nato. Y ya les había dicho a demasiadas dónde podrían encontrarle a la noche siguiente; y eso era justo lo que estaban haciendo: buscarle…

Aquel canijo, tan negro que azuleaba, le había causado muchos problemas al sexo opuesto. Una chica se bebió una lata de cera líquida para el suelo y a continuación un vaso de lejía, tratando de alejarse del mismo mundo en el que él vivía. Pero como sobrevivió, y lo acusó de ser el culpable de que aquel combinado hubiese destrozado su salud de por vida, él empezó a no poder dormir tranquilamente por la noche, ya que, en varias ocasiones, ella le había atizado en la cabeza con un bolso lleno de piedras.

Pero con Electra Greene la cosa era más seria, pues no le perseguía con un bolso lleno de piedras, sino con un revólver del 38 que sabía manejar perfectamente. Electra no se había recatado en amenazas a sus partes viriles, decidida a acabar con ellas, al descubrir su infidelidad; y no una vez sino ocho para ser exactos, con una tal Miss Delilah Woods enemiga jurada de Electra, que había abandonado también la ciudad a toda prisa.

De ahí que, allí frente al referido establecimiento, Artis se sintiese tan mal como si se fuese a morir. Añoraba Birmingham y quería volver allí.

Todas las tardes, antes de que, también a toda prisa, tuviese que dejar Birmingham, subía con su Chevrolet de dos tonos y blancos neumáticos hasta lo alto de Red Mountain, y aparcaba allí a contemplar la puesta del sol. Desde allá arriba podía ver los altos hornos de las plantas siderúrgicas y las negras y anaranjadas fumarolas flotando rumbo a Tennessee. Nada le parecía más hermoso que contemplar la ciudad a aquella hora, cuando el cielo se cubría con el rojizo y violado resplandor de las factorías y las luces de neón empezaban a encenderse en toda la urbe, parpadeando y oscilando por las calles del centro y por el barrio de Slagtown.

Birmingham, la ciudad que durante la Gran Depresión había sido considerada como la más afectada… con una gente tan empobrecida que Artis llegó a conocer a un hombre que se ofrecía como diana para que le disparase el que quisiera, por dinero… y a una chica que estuvo tres días sin sacar los pies de un barreño con oxalme para intentar ganar un maratón de baile… La ciudad de los EE.UU. con más baja renta per cápita, pero también la ciudad más movidita del sur…

Birmingham, que había llegado a ser la ciudad con mayor índice de analfabetismo; la primera, con mucha diferencia, en incidencia de enfermedades venéreas de todos los EE.UU., se enorgullecía de ser también la de más nutrida asistencia a catequesis. Era una ciudad en la que, durante mucho tiempo, los camiones de las lavanderías circularon por las calles con un enorme letrero en la carrocería que decía SÓLO LAVAMOS PARA BLANCOS, y en la que los ciudadanos de color todavía tenían que sentarse en destartalados bancos de madera en tranvías reservados a la gente de color que, indefectiblemente, encontraba uno en los montacargas de todos los almacenes.

Birmingham era también la «Capital del Crimen» en el sur, y sólo en 1931 habían muerto allí asesinadas 131 personas.

Y, pese a todo ello, Artis adoraba Birmingham con desbordante pasión, a todos sus barrios por igual. Le gustaba Birmingham en los lluviosos y gélidos inviernos, cuando la roja arcilla, arrastrada por las laderas de las colinas, inundaba las calles; y le gustaba en verano, la verde exuberancia de la vegetación que tapizaba las lomas y los montes, y las enredaderas que trepaban por las frondas e incluso por los postes del teléfono, cuando el aire era húmedo y olía a gardenias y barbacoas.

Artis había viajado por todo el país, desde Chicago a Detroit, desde Savannah a Charleston y a Nueva York, pero nunca había dejado de acariciar la idea de volver a Birmingham. Si hay algo parecido a la dicha completa es, sin duda, saber dónde se quiere estar, y Artis se sintió completamente feliz en el mismo instante en que pisó Birmingham.

Así que, aquel día, decidió volver a lo que consideraba su hogar, porque estaba convencido de preferir la muerte antes que seguir lejos de allí. Añoraba Birmingham tanto como un hombre pueda añorar a una mujer.

Y en eso, precisamente, quería convertirse Miss Electra Greene, en su mujer… si antes no lo mandaba al otro barrio, dicho sea de paso.

Al pasar frente al bar Fife and Drum, oyó una canción que habían puesto en la sinfonola:

Allá en el profundo sur, en Birmingham

[en el estado de Alabama,

hay un viejo local donde se baila hasta la

[madrugada.

Y en coche o a pie llegan todos desde muy

[lejos

a bailar con los ritmos del sur hasta el alba.

Todos a cantar las mismas canciones.

Venid, venid, y dejad las preocupaciones.

Y allí me encontraréis, muy pronto en mi

[ciudad querida.

Allí me encontraréis, en el viejo local de la

[Avenida.

Tomates verdes fritos
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