RESIDENCIA
ROSE TERRACE
ANTIGUA AUTOPISTA MONTGOMERY,
BIRMINGHAM (ALABAMA)
11 DE ABRIL DE 1986
Evelyn Couch abrió la bolsita de palitos de zanahoria y apio que se había traído y le ofreció a su amiga. Mrs. Threadgoode dijo que no, pero siguió comiendo cacahuetes recubiertos de melcocha a la naranja.
—No, gracias, encanto, pero lo crudo no me sienta bien. ¿Y por qué comes eso crudo, digo yo?
—Es el régimen de los astronautas; bueno… parecido. Se puede comer de todo, siempre y cuando no contenga grasas ni azúcares.
—¿Es que quieres adelgazar otra vez?
—Sí, lo voy a intentar. Pero es difícil, estando ya tan gorda.
—Claro; tú haz lo que quieras, pero ya te he dicho que yo te veo estupendamente.
—Ay, Mrs. Threadgoode; porque es usted muy amable, pero ya casi no encuentro tallas de mi medida.
—Pues yo no te veo fachosa. Essie Rue… madre, ella sí que estaba fachosa. Pero es que era su naturaleza, tuvo tendencia a engordar desde niña. Me parece que llegó a pesar casi cien quilos.
—¿Tanto?
—Ya lo creo. Pero nunca dejó que eso la cohibiese. Vestía con mucho gusto, y siempre llevaba una flor en el pelo haciendo juego con algo. Todos decían que Essie Rue iba siempre como un maniquí, y tenía las manos y los pies muy menuditos. En Birmingham se hacían lenguas de lo menuditos que tenía los pies y, cuando la contrataron para tocar el potente Wurlitzer…
—¿El potente… quién?
—Wurlitzer… el órgano… Ay, mujer…, me haces decir unas cosas… Un órgano que llevaba siglos en el Alabama Theater. Decían que era el órgano más grande de todo el sur, y creo que era verdad. Íbamos en el tranvía a ver la película que echaban en el Alabama Theater. Yo iba siempre que echaban alguna de Ginger Rogers. Era mi actriz favorita. Esa chica es el mayor talento que ha pasado por Hollywood. No daría un paso por ver una película en la que ella no actúe… Lo hace todo: baila, canta, actúa… lo que quieras…
»Pero, a lo que iba: entre película y película se apagaban todas las lucecitas y oías la voz de un speaker que decía: "Y, ahora, el Alabama Theater se honra en presentar ante ustedes…". Siempre lo decía así: que "se honraba en presentar" a Miss Essie Rue Limeway, que tocaría el potente Wurlitzer. Entonces se oía una música de fondo y, de pronto, surgía de entre las tablas del escenario aquel enorme órgano y Essie Rue sentada al teclado, interpretando la melodía I'm in Love with the Man in the Moon. Todos los focos se concentraban en ella, y la música del órgano llenaba el teatro y hacía temblar las paredes. Entonces ella volvía la cabeza y sonreía; y nunca fallaba una nota. Luego interpretaba otra melodía. Rara vez dejaba de tocar las melodías más populares que cantaban a Alabama. ¡Y aquellos pies tan menuditos parecían volar como mariposas sobre los pedales! Llevaba unas tobilleras que le hicieron a medida en Loveman.
»Su complexión era gruesa, pero muchas partes de su cuerpo eran muy delicadas y ligeras. Todo el mundo tiene su atractivo. Y ella era consciente de ello y lo explotaba. Por eso me disgusta verte tan deprimida. El otro día le dije a Mrs. Otis: "Evelyn Couch tiene el cutis más bonito que he visto nunca"; y añadí: "Es como si su madre la hubiese tenido siempre entre algodones, pero de verdad".
—Ay, pero qué amable es usted, Mrs. Threadgoode.
—No digo nada que no sea cierto. No tienes ni una arruga. También le dije a Mrs. Otis que, en mi opinión, deberías hacerte vendedora de los cosméticos de Mary Kay. Con ese cutis y esa personalidad, apuesto lo que quieras a que podrías comprarte un Cadillac en un suspiro. Mi vecina, Mrs. Hartman, tiene una sobrina que los vende, y se hincha; tanto, que Mary Kay le ha regalado un Cadillac como gratificación. Y no es ni la mitad de bonita que tú.
—Es usted muy amable conmigo, Mrs. Threadgoode —dijo Evelyn—, pero soy demasiado vieja para empezar en nada. Quieren mujeres jóvenes.
—¡Pero, Evelyn! ¡Qué tonterías dices! Eres todavía una mujer joven. ¡A los cuarenta y ocho años se es casi una niña! ¡Te queda media vida por delante! A Mary Kay no le importa la edad que tengan. Aparte de que ella ya no es ninguna pollita. Así que, yo de ti, si tuviese tu cutis y tu edad, no dudaría en tratar de hacerme con ese Cadillac. Claro que tendría que sacarme el carné de conducir, pero lo intentaría pese a todo. Piensa sólo una cosa, Evelyn: si llegas a mis años, te quedan nada menos que treinta y ocho por vivir…
Evelyn se echó a reír.
—¿Y cómo se siente una con ochenta y seis años, Mrs. Threadgoode? —le preguntó.
—Pues, no muy distinta. Como te dije, es algo que se te viene encima. Eres joven y, de pronto, de un día para otro, se te caen los pechos y empiezas a enfajarte. Pero no se siente una vieja. Claro que me doy cuenta de ello al mirarme al espejo… y a veces, me aterro. Mi cuello parece el fruncido de un volante; tengo más arrugas que una pasa, y no hay nada que hacer. Y, no vayas a creer, que antes me ponía Avon antiarrugas. Pero el efecto me duraba una hora, así que dejé de engañarme. Ni siquiera me pongo ya crema limpiadora; sólo un poquito de colonia, y me perfilo las cejas, para que se note que tengo… Que ya las tengo blancas, encanto… Y manchas en la piel tengo para parar un tren —añadió mirándose las manos—. ¡Parece mentira lo que les gusta mi piel a estas condenadas! —exclamó riendo—. Incluso para hacerme una fotografía soy ya demasiado vieja. Francis quería hacernos una a mí y a Mrs. Otis, pero yo agaché la cabeza. Habría roto la cámara.
Evelyn le preguntó entonces si no se sentía alguna vez sola, allá en su casa.
—Pues sí, a veces sí. Hay que tener en cuenta que todos los míos se me han ido ya por delante… De vez en cuando, aparece alguien de la parroquia. Pero es sólo un hola y adiós. De ahí no pasa: hola y adiós.
»A veces miro la fotografía que tengo de Cleo y de Albert, cuando Albert era pequeño, y me pregunto en qué andarán por Allá… y sueño con los viejos tiempos —dijo sonriéndole a Evelyn—. De eso vivo ahora, encanto: de soñar, de soñar en lo que antes hacía».