TROUTVILLE

(ALABAMA)

8 DE ENERO DE 1938

Desde que Idgie puso la fotografía de la elefanta Miss Fancy en el café, la hija menor de Onzell y Big George, Pájaro Travieso, estaba fascinada. No hacía más que pedirle a su padre que la llevase a Avondale Park para ver a la elefanta. Y, aquel día, Pájaro Travieso no pensaba en otra cosa.

Llevaba enferma ya más de un mes. El doctor Hadley acababa de decirles que la neumonía se había agravado y que, si no podían hacerla comer, no pasaría de una semana.

Big George estaba sentado al borde de la cama con un cuenco de copos de avena sin tocar, rogándole a la niña que comiese.

—Por favor, ¿no vas a comer un poquitín por papá? Sólo un poquitín por papá, peque. ¿Qué quieres, nenita? ¿Quieres que te traiga un gatito?

Pájaro Travieso tenía seis años y sólo pesaba doce quilos; y estaba allí en la cama, decaída, con los ojos vidriosos y meneando la cabeza.

—¿Quieres que mamá te traiga unas galletas? —dijo Onzell—. ¿Unas galletas con miel, cariño?

—No, mami.

—Miss Ruth y Miss Idgie están aquí. Te han traído dulce de caramelo… ¿No vas a comer un poquito?

La pequeña volvió la cabeza hacia la pared, que estaba cubierta con fotografías de revistas y farfulló algo.

Onzell se inclinó hacia ella.

—¿Qué, pequeña? ¿Has dicho que sí quieres galletas?

—Quiero ver a Miss Fancy —dijo Pájaro Travieso, desmayadamente.

Onzell ladeó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Ve lo que decía, Miss Ruth? Se le ha metido en la cabeza que quiere ver a esa elefanta, y no hay nada que hacer. No comerá hasta que la vea.

Idgie y Big George salieron al porche y se sentaron en unas descoloridas sillas de tubo pintadas de verde. Él miraba hacia el patio.

—No puedo dejar que mi niña muera por no ver a la elefanta, Miss Idgie.

—Pero ya sabes, George, que no puedes ir a Avondale Park; justo la otra noche tuvieron allí una reunión los del Ku Klux Klan. En cuanto te viesen asomar por la entrada, te volarían la cabeza.

Big George reflexionó un instante.

—Pues van a tener que matarme, porque se trata de mi hija, y antes prefiero ir a la tumba que permitir que le pase nada.

Idgie comprendió que hablaba en serio.

Aquel gigantón de más de dos metros, que podía cargarse un cerdo a la espalda como si fuese un saco de patatas, tenía tal debilidad por la pequeña que salía de la casa, para no verlo, siempre que Onzell tenía que darle una azotaina a la niña. Y al regresar a casa por la noche, era Pájaro Travieso quien se daba una carrera, trepaba por él como si fuese un árbol y se le colgaba del cuello. La niña no tenía más que mover un dedo para llevarlo de retortero.

Aquel año, Big George había ido a Birmingham en el tranvía a comprarle un inmaculado vestido blanco para Pascua, con zapatos haciendo juego. El Domingo de Resurrección por la mañana, Onzell había conseguido que Pájaro Travieso se dejase peinar bien, recogiéndole el pelo en trencitas que le sujetó con una cinta blanca. Al verla Sipsey con aquel vestido tan blanco se había echado a reír diciendo que parecía una mosca en una lechera. Pero a Big George no le importaba que fuese negra como el carbón y tuviese el pelo ensortijado. La llevó a la iglesia y se la sentó en las rodillas como si fuese una princesa.

Así que, cuanto más se agravaba la enfermedad de Pájaro Travieso, más preocupada estaba Idgie por Big George y por lo que pudiese hacer.

Dos días después, el frío y la humedad eran muy intensos, tras un fuerte aguacero. Muñón iba de camino a casa desde el colegio, siguiendo la vía del tren, oliendo las densas humaredas de los húmedos troncos de pino que quemaban en las casas de por allí. Llevaba unos pantalones de pana y una chaqueta de piel ya algo raídos. Se le había metido el frío hasta en los huesos.

Al llegar a casa, fue a sentarse junto a la estufa de leña de la parte de atrás del café. Le ardían las orejas, pero empezaron a descongelarse mientras escuchaba a su madre.

—Pero, cariño, ¿por qué no te has puesto el gorro?

—Lo olvidé.

—No querrás caer enfermo, ¿verdad?

—No, mamá.

Muñón se alegró al ver entrar a Idgie, que fue al armario a coger su abrigo y le preguntó si quería ir con ellos en el coche a Birmingham, a Avondale Park, con ella y Smokey.

—¡Sí! —exclamó él dando un brinco.

—Entonces, vamos.

—Un momento —dijo Ruth—. ¿Tienes que hacer deberes?

—Pero pocos.

—¿Prometes hacerlos cuando vuelvas, si te dejo ir? —insistió Ruth.

—Sí, mamá.

—Porque vais a volver en seguida, ¿no, Idgie?

—Pues claro. Solamente voy a hablar con una persona.

—De acuerdo, entonces. Pero tú, Muñón, ponte el gorro.

—Adiós, mamá —dijo Muñón, corriendo hacia la puerta.

Ruth le dio a Idgie el gorro de Muñón.

—Procurad volver antes de que oscurezca —le dijo.

—Volveremos en seguida. No te preocupes.

Subieron todos al coche y enfilaron hacia Birmingham.

A medianoche, Ruth, que para entonces estaba ya fuera de sí, recibió una llamada telefónica de Smokey diciéndole que no se preocupase, que estaban bien. Y colgó antes de que Ruth pudiese preguntarle dónde estaban.

A las seis menos cuarto de la mañana, Ruth y Sipsey estaban en la cocina preparándolo todo para los desayunos. Onzell se había quedado en casa con Pájaro Travieso, que había empeorado. Ruth estaba hecha un manojo de nervios, preocupada por Muñón, por Idgie y por Smokey, porque aún no habían regresado.

—Ya volverá —dijo Sipsey—. Es su manera de hacer las cosas; siempre atolondrada. Pero ya sabes cómo cuida del niño; estando con ella puedes estar tranquila.

Una hora después, mientras Grady Kilgore y otros parroquianos tomaban el café, oyeron bocinazos afuera. Luego oyeron un lejano tintineo de cascabeles navideños, cada vez más fuerte. Se asomaron todos a la ventana y se quedaron estupefactos.

En la puerta de al lado, en la peluquería, Opal, que acababa de echar en la cabeza de su clienta de las seis y media una tacita de champú Palmolive de color verde brillante, se asomó también a la ventana, y soltó tal grito que a la pobre Biddie Louise Otis le pegó un susto de muerte.

Miss Fancy, de tiros largos, con pulseras de piel en los tobillos, cascabeles y un brillante penacho de color púrpura, pasaba tan campante frente al café, levantando la trompa y muy a gusto de andar por allí, cruzando ya las vías hacia Troutville.

Cuando Sipsey salió de la cocina y vio pasar a aquel enorme animal por delante de la ventana, fue a meterse en el lavabo de señoras y se cerró por dentro. Al cabo de un instante, Muñón irrumpió en el café.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ven! —le gritó a Ruth, tirándole de la mano y saliendo con ella corriendo.

Conforme Miss Fancy iba contoneándose por los embarrados caminos de Troutville, empezaron a abrirse las puertas de par en par y el aire se llenó de los jubilosos gritos de los niños. Sus atónitos padres, muchos de ellos todavía en pijama o camisón y sin peinar, se quedaron sin habla.

J. W. Moldwater, que era el domador de Miss Fancy, iba caminando a su lado. Se las había tenido con un whiskey peleón la noche anterior y le habían desplumado en una timba. Así que rezaba por que los críos, que iban corriendo a su lado, saltando como monos y soltando unos chillidos que lo estaban dejando sordo, se tranquilizasen.

—¿Dónde vive la pequeña? —le dijo a Idgie, que iba a su lado.

—Sígame a mí.

Onzell, que aún no se había quitado el delantal, salió corriendo de la casa llamando a Big George a gritos. Él asomó por un lado de la casa con una hacha, con la que había estado cortando leña, y se paró allí en seco, sin poder dar crédito a sus ojos. Entonces miró a Idgie.

—Gracias, Miss Idgie. Gracias —le susurró.

Dejó el hacha colgada de un gancho que había en la pared de la casa y entró. Con mucho cuidado, envolvió a la pequeña en una colcha.

—Acaba de llegar alguien que ha venido a verte desde Birmingham, chiquita…

Y la sacó al porche.

Al verlos salir, J. W. Moldwater le dio unos toquecitos con la vara a su arrugada amiga y aquella veterana del circo se pingó sobre sus patas traseras y saludó a Pájaro Travieso con un sonoro berrido.

A Pájaro Travieso se le iluminaron los ojos, maravillada ante lo que estaba viendo en su patio.

—¡Oooh! Es Miss Fancy, papá… Es Miss Fancy.

Ruth posó su brazo en el de Onzell y se quedaron mirando al domador que, seguido por muchos vecinos, conducía a la elefanta hacia el borde del porche. Entonces le dio a Pájaro Travieso una bolsita de cacahuetes, de cinco centavos, y le dijo que se los podía dar a la elefanta si quería.

A todo lo que se atrevió Willie Boy fue a mirar desde la ventana. El resto de la chiquillería también se mantuvo a distancia de aquel enorme y gris animal grande como una casa. Pero Pájaro Travieso no le tuvo miedo y le dio los cacahuetes uno a uno, mientras le hablaba a Miss Fancy como si fuese una vieja amiga, preguntándole cuántos años tenía y en qué curso estaba. Miss Fancy parpadeaba y parecía estar escuchándola. Iba cogiendo los cacahuetes que le daba la niña, uno a uno, con tanta suavidad como una enguantada dama sacando una moneda del bolso.

Veinte minutos después, Pájaro Travieso se despidió de la elefanta y J. W. Moldwater emprendió el largo camino de regreso a Birmingham. Juró no volver a tomar un trago ni meterse a jugar toda la noche en una timba al póquer con extraños.

Nada más volver a entrar en la casa, Pájaro Travieso se comió tres galletas con miel.

Tomates verdes fritos
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