CAFÉ DE
WHISTLE STOP
WHISTLE STOP (ALABAMA)
16 DE JUNIO DE 1936
En cuanto Idgie oyó voces junto a las vías, comprendió que alguien había resultado herido. Salió a ver y vio a Biddie Louise Otis corriendo hacia el café.
Sipsey y Onzell habían salido de la cocina justo en el momento en que Biddie irrumpía por la puerta gritando: «¡Ha sido tu pequeño! ¡Lo ha atropellado el tren!».
El corazón de Idgie dejó de latir por un instante.
Sipsey se tapó la boca con las manos: «¡Oh, Dios santo!». Idgie se volvió hacia Onzell: «Que no salga Ruth», le dijo, y echó a correr hacia la vía. Al llegar allí, el pequeño, que tenía entonces seis años, estaba echado boca arriba con los ojos muy abiertos y fijos en el grupo de gente que lo miraba horrorizada.
Al ver a Idgie le sonrió, y ella estuvo casi a punto de sonreír también, creyendo que no le había pasado nada, hasta que vio el brazo en un charco de sangre, a un metro del cuerpo.
Big George, que al suceder aquello estaba haciendo carne a la barbacoa en la parte de atrás del café, había salido corriendo casi al mismo tiempo que ella, y acababa de ver también la sangre. En seguida cogió al pequeño y lo llevó en brazos a todo correr a casa del doctor Hadley.
Onzell se había quedado de guardia, de pie junto a la puerta de atrás, para que Ruth no saliese.
—Ni hablar, Miss Ruth, no puede usted ir. Usted se queda aquí quieta, corazón.
Ruth estaba muy asustada y confusa.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Ha sido el niño?
Onzell la hizo sentar en el sofá tomándola de las manos.
—Tenga calma, corazón… Se queda aquí sentada, cariño, que todo irá bien.
—Pero ¡qué es lo que ha pasado! —gritó Ruth aterrada.
Sipsey se había quedado en el café elevando las manos al cielo.
—No les hagas esto, Señor —clamaba señalándole con el dedo—. No les hagas esto a Miss Ruth y a Miss Idgie… ¡No les hagas una cosa así! ¿Me oyes, Dios? ¡Ni se te ocurra!
Idgie iba corriendo detrás de Big George, y los dos gritaban en dirección a la casa, que estaba a tres manzanas: «¡Doctor Hadley! ¡Doctor Hadley!».
La esposa del médico, Margaret, fue la primera en oírlos y salió al porche. Los vio al doblar la esquina, y en seguida llamó a gritos a su marido.
—¡Sal en seguida! ¡Es Idgie, que trae al pequeño Buddy!
El doctor Hadley se levantó de la mesa como un rayo y corrió hasta la acera todavía con la servilleta en la mano. Al ver la sangre que manaba del brazo del pequeño tiró la servilleta y dijo: «Al coche. Tenemos que llevarlo a Birmingham. Habrá que hacerle una transfusión».
Mientras corría hacia su viejo Dodge, le dijo a su esposa que avisase al hospital de que iban para allá. Su mujer corrió al interior de la casa a llamar, y Big George, que estaba completamente empapado de sangre, se sentó en la parte trasera con el pequeño en brazos. Idgie se sentó delante y le estuvo hablando durante todo el trayecto, contándole cosas para calmarlo, aunque a ella le temblaban las piernas.
Al llegar a la entrada de urgencias, la enfermera y la recepcionista les estaban aguardando en la puerta.
—Lo siento —dijo la enfermera cuando ya iban a entrar—, pero su marido tendrá que aguardar fuera porque éste es un hospital para blancos.
El niño, que no había dicho una palabra, no apartó los ojos de Big George mientras lo llevaban pasillo adelante, hasta que se perdieron de vista por otro pasillo…
Big George tuvo que aguardar fuera empapado de sangre, sentado junto a una pared de ladrillo, con la cabeza entre las manos.
Dos mozalbetes, con la cara llena de granos, pasaban en aquel momento por allí y uno de ellos miró despectivamente a Big George.
—Mira, otro negro que se ha ganado unas cuchilladas en una pelea.
Y el otro muchacho le secundó:
—¡Eh, tú! ¿Por qué no vas a un hospital para negros?
Su amigo, a quien le faltaban los incisivos, escupió por el colmillo como un viejo, se subió los pantalones, y siguieron los dos pavoneándose calle abajo.