CAFÉ DE

WHISTLE STOP

WHISTLE STOP (ALABAMA)

22 DE MARZO DE 1933

Idgie estaba tomando café y hablando de cosas intrascendentes con su amigo Smokey, el temporero sin trabajo. Dentro en la cocina, Sipsey y Onzell estaban friendo tomates para la gente que iba a almorzar, sobre las once y media, y escuchando espirituales por la radio, cuando Ocie Smith llamó con los nudillos a la puerta de la cocina. Sipsey se asomó al café limpiándose las manos con el delantal.

—Miss Idgie, hay un joven negro que quiere hablar con usted.

Idgie fue hacia la puerta de tela metálica que daba a la parte de atrás de la cocina e inmediatamente reconoció a Ocie Smith, un amigo de Troutville que trabajaba en la cochera del ferrocarril.

—¡Anda, pero si es Ocie! ¿Cómo estás?

—Estupendamente, Miss Idgie.

—¿Quieres algo?

—Pues, verá, Miss Idgie, es que somos un grupo de chicos de las cocheras que llevamos oliendo su carne a la brasa desde hace dos meses, y es que ya no podemos más, y hemos pensado que a lo mejor nos querría vender unos bocadillos con carne de ésa. Tenemos dinero.

Idgie suspiró y meneó la cabeza.

—Mira, Ocie: ya sabes que, si por mí fuera, os dejaría entrar por la puerta principal y sentaros a la mesa, pero sabéis que no lo puedo hacer.

—Sí, señora.

—Hay en la ciudad una pandilla que me incendiaría el local, y tengo que vivir.

—Sí, señora, lo sabemos.

—Pero quiero que vuelvas a la cochera y les digas a tus amigos que siempre que quieran algo no tienen más que venir por la puerta de la cocina.

—Sí, señora —dijo él sonriente.

—Dile a Sipsey lo que quieres y ella te lo preparará.

—Sí, señora. Gracias, señora.

—Sipsey, dale los bocadillos de carne y lo que quiera. Dale también empanada.

Sipsey empezó a refunfuñar por lo bajo…

—Ya verás tú la que te van a montar los kukluxklanes —dijo—. Lo que es yo… me largo. No me vuelve usted a ver el pelo por aquí, señora.

Pero, a pesar de ello, preparó los bocadillos, botellines de zumo de uva y la empanada, y lo metió en bolsas de papel con servilletas.

Unos tres días después, Grady Kilgore, que era el sheriff y que trabajaba ocasionalmente como policía secreta en la línea del ferrocarril, se presentó allí muy acalorado. Era un gigantón que había sido amigo de su hermano Buddy.

Colgó su sombrero en el perchero, como hacía siempre, y le dijo a Idgie que tenía que hablar muy seriamente con ella. Ella le llevó el café a una de las rinconeras y se sentó con él. Grady se inclinó sobre la mesa y empezó con su desagradable cometido.

—Mira, Idgie —le dijo—, no debes venderles comida a los negros; que no eres tan tonta. En esta ciudad hay tipos a los que eso no les gusta nada. Nadie quiere comer donde comen los negros. No está bien, y no deberías hacerlo.

Idgie reflexionó un momento y asintió con la cabeza.

—Tienes razón, Grady —le contestó—, no soy tan tonta; y la verdad es que no debería hacerlo.

Grady se recostó en el respaldo, complacido.

—Sí, Grady —prosiguió ella—, es curioso que la gente haga muchas veces cosas que no debería hacer. Tú, por ejemplo. Supongo que mucha gente podría pensar que, después de ir a la iglesia el domingo, no deberías ir al río a ver a Eva Bates. Me temo que Gladys sería de la opinión de que no deberías hacerlo.

Grady, quien por entonces era diácono de la Iglesia Baptista y que se había casado con Gladys Moats, conocida por su fuerte carácter, la miró azorado.

—Anda, Idgie, que eso no tiene gracia.

—Pues yo creo que sí la tiene. Lo que ya no me parece que tenga tanta gracia es que una pandilla se emborrache y vaya por ahí con sábanas en la cabeza.

Grady apeló entonces a Ruth, que estaba detrás de la barra.

—¿Por qué no vienes un momento, Ruth, y tratas de hacerla entrar en razón? No me escucha. Sólo estoy tratando de ahorrarle problemas, nada más. Yo no voy a decir quién, pero en la ciudad hay gente que no quiere que les venda comida a los negros.

Idgie encendió un Camel y sonrió.

—Mira, Grady, te voy a decir una cosa: la próxima vez que venga por aquí «esa gente» como Jack Butts, Wilbur Weems y Pete Tidwell, les preguntaré si tienen algún interés en ocultar que van por ahí a esas estúpidas marchas paramilitares que os montáis. Por lo menos se podrían limpiar el barro de las botas.

—Eh, un momento, Idgie…

—Qué diantre, Grady, ¿te crees que a mí me la das? Sé el número que calzan esos patanes en cuanto los veo.

Grady se miró los pies. Idgie le estaba ganando por la mano.

—Pero bueno, Idgie, el caso es que algo tengo que decirles, y ayúdame a convencer a ésta, que es más terca que una mula.

Ruth se acercó a la mesa.

—Pero, Grady, ¿qué mal hay en vender unos pocos bocadillos por la puerta de atrás? No es lo mismo que si entrasen y se sentasen a la mesa.

—Pues, no sé qué quieres que te diga, Ruth… Tendré que hablar con ellos.

—No hacen daño a nadie, Grady.

Grady reflexionó unos instantes.

—Bueno… Dejémoslo de momento —dijo señalando a Idgie con el dedo—. Pero que sea verdad eso de que no pasan de la puerta de atrás, ¿entendido?

Se levantó, disponiéndose a marcharse, y se puso el sombrero.

Luego miró a Idgie.

—¿Supongo que seguiremos jugando al póquer los viernes?

—Pues claro. A las ocho. Y trae mucho dinero, que me huelo que voy a tener un buen día.

—Así se lo diré a Jack y a los demás… Hasta la vista, Ruth.

—Hasta la vista, Grady.

Idgie meneó la cabeza y lo siguió con la vista mientras él se alejaba calle adelante.

—No sabes, Ruth, cómo me gustaría que hubieses visto a ese grandullón borracho perdido junto al río y llorando como un niño durante tres días porque Joe, el negro que le crió, había muerto. Te juro que a veces creo que la gente ha perdido el juicio. Y esos tipos: les aterra comer sentados al lado de un negro, pero se comen los huevos que las gallinas echan por el culo.

—¡Idgie!

—Perdona —dijo Idgie riendo—, pero es que a veces todo esto me saca de quicio.

—Lo sé, cariño, pero no debería afectarte tanto. La gente es así y no vas a cambiarla por más que lo intentes. No hay que darle vueltas.

Idgie le sonrió preguntándose qué sería de ella de no poder desahogarse con Ruth, que le sonrió a su vez.

Ambas sabían que tenían que tomar una decisión sobre aquel asunto. Y la tomaron. A partir de aquel día, lo único que cambió fue la lista de precios que colgaba de la puerta trasera: todo cinco, e incluso diez centavos más barato. Pensaron que lo justo era lo justo…

Tomates verdes fritos
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